El Comercio
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Fecha: marzo, 2017
Machismo o idiotez
María de Álvaro 22-03-2017 | 6:27 | 0

Wilson Alfonso más que machista, es idiota, dos adjetivos, bien es verdad, que suelen ir de la mano. No se puede describir de otro modo a una persona que invierte su tiempo molestando a los demás con la única intención de hacerlo: de molestar, digo. Wilson Alfonso sale a la calle con su cámara, para a una chica, simula hacerle un truco de magia y cuando ella cierra los ojos le planta un beso en la boca y echa a correr. Plas, plas, plas. El chaval relata después su hazaña, anuncia futuros capítulos y, naturalmente, lo cuelga todo en internet. Y ahí está el verdadero problema. Porque Wilson Alfonso es, además de un idiota, un síntoma, un síntoma grave de la sociedad en la que nos estamos convirtiendo o nos hemos convertido ya: ese grupo humano idiotizado al que parece haberle dejado de importar la vida real para vivir en un mundo paralelo y virtual en el que la mayor chorrada es vista enésimas veces hasta convertirse en virus, que de ahí y de ningún otro lado viene la palabra ‘viral’.
Así que para ser ‘virales’ hacemos llorar a nuestros niños graciosamente, no dejamos a nuestros gatitos dormir la siesta en paz, nos autofotografiamos en los lugares más insospechados o preparamos un bodegón, también conocido como naturaleza muerta (tremendo metaforón, mira tú), con lo que se nos ocurra. Y así, foto a foto, ‘like’ a ‘like’, nos vamos convirtiendo en una civilización entre faltosa y menor de edad, con toda la crueldad de los niños, pero con nada de su inocencia, que es lo peor.
Al caso que nos ocupa, además, tenemos que añadir que, en su idiotez, Wilson Alfonso ni siquiera parece ser consciente de que está cometiendo un delito. A él le hace gracia, considera que esas chicas a las que para por la calle están ahí para formar parte de su cutre espectáculo. Y ese es otro problema añadido. Porque Wilson Alfonso rondará los 20 años. O sea, que la caspa que creíamos superada sigue ahí con toda su fuerza. Que lo del machismo no es cosa de señores trasnochados y que queda un océano por recorrer mientras andamos perdiendo el tiempo con ‘culos de Cubiella’. Demasiado a estas alturas de la película. Puag.

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¿A qué huele un sindicalista?
María de Álvaro 12-03-2017 | 1:51 | 1

José Ángel Fernández Villa huele a Chanel. Al menos algunos días, otros tira más a Calvin Klein, a Hugo Boss o a Paco Rabanne; que se sepa, jamás a jabón Chimbo, que José Ángel Fernández Villa es un tipo elegante y moderno, un hombre que sabe estar porque se mete sus buenas dosis de libros de autoauyuda, sus consejos de Cristina Tárrega para estar bien por dentro y por fuera e incluso se aplica el método Dunkan, que hasta para lucir palmito hay que seguir las modas. El de Tuilla es un tipo leído y bien leído, que además de libros al peso se gasta (es un decir) 18 euros al día en prensa, como tiene que ser, y cinéfilo, muy cinéfilo, con más pelis del Oeste en su casa que los archivos de TPA para surtir sus sesiones de tarde. También le gustan los coches, o por lo menos el gasóleo, y controla como nadie de conciliar, porque a pesar de ser un hombre ocupadísimo en las cosas del sindicato y en salvar al pueblo de la opresión del empresariu lo mismo te compra una docena de huevos que un tubo de pasta para la dentadura. Y encima, es todo detalles, especialmente en forma de cohibas para ir al Molinón. Un poco caprichosuco, eso sí, y amigo de los helados entre horas (si lo pilla el doctor Dunkan…) o de apretarse un pacharán de la que va para casa, que nadie dijo fuera monje cartujo ni tuviera que serlo.

Todo eso sabemos desde hoy de José Ángel Fernández Villa, hoy que EL COMERCIO ha desvelado un verdadero rosario de tiques del que fuera el ‘amu’ del SOMA, más que su secretario general. Todos pasados religiosamente al sindicato en concepto de gastos de representación. 430.000 euros le reclaman sus ex compañeros del carbón al ex amado líder, el grueso por estas “bolsas llenas de tiques”, en expresión utilizada por el excontable en el juzgado, que solo corresponden a lo gastado entre 2009 y 2012; del resto, para qué hablar. Y lo malo no es que Villa huela a Chanel, o a Cohibas, ni siquiera que pasara sus multas a cargo del ‘maestro armero’, lo grave es que se creyera Clint Eastwood durante cuarenta años y todos mirasen para otra parte. Cuarenta años en los que nadie dio un portazo para preguntar, sin perdón ni miramientos: “¿Quién es el dueño de esta pocilga?”. 

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Felipe
María de Álvaro 08-03-2017 | 6:22 | 0

Se llama Felipe y eso es lo único que sé de él. Su nombre. Lo pronunció con el hilo de voz que tenía en ese momento. Lo balbuceó, más bien. O, mejor dicho, lo amasó con su boca pastosa. Felipe. Dijo ‘Fe-li-pe’ tirado en el suelo, con la cabeza a apenas dos milímetros de la pata de un banco de hierro y una botella de crema de orujo, sí, crema de orujo ponía la etiqueta, marca blanca, pegajosa como su boca, muy cerca de su mano abierta, intacto el cristal. Dijo su nombre y que iba camino del albergue a dormir, y después ya nada. Felipe y su botella, intacta y vacía, se acababan de caer al suelo como debe de caerse un elefante moribundo en la sabana, pero fue en medio de la calle, de una avenida para ser exactos. Provocando más que ruido, un estruendo.

Es de noche y aún así la avenida está relativamente concurrida. Un señor como de su quinta le ve y mira para otro lado; una chica que pasea con su perro le ve y aprieta el paso; un chaval pasa y directamente hace como que no le ve. Felipe yace en el suelo. Nadie sabe que es Felipe, naturalmente. Porque nadie se lo ha preguntado aún. Porque nadie quiere saberlo. Porque parece que nadie se da cuenta de que todos podemos ser Felipe en algún momento, que Felipe puede ser nuestro padre, nuestro hermano, nuestro vecino.

Y es Felipe el que está tirado en el suelo, pero mientras llega la Policía para atenderle y llevarle a que pase la noche en el albergue del que en realidad le separan apenas algunos pasos pienso que somos todos, la sociedad entera, los que nos hemos dado la hostia y estamos ahí inconscientes, en el suelo, insensibles, incapaces de detener el paso un segundo para ver si ese tipo que acaba de caerse al suelo está vivo o muerto. Y acaso los muertos seamos nosotros. Borrachos de tantas cosas. 

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