El Comercio
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Autor: María de Álvaro
Para el desguace
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María de Álvaro | 28-04-2016 | 6:02| 0

La imagen de una nave en Tremañes completamente desguazada para robar su estructura es hoy la foto del día en Asturias. Y la metáfora perfecta. Hasta que les pilló la Policía, los ladrones se llevaban el contenido de la nave y la nave misma a plena luz, tan tranquilamente como se convocan unas elecciones después de otras tras meses de inacción política o como aparecen sociedades ‘offshore’ de ilustres y exilustres próceres de lo público igual que las alergias en primavera.

 

Los ladrones se llevaban la ferralla justo a la vez que otros también exilustres y también de lo público se sentaban en los banquillos de la Audiencia Provincial de Oviedo por hacer, firmar o recibir facturas falsas. Por desmontar, o al menos intentarlo, la Consejería de Educación del Principado a golpe de contratación de obras fantasmas, chapuzas y mangoneos. Igualito que se desmonta una nave en Tremañes. Eso sí, todos unos «mandaos» los pobres, siempre empujados por exjefes o excompañeros que ya están «muertos» (cito literal). Como los ladrones pillados in fraganti, que estaban allí porque se lo dijo «un paisano» (cito literal, 2).

 

Como todo el mundo recuerda, Bogart y Bergman se enamoraron mientras el mundo se desmoronaba. Me pregunto que harían ahora que la cosa ha pasado directamente al desguace, ahora que estamos a punto de colocar el ‘cerrado por derribo’ y la peli sería un reality y se titularía ‘Casablanca Shore’. A lo mejor se dedicaban a anunciar colchones, pero de esos que son solo para dormir. De lo otro mejor ni hablamos. Como el chiste.

 

Oh realidad, siempre al quite para burlarte de la ficción, tan burdamente creíble a veces, coño.

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¿A qué huele la CUP?
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María de Álvaro | 21-04-2016 | 7:09| 0

Sabíamos que la CUP no tiene límites, más allá de sus pretendidas fronteras, pero como la capacidad política de empeorar cualquier expectativa -ya sea del déficit, de los datos del paro o de descuerdos varios- crece últimamente de forma exponencial, los amigos de la Unitat Popular salieron ayer con que el Ayuntamiento de Manresa pretende decir a las mujeres (se entiende que a las manresanas y de paso a todas las demás) que usar compresas y tampones no es ecológico, ni sostenible, ni moderno, ni ná.

La cosa suena de chiste y lo es, pero también es tan cierta como el golazo en el último minuto que marcó anoche mi Sporting. Vaya que hoy van a presentar una moción a favor de -pausa dramática, redoble de tambores- las esponjas marinas, las compresas de ropa y las copas menstruales.Tiemblo. Y no por la chorrada, que también; ni siquiera por que en un ayuntamiento no tengan asuntos más apremiantes, que además. Tiemblo por que lo preocupante, lo que no da tanto la risa, es la capacidad infinita de algunos para meterse en la vida de los demás (en este caso las), su habilidad para confundir gobernar con mangonear.

El ridículo es lo de menos. Lo ‘de más’ es que de querer prohibir el tampax (con perdón por usar como genérico una marca comercial: se ve que el demonio capitalista me ha poseído) a implantar un modelo único de corte de pelo no hay tanto trecho. Ahora falta que les hagamos caso. O que les mandemos de paseo. A Corea, por ejemplo, a ver a qué huelen allí las nubes, como en aquel anuncio de compresas (con perdón de nuevo). Uf.

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Camino del Cantábrico (*)
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María de Álvaro | 08-04-2016 | 7:09| 0

«Uno perdía el rumbo en aquel río del mismo modo que puede perderlo en el desierto (…) hasta que se sentía hechizado y apartado para siempre de todo lo que había conocido alguna vez, en algún lugar, lejos, quizás en otra existencia»

‘El corazón de las tinieblas’ (Joseph Conrad)

 

 

No hace falta ir al Congo para perderse. Tampoco para encontrarse. Generalmente uno (una en este caso) suele estar a la vuelta de la esquina, en el café de la mañana, en la rutina de la tarde, en el vino de la noche. En las manos de su madre, los ojos de sus hijos o las tripas de quien le quiere. Uno (una en este caso) se acompaña de sí misma desde que nace hasta que muere, y se conoce perfectísimamente, aunque a veces no lo sepa o crea que no lo sabe, desde el día en que el mundo le presenta a su cuerpo y le dice aquello de ‘esta unión es para siempre’. Y no hay más garantías.

Por eso resulta tan extraña esta fiebre que nos ha dado últimamente por conocernos a nosotros mismos. Como si no lo hiciéramos ya más que de sobra. Puede que vivir el fin de la civilización de Occidente tenga algo que ver, puede que las abuelas tuvieran razón y todo esté motivado por el ‘refalfiu‘, esa bendita palabra asturiana sin traducción posible que viene a decir que la abundancia o, más bien el exceso, también cansa. Y harta. Y hastía.

La cosa es que el librito que nos ocupa, esta especie de guía, es el fruto de mi segundo Camino de Santiago. Desde que decidí hacer el primero -aquel sí con destino en el Obradoiro, hace ya unos pocos de años- hasta hoy, cada vez que le he comentado a alguien que me calzaba las botas y me iba, o que ya lo había hecho y estaba de vuelta, invariablemente he recibido la misma respuesta que, en realidad, es una pregunta: ¿Por qué? O, dicho de otro modo: ¿Qué buscas? ¿Qué has encontrado?

Pues bien, siento defraudar a los fans de eso que se llama la autoayuda y a los apóstoles de filosofía en entregas breves para tiempos de internet. No tengo la respuesta. Nada se encuentra en este camino que no se encuentre en cualquier otro, que no llevemos puesto de casa, que no esté en los libros y en las películas, o en las vidas y las mentes de quienes nos precedieron, de quienes caminan diariamente a nuestro lado e incluso de millones y millones de desconocidos. El Camino de Santiago es eso, un camino. Pero también la vida es un camino y no por eso deja de ser todo lo que tenemos. Que se sepa.

Convertirse aunque sea por unos días en peregrino, no tener nada más que lo que llevas colgado a la espalda, saber dónde está tu destino y que tienes dos piernas que te permitirán llegar, o al menos intentarlo. Eso es lo que te da el Camino. Eso y la posibilidad de convivir con tus dolores, de reírte de tus limitaciones, de hablar con los dedos de tus pies sin que te tomen (o te tomes) por psicópata. En definitiva, algo de tiempo, una tregua para escuchar lo que tus rodillas, tus orejas, tu cabeza o tu corazón tienen que decirte. Nada nuevo, nada raro, nada que no pueda suceder sin salir de casa, pero que sucede con más facilidad si pones tierra y silencio de por medio. Si además lo haces con el Cantábrico como compañía puedes considerarte alguien con suerte. Y le pasa lo suerte lo que a la alegría, que no suelen pasarse sin más: hay que salir a buscarlas. Vamos allá.

 

(*) Así comienza ‘Camino del Cantábrico’, un recorrido por Asturias de punta a punta a través de la ruta xacobea del Norte

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'It funcionaria' sin Louboutin
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María de Álvaro | 05-04-2016 | 5:56| 0

Desde que Iñaki Urdagarin compareciese ante el juez con una americana blanca más propia de ‘Vacaciones en el mar’ que de un juzgado de instrucción, las cosas han cambiado mucho. Alguien debió darse cuenta de que aquella pinta era más bien de juzgado de guardia. Y el ejemplo ha cundido. Vestirse es cubrirse, pero también una declaración de intenciones. Por eso vestirse para para declarar es tan importante, porque es como declarar dos veces. Igual que no se va a una boda en chandal -a lo mejor Paquirrín sí, pero no lo tengo confirmado- nadie se sienta en el banquillo con sus mejores galas, especialmente si de lo que está acusado y/o acusada es, precisamente, de desviar dinero público (del vulgar robar) para gastárselo en taconazos de Louboutin. Siempre presuntamente.

Marta Renedo ha aprendido la lección. A lo mejor por que vio a Urdangarin haciendo el ridículo o puede que por consejo de su abogado. En capítulos anteriores, la que fuera ‘it girl’ del choriceo regional nos había sorprendido con zapatos imposibles y bolsos tope gama, de esos que cualquier compañía de vuelos low cost te obligaría a facturar por exceso de equipaje. Siempre, además, perfectamente colocados en modo ‘corte de mangas’, o sea, colgando del brazo a la altura del codo con el antebrazo estratégica y verticalmente elevado. Sí, como Paris Hilton o Chloë Sevigny. Pero ya no.

La exjefa de servicio de Promoción Cultural (seguramente en su definición de ‘Promoción Cultural’ está el quid del caso, pero ese es otro tema) llegó ayer a la Audiencia sin su melena al viento -se la ha cortado, como Curro Romero la coleta-, vestida con un ‘outfit’ (otrora modelo, conjunto o similar) que podríamos definir como ‘pasaba por aquí’ y con un bolso que más parece una bolsa de la compra ahora que hasta Mercadona cobra por las de plástico. Modelo que, para más inri, hoy ha repetido, algo que solo hacemos el vulgo pueblo y doña Letizia cuando se pone en plan fan de Amancio Ortega. Renedo tampoco ha comparecido con gafas amarillas de Alain Mikli sino negras y tirando a discretas, otro truco seguramente aprendido de los errores del ínclito exyernísimo, hoy yerno a su pesar, como Filomeno.

 
No sabemos qué va a pasar, no lo sabe nadie a juzgar (con perdón) por el carajal procesal que se ha montado, con esos 2.000 folios de informe del Principado que no valen más que para reírse a la cara del ‘papel cero’ tan publicitado por el Ministerio de Justicia. Y de paso de todos nosotros. Sus señorías no los han admitido a petición del fiscal por «irregularidades». A estas alturas, lo único que tenemos claro es que Marta Renedo no es ni su sombra. O eso quiere que pensemos. O que piensen los jueces. Dicen que ‘Orange is the new black’. Veremos.

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Una chica eterna
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María de Álvaro | 04-04-2016 | 6:20| 0

Tenía mi abuela la sana costumbre de llamar ‘chicas’ a sus amigas, así tuvieran 80 años. Cuando le afeábamos el término o, directamente, se nos escapaba la risa, nos miraba con esa cara que se les pone a quienes saben más que tú porque ya lo han visto y lo han oído casi todo. Condescendiente, una vez confesó: «Ay, hija, ya lo verás, las chicas cumplen años contigo». Y ahora ya lo sé, pero esa es otra historia.

 

Me he acordado de mi abuela y sus chicas al enterarme de que se nos ha muerto la chica «por antonomasia», la mejor. Y tenía 85 primaveras. 85 años de cómica que empezaron cuando aquí había más bien poco de qué reirse. 85 construidos con personajes extraordinariamente cotidianos, porque puede que esa haya sido la mayor grandeza de Chus Lampreave: saber hacer magia con la normalidad, ser capaz de convertir a una portera ‘testiga’ de Jehová en un icono pop.

 

Jaime de Armiñán, otro gigante, la descubrió -como se descubren las cosas importantes, como se ‘descubrió’ América o la penicilina- en la Academia de Bellas Artes de San Fernando, porque ella lo que quería era ser pintora. Y lo fue. Pintó a decenas, cientos, miles de mujeres anónimas que le pusieron gracia y talento a vidas y momentos más negros que de color. Y pintó con Armiñan, y con José Luis Cuerda, y con Trueba, y hasta con Berlanga, y, claro, con Almodóvar. Y vale que el destino ha querido que ‘Torrente 5’ sea su última película, pero se lo perdonamos sin problemas, porque la Lampreave siempre ha sido y seguirá siendo nuestra chica favorita. Ahora ya para siempre.

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