El Comercio
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Autor: María de Álvaro
Ahora y siempre
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María de Álvaro | 01-03-2018 | 8:55| 0

Igual que para creer en la Santina no es necesario creer en Dios, para ser de Quini nunca hizo falta ser del Sporting, ni siquiera de fútbol. Porque Quini era, es, otra cosa.
Recuerdo la primera vez que vi el río Duero desde el asiento de atrás del coche de mi padre: la inmensa emoción infantil de comprobar que algo que habitaba en los libros también era real. Me sucedió lo mismo la primera vez que vi a Quini en carne y hueso. Porque para los niños de mi generación Quini era la equivalencia en rojo y blanco a Superman. Quini era el póster en la habitación, el grito de goooooool en la radio del domingo por la tarde, la alegría de Isidro, playu entre los playos, camino de El Molinón. Era la fe inquebrantable de mi abuela en el Sporting, la certeza de que el pequeño puede con el grande aunque solo sea a veces. Era la emoción, nuestra Esparta particular. Quini era, además, el paisano siempre dispuesto, el colaborador de una y mil causas, el que tiene una foto con todo Gijón, literalmente, no es un decir, porque él posaba y sonreía para quién quisiera, cuándo quisiera y cómo quisiera.

Pero sobre todas las cosas, Quini siempre me pareció la encarnación con piernas, benditas piernas, de las segundas oportunidades, esas que la vida te enseña que suelen acabar siendo las mejores. Dejó el Sporting y volvió, le secuestraron y perdonó, le vinieron mal dadas y levantó cabeza, peleó contra un cáncer cabrón y le dio esquinazo. Ya es casualidad, o no, que su corazón se haya parado precisamente en el día más frío en años en un Gijón helado y paralizado por una noticia que se adelanta veinte o treinta años, joder. Por primera vez no hay segundo tiempo, no queda partido de vuelta para remontar.

La última vez que le vi en la tele daba ánimos al jugador de turno que salía al campo después de un cambio y pensé que Quini era la única persona del mundo capaz de hacer del abrazo una profesión, la segunda de su vida. La última vez que le vi en persona fue, naturalmente, en una sidrería. A pocos pasos un niño con la boca abierta le miraba y tiraba de la chaqueta de su padre, atónito como si fuera el mismísimo Rey Melchor o Batman con el Batmovil aparcado a la puerta el que estuviera acodado en la barra. Quini charlaba tranquilamente con su mujer de sus cosas, pero vio al guaje por el rabillo del ojo y no lo pensó ni medio segundo. Se acercó a él, le chocó la mano, le cogió los mofletes y le soltó no sé qué gracia… En la cara de aquel niño, encendida, volví a ver a mi hermano con diez años, vi otra vez a mi abuela en la Tribunona, vi a una ciudad entera, a un pueblo, unos colores, una forma vieja y auténtica de sentirlos y sobre todo vi a El Brujo en acción, que pidió otro culín sin darse un pijo de importancia, sin darse cuenta, o dándosela pero sin aspavientos, de que hay personas tocadas por la mano de Dios, o de la Santina, capaces de hacer magia: con las piernas en un campo de fútbol, con las manos en la barra de un chigre… con el corazón siempre y en cualquier caso.

Quini se ha ido. Su leyenda jamás. La poesía no siempre se crea por escrito y los poetas, como los viejos rockeros, nunca mueren. Ahora, Quini. Ahora y siempre.

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Que la vida iba en serio
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María de Álvaro | 20-12-2017 | 6:07| 0

Palabras para el 25 aniversario de la Promoción de 1992 del Colegio de la Inmaculada

Nacimos el mismo año que Los Ramones, el Watergate y la Revolución de los Claveles. Que la vida iba en serio lo comprendimos más tarde. Fue con la ayuda, claro, de Gil de Biedma, pero más bien gracias a algún que otro triunfo y a mil y un fracasos, muchos de unos y otros vividos entre estas mismas paredes, donde nos graduamos olímpicos. Ahí es nada. Somos la promoción del 92, unos guajes, sí, pero aunque parece que fue ayer, han pasado 25 años. Y eso son más de 9.000 días. 9.000 días en los que nos hemos hecho mayores, algunos incluso señores calvos, con perdón.

Dice el proverbio zen, y si no lo dice debería hacerlo, que los árboles solo crecen si conservan sus raíces: pues las nuestras están aquí. Aquí hicimos amigos y amigas para siempre, hermanos y hermanas de colegio, algunos incluso construyeron sus familias. Aquí nos hicimos europeos, vivimos la caída del Muro de Berlín, la primera Guerra del Golfo o el vil asesinato del padre Ignacio Ellacuria, sus compañeros y asistentes en El Salvador, hoy otra vez de plena actualidad por la reciente extradición y encarcelamiento de uno de sus autores. Aquí también jugamos la UEFA con el Sporting, sí, queridos, en el 92 fue la última vez. Y aquí todos, absolutamente todos, aprendimos que no hay recompensa sin esfuerzo. Y, de paso, tampoco crimen sin castigo. Esto por supuesto gracias a Dostoyevski y al Pedrolo, que también nos enseñó a querer a Don Quijote aunque el odio formase parte de aquella relación, al menos en sus comienzos. Igual que gracias al inolvidable Meana aprendimos a hacer integrales y a coger el abrigo siempre antes de salir a cualquier pasillo. El Amado nos enseñó dónde estaban la cueva de Platón y el sentido de la ironía. Valdés, probabilidades y el arte de buscar una buena excusa para llegar tarde. El Chifu, a sentir la música que no era ni de Loquillo ni de los Smiths. Con el Pater Almendral declinamos y reímos chiscando los dedos hasta el dolor. Con el Cachos supimos del desarrollo de una ameba y sobre todo del valor del azar, de la suerte, la buena y la mala. Con Guerrero, a construir catedrales como si fuéramos canteros de la Edad Media. O algo así. Con Kilo, que la inocencia nunca está de sobra. Y con Pachi, el cura, nuestro cura, a hacernos mayores y a opinar. A veces hasta con razón. Porque con Pachi aprendimos a hablar con hechos, además de con palabras.

Todo, todos forman parte de quienes somos hoy, en nuestras casas y fuera de ellas. En Gijón y en todo el mundo, porque son muchos los que han querido o han tenido que irse. Como médicos, como veterinarios, como bioquímos, arquitectos, abogados, economistas, periodistas. Como ingenieros, como artistas, pero sobre todo como personas, eso que últimamente se ha dado en llamar gente. Mujeres y hombres nacidos en el siglo pasado, sí, así es, ya lo siento, pero bien plantados en este, seguramente con algún sueño roto pero muchos, muchísimos, también renovados.

Y, claro, con alguna ausencia, porque no querría terminar sin acordarme de quienes un día estuvieron y hoy nos acompañan desde algún otro lugar. Recordar, ya lo hemos hecho, a Pachi, el último en dejarnos, aunque siga con nosotros, a Meana, al padre Cifuentes, a Villamil, a Almendral, a Faustina, a Narganes y muy especialmente a alguien que hoy estaría aquí pidiendo que sonara alguna marcha militar, discutiendo de política y haciendo sonar su vozarrón para seguir siendo el buen tipo que siempre fue los años que lo tuvimos con nosotros. Ya sabéis que hablo de Jorge, de Jorge Noval.

Que la vida iba en serio lo comprendimos más tarde, sí, pero aquí empezamos a intuirlo mientras estudiábamos, pirábamos clase o nos enamorábamos por primera vez. Y hubo quienes casi nacieron aquí y aquí vivieron toda la EGB, el bachillerato y alcanzaron el ansiado último piso de COU y quienes llegamos más tarde, aquellas niñas que fuimos bichos raros el primer día. Solo el primero, puede que también el segundo pero, desde luego, no el tercero.

Esta es nuestra casa, nuestra patria, el origen de todo. Porque, ‘tigres’, nos dijeron que diéramos siete vueltas. Pero hemos dado más. Muchísimas más. Y las que nos quedan. En 10 años, aquí nos vemos otra vez. Y pasaremos lista. Estáis avisados.

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El culo y las témporas
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María de Álvaro | 07-08-2017 | 6:46| 0

Si mi abuela viviera y hubiera visto la foto de la salvamento de San Lorenzo hubiera sentenciado que llevaba medio culo fuera y que mejor se tapaba. Pero resulta que mi abuela nació a principios del siglo pasado en una Cuba que tampoco era libre, aunque de otra manera, y se educó en una España de postguerra que para qué vamos a contar. Lo curioso es que la recomendación del Ayuntamiento de Gijón para que la chica pueda seguir ejerciendo su trabajo con normalidad en la playa sin convertirse en diana de comentarios más o menos graciosos (sic) o más o menos rijosos es exactamente la misma que le daría mi abuela hace años: que se tape. Y eso, que en mi abuela me haría gracia y me llevaría, además de unas risas, varias explicaciones de por qué ahora, abuelita, sí se puede llevar medio culo fuera y no pasa nada, resulta tan ofensivo, tan ridículo y tan extemporáneo viniendo de la autoridad municipal que parece mentira que hoy, 7 de agosto de 2017, estemos hablando de ello. Porque cualquier día volveremos a admitir que hay ropa provocativa que puede ser atenuante de un delito y entonces ya no habrá marcha atrás. O nos haremos todas fans del burkini.

El machismo no se combate tapándose el culo, se combate con educación, pero, eso, claro, sí que es extemporáneo en los tiempos del reality e internet, en los que lo políticamente correcto hasta el ridículo convive con el deporte del despelleje más zafio. Mi abuela también diría que no sabe a dónde vamos a ir a parar. Y ahí, lo siento, tengo que darle la razón.

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Libertad de vómito
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María de Álvaro | 21-07-2017 | 5:43| 0

Un hombre levanta los brazos al aire. Sobre él, dos frases entre exclamaciones: “¡Libertad de expresión! ¡Pero sin tener que pensar!”. El Roto, como casi siempre, da en el clavo. Libertad de expresión blande un chaval que acaba de estrenar la mayoría de edad en el Carmín de la Pola y que luce una camiseta chistosísima e inocente a su reflexivo entender: “Ninguna mujer está completa hasta que un hooligan se la meta”. Para que añadir más. De libertad de expresión presumen también los simpáticos, progresistas y solidarios jóvenes que se burlan ante un cartel que recuerda el asesinato programado de Miguel Ángel Blanco. Terrorífico. Libertad de expresión parece ser también despellejar viva a una niña que acaba de cumplir los 18 porque es fea, sí, como la madre que la parió, que no ha dudado en vender su vida entera por fascículos, vale, y qué. Libertad de expresión es prácticamente cualquier vómito que cualquiera decida arrojar, generalmente encima de otro o de otros. Otra y otras también vale. Y decir que eso tiene que controlarse es ser un facha y estar en contra de la, ay, libertad de expresión. “No sois nadie para juzgarme” escucharon esta misma semana los jueces de la Audiencia Nacional. No es la civilización de Occidente la que se va acabando, es la civilización a secas. Parece que se nos ha olvidado aquello de que mi libertad termina donde empieza la del otro. Tenemos motivos para estar cabreados, eso no lo duda nadie, pero el resultado es simplemente nauseabundo. Y no debería llamarse libertad.

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Rodolfo Pico, una despedida en óleo sobre verso
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María de Álvaro | 10-04-2017 | 6:58| 0

 “Si recordáis mi risa, si disculpáis mis errores pasados, si evocáis esas pequeñas cosas que un día compartimos, seguiré estando con vosotros. Recordadme en todo lo que compartimos y estaréis orando por mí y por todo lo que nos hace eternos. Tomémonos de la mano, os he amado tanto, he amado tanto la vida… y por ello vamos juntos a dar un abrazo al peso de la luz, que ya siempre será conmigo, en una infinita escucha, en un sonoro silencio”. Sólo un aplauso final rompió el “sonoro silencio”, pero no fue inmediato, se dejó esperar, gargantas anudadas, mientras artistas, amigos, galeristas… todos cuantos se reunieron ayer en el Evaristo Valle recordaban a Rodolfo Pico al cerrar su exposición que el destino quiso que fuera póstuma. A él, a su risa y a ese universo lleno de colores que el gijonés creó con su paleta.
Las palabras fueron el broche, la forma de cerrar la visita que guió por sus cuadros Jorge Mola, y eran palabras del propio Pico. Las escribió hace ahora dos años para confortar a un amigo que acababa de perder a su hermana. Él no lo sabía entonces, pero ayer sirvieron para despedirle o, mejor dicho, para hacerle más presente. Tan presente como su propio arte, ese que le sobrevive y que durante los últimos meses ha estado colgado de las paredes del museo de Somió. A las obras de Pico, a su “chat noir”, a su particular Principito “cosmonauta”, a sus nostalgias heredadas de Cuba por vía paterna, se sumaron además para la ocasión dos piezas, dos abrazos pintados de dos de sus colegas y grandes amigos: Miguel Watio y Pelayo Ortega. Pintó Watio a Rodolfo con su eterna gorra sobre un barco de papel despidiéndose para surcar un mar de mil colores y Ortega le dijo adiós con la sencillez de una pajarita de papel cargada de poesía, esquinada sobre fondo negro, negrísimo. Y los dos, con la pintura de Pico, con su recuerdo, le pusieron el mejor cierre a una muestra a la que seguirá, ya para siempre, su “sonoro silencio”.

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