El Comercio
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Autor: María de Álvaro
Alberto Acinas y su bien
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María de Álvaro | 12-01-2015 | 11:38| 0

‘Cada cual con su mal’ es el título de lo que Alberto Acinas llama una de sus «autoediciones sonoras», el disco, en formato ep, que ayer a mediodía presentó en Toma 3, en un concierto en el que su guitarra, su poesía y sus «riojitas» fueron los protagonistas. Porque Acinas es músico y es pintor, pero es sobre todo poeta, que lo mismo escribe versos, que los canta, que los pinta.
Con un público que conquistó a la complicada hora del vermú, compuesto además por un nutrido grupo de músicos, Acinas encadenó sus temas uno tras otro con personalísima voz puede que entre Albert Pla, Nacho Vegas, Tom Petty y vaya usted a saber qué. Contó cómo «me rompiste el corazón y ahora tengo dos», cómo «me tatué tu nombre y me salió gangrena», cómo «quise quemar tus cartas y me ardió la casa».
Lo contó y lo cantó todo hasta que un niño de poco más de siete años respondió con un sonoro «otra más no, por favor» a su pregunta de si era suficiente. Un niño que demostró que solo el hambre –habían pasado las tres la tarde– puede con el arte.
Palentino de nacimiento, asturiano de ascendencia, familia y amistades, mexicano actualmente de residencia y vecino del mundo, Alberto Acinas, licenciado en Bellas Artes, ha realizado numerosas exposiciones y dado forma a murales de grandes dimensiones, incluidos los que pintó para la película ‘Caótica Ana’ de Julio Médem. Un lujo ‘hecho a mano’ de esos que tan bien sirven en Toma 3. A la hora del vermú y a cualquier otra.

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El ego y sus ataques
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María de Álvaro | 10-01-2015 | 7:28| 0

Está empirícamente comprobado que en este recóndito lugar al sur del hemisferio norte, el ego resulta más peligroso que el ébola. El primero cuenta con ilustres víctimas mientras el segundo suma apenas tres, una de ellas, curiosamente la más coreada, de cuatro patas. Le pasa al ego como al gas propano: que sin ser letal transforma voluntades; dicho rápido y tirando de frase hecha: “no mata, pero atonta”. Nadie está libre de sufrir indigestiones de sí mismo. Sucede, especialmente, cuando perdemos la perspectiva de la realidad de puro no mirar más allá de nuestros bigotes. Sucede en todas partes. En cualquier latitud, siempre y cuando el individuo tenga satisfechas sus necesidades básicas. Porque el ego se alimenta de gentes bien comidas. Pero hay, claro, lugares y, sobre todo, circunstancias que le hacen a uno (o a una) más proclive a ser víctima de un ataque de esta naturaleza.

El periodismo y su ejercicio es uno de los caldos favoritos del ego para hacer sus potajes, un lugar en el que quienes gustan de ser el alga nori del sushi, si se me permite actualizar por lo nikkei lo del perejil y la salsa, han tenido siempre espacio para campar a sus anchas. Y ahora, claro, más, mucho más, porque todos somos un medio de comunicación en nosotros mismos. O podemos serlo. Los ataques de ego tendrían de malo lo mismo que la masturbación, o sea, nada, si no fuera porque más allá de jugar uno con uno mismo suelen ir acompañados de ataques al contrario, entendiéndose por contrario cualquier cosa ajena al yo, al mí o al conmigo mismo.

Y ahí perder los papeles es fácil, facilísimo. Y usar lo que haga falta, también. Usar incluso a quien haga falta, sin importar siquiera si ese alguien está vivo o muerto. Pero la víctima del ataque siempre acaba siendo el propio verdugo, que deja a su yo expuesto al público y en pelota picada. Desnudo y haciendo el ridículo. Porque cuando uno decide abrir una manguera de mierda para repartir a su alrededor suele, más pronto que tarde, acabar asediado por las heces. Más que nada porque son suyas.

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Imposible, Cari
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María de Álvaro | 09-01-2015 | 12:25| 0

En EL COMERCIO hay un silencio extraño y espeso. No se oye el murmullo habitual, ni una voz más alta que otra, ni un cagamento. Nos hemos quedado mudos. Cari nos ha dejado sin palabras. Porque Joaquín Bilbao casi nunca era Joaquín y era Bilbao o Bilbo solo a veces. Él aquí era, es, el Cari. Se bautizó a sí mismo de pura insistencia, de tanto llamarnos a todos por el diminutivo de ‘cariño’. Con él remataba cada frase y cada foto, con él llegaba cada día al periódico como un torbellino, siempre corriendo, siempre desde los lugares más insospechados, siempre con un aluvión de imágenes.
Cari era más que un fotógrafo, más que un fotoperiodista, Cari era una ‘fotoametralladora’ capaz de duplicarse y triplicarse, de elevarse a la enésima potencia. De estar en Mareo, Begoña y Fomento a la vez. De chiscar 14 ruedas de prensa seguidas y emocionarse inmediatamente después con el reportaje de algún guaje, y guardarle y enviarle al día siguiente las fotos a su abuela. De ponerse una bufanda del Sporting encima del peto de prensa, de saltar con un gol del Juanfersa en pleno partido, de subirse a una moto y dar una Vuelta a Asturias que parecía al mismísimo mundo.
Con él hemos andado caleyas y volado por autopistas. Hemos corrido en manifestaciones, compartido horas de espera. Hemos subido a Primera, bajado a Segunda. Hemos pasado el día de Navidad en un incendio y muchas noches de verano sin dormir. Y allí donde estuvieras, por extraño que resultase el sitio, siempre oías un «¡Coño, Bilbao!» que abría todas las puertas. Y allí donde estuvieras te acababas partiendo de la risa. Porque nos hemos reído. Nos hemos reído tanto…
Respondía a cada encargo siempre, invariablemente, con un «¡Imposible, Cari!», para poco después hacerlo posible. Cari amaba su trabajo sobre todas las cosas. Le gustaba todo, especialmente si había un balón o una descarga de adrenalina por medio. Todo con una excepción: las fotos verticales. Las carcajadas aquel día que le pedimos una foto del Orfeón Donostiarra vertical a una columna, «y que se vean todos los cantantes», resuena todavía entre las paredes de la Redacción. Y fue él quien más se rió, justo después de atronarnos con su «¡Imposible, Cari!».
Llevaba en sus venas inoculado el veneno de estar dónde suceden las noticias para contarlas. Y eso es sobre todo el periodismo. Y eso era Cari, que ayer nos dejó mudos porque lo que verdaderamente resulta imposible ahora es asumir que tenemos que hacer el periódico de hoy sin él.

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Un poeta que cuenta cuentos
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María de Álvaro | 24-12-2014 | 1:23| 0

A propósito de ‘Amor suicida’ de Miguel Rojo

Cuenta Íñigo Noriega en el prólogo de este libro que los relatos que lo componen, publicados todos ellos en asturiano en las páginas del suplemento ‘Culturas’, comparten, además de un cierto «cielo plomizo», el hecho de tener una «rampa de despegue» narrativa. Tienen eso y también una voz, que a modo de hilo, a veces de letanía, salta de un cuento a otro como saltaban los personajes en la memorable ‘Hoja del Ginkgo Biloba’. En aquel libro, Miguel Rojo tejía una historia con otra y les daba unidad haciendo que un personaje de cada relato pasase al siguiente. Había en aquellos capítulos una intención de libro, de unidad, que, seguramente, no ha tenido a la hora de trazar este ‘Amor suicida’. Son estos, lo confiesa su autor en la portada, «cuentos de encargo».
Los hace cada mes para EL COMERCIO y cada mes en EL COMERCIO se publican, pero ahora llegan por primera vez como un todo, un todo que se devora de golpe, sin poder parar. Y así leídos es como se descubre eso que hasta ahora solo se intuía: esa voz que hilvana realidades cotidianas para volverlas extraordinarias. Como solo los grandes saben hacerlo. Detrás de los protagonistas de cada relato, detrás de la profesora desesperada que cree en extraterrestres para que «haya otros mundos ahí fuera»; detrás de Van Gogh en su útlimo día; detrás de los viejos de ese convite de «polvo y ceniza en manos del viento»; detrás del hombre que se muere «como si se hubiera cansado de estar vivo»; detrás de cada suicida más o menos terrible o más o menos cómico; detrás de Rosa, esa mujer que es símbolo del maldito e imparable paso del tiempo; detrás de ese fabuloso genio de la lámpara que vuelve impotentes a los hombres que escuchan su historia; detrás del escritor de novela negra atrapado en una de sus tramas; detrás de Joyce, de Don DeLillo, de Benedetti «el-salva-recitales» y hasta detrás de un ultra del Oviedo está Miguel Rojo. Su voz, su ternura disfrazada de humor negro, ácido tantas veces. Macarra siempre.
Está el tipo que nos arranca una sonrisa, o una risa, a veces cómplice, a veces triste –como la que se te queda viendo la plenitud ya marchita en la foto de María junto al chico al que vomitó por encima en su despedida de COU –, a veces melacólica, esa que tanto se parece al llanto, porque, como a la novia que se va de luna de miel a Chile en un barco lleno de vacas las «lágrimas gigantes ruedan por la cara». Pero también el que nos hace estallar en carcajadas cuando el escritorucho de provincias se pregunta qué habrá hecho tan mal en la cama de aquel crítico para no ganar un premio de poesía o cuando el marido de la suicida que da título al libro hace su inesperada confesión final.
Detrás de todos, dándoles voz, su voz, no está solo un contador de historias más o menos creíbles, porque ya se sabe, lo dice él, que «en la vida de los adultos lo más impensable puede ser lo más verídico». Detrás de todos ellos lo que hay es un poeta. Un poeta contándonos un cuento. Está ese Miguel Rojo que en ‘El Paseo’, su anterior libro, prometía lo de «empaparé tu corazón con mi palabra, brevemente, como hace la lluvia con la tierra». Y ha vuelto a hacerlo con ‘El amor suicida y otros cuentos de encargo’. Aunque no tan brevemente como él se piensa. Porque sus palabras son de las que mojan. Y calan.

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Un bosque de palabras
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María de Álvaro | 22-12-2014 | 9:25| 0

A propósito de ‘No encuentro mi cara en el espejo’, Fulgencio Argüelles (Acantilado)

Leer a Fulgencio Argüelles es lo más parecido a atravesar un bosque en otoño cuesta abajo. Y cualquiera que haya atravesado un bosque en otoño cuesta abajo –o sea, cualquiera– sabe que no es sencillo, que está humedo, que si no se pone cuidado, resbala; pero sabe también que es completamente imposible parar. La misma fuerza de la inercia que te empuja cuesta abajo por un bosque en otoño es la que Fulgencio Argüelles imprime en sus verbos, con la que encadena sus enumeraciones, con la que construye textos que más que escritos parecen destilados, porque los cose con palabras que no se pronuncian, se mastican, y los llena de atmósferas que lo envuelven todo, y de personas, personajes, que, como solo sucede con la literatura mayor, se instalan en la mente y en el corazón del lector para quedarse allí a vivir para siempre.
Vuelve el escritor de Cenera a la cuenca minera, muy cerca de su ‘Palacio azul de los ingenieros belgas’, que va, por cierto, por su séptima edición, también en Acantilado. Lo hace «el día de la muerte del cura Lubencio», una noche de tormenta en vísperas de una guerra, la civil, que «nadie va ganar porque nadie gana nunca ninguna guerra, aunque algunos quedarán más jodidos que otros». Y en un pueblo, Peñafonte, en el que por las noches suena el violín de una muchacha que ha perdido el juicio por amor (o tal vez sea la única que lo conserva), «los sapos y las culebras salen a tomar la luna» y hasta, si se tercia, caen bombas pérdidas de los alemanes.
Allí viven María Casta y su hijo Edipio, el chico al que tanto le cuesta encontrarse en el espejo. La nueva novela de Fulgencio Argüelles es la historia de esta particular pareja, unida por la sangre y por un secreto, pero también de muchas otras almas, la mayoría partidas por la miseria, casi todas marcadas por la injusticia. Es también la historia eterna del ser humano, ese que «debe nacer muchas veces para crecer», ese que tiene que «parirse a sí mismo».
Poco importa la trama, aunque, por resumir, la trama sea el retrato coral, la foto fija de una aldea asturiana sobre la que estalla la guerra civil con la Revolución del 34 sin cicatrizar. No es esta una historia de buenos y malos, como no es el mundo un lugar para las simplezas. La mayor verdad, que confiesa el propio Argüelles en boca de uno de sus personajes, es que «los hechos nada son en comparación con la forma que tenemos de interpretarlos». Por eso y porque «las palabras son inocentes y también son libres, andan expuestas a granel para que cualquiera las elija a su antojo y las coloque», él las utiliza para dar forma a coleccionistas de palabras, a mujeres capaces de «atrapar buenos sentimientos y sentarlos literalmente a su lado», a un hombre «que había leído tres libros pero muchas veces: ‘La Biblia’, ‘Moby Dyck’ y ‘Los cuentos de la Alhambra’», a un contador de estrellas enamorado de la luna «que es más humana que el sol porque crece, mengua y hasta se acaba muriendo», a un maestro «ateo por la gracias de Dios» o a un cura poco dogmático cuyas largas conversaciones sobre lo humano y lo divino con el profesor marcan algunos de los momentos más memorables del libro. Deliciosos y hasta impagables podría decirse si no fueran adjetivos tan terroríficamente cursis. Inteligentes, sinceros y divertidos en todo caso.
‘No encuentro mi cara en el espejo’ es más que una historia de fascistas y comunistas, de falaguistas y anarquistas, es más que el reflejo de unos hechos en un lugar y en un momento concretos. ‘No encuentro mi cara en el espejo’ es un canto, un canto oscuro y por momentos tenebroso, pero un canto al fin y al cabo, a la salvación del hombre por el hombre. Porque en medio de la basura, en el centro mismo del barro, siempre está eso a lo que «uno sabe que ha llegado cuando se deshacen aquí dentro los nudos de la congoja». Está ese deseo de abrazar, de sentir al otro. Está el amor, la única fuerza capaz de que el «olor de los escombros» deje de flotar en el aire y dé paso a un viento fresco. Aunque sea solo por un rato. En Peñafonte o en cualquier lugar del mundo.

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