El Comercio
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Autor: María de Álvaro
Ruido
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María de Álvaro | 19-01-2017 | 7:58| 0

Leo que el próximo sábado es el día europeo de la mediación y no sé si por que hoy he leído los periódicos demasiado pronto o por este frío que no deja pensar (ni hablar de otra cosa), confundo mediación con meditación. Y me dispongo a poner el grito en el cielo, a rumiar un ‘a dónde vamos a llegar’ al más puro abuela cebolleta, cuando caigo en la cuenta de que, a lo mejor, meditar es justo lo que nos hace falta. Pararse, templar y mandar era lo que hacían, todavía hacen, creo, los toreros, los que quedan. Y es lo que no hacemos todos los demás, ahora que nada funciona sin espectáculo mediante. La detención de la cúpula de UGT de Asturias, con el despliegue de agentes de seguridad y desfile de arrestados y cajas, para, en menos de 24 horas, ponerlos a todos en la calle, es eso: ruido. La cosa se podía haber hecho con unas citaciones que reforzasen una investigación que, por cierto, sigue adelante, pero el pueblo pide, pedimos, circo. O eso parece. O eso nos han hecho creer. Y ahora sí puedo decirlo: no sé a dónde vamos a llegar; aunque supongo que el espectáculo continuará. Lo hace siempre. Cada vez más. Y mañana, Trump dirá. 

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La nieta del cauchero
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María de Álvaro | 13-01-2017 | 2:47| 0

“Alguna vez me han preguntado de dónde saco la fuerza. Siempre respondo lo mismo. No es ningún mérito. Es cosa de la sangre, pura genética: la de mi abuelo el cauchero”. Lo explica serena, con esa voz que parece que canta cuando suena en portugués, especialmente cuando es el del otro lado del Atlántico. El hombre con el que ha compartido más de cincuenta años, eso que los antiguos llamaban el ‘amor de su vida’, ahora que el término prácticamente se ha perdido por inexistente, como los unicornios o el carbón asturiano, acaba de morirse. Y ella no llora. Por momentos puede que se le escape alguna lágrima, sí, pero no parecen de dolor, ni mucho menos amargas. Parecen más bien de emoción; puede que de certeza, esa que debe dar, supongo, mirar atrás y ver que uno (o una) ha tomado el camino correcto. Que ha cumplido con la vida y la vida le ha correspondido.

La nieta del cauchero cuenta, porque su relato parece un cuento, que su abuelo se adentraba cada día antes de que amaneciese en la ‘floresta’ armado con su coraje, un machete y toda la paciencia del mundo. Para obtener el caucho, a los árboles hay que hacerles hendiduras en la corteza, provocarles heridas y esperar, colocando unos pequeños recipientes debajo para que sude el preciado líquido viscoso con el que después se fabrica el material. Un trabajo duro y, de paso, una metáfora tal vez demasiado perfecta para ser verdad, aunque esto último al abuelo le importaba más bien poco aquellos días. Él lo que quería, lo que tenía que hacer, era sacar a su familia adelante. Muchos de aquellos días llevaba a su hijo de seis años con él. “Con seis años, con solo seis años”, repite, casi salmodia. “¿Quién se imagina hoy a un niño de seis años a las cuatro de la madrugada acompañando a su padre a trabajar?”. Ese niño, el hijo del cauchero, es su padre. Su don para la pintura y el empeño del cauchero, que terminó haciendo algo de dinero, le llevaría, años después del comienzo de esta historia, a ser profesor en una escuela de Bellas Artes en Río de Janeiro.

El mismo coraje y otros dones trasladarían después a su hija hasta Europa, primero a la Universidad de la Sorbona, en París, y luego a la de Salamanca, en aquellos tiempos en los que las chicas no estudiaban, porque habían venido a este mundo para casarse. No la nieta del cauchero. Ella llegó a una España poco luminosa con 21 años y una carrera de Letras ya terminada gracias a las becas. Puede que el destino la enviase para traer algo de su luz brasileña. Desde luego, lo hizo para ponerle en el camino a su marido, con el que, sí, se casó pese a las no pocas reticencias hacía aquella chica morena y extranjera, nieta de un paria del Amazonas. Una vez más la fuerza ganó el combate y ella, un amor con el que vivirá para siempre, de una u otra manera, mientras le quede un aliento. Porque “es cosa de sangre, pura genética”, la misma que llevan hoy sus nietos a miles y miles de kilómetros del Río Negro y de la selva profunda.

La nieta del cauchero me contó un día esta historia y me dio, con la música de un cuento, una lección de esas que se guardan para siempre.

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Un tal Cremades
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María de Álvaro | 12-01-2017 | 12:19| 0

Confieso que no tenía ni idea de quién era Jorge Cremades. En realidad, sigo sin tenerla. Solo sé que su próxima actuación en el teatro de la Laboral, donde iba a interpretar uno de sus presuntos monólogos, ha sido cancelada. Parece que los chistes del tal Cremades son machistas. Yo he leído alguno y lo que me parece es que son malísimos, una cutrez tirando a indigna plagada de lugares comunes prehistóricos por la que, personalmente, no pagaría un euro de entrada. De ahí a cancelar un espectáculo, o lo que quiera que hace Cremades sobre un escenario, hay un trecho. Y la pregunta que deberíamos hacernos es por qué hay gente dispuesta a pagar por escucharle. En fin, que censurar a este tipo me parece bastante más peligroso que sus chistes, por machistas y por cutres que sean. Pero no son buenos tiempos para los matices. Prohibir es más fácil. Y se acaba antes.

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El Cervantes y la risa
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María de Álvaro | 01-12-2016 | 5:26| 0

No sé quién dijo ni dónde leí que Eduardo Mendoza jamás ganaría el Cervantes ni ningún premio gordo a excepción, con suerte, del de la lotería de Navidad, porque lo suyo era de risa. El humor, vaya. No sé quién dijo ni dónde leí, pero se equivocaba. Y no porque haya ganado el Cervantes, sino porque quien dijo eso no se molestó en leer a Mendoza. Mendoza es risa, sí, qué pasa, pero es más. El señor de Barcelona que nos sacó carcajadas hasta las lágrimas (literal) con su marciano Gurb trasmutado en Marta Sánchez, con Onán Sugrañes paseándose por la Rambla en calzoncillos, con su anónimo ‘tocador de señoras’ o con las casposidades de Plutarquete Pajarell es el mismo que se inventó una nueva manera de contar para parir allá por 1975 ‘La verdad sobre el caso Savolta’, esa novela negra que es de todos los colores. El mismo que nos paseó por la Barcelona de finales del XIX y principios del XX para contarnos la historia de Onofre Bouvilla y, de paso, de la ciudad entera y de todo un país y hasta de una época, puede que de una civilización y, metidos en gastos, escribió con ‘La ciudad de los prodigios’ algunas páginas de lo mejor de la novela contemporánea. Hala. Y es, además, el mismo que nos mató de amor en esa ‘isla inaudita’ que se llama Venecia y el mismo que nos hizo creer y descreer en Dios y en el demonio en su bellísimo ‘año del diluvio’.
Pero si no hubiera sido nada de eso, si solo se hubiera sacado de la manga al detective sin nombre más descacharrante de la historia reciente de la literatura en español, si solo nos hubiera hecho reír, aquel que dijo que Eduardo Mendoza jamás ganaría el Cervantes también se habría equivocado. Y no porque lo haya ganado, que no hombre, que no. Se habría equivocado porque se lo merece aunque no sea más que a modo de metáfora. Porque Eduardo Mendoza hace mucha falta ahora que van quedando pocas tareas más nobles que la de hacer reír, especialmente, muy especialmente, por escrito. Al fin y al cabo eso es casi lo único que nos diferencia del resto de animales. Porque no, las hienas no se ríen. Ni leen.

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Carver 1 – Coelho 0
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María de Álvaro | 23-11-2016 | 1:23| 0

A propósito de ‘Una mala racha’, de Julio Rodríguez

El día en que Gregorio Caballero preguntó «de cuánto estamos hablando» y no «de qué» se convirtió en autor de libros de eso que se ha dado en llamar autoayuda y divulgación. Ese día Gregorio no amaneció convertido en escarabajo, como su tocayo Samsa en ‘La metamorfosis’, pero le pasó algo parecido: se rindió a la evidencia de que uno puede «ganarse la vida a costa de desperdiciarla». Con semejante alegría para el cuerpo, los 50 cumplidos, un hijo veinteañero y una ex que pasan de él y una próstata que le tiene yendo al baño cada dos por tres, Gregorio se presenta en su patria, que, como todo el mundo sabe gracias a Rilke, es la infancia. Y así, en un pueblo costero de Asturias «de los que se llenan en verano y se vacían en invierno», comienza la nueva novela de Julio Rodríguez.
‘Una mala racha’ es el relato de un ganador que pierde o, más bien, de un perdedor que triunfa en un mundo editorial tirando a gris. D-crépita publica, de hecho, sus ‘bestsellers’, de títulos tan reveladores como desternillantes. A saber: ‘Del tam tam al tomtom: evolución de la comunicación humana’, ‘Casa de citas: 1.001 frases para triunfar en sociedad’, ‘¿Qué piensa tu perro cuándo te mira?’, ‘¿Qué piensa tu gato cuando te mira?’, ‘Levántate y hazlo, hacia un desarrollo exitoso de la autoeficacia’… Y así hasta cerca de 40, porque la novela incluye ‘bibliografía’ de su protagonista.
La historia de Gregorio, tan vieja como el hombre y tan contemporánea a la vez, es la de una obsesión, o dos: el sentido de la vida y el paso del tiempo. «Uno acaba asumiendo que vivir consiste en ubicarse, en hacerse hueco, en encontrar un sitio donde no estar de más», lanza para en otro momento sentenciar que «la vida no es más que una enfermedad degenerativa».
‘Una mala racha’ no es, en todo caso, un amargo lamento existencial, aunque tenga sus dosis de nostalgia, sino una novela cargada de ironía. Rápida, certera, por momentos brillante y, además, muy bien estructurada, nos va llevando de un lado para otro sin movernos del pueblo («la envidia de Macondo») con su protagonista y un puñado de maravillosos actores de reparto: un padre malencarado y sabio, una madre amorosa y fuerte, una anciana tía con un secreto genial, un examor «que florece todo el año»… borrachos filosóficos, marinos que parecen monjes budistas, héroes sin dientes…
Gregorio intercala presente y pasado con páginas de sus propios libros (imprescindibles sus ‘consejos para el catarro’ y la mencionada bibliografía); recetas que hacen salivar (chorizos «como prendas de lencería», menestras «atléticas», tortillas de patatas «dignas de ser enviadas al espacio exterior» o un virrey que te vuelve «monárquico»); noticias de periódicos y hasta ese género literario tan infravalorado: la esquela.
‘Una mala racha’ es, de paso, y sin darse la más mínima importancia, una fantástica lección de metaliteratura llena de «frases inquietas e inquietantes como largas filas de hormigas en el jardín». Julio Rodríguez deja claro que una novela es «una empresa compleja y precisa como el mecanismo de un puto reloj suizo», que sin conocer los «entresijos del idioma» no hay «magia en forma de palabras» que valga y que escribir, como construir un barco, tiene «algo que ver con el swing, con hacer las cosas un poco con el corazón y otro poco con la cabeza». Y a esas dos partes del cuerpo dispara el ovetense, profesor, poeta y superviviente, como su Gregorio, en un mundo en el que «Coelho está comiéndole la tostada a Carver». Por suerte, aún quedan libros para darle la vuelta al partido. Éste, por ejemplo.

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