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Categoría: General
Carles I, el invadido

“Los invasores serán expulsados de Cataluña, como lo fueron en Bélgica, y nuestra tierra volverá a ser, bajo la República, en la paz y en el trabajo, señora de sus libertades y sus destinos”. Tan templadas palabras fueron pronunciadas por Carles Rahola, periodista fusilado por el Franquismo en una época ciertamente negra de nuestra historia. Y en determinado momento podrían hasta entenderse. Lo que ya se explica más dificilmente es que el hasta ayer alcalde de Girona y desde hoy president de la Generalitat las emplease en un reciente discurso electoral, seguidas de un particular grito de guerra: “ ¡Viva Girona y Viva Cataluña Libre!”.

¿Qué significa exactamente Cataluña libre? ¿Acaso Cataluña no es libre? ¿Está presa de algo o de alguien? Las palabras son peligrosas, sobre todo cuando se utilizan como bombas de racimo. Las hemerotecas, también. Tanto como necesarias a veces para conocer qué personajes son los que mueven o pretenden mover nuestros destinos. Los catalanes están en su legítimo derecho de pretender decidir si quieren o no ser españoles, pero no a costa de mentir, no a costa de acusar al Estado español, a España, de robarles y, muchísimo menos de invadirles. Y desde luego, el tono guerracivilista no ayuda.

Carles Puigdemont no es un ‘twittero’ iluminado ni un loco que grita consignas por la calle. Carles Puigdemont es el presidente de todos los catalanes, los que van ‘junts pel sí’ y los que no, los que todavía quieren pertenecer a este país que se nos va cayendo poco a poco de las manos gracias a las acciones de unos y las inacciones de otros. Unos y otros que solo tienen una cosa en común: nosotros les pagamos el sueldo. Y a lo mejor hay que recordarle al señor Puigdemont que en las últimas elecciones la cosa se quedó en un 48% frente al 52%. Y no fueron los suyos los que ganaron, si insiste seguir hablando de bandos.

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El Chapo, a Gran Hermano

Al Chapo Guzman le pillaron porque quería ser Vito Corleone. El narco más buscado del planeta, el que se escapó de una cárcel de máxima seguridad por raíles construidos al efecto, andaba en preparativos con una productora para hacer una película sobre su vida. Ser un criminal no vale de nada sin reconocimiento público. Ser, así a secas, ha dejado de tener utilidad ninguna. Es cosa de raros y de anacoretas. Si uno se enamora no importa, importa que lo cuente en Facebook; si el mundo se desmorona, tampoco, lo fundamental es lo que opinamos del desmoronamiento de turno en Twitter: 144 caracteres y a otra cosa. Eso y desayunar en tazas que nos auguran un día increíble siempre y cuando lo colguemos, claro está, en Instagram.

Al Chapo Guzman lo pillaron porque ni siquiera a él le vale ser sin altavoces, él que se juega su propia vida en ello. La vanidad ancestral mezclada con el exhibicionismo de nuevo cuño es lo que tienen, que resultan implacables, una combinación perfecta. Apostaría a que el Chapo se encontraría mucho más en su salsa en Gran Hermano Vip que en la cárcel en la que ya duerme, y no porque vaya a tener menos comodidades.Y apostaría también a que a los productores se les saldrían los ojos de las órbitas por meterlo en la casa con el ‘Pequeño Nicolás’. Porque apostaría sobre todo a que serían líderes de audiencia. Y ahí está el problema. Y la solución, por cierto.

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En casa

“Chewie, estamos en casa”. Lo dice Han Solo al poner un pie sobre el ‘Halcón milenario’ y con esa frase no sólo pone pelos de punta, también resume una película entera. Porque ‘El despertar de la fuerza’ es eso: un regreso feliz a los tiempos de la fuerza, aquellos en los que el mundo se dividía entre buenos y malos, jedis o siths, Luke o Darth Vader. ‘El despertar de la fuerza’ es volver a fabricar espadas láser con los rollos acabados de papel Albal, volver a querer ser la princesa Leia, a tener un ewok en vez de un perro. Volver a tener diez años. Esa sopa que te recuerda a la que hacía tu abuela, ese libro que te leíste con 15 y reaparece en una mudanza, esa canción que te acompañará siempre.

Es todo eso, pero no sólo. Porque también hay en la última de ‘La guerra de las galaxias’, ahora ‘Star Wars’, una buenísima historia de aventuras, a la altura del mejor Indiana Jones, y, como si eso no fuera más que suficiente, sus nuevos héroes son otra vez verdaderas declaraciones de intenciones: que el polvo al ‘Halcón Milenario’ se lo quitan una mujer corajuda y solitaria de profesión chatarrera y un soldado del Imperio arrepentido, un tipo que se reivindica individuo dentro de la masa, que se niega a acatar órdenes si éstas suponen llevarse por delante a inocentes, el humano debajo de la máscara, la libertad contra un sistema que programa mentes en serie. Son, en fin, dos personas que si no fuera porque viven en una galaxia muy muy lejana podrían ser nuestros vecinos o nosotros mismos. O sea, una tía y un tío normales capaces de cosas extraordinarias. Dos metáforas con piernas, dos constataciones de que otro mundo es posible, aunque sea más allá de las estrellas. La esperanza, que ya no es nueva, se mantiene intacta. La fuerza ha despertado. Y nos sigue acompañando. Como siempre.

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Decíamos ayer…

Hasta hace cuatro días había dos españas. Desde esta noche, hay cuatro. ¿Las hay? El PP ha vuelto a ganar las elecciones y el PSOE es la segunda fuerza más votada. Fray Luis de León y Unamuno resolverían la cosa con un “decíamos ayer”. Lampedusa, con su famoso y trillado “que todo cambie para que todo siga igual”. El abuelo de aquel anuncio, a golpe de ‘Y el Madrid qué, ¿otra vez campeón de Europa?’. Podemos y Ciudadanos le han dado un meneo al Congreso, un meneo que puede tener incluso algún grado en la escala Richter, pero no han hecho saltar el bipartidismo por los aires. O no hemos, que votar votamos usted y yo. O sea, por resumir e ir al grano, lo dicho: el PP ha vuelto a ganar las elecciones y el PSOE es la segunda fuerza más votada. Enhorabuena a los premiados. Paciencia al resto.

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Bárbara tenía una vida

Bárbara tenía una vida, dos hijas, un exmarido y algún que otro problema para llegar a fin de mes. O sea, lo normal. Ahora ya no tiene nada más que lo último, porque su exmarido se ocupó de arrebatarle todo lo demás. Sucedió de la manera más cruel que se pueda imaginar, de una forma tan macabra que como guión de una película resultaría poco creíble. Por exceso. Aprovechó la visita semanal estipulada por el juez para matar a las niñas, sus niñas, de 7 y 9 años. Lo hizo a golpes y con una barra de hierro que, antes, se ocupó de envolver en papel de regalo para que las pequeñas no sospechasen. Era el cumpleaños de una de ellas. No habrá más.

Fue el 27 de noviembre de 2014. Ha pasado un año y Bárbara, sin hijas, sin vida, tiene un trabajo de mierda, de esos que ahora se llaman ‘precarios’, y ni una ayuda pública. Sólo una administración se ha acordado de ella en todo este tiempo, fue el Ayuntamiento de Cudillero y fue para pedirle que se hiciera cargo de los gastos de enterrar al asesino, que, claro, muy valientemente, se suicidó tirándose por un viaducto.

Bárbara ya no tiene nada que perder. Con Amets y Sara se fue todo. Nosotros, todos nosotros, dejándola a su suerte, sí. Lo que le pasó a Bárbara es como mínimo una negligencia que nos tenemos que apuntar como sociedad. Que un tipo capaz de coger una barra de hierro, envolverla en papel de regalo y matar con ella a sus hijas, tenga la oportunidad de hacerlo nos debería hacer pensar que algo falla. Y no hablo de justicia preventiva, solo de justicia. Por Amets y por Sara ya no se puede hacer nada. Por Bárbara sí. Y por muchas otras. Demasiadas.

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En guerra

Estamos en guerra. O eso dice Hollande, y esta vez no habla de asuntos domésticos. Y a lo mejor estamos en guerra, vale, pero no en una guerra entre una civilización y otra, entre una forma de entender el mundo y la contraria. No. Porque los asesinos no matan en nombre de ninguna civilización. Y mucho menos de ningún dios. Son asesinos. Y si esto es una guerra lo es entre la razón y la barbarie. Una guerra entre buenos y malos, como ha ocurrido alguna que otra vez, no muchas, a lo largo de la Historia. Y no podemos olvidar que nosotros estamos en el primer bando, que los asesinos son los otros y que hay que combatirles con toda la fuerza, claro, pero empezando por la de la razón. No podemos olvidar que compartimos trinchera con París y con Bruselas, pero también con Malí y con Túnez y con esos refugiados sirios a los que Occidente les prohíbe la entrada o con los que están siendo bombardeados en su propio país. No nos diferencian nuestros dioses, ni siquiera la ausencia de ellos. Lo que nos hace distintos es que unos son los asesinos y los otros, sus víctimas. Por eso nosotros no podemos disparar contra niños. Porque somos otra cosa. Y si esto deja de ser así, habrán ganado la guerra. Su guerra.

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