El Comercio
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El culo y las témporas

Si mi abuela viviera y hubiera visto la foto de la salvamento de San Lorenzo hubiera sentenciado que llevaba medio culo fuera y que mejor se tapaba. Pero resulta que mi abuela nació a principios del siglo pasado en una Cuba que tampoco era libre, aunque de otra manera, y se educó en una España de postguerra que para qué vamos a contar. Lo curioso es que la recomendación del Ayuntamiento de Gijón para que la chica pueda seguir ejerciendo su trabajo con normalidad en la playa sin convertirse en diana de comentarios más o menos graciosos (sic) o más o menos rijosos es exactamente la misma que le daría mi abuela hace años: que se tape. Y eso, que en mi abuela me haría gracia y me llevaría, además de unas risas, varias explicaciones de por qué ahora, abuelita, sí se puede llevar medio culo fuera y no pasa nada, resulta tan ofensivo, tan ridículo y tan extemporáneo viniendo de la autoridad municipal que parece mentira que hoy, 7 de agosto de 2017, estemos hablando de ello. Porque cualquier día volveremos a admitir que hay ropa provocativa que puede ser atenuante de un delito y entonces ya no habrá marcha atrás. O nos haremos todas fans del burkini.

El machismo no se combate tapándose el culo, se combate con educación, pero, eso, claro, sí que es extemporáneo en los tiempos del reality e internet, en los que lo políticamente correcto hasta el ridículo convive con el deporte del despelleje más zafio. Mi abuela también diría que no sabe a dónde vamos a ir a parar. Y ahí, lo siento, tengo que darle la razón.

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Libertad de vómito

Un hombre levanta los brazos al aire. Sobre él, dos frases entre exclamaciones: “¡Libertad de expresión! ¡Pero sin tener que pensar!”. El Roto, como casi siempre, da en el clavo. Libertad de expresión blande un chaval que acaba de estrenar la mayoría de edad en el Carmín de la Pola y que luce una camiseta chistosísima e inocente a su reflexivo entender: “Ninguna mujer está completa hasta que un hooligan se la meta”. Para que añadir más. De libertad de expresión presumen también los simpáticos, progresistas y solidarios jóvenes que se burlan ante un cartel que recuerda el asesinato programado de Miguel Ángel Blanco. Terrorífico. Libertad de expresión parece ser también despellejar viva a una niña que acaba de cumplir los 18 porque es fea, sí, como la madre que la parió, que no ha dudado en vender su vida entera por fascículos, vale, y qué. Libertad de expresión es prácticamente cualquier vómito que cualquiera decida arrojar, generalmente encima de otro o de otros. Otra y otras también vale. Y decir que eso tiene que controlarse es ser un facha y estar en contra de la, ay, libertad de expresión. “No sois nadie para juzgarme” escucharon esta misma semana los jueces de la Audiencia Nacional. No es la civilización de Occidente la que se va acabando, es la civilización a secas. Parece que se nos ha olvidado aquello de que mi libertad termina donde empieza la del otro. Tenemos motivos para estar cabreados, eso no lo duda nadie, pero el resultado es simplemente nauseabundo. Y no debería llamarse libertad.

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