El Comercio
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El ego y sus ataques
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María de Álvaro | 10-01-2015 | 19:28| 0

Está empirícamente comprobado que en este recóndito lugar al sur del hemisferio norte, el ego resulta más peligroso que el ébola. El primero cuenta con ilustres víctimas mientras el segundo suma apenas tres, una de ellas, curiosamente la más coreada, de cuatro patas. Le pasa al ego como al gas propano: que sin ser letal transforma voluntades; dicho rápido y tirando de frase hecha: “no mata, pero atonta”. Nadie está libre de sufrir indigestiones de sí mismo. Sucede, especialmente, cuando perdemos la perspectiva de la realidad de puro no mirar más allá de nuestros bigotes. Sucede en todas partes. En cualquier latitud, siempre y cuando el individuo tenga satisfechas sus necesidades básicas. Porque el ego se alimenta de gentes bien comidas. Pero hay, claro, lugares y, sobre todo, circunstancias que le hacen a uno (o a una) más proclive a ser víctima de un ataque de esta naturaleza.

El periodismo y su ejercicio es uno de los caldos favoritos del ego para hacer sus potajes, un lugar en el que quienes gustan de ser el alga nori del sushi, si se me permite actualizar por lo nikkei lo del perejil y la salsa, han tenido siempre espacio para campar a sus anchas. Y ahora, claro, más, mucho más, porque todos somos un medio de comunicación en nosotros mismos. O podemos serlo. Los ataques de ego tendrían de malo lo mismo que la masturbación, o sea, nada, si no fuera porque más allá de jugar uno con uno mismo suelen ir acompañados de ataques al contrario, entendiéndose por contrario cualquier cosa ajena al yo, al mí o al conmigo mismo.

Y ahí perder los papeles es fácil, facilísimo. Y usar lo que haga falta, también. Usar incluso a quien haga falta, sin importar siquiera si ese alguien está vivo o muerto. Pero la víctima del ataque siempre acaba siendo el propio verdugo, que deja a su yo expuesto al público y en pelota picada. Desnudo y haciendo el ridículo. Porque cuando uno decide abrir una manguera de mierda para repartir a su alrededor suele, más pronto que tarde, acabar asediado por las heces. Más que nada porque son suyas.

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Imposible, Cari
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María de Álvaro | 09-01-2015 | 12:25| 1

En EL COMERCIO hay un silencio extraño y espeso. No se oye el murmullo habitual, ni una voz más alta que otra, ni un cagamento. Nos hemos quedado mudos. Cari nos ha dejado sin palabras. Porque Joaquín Bilbao casi nunca era Joaquín y era Bilbao o Bilbo solo a veces. Él aquí era, es, el Cari. Se bautizó a sí mismo de pura insistencia, de tanto llamarnos a todos por el diminutivo de ‘cariño’. Con él remataba cada frase y cada foto, con él llegaba cada día al periódico como un torbellino, siempre corriendo, siempre desde los lugares más insospechados, siempre con un aluvión de imágenes.
Cari era más que un fotógrafo, más que un fotoperiodista, Cari era una ‘fotoametralladora’ capaz de duplicarse y triplicarse, de elevarse a la enésima potencia. De estar en Mareo, Begoña y Fomento a la vez. De chiscar 14 ruedas de prensa seguidas y emocionarse inmediatamente después con el reportaje de algún guaje, y guardarle y enviarle al día siguiente las fotos a su abuela. De ponerse una bufanda del Sporting encima del peto de prensa, de saltar con un gol del Juanfersa en pleno partido, de subirse a una moto y dar una Vuelta a Asturias que parecía al mismísimo mundo.
Con él hemos andado caleyas y volado por autopistas. Hemos corrido en manifestaciones, compartido horas de espera. Hemos subido a Primera, bajado a Segunda. Hemos pasado el día de Navidad en un incendio y muchas noches de verano sin dormir. Y allí donde estuvieras, por extraño que resultase el sitio, siempre oías un «¡Coño, Bilbao!» que abría todas las puertas. Y allí donde estuvieras te acababas partiendo de la risa. Porque nos hemos reído. Nos hemos reído tanto…
Respondía a cada encargo siempre, invariablemente, con un «¡Imposible, Cari!», para poco después hacerlo posible. Cari amaba su trabajo sobre todas las cosas. Le gustaba todo, especialmente si había un balón o una descarga de adrenalina por medio. Todo con una excepción: las fotos verticales. Las carcajadas aquel día que le pedimos una foto del Orfeón Donostiarra vertical a una columna, «y que se vean todos los cantantes», resuena todavía entre las paredes de la Redacción. Y fue él quien más se rió, justo después de atronarnos con su «¡Imposible, Cari!».
Llevaba en sus venas inoculado el veneno de estar dónde suceden las noticias para contarlas. Y eso es sobre todo el periodismo. Y eso era Cari, que ayer nos dejó mudos porque lo que verdaderamente resulta imposible ahora es asumir que tenemos que hacer el periódico de hoy sin él.

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Un poeta que cuenta cuentos
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María de Álvaro | 24-12-2014 | 13:23| 4

A propósito de ‘Amor suicida’ de Miguel Rojo

Cuenta Íñigo Noriega en el prólogo de este libro que los relatos que lo componen, publicados todos ellos en asturiano en las páginas del suplemento ‘Culturas’, comparten, además de un cierto «cielo plomizo», el hecho de tener una «rampa de despegue» narrativa. Tienen eso y también una voz, que a modo de hilo, a veces de letanía, salta de un cuento a otro como saltaban los personajes en la memorable ‘Hoja del Ginkgo Biloba’. En aquel libro, Miguel Rojo tejía una historia con otra y les daba unidad haciendo que un personaje de cada relato pasase al siguiente. Había en aquellos capítulos una intención de libro, de unidad, que, seguramente, no ha tenido a la hora de trazar este ‘Amor suicida’. Son estos, lo confiesa su autor en la portada, «cuentos de encargo».
Los hace cada mes para EL COMERCIO y cada mes en EL COMERCIO se publican, pero ahora llegan por primera vez como un todo, un todo que se devora de golpe, sin poder parar. Y así leídos es como se descubre eso que hasta ahora solo se intuía: esa voz que hilvana realidades cotidianas para volverlas extraordinarias. Como solo los grandes saben hacerlo. Detrás de los protagonistas de cada relato, detrás de la profesora desesperada que cree en extraterrestres para que «haya otros mundos ahí fuera»; detrás de Van Gogh en su útlimo día; detrás de los viejos de ese convite de «polvo y ceniza en manos del viento»; detrás del hombre que se muere «como si se hubiera cansado de estar vivo»; detrás de cada suicida más o menos terrible o más o menos cómico; detrás de Rosa, esa mujer que es símbolo del maldito e imparable paso del tiempo; detrás de ese fabuloso genio de la lámpara que vuelve impotentes a los hombres que escuchan su historia; detrás del escritor de novela negra atrapado en una de sus tramas; detrás de Joyce, de Don DeLillo, de Benedetti «el-salva-recitales» y hasta detrás de un ultra del Oviedo está Miguel Rojo. Su voz, su ternura disfrazada de humor negro, ácido tantas veces. Macarra siempre.
Está el tipo que nos arranca una sonrisa, o una risa, a veces cómplice, a veces triste –como la que se te queda viendo la plenitud ya marchita en la foto de María junto al chico al que vomitó por encima en su despedida de COU –, a veces melacólica, esa que tanto se parece al llanto, porque, como a la novia que se va de luna de miel a Chile en un barco lleno de vacas las «lágrimas gigantes ruedan por la cara». Pero también el que nos hace estallar en carcajadas cuando el escritorucho de provincias se pregunta qué habrá hecho tan mal en la cama de aquel crítico para no ganar un premio de poesía o cuando el marido de la suicida que da título al libro hace su inesperada confesión final.
Detrás de todos, dándoles voz, su voz, no está solo un contador de historias más o menos creíbles, porque ya se sabe, lo dice él, que «en la vida de los adultos lo más impensable puede ser lo más verídico». Detrás de todos ellos lo que hay es un poeta. Un poeta contándonos un cuento. Está ese Miguel Rojo que en ‘El Paseo’, su anterior libro, prometía lo de «empaparé tu corazón con mi palabra, brevemente, como hace la lluvia con la tierra». Y ha vuelto a hacerlo con ‘El amor suicida y otros cuentos de encargo’. Aunque no tan brevemente como él se piensa. Porque sus palabras son de las que mojan. Y calan.

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Un bosque de palabras
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María de Álvaro | 22-12-2014 | 09:25| 0

A propósito de ‘No encuentro mi cara en el espejo’, Fulgencio Argüelles (Acantilado)

Leer a Fulgencio Argüelles es lo más parecido a atravesar un bosque en otoño cuesta abajo. Y cualquiera que haya atravesado un bosque en otoño cuesta abajo –o sea, cualquiera– sabe que no es sencillo, que está humedo, que si no se pone cuidado, resbala; pero sabe también que es completamente imposible parar. La misma fuerza de la inercia que te empuja cuesta abajo por un bosque en otoño es la que Fulgencio Argüelles imprime en sus verbos, con la que encadena sus enumeraciones, con la que construye textos que más que escritos parecen destilados, porque los cose con palabras que no se pronuncian, se mastican, y los llena de atmósferas que lo envuelven todo, y de personas, personajes, que, como solo sucede con la literatura mayor, se instalan en la mente y en el corazón del lector para quedarse allí a vivir para siempre.
Vuelve el escritor de Cenera a la cuenca minera, muy cerca de su ‘Palacio azul de los ingenieros belgas’, que va, por cierto, por su séptima edición, también en Acantilado. Lo hace «el día de la muerte del cura Lubencio», una noche de tormenta en vísperas de una guerra, la civil, que «nadie va ganar porque nadie gana nunca ninguna guerra, aunque algunos quedarán más jodidos que otros». Y en un pueblo, Peñafonte, en el que por las noches suena el violín de una muchacha que ha perdido el juicio por amor (o tal vez sea la única que lo conserva), «los sapos y las culebras salen a tomar la luna» y hasta, si se tercia, caen bombas pérdidas de los alemanes.
Allí viven María Casta y su hijo Edipio, el chico al que tanto le cuesta encontrarse en el espejo. La nueva novela de Fulgencio Argüelles es la historia de esta particular pareja, unida por la sangre y por un secreto, pero también de muchas otras almas, la mayoría partidas por la miseria, casi todas marcadas por la injusticia. Es también la historia eterna del ser humano, ese que «debe nacer muchas veces para crecer», ese que tiene que «parirse a sí mismo».
Poco importa la trama, aunque, por resumir, la trama sea el retrato coral, la foto fija de una aldea asturiana sobre la que estalla la guerra civil con la Revolución del 34 sin cicatrizar. No es esta una historia de buenos y malos, como no es el mundo un lugar para las simplezas. La mayor verdad, que confiesa el propio Argüelles en boca de uno de sus personajes, es que «los hechos nada son en comparación con la forma que tenemos de interpretarlos». Por eso y porque «las palabras son inocentes y también son libres, andan expuestas a granel para que cualquiera las elija a su antojo y las coloque», él las utiliza para dar forma a coleccionistas de palabras, a mujeres capaces de «atrapar buenos sentimientos y sentarlos literalmente a su lado», a un hombre «que había leído tres libros pero muchas veces: ‘La Biblia’, ‘Moby Dyck’ y ‘Los cuentos de la Alhambra’», a un contador de estrellas enamorado de la luna «que es más humana que el sol porque crece, mengua y hasta se acaba muriendo», a un maestro «ateo por la gracias de Dios» o a un cura poco dogmático cuyas largas conversaciones sobre lo humano y lo divino con el profesor marcan algunos de los momentos más memorables del libro. Deliciosos y hasta impagables podría decirse si no fueran adjetivos tan terroríficamente cursis. Inteligentes, sinceros y divertidos en todo caso.
‘No encuentro mi cara en el espejo’ es más que una historia de fascistas y comunistas, de falaguistas y anarquistas, es más que el reflejo de unos hechos en un lugar y en un momento concretos. ‘No encuentro mi cara en el espejo’ es un canto, un canto oscuro y por momentos tenebroso, pero un canto al fin y al cabo, a la salvación del hombre por el hombre. Porque en medio de la basura, en el centro mismo del barro, siempre está eso a lo que «uno sabe que ha llegado cuando se deshacen aquí dentro los nudos de la congoja». Está ese deseo de abrazar, de sentir al otro. Está el amor, la única fuerza capaz de que el «olor de los escombros» deje de flotar en el aire y dé paso a un viento fresco. Aunque sea solo por un rato. En Peñafonte o en cualquier lugar del mundo.

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Todos somos los niños de Ikea
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María de Álvaro | 11-12-2014 | 22:05| 0

Si tiene usted niños en edad de merecer y de creer en los Reyes Magos ya habrá visto el anuncio de Ikea en la tele o le habrá llegado el enlace a alguno de sus 200 grupos de guasap o se lo habrán contando en el autobús o en la oficina. Ya habrá usted echado la lágrima o lágrimas de rigor y ya se habrá prometido a sí mismo que estas vacaciones otra cosa, no, pero tiempo les va a dar todo el que pueda, así sus retoños acaben más hartos de usted que del profesor de Conocimiento del Medio (se dice así, ¿verdad?). Pero yo, que no tengo hijos y además soy muy mala persona, he visto el anuncio y no me he sentido en absoluto identificada con los papás estresados, pero sí mucho, muchísimo, con los niños abandonados.

Llega el anuncio de Ikea a la vez que nuestros padres (los de la patria, la chica) se firman unas vacaciones hasta febrero. Sí, el mismo día en que, por poner un ejemplo así al azar, Arcelor anunciaba que o se mira lo de la tarifa eléctrica o ellos se apuntan a la misma agencia de viajes que sus amigos de Alcoa, nuestro parlamento aprobaba en junta de portavoces que sus señorías no se reúnen en sesión ordinaria más hasta febrero, que enero es “inhábil” (bravo) y diciembre queda reservado para aprobar el presupuesto, lo que en este caso se traduce en un pleno extraordinario que viene a ser como la función de navidad de sus niños en el cole pero sustituyendo a los de 3º A vestidos de pastorcitos por Javier Fernández y Cherines, con perdón por la familiaridad.

Así que si ahora llegan los de Ikea y me preguntan que qué le pido a los Reyes, voy a hacer lo mismo que los pobres hijos de la vapuleada civilización de occidente del anuncio y les voy a decir que quiero que no nos abandonen quienes cobran por gobernar nuestras haciendas. Claro que bien pensado casi es mejor que marchen. Aunque sea de vacaciones. Y si es con Volotea, ya de coña.

 

 

PD. Y como estoy hoy de carta a los Magos aprovecho para pedirles, amables lectores, que el sábado vayan ustedes a ver a los chicos del Juanfersa al Palacio de los Deportes, que ellos ni se cogen vacaciones ni nada y les (nos) necesitan para quedarse en Asobal. Gracias.

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Niños muertos
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María de Álvaro | 30-11-2014 | 17:08| 1

Los niños muertos no deberían ser más que esa vieja expresión utilizada para zanjar conversaciones con un ‘no’ algo rocambolesco. La palabra ‘muerte’ no debería estar nunca en la misma frase que la palabra ‘niño’. El verbo morir jamás tendría que conjugarse con ellos como sujeto. Los niños nacen para vivir. Y por eso la muerte de un niño resulta siempre tan inexplicable. Por eso es siempre y en cualquier circunstancia tan asquerosamente cruel. Los ojos de la prima de Amets y Sara a la salida del funeral en la primera página del periódico de hoy no miran, taladran. Es como si además de expresar un dolor más que profundo, abisal, estuviesen pidiendo explicaciones a sus mayores. A todos nosotros. Porque es cierto que lo que menos se puede explicar de este caso es por qué no supimos evitarlo. Por qué alguien capaz de semejante atrocidad tiene la oportunidad de cometerla. Y el problema es que de ahí a pedir una justicia preventiva hay un enormísimo trecho. Por un delito debe pagar quien lo comete, no quien lo podría cometer, ni siquiera quien es sospechoso de haberlo cometido. Saltar esa línea es acabar con todo. Es volver a los oscuros tiempos en los que no existía el Derecho. Aunque los tiempos hoy nos parezcan, más que oscuros, simplemente negros.

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Héroes y dimisiones
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María de Álvaro | 19-11-2014 | 17:48| 1

Sin héroes no habría villanos, pero tampoco gente como usted y como yo. Porque sin héroes no habría humanos. La humanidad lo mismo necesita que llegue un Mesías que DC Cómics con Superman. Necesita espejos irreales en los que fundamentar su realidad, porque ser y estar a veces se hace muy cuesta arriba y otras sencillamente es un coñazo. Tal vez por tanto como los necesitamos, hacer héroes con cualquier cosa resulta peligroso. Por eso es tan raro escuchar al presidente del Principado diciendo que Esther Díaz ha puesto el listón muy alto y que su dimisión muestra el “nivel de exigencia ética del PSOE”. ¿Y qué demostraba cuando era consejera del Principado o alcaldesa de Langreo y, a la vez, propietaria de una empresa que trabajaba en obras de ambas administraciones? ¿Dónde estaba entonces el nivel? Es cierto que se agradece que alguien dimita, aunque sea uno de cada cien. Pero sin pasarse. A ver si ahora lo de tener cerca de un 20% de una compañía que ha estado en El Musel, y en el Montepío de Felechosa, y en el HUCA, mientras a la vez ella estaba en el Gobierno, va a ser lo de menos. Y lo de más que se haya puesto negro sobre blanco.

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Esther Díaz y el escarnio
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María de Álvaro | 17-11-2014 | 21:36| 0

El jardinero Eneka del palacio azul de los ingenieros belgas sabía todo lo que sabía y seguramente también lo que no gracias a una única lectura: la de una enciclopedia que leía y releía, gracias a la cual lo mismo era capaz de arreglar una hortensia que el mismísimo mundo, ese que tan falto está hoy de ‘enekas’. Nació el jardinero en la prodigiosa cabeza de Fulgencio Argüelles y vivió y vivirá para siempre en una cuenca minera del siglo pasado que nadie cuenta tan bien como el escritor de Cenera, probablemente porque su intención no sea esa; pero eso lo que es ya es otro tema. Es la misma cuenca, que ahí iba, en la que debieron vivir los abuelos de Esther Díaz, la consejera de Bienestar Social del Principado, exconsejera desde esta misma mañana, que abandona su cargo por, entrecomillo que es textual, “el escarnio público” al que han sido sometidas ella y su familia en los últimos días.

Llama Esther Díaz “escarnio público” a una sucesión de informaciones publicadas por este mismo periódico que empezaron con esto: “Una empresa de la consejera de Bienestar y su marido participó el grandes obras del Principado”. Siguieron con esto: “La empresa de Esther Díaz y su marido trabaja en la obra del geriátrico de Riaño adjudicada por su consejería”. Pasaron por esto: “Davelco trabajó en obras del Ayuntamiento de Langreo con Esther Díaz como alcaldesa”. Naufragaron en esto: “El Gobierno elude el respaldo público a la consejera Esther Díaz”. Caldeó Javier Fernández, sin querer -qué se sepa- sin menciones y sin alusiones, con esto otro: “Si todos tomásemos conciencia de la ética pública no sufriríamos escándalo tras escándalo”. Y remató la propia Esther Díaz yéndose a su casa.

Y estos son titulares de la primera página de este periódico. Son informaciones, esas por las que nuestros lectores nos pagan 1.30 euros al día o por las que se conectan a nuestra página web. Si Esther Díaz hubiera tenido a mano el diccionario de Eneka podía haber comprendido fácilmente que un escarnio es otra cosa, concretamente una “burla muy ofensiva y humillante que se hace con la intención de herir y ofender”, según dice la siempre sabia RAE. Y en esta lista de titulares, ni uno solo desmentido, no hay una sola burla ni, naturalmente, ninguna intención de otra cosa que no sea informar. Para eso están los periódicos. Aunque a veces se nos olvide. Algunas con razón.

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El moño de la mujer del César
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María de Álvaro | 13-11-2014 | 20:59| 0

La mujer del César tiene que estar hasta el mismísimo moñus-moña de ser citada en informaciones, artículos, tertulias y conversaciones de bar y/o peluquería. El mundo es feo, sucio y corrupto desde tiempos anteriores a los de Rómulo, Remo y la buena de Capitolina, salvedad hecha del dedo de Santa Teresa. Pero el mundo vive ahora 24 horas en directo y en abierto. El mundo vive con las mismísimas vísceras al aire si es necesario, que los culos hace tiempo que han dejado de ser patrimonio de la intimidad. El mundo hoy tiene Twitter y Facebook y medios de comunicación y hasta de desinformación apuntando en todas direcciones. Serlo y parecerlo nunca se parecieron tanto, jamás fueron palabras más sinónimas. Y en medio de todo esto: la casta -conocida como clase política hasta el advenimiento de Pablo Iglesias- otrora acostumbrada a la barra más o menos libre se encuentra con que lo mismo que el pueblo necesita saber con quién se acuesta Chabelita exige el estado de sus cuentas, así estén en Suiza o en Ponga. Y el pueblo, que cuando se pone pesado no hay quien lo pare, hurga en cosas que antes no hurgaba, sencillamente porque no tenía donde hacerlo. La ‘granhermanización’ de la sociedad, la de Orwell, claro, pero también la de Mercedes Milá, tiene más inconvenientes que ventajas. Que cada día nos desayunemos con un nuevo caso de corrupción seguramente está entre las segundas. O no. Porque hay mañanas, y tardes, y noches, que el hedor no deja respirar. Y eso sí es mortal de necesidad. Más incluso que los negocios de alguna consejera o las excursiones pagadas al balneario de algún director general. Que también.

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Los que no fueron
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María de Álvaro | 10-11-2014 | 13:59| 2

Le pasa a las expectativas lo que a los jardines, las flores, los gustos y los colores. Son las expectativas entes volátiles que huelen a lo mismo que las nubes de los anuncios. O sea, a nada. Porque una expectativa no tiene fundamento en casi nada más que el deseo. Y en casi nada menos; podrán refutarme, seguramente con razón. Vale. Pero la expectativa es libre, más libre que los que salían corriendo de la RDA hace 25 años, más que Nino Bravo. Usted, un suponer, puede plantearse hoy la expectativa de conocer a Olga María Henao e irse con ella de vacaciones pagadas a Canarias, all included. Tiene alguna posibilidad, no digo yo que no, que las tuvieron antes que usted Monago y un diputado por Teruel, pero son pocas. Yo mismamente voy a tener la expectativa de que George Clooney se divorcie y me pida matrimonio hoy por la tarde. Ya les contaré cómo me va. Nunca se sabe, pero seguramente mal. Porque lo mejor que se puede hacer con las expectativas es reducirlas, dejarlas temblando, aplicarles un ajuste modelo Merkel. Ya lo dice el proverbio zen: “una decepción es una expectativa no cumplida”. Y ya lo dice cualquier abuela que se precie: “tú di que sí, vida”. El éxito está garantizado. Menos es más, y yo, fan de la Bauhaus.

Artur Mas y no Mies van der Rohe me ha dado la idea. Resulta que el referéndum, la consulta, la pregunta, el 9-N… ha superado todas las expectativas. “No ha podido salir mejor”, entrecomillo por literal. El 80% de los catalanes quiere la independencia, el 80,72% para no mentir, no vaya a ser acusada de manipular las cifras de un proceso tan pulcro. Bien. ¿El 80,72% de cuántos? Pues el 80,72% de 2,2 millones de los 7,5 millones de personas que viven en Cataluña, de las cuales 6,2 (menores de entre 16 y 18 años incluidos) estaban convocadas al ‘sí-sí’, al ‘sí-no’ o al ‘no’ a secas (una pena que decidiesen a última hora quitar la casilla del ‘si-tu-me-dices-ven’, cuanto más poético hubiera sido todo). O sea, un 35% de los llamados a las cajas de cartón (¿puedo no llamarlas urnas, verdad?). ¿Qué pasa con el otro 65%? ¿A esos no les oprime el Estado centralista? ¿A esos no les roba España? No sé. Lo que sí tengo claro, hoy con cifras facilitadas por la Generalitat, es que hay por lo menos 4 millones de catalanes que no fueron a votar. Y eso sí es mayoría. Benvinguts al mundo real.

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