El Comercio
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Creer en Laboral
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María de Álvaro | 07-02-2017 | 13:12| 0

«El talento no necesita dinero, con un bolígrafo y un papel se puede ser Shakespeare».

(Gonzalo Suárez)

 

Lo bueno de las frases rotundas es precisamente su rotundidad. A veces, además, son verdad, como esta y como prácticamente todas las que pronuncia, escribe o filma Gonzalo Suárez; pero la verdad, por más mayúscula que sea, siempre tiene matices. El talento es gratis, aprovecharlo suele costar y suele costar, con permiso de los sudores, dinero. Al menos mientras el Banco Mundial, Trump y Alemania se sigan empeñando en que no volvamos, por ejemplo, al trueque. Por eso Laboral Centro de Arte necesita dinero, un presupuesto para que el barco, el trasatlántico, no naufrague. Pero antes que eso necesita algo mucho más importante: necesita que el dueño de las llaves, el Gobierno del Principado, se lo crea, que lo considere como un activo y no como un pufo heredado de otros políticos que, por lo que se ha visto, comparten siglas pero nada más. También necesita que se lo crea el Ayuntamiento de Gijón, que mira para el gigante de Cabueñes con desconfianza y ganas de que no dé un salto sobre un charco embarrado y, especialmente, que si esto ocurre no le salpique. También necesita que se lo crean la Universidad de Oviedo y los empresarios y, sobre todas las cosas, necesita que nos los creamos usted y yo, porque sin la implicación de eso que hemos dado en llamar ‘sociedad’ da igual que tenga todo el dinero del mundo, cosa que por cierto tuvo en aquellos tiempos en los que éramos ricos, porque seguirá sin importar.

La cultura, esa palabra tan denostada por unos y tan vacíamente abanderada por los del ejército contrario, no es nada en realidad. Es sólo lo que nos hace humanos. Así de simple. Así de prescindible también, naturalmente, que para producir y consumir no necesitamos alma, vale la cartera.

El problema es qué ha pasado para que en diez años nadie, o casi nadie, haya creído en Laboral Centro de Arte. Su cierre hasta marzo –por más que la Consejería de Cultura insista en negarlo y en mirar para otro lado, otra vez– es el cierre de todos. El cierre de una manera de gestionar a golpe de chequera y sin absolutamente nada más, difícil o imposible de mantener cuando vienen mal dadas.

Laboral tiene que mirarse hacia dentro, pero muy especialmente hacia afuera. De nada sirve que sus paredes hayan albergado una de las más hermosas piezas de imagen y sonido de Ryoyi Ikeda, que Robert Henke trajese hasta aquí una instalación de láser que después se la ha rifado medio mundo o que algunas grandes piezas de la colección de Francesca Thyssen se instalasen durante meses en Gijón. De nada valen su directorio de artistas asturianos o los proyectos puestos en marcha desde sus laboratorios de investigación, algunos de ellos con importantísimas becas internacionales. Tampoco que su nueva directora, después de casi un año sin nadie al frente, Karin Ohlenschläger, sea una voz indiscutible en el arte contemporaneo, un lujo.

Todo eso no sirve si nadie lo ve: ya saben lo del lío filosófico del árbol que se cae en el bosque y el sonido que produce. Y habrá que preguntarse por qué nadie quiere verlo. Laboral necesita público. Y al público hay que darle cosas buenas, pero sobre todo hay que darle algo. Cerrar tres meses al año y tres días a la semana es justo lo contrario de lo que necesita el Centro de Arte. Lo que hay que hacer es llenarlo de actividad y de talento, del que se hace con un boli y de los demás. Y también hay que facilitar la visita, y que haya un sitio para tomarse un café, con perdón por lo prosaico. Porque en el supuesto de que no nos interese ser humanos, incluso en el caso de que el arte y la cultura nos parezcan una soberana pérdida de tiempo, que estamos en nuestro derecho, no faltaba más, habremos de acordar que como motor ecónomico funciona. O puede hacerlo. Y no, no voy a aburrir con el efecto Guggenheim, para qué. Simplemente, un dato para quienes quieren matar o dejar morir el Centro de Arte: hasta ahora hemos invertido cerca de 26 millones de euros más los 8,6 millones de coste del edificio. Sí, ha leído bien. ¿Y ahora qué? ¿Los tiramos o los amortizamos?

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El gato para el que trabajo
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María de Álvaro | 29-01-2017 | 17:14| 0

El gato para el que trabajo ha descubierto que tengo poderes. Le convenzo sin proponérmelo cada día cuando, por ejemplo, se acerca a ese tubo brillante y plateado del que, si yo quiero, sólo si yo quiero, mana agua. Él se coloca debajo, incrédulo, como preguntándose, al estilo Rajoy, por qué a veces si y a veces no; y cuando por fin brota me mira una fracción de segundo impresionado y ya se olvida de mi existencia para beber como si fuera todos los peces que caben en un río. Otras veces le dejo pasmado haciendo surgir de una especie de nave espacial unos trozos de algo con olor a fuagrás que, a tenor de su fruición, deben de estar buenísimos, aunque yo me resista a probarlos por más que me recuerden al Apis de las meriendas a la vuelta del colegio cuando el foie y el paté aún no existían. El gato para el que trabajo alucina cuando con un simple toque maestro de mis dedos sobrenaturales hago surgir luz y calor, sobre todo calor, de un aparatito, también bastante marciano, que le queda justo encima de su brazo favorito del sofá.

Pero lo que de verdad vuelve loco al gato para el que trabajo, lo que le tiene cautivado, es mi poder para convocar el sol. Porque él está firmemente convencido de que soy capaz de hacer que salga a mi antojo. El tío lo tiene comprobado empíricamente y, contra las evidencias, hay poco que hacer; que se lo pregunten a quienes votaron a Trump. Tal vez por eso cuando, siguiendo el rito diario, le abro la puerta para que salga a la calle y el día está nublado, como hoy, se gira, me mira fijo en contrapicado y, después de una sonora retahíla de maullidos en los que noto cómo me echa la culpa abroncándome, unos días, y cómo me pide clemencia y mil veces por favor, otros -dependiendo de la pata con la que se haya levantado-, da media vuelta y se mete dentro de casa.

Al gato para el que trabajo le gusta tomar el sol. Y yo juro que, si pudiera, le pintaría uno y hasta se lo bajaría. El amor nos hace a veces un poco idiotas. Lo sé.

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De túnel a sumidero
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María de Álvaro | 26-01-2017 | 20:49| 0

El Ministerio de Fomento acaba de enterarse de que tiene un túnel en Gijón como el que se entera de que tiene un tío en América. 3,8 kilómetros excavados hace diez años que serían un gran lugar para conservar la sidra fresca si no fuera por que nos costaron 137 millones de euros. Ahí están, bajo nuestros pies, después de otros 700.000 euros más en mantenimiento desembolsados hasta 2014. Fue hace dos años, casi tres, cuando alguien en Madrid debió de traspapelar la carpeta metrotrén de Gijón. Ya nadie habla de recuperar la inversión, de reactivar aquella presuntamente necesaria infraestructura, ahora a lo que aspira el Ministerio de Fomento es a gastarse unos euros en conservación para que no se venga abajo, si es que un subterráneo puede hacer eso. Para qué, no lo sabemos. Y lo peor es que quienes deberían saberlo tampoco tienen pinta de tener la menor idea. Se me ocurre que podemos llenarlo de palabras y falsas promesas en infraestructuras. Aunque acumulamos tanto de eso que seguro que se nos queda pequeño. Mejor me callo no vaya a sacar alguien otra vez la tuneladora. Angelitos.

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Ruido
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María de Álvaro | 19-01-2017 | 18:58| 0

Leo que el próximo sábado es el día europeo de la mediación y no sé si por que hoy he leído los periódicos demasiado pronto o por este frío que no deja pensar (ni hablar de otra cosa), confundo mediación con meditación. Y me dispongo a poner el grito en el cielo, a rumiar un ‘a dónde vamos a llegar’ al más puro abuela cebolleta, cuando caigo en la cuenta de que, a lo mejor, meditar es justo lo que nos hace falta. Pararse, templar y mandar era lo que hacían, todavía hacen, creo, los toreros, los que quedan. Y es lo que no hacemos todos los demás, ahora que nada funciona sin espectáculo mediante. La detención de la cúpula de UGT de Asturias, con el despliegue de agentes de seguridad y desfile de arrestados y cajas, para, en menos de 24 horas, ponerlos a todos en la calle, es eso: ruido. La cosa se podía haber hecho con unas citaciones que reforzasen una investigación que, por cierto, sigue adelante, pero el pueblo pide, pedimos, circo. O eso parece. O eso nos han hecho creer. Y ahora sí puedo decirlo: no sé a dónde vamos a llegar; aunque supongo que el espectáculo continuará. Lo hace siempre. Cada vez más. Y mañana, Trump dirá. 

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La nieta del cauchero
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María de Álvaro | 13-01-2017 | 13:47| 0

“Alguna vez me han preguntado de dónde saco la fuerza. Siempre respondo lo mismo. No es ningún mérito. Es cosa de la sangre, pura genética: la de mi abuelo el cauchero”. Lo explica serena, con esa voz que parece que canta cuando suena en portugués, especialmente cuando es el del otro lado del Atlántico. El hombre con el que ha compartido más de cincuenta años, eso que los antiguos llamaban el ‘amor de su vida’, ahora que el término prácticamente se ha perdido por inexistente, como los unicornios o el carbón asturiano, acaba de morirse. Y ella no llora. Por momentos puede que se le escape alguna lágrima, sí, pero no parecen de dolor, ni mucho menos amargas. Parecen más bien de emoción; puede que de certeza, esa que debe dar, supongo, mirar atrás y ver que uno (o una) ha tomado el camino correcto. Que ha cumplido con la vida y la vida le ha correspondido.

La nieta del cauchero cuenta, porque su relato parece un cuento, que su abuelo se adentraba cada día antes de que amaneciese en la ‘floresta’ armado con su coraje, un machete y toda la paciencia del mundo. Para obtener el caucho, a los árboles hay que hacerles hendiduras en la corteza, provocarles heridas y esperar, colocando unos pequeños recipientes debajo para que sude el preciado líquido viscoso con el que después se fabrica el material. Un trabajo duro y, de paso, una metáfora tal vez demasiado perfecta para ser verdad, aunque esto último al abuelo le importaba más bien poco aquellos días. Él lo que quería, lo que tenía que hacer, era sacar a su familia adelante. Muchos de aquellos días llevaba a su hijo de seis años con él. “Con seis años, con solo seis años”, repite, casi salmodia. “¿Quién se imagina hoy a un niño de seis años a las cuatro de la madrugada acompañando a su padre a trabajar?”. Ese niño, el hijo del cauchero, es su padre. Su don para la pintura y el empeño del cauchero, que terminó haciendo algo de dinero, le llevaría, años después del comienzo de esta historia, a ser profesor en una escuela de Bellas Artes en Río de Janeiro.

El mismo coraje y otros dones trasladarían después a su hija hasta Europa, primero a la Universidad de la Sorbona, en París, y luego a la de Salamanca, en aquellos tiempos en los que las chicas no estudiaban, porque habían venido a este mundo para casarse. No la nieta del cauchero. Ella llegó a una España poco luminosa con 21 años y una carrera de Letras ya terminada gracias a las becas. Puede que el destino la enviase para traer algo de su luz brasileña. Desde luego, lo hizo para ponerle en el camino a su marido, con el que, sí, se casó pese a las no pocas reticencias hacía aquella chica morena y extranjera, nieta de un paria del Amazonas. Una vez más la fuerza ganó el combate y ella, un amor con el que vivirá para siempre, de una u otra manera, mientras le quede un aliento. Porque “es cosa de sangre, pura genética”, la misma que llevan hoy sus nietos a miles y miles de kilómetros del Río Negro y de la selva profunda.

La nieta del cauchero me contó un día esta historia y me dio, con la música de un cuento, una lección de esas que se guardan para siempre.

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Un tal Cremades
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María de Álvaro | 12-01-2017 | 11:19| 0

Confieso que no tenía ni idea de quién era Jorge Cremades. En realidad, sigo sin tenerla. Solo sé que su próxima actuación en el teatro de la Laboral, donde iba a interpretar uno de sus presuntos monólogos, ha sido cancelada. Parece que los chistes del tal Cremades son machistas. Yo he leído alguno y lo que me parece es que son malísimos, una cutrez tirando a indigna plagada de lugares comunes prehistóricos por la que, personalmente, no pagaría un euro de entrada. De ahí a cancelar un espectáculo, o lo que quiera que hace Cremades sobre un escenario, hay un trecho. Y la pregunta que deberíamos hacernos es por qué hay gente dispuesta a pagar por escucharle. En fin, que censurar a este tipo me parece bastante más peligroso que sus chistes, por machistas y por cutres que sean. Pero no son buenos tiempos para los matices. Prohibir es más fácil. Y se acaba antes.

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El Cervantes y la risa
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María de Álvaro | 01-12-2016 | 16:26| 0

No sé quién dijo ni dónde leí que Eduardo Mendoza jamás ganaría el Cervantes ni ningún premio gordo a excepción, con suerte, del de la lotería de Navidad, porque lo suyo era de risa. El humor, vaya. No sé quién dijo ni dónde leí, pero se equivocaba. Y no porque haya ganado el Cervantes, sino porque quien dijo eso no se molestó en leer a Mendoza. Mendoza es risa, sí, qué pasa, pero es más. El señor de Barcelona que nos sacó carcajadas hasta las lágrimas (literal) con su marciano Gurb trasmutado en Marta Sánchez, con Onán Sugrañes paseándose por la Rambla en calzoncillos, con su anónimo ‘tocador de señoras’ o con las casposidades de Plutarquete Pajarell es el mismo que se inventó una nueva manera de contar para parir allá por 1975 ‘La verdad sobre el caso Savolta’, esa novela negra que es de todos los colores. El mismo que nos paseó por la Barcelona de finales del XIX y principios del XX para contarnos la historia de Onofre Bouvilla y, de paso, de la ciudad entera y de todo un país y hasta de una época, puede que de una civilización y, metidos en gastos, escribió con ‘La ciudad de los prodigios’ algunas páginas de lo mejor de la novela contemporánea. Hala. Y es, además, el mismo que nos mató de amor en esa ‘isla inaudita’ que se llama Venecia y el mismo que nos hizo creer y descreer en Dios y en el demonio en su bellísimo ‘año del diluvio’.
Pero si no hubiera sido nada de eso, si solo se hubiera sacado de la manga al detective sin nombre más descacharrante de la historia reciente de la literatura en español, si solo nos hubiera hecho reír, aquel que dijo que Eduardo Mendoza jamás ganaría el Cervantes también se habría equivocado. Y no porque lo haya ganado, que no hombre, que no. Se habría equivocado porque se lo merece aunque no sea más que a modo de metáfora. Porque Eduardo Mendoza hace mucha falta ahora que van quedando pocas tareas más nobles que la de hacer reír, especialmente, muy especialmente, por escrito. Al fin y al cabo eso es casi lo único que nos diferencia del resto de animales. Porque no, las hienas no se ríen. Ni leen.

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Carver 1 – Coelho 0
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María de Álvaro | 23-11-2016 | 12:23| 1

A propósito de ‘Una mala racha’, de Julio Rodríguez

El día en que Gregorio Caballero preguntó «de cuánto estamos hablando» y no «de qué» se convirtió en autor de libros de eso que se ha dado en llamar autoayuda y divulgación. Ese día Gregorio no amaneció convertido en escarabajo, como su tocayo Samsa en ‘La metamorfosis’, pero le pasó algo parecido: se rindió a la evidencia de que uno puede «ganarse la vida a costa de desperdiciarla». Con semejante alegría para el cuerpo, los 50 cumplidos, un hijo veinteañero y una ex que pasan de él y una próstata que le tiene yendo al baño cada dos por tres, Gregorio se presenta en su patria, que, como todo el mundo sabe gracias a Rilke, es la infancia. Y así, en un pueblo costero de Asturias «de los que se llenan en verano y se vacían en invierno», comienza la nueva novela de Julio Rodríguez.
‘Una mala racha’ es el relato de un ganador que pierde o, más bien, de un perdedor que triunfa en un mundo editorial tirando a gris. D-crépita publica, de hecho, sus ‘bestsellers’, de títulos tan reveladores como desternillantes. A saber: ‘Del tam tam al tomtom: evolución de la comunicación humana’, ‘Casa de citas: 1.001 frases para triunfar en sociedad’, ‘¿Qué piensa tu perro cuándo te mira?’, ‘¿Qué piensa tu gato cuando te mira?’, ‘Levántate y hazlo, hacia un desarrollo exitoso de la autoeficacia’… Y así hasta cerca de 40, porque la novela incluye ‘bibliografía’ de su protagonista.
La historia de Gregorio, tan vieja como el hombre y tan contemporánea a la vez, es la de una obsesión, o dos: el sentido de la vida y el paso del tiempo. «Uno acaba asumiendo que vivir consiste en ubicarse, en hacerse hueco, en encontrar un sitio donde no estar de más», lanza para en otro momento sentenciar que «la vida no es más que una enfermedad degenerativa».
‘Una mala racha’ no es, en todo caso, un amargo lamento existencial, aunque tenga sus dosis de nostalgia, sino una novela cargada de ironía. Rápida, certera, por momentos brillante y, además, muy bien estructurada, nos va llevando de un lado para otro sin movernos del pueblo («la envidia de Macondo») con su protagonista y un puñado de maravillosos actores de reparto: un padre malencarado y sabio, una madre amorosa y fuerte, una anciana tía con un secreto genial, un examor «que florece todo el año»… borrachos filosóficos, marinos que parecen monjes budistas, héroes sin dientes…
Gregorio intercala presente y pasado con páginas de sus propios libros (imprescindibles sus ‘consejos para el catarro’ y la mencionada bibliografía); recetas que hacen salivar (chorizos «como prendas de lencería», menestras «atléticas», tortillas de patatas «dignas de ser enviadas al espacio exterior» o un virrey que te vuelve «monárquico»); noticias de periódicos y hasta ese género literario tan infravalorado: la esquela.
‘Una mala racha’ es, de paso, y sin darse la más mínima importancia, una fantástica lección de metaliteratura llena de «frases inquietas e inquietantes como largas filas de hormigas en el jardín». Julio Rodríguez deja claro que una novela es «una empresa compleja y precisa como el mecanismo de un puto reloj suizo», que sin conocer los «entresijos del idioma» no hay «magia en forma de palabras» que valga y que escribir, como construir un barco, tiene «algo que ver con el swing, con hacer las cosas un poco con el corazón y otro poco con la cabeza». Y a esas dos partes del cuerpo dispara el ovetense, profesor, poeta y superviviente, como su Gregorio, en un mundo en el que «Coelho está comiéndole la tostada a Carver». Por suerte, aún quedan libros para darle la vuelta al partido. Éste, por ejemplo.

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La luz de Rosa
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María de Álvaro | 17-11-2016 | 13:33| 0

Se llamaba Rosa, tenía 81 años y poco más. Tan poco que hacía dos meses que vivía a tientas, como Ángel González pero sin gramo de poesía. A Rosa le cortaron la luz por no pagar las facturas. El resto, lo sabemos todos, y lo olvidaremos enseguida para seguir con nuestras vidas. Tranquilos. Su caso ha ocupado esta semana páginas de periódico, minutos de radio y televisión, pero se esfumará más rápido que el último escándalo de corrupción para dar paso al siguiente. Si cabe. Rosa murió asfixiada en su propia casa en el incendio que originó una de las velas con las que iluminaba su vida sin luz cuando prendió fuego al colchón. Trató de huir, pero se cayó y no pudo.

 

La compañía eléctrica anda ahora enfangada con el Ayuntamiento. La máxima preocupación de la una y el otro es culpar al otro y a la una de la muerte de Rosa. Y viceversa. Pero a Rosa la asfixiamos entre todos. La eléctrica por cortarle la luz a una anciana sin siquiera advertir a los Servicios Sociales, que los hay aunque a veces no lo parezca; el Ayuntamiento por dejar en manos de una empresa este tipo de asuntos con un «a mí que me registren que no me avisó nadie» y, muy especialmente, por burocratizarlo todo hasta el punto de que una anciana pueda estar dos meses sin luz sin que nadie se entere (Reus tiene poco más de cien mil habitantes, cien mil). Y nosotros, sus vecinos, los de la escalera y los que compartimos con ella país o nación o como coño quieran llamarlo, por no plantarnos de una santísima vez. Porque mientras unos señores (y señoras, naturalmente) dedican su vida a fabricar problemas para justificar su propia existencia, a erigirse en padres de la patria, a tapar miserias y corrupciones en vez de a a atajarlas… las rosas se nos pudren. Y se nos mueren. O las matamos. Porque mirar para otro lado también es actuar.

 

Váyanse la mierda, damas y caballeros. Y póngase de una vez a solucionar problemas de verdad. O solo nos quedará esperar a que el último apague la luz. Y ahora ya pueden acusarme de demagoga. A Rosa, no, que está muerta. Se cayó y no pudo huir. O a lo mejor la empujamos entre todos.

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Una semana con Trump
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María de Álvaro | 16-11-2016 | 12:01| 1

Despertamos y seguimos aquí. Trump también. Hoy se cumple una semana y resulta un alivo que el mundo siga girando. Parecía imposible. Pero el ser humano, el animal con más capacidad de adaptación del planeta con permiso de las cucarachas y las ratas, sigue existiendo sobre la faz de la tierra a pesar del resultado de las elecciones americanas. Estados Unidos ha vuelto a darnos un susto, uno más, pero también una lección, otra más. Unas horas después de que el zafio neoyorquino certificase que Hilary Clinton había sido barrida de la faz de las barras y estrellas, salió Obama a decir que ya está, que se acabó el partido, la campaña, y que ahora todos juegan en el mismo equipo. Salió también la propia Hilary a pedir una oportunidad, una tregua, para el nuevo presidente, y hasta salió Wall Street a relajar la cosa para que no cunda el pánico. Todos, con sus intereses, con sus miserias, con sus errores y con todo lo demás incluido, quieren la misma cosa: que su país siga girando. Como el mundo. Y por el bien del segundo y también del primero, esperemos que no dejen al capitán del equipo jugar según sus reglas. Confiemos en que el pistolero se quede en Llanero Solitario. De momento, sus fotos con Mister Brexit sobre fondo de oro repujado y, sobre todo, ese anuncio de deportación de tres millones de personas, de las que habla como si fuesen cabezas de ganado, no ofrecen mucho lugar a la esperanza. Pero seguimos aquí. Habrá quedarse con eso. Como las cucarachas y las ratas.

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