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La refacción
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María de Álvaro | 10-09-2012 | 23:28| 3

Refacción es una palabra mágica en Alotenango. Cuando el profe Marío grita (es un decir, que aquí nadie grita) “refacción” desde la puerta, la clase estalla en una algarabía que termina en una cola formal y sorprendentemente ordenada para bajar al comedor. Porque la refacción es el desayuno o la merienda, dependiendo de la hora del día, y para muchos niños del colegio de Alotenango, su comida más importante del día, puede que hasta la única. Una tortilla de maiz con un jugo, un pequeño cuenco de pasta o un vasito de atol (una especie de sopa de maíz) conforman cada día eso que aquí se llama refacción y que es una comida, pero parece una fiesta.

Hoy estábamos leyendo un cuento en clase, porque mi clase, que no lo he contado, es la de los magos de las palabras y los superhéroes de los números. Está fatal que yo lo diga, pero inventamos unos cuentos alucinantes en los que hasta votamos el final y somos más rápidos multiplicando que los vaqueros del oeste sacando su revólver. El caso es que hoy estábamos leyendo un cuento cuando llegó el profe Mario y avisó de la refacción. Sonó la palabra mágica, pero no se movió ni una mosca. Sólo se oyó un “noooooooooooooooooooooooo” que tengo miedo que haya cruzado el Atlántico. Y nadie se levantó hasta que no terminó el cuento.

Hoy ya no camino, directamente floto.

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Ángel Antonio
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María de Álvaro | 10-09-2012 | 05:16| 0

San Antonio Palopó es un lugar tocado por la naturaleza y maltratado por todo lo demás, un pueblo de casas pobres y niños descalzos al que sólo se puede llegar en barca. Allí conocí a Ángel Antonio. Me senté a comer en algo parecido a una terraza, con increíbles vistas al Atitlán, un lago con hechuras de mar. Se acercó, menudo, y me pidió un queztal (10 céntimos de euro, al cambio). Yo le di un dibujo con su nombre y él, en vez de tirármelo a la cara, cosa que se merecía mi obra, que no me llamó dios por las bellas artes, se sentó en la silla de al lado. Callado, muy callado, con sus siete años que parecían cuatro y su cara sucia.

Hablamos poco, lo poco que quiso contarme sobre su casa, su mamá y sus cuatro hermanos, y entonces llegó la comida: un plato con arroz, guacamole, frijoles, algo de carne y tortillas de maiz. La preparé una, y luego otra, y luego otra, y luego otra. Ángel Antonio y yo terminamos por comer juntos. En silencio. Un silencio sólo interrumpido por mis preguntas de “¿quieres más?” y su cabecita asintiendo. Por si sirve de algo el dato: nuestra comida costó menos de la décima parte de lo que pagué por el hotel en el que me alojé esa noche.

Yo no supe que más decirle a Ángel Antonio. Y él tampoco. Sólo nos sonreímos, tal vez pensando ambos, cada uno a nuestra manera, que este mundo es una puta mierda. Porque mi amigo Ángel Antonio no es el protagonista de ningún cuento. En lo que va de año, 95 niños menores de cinco años han muerto en Guatemala por desnutrición severa. Lo leí en un periódico unas horas después de conocerle.

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La camioneta
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María de Álvaro | 06-09-2012 | 21:03| 0

Nadie debería irse de Guatemala sin probar la camioneta. La camioneta es el municipal chapín y, desde luego, mucho mejor que cualquier parque de atracciones. Se trata, en realidad, de autobuses escolares norteamericanos reciclados y tuneados hasta el imposible. Yo la cojo cada día para ir desde La Antigua hasta Alotenango, donde, por unas horas, dejo de ser María para convertirme en la ‘seño’, pero esa es otra historia y ahora íbamos con la camioneta. La cosa empieza en la misma parada, que es una parada en el sentido más literal del término: porque allí para. Punto. Lo más importante es jamás fiarse del cartel que luzca el coche en lo alto, uno sabe que es el suyo porque el ayudante del conductor, un hombre que lo mismo hace las veces de cobrador que obra el milagro de hacer un hueco donde no lo hay y que viaja de pie y prácticamente fuera, solo agarrado a una especie de barra, vocea el nombre del destino. Una vez dentro, puede pasar de todo. Viajar en camioneta se parece a la vida misma. Se cumple, por tanto, la máxima de que cualquier cosa puede ir a peor. Y vaya si se cumple.

Esta mañana me tocó ir de pie en el pasillo. Lo de pasillo, como lo de la parada, también es un decir. Con una cadera estándar, se pasa de canto. Con una abundante, de milagro. A cada lado, tres plazas que a nada que sea generoso el culo del pasajero se transforman en dos. De fondo, regetón, cumbia o cualquier cosa del gusto del chófer y siempre, siempre, a todo lo que da el volumen. Así, como una pieza de un tetris humano, uno (una) sortea baches, curvas, frenazos y lo que haga falta. En esas estaba yo esta mañana, luchando con mi propio cuerpo para conseguir mantener el equilibrio y pensando en eso de “peor, imposible” cuando en una parada se subieron siete personas más donde no cabía ni media. Me tocó al lado un señor más o menos de mi altura que tuvo el buen gusto de cogerse a la barra que toda camioneta, como todo autobús, tiene arriba. Supongo que no son necesarias más explicaciones. Volví al “peor, imposible” y entonces comenzó a atronar Julio Iglesias en versión bachata. Entonces me dije, ya está, ahora sí. Y la camioneta paró y se subió otro señor que en menos de lo que canta un gallo se colocó en medio del tetris, abrió una Biblia y comenzó a leernos el Evangelio según, creo, San Mateo, para, inmediatamente después recordarnos el Diluvio Universal y las 7 Plagas de Egipto y decirnos que el fin del mundo está cerca. El señor del brazo no le hacía caso. La señora que dormía de pie a mi otro lado con una profesionalidad que espero llegar a alcanzar con el tiempo, tampoco. Ni las mujeres con bebés, ni el campesino con el machete, ni otro que, sospecho, llevaba una gallina en la bolsa. Yo sí, yo escuché al predicador y juro que ahora mismo mientras escribo esto está cayendo tal tormenta que empiezo a creerle. No sé si salir a la calle a buscar a Noé o esperar a que salga el sol. Viajar en camioneta, ya lo dije, es como la vida misma: siempre puede ir a peor, pero el sol acaba por salir siempre. No queda otra.

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Abigail
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María de Álvaro | 05-09-2012 | 22:08| 1

Abigail tiene cuatro hijos e idéntico número de dientes. Cada mañana se levanta a eso de las cuatro y media de la madrugada y camina sabe Dios cuánto para hacerse con un manojo de flores que después vende a los turistas en La Antigua, a unos 30 kilómetros de su casa. Su casa es un puñado de cañas que forman cuatro paredes y un techo metálico parecido a la uralita. Dentro, una pila de colchones hacen las veces de cama para Abigail y sus niños. El papá, ni está ni se le espera. Se fue un día y ya nunca más se supo. Lo más probable es que tenga otra familia. O varias. Telas repartidas por encimason sus mantas. Su suelo, la misma tierra. Pegada al jergón está su cocina. Ella llama así a unas piedras dispuestas con un fuego debajo y una especie de cacerola del tamaño de un cazo donde cada día (casi todos los días, para no mentir) se cocina lo que haya: frijoles, tomates, pasta de maíz… Junto a lacocina, una especie de establo guarda una cabra y unas pocas gallinas, además de un gallo más desplumado que el del coronel de García Márquez. Los animales están allí, pero no son suyos, sino de una vecina con más suerte que, eso sí, vive en las mismas condiciones. Unos gatos a los que se les marcan las costillas y un perro que no parece tener fuerzas ni para ladrar completan la familia.

Abigail tiene cuatro hijos e idéntico número de dientes y los enseña sin cesar porque no para de reirse. Ella me enseñó ayer su casa como cualquiera enseña la suya y me contó su vida como cualquiera cuenta la suya. Me contó que los niños van al colegio porque espera que así tengan un plato de comida cada día. Ella quiere, como cualquier madre en cualquier parte del mundo, que sus hijos sean felices. Abigail lo tiene complicado, pero no se rinde. Y cada mañana compra sus flores y las vende y deja que sus hijos vayan al colegio. Como ella, miles de mujeres en Guatemala se levantan y luchan con sus dos manos para conseguirlo. Y puede que no lo sepan, pero su fuerza es infinita.

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Una maleta
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María de Álvaro | 02-09-2012 | 20:34| 3

Solo hay algo más odioso que hacer una maleta: deshacerla. Ese momento terrible en el que los días y las noches de un viaje cualquiera, o su recuerdo, se juntan con montones de ropa sucia esparcidos por el suelo. Pero eso será más adelante. Ahora, toca hacerla.Y en esta maleta no hay esta vez un millón de ‘porsiacasos’, ni tacones, ni plancha del pelo. Esta vez voy a meter, ya lo he hecho, no sé cuántos muñecos y todos los libros para aprender a leer posibles. En el poco espacio libre, he puesto el peso máximo autorizado de entusiasmo. Iba a meter también algo de miedo, pero, como no cabía, lo he cambiado por una bolsa de prudencia, que pesa mucho menos. Me la ha dado mi padre a última hora (“Piensa las cosas cinco veces y, luego, haz lo que quieras”). Esta vez el destino no es una playa ni una ciudad llena de turistas. Mi maleta y yo nos vamos al colegio Bendición de Alotenango, en Guatemala, de donde, sospecho, vamos a venir mucho más cargadas de lo que nos hemos ido. Seguiremos informando.

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Tranquila, cielo
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María de Álvaro | 29-08-2012 | 13:40| 4

Centro de Salud Puerta de la Villa, Gijón, 13 horas. Cola larga, muy larga. Mayoría de jubilados, una chica con muletas y otra sin dientes, escasísimo peso y claros síntomas de deterioro físico. Dicho sin miramientos, una yonkie. Va a acompañada de una pareja de descripción prácticamente idéntica. Hablan alto, muy alto. Lleva en la mano varias recetas que, según le indican sus compañeros, que parecen tener más experiencia que ella en estas lides, deben sellarle. Se salta la cola y va directamente al mostrador. En la cola larga, muy larga, murmullos de indignación que se van elevando; comentarios irreproducibles. Y entonces llega ella. En su bata, una pegatina que reza ‘funcionario cabreado por los recortes’. Le toca la mano, la mano temblorosa que, no lo dije antes, tiene la yonkie. Le mira a la cara, cosa que, tampoco dije, tiene pinta de que haga mucho que no hace nadie, y le dice: “Tranquila, cielo, ponte en la cola que ahora mismo te lo sello y puedes ir a la farmacia”. Y ‘cielo’, tranquila, se pone al final de la cola y espera.

Jamás dejará de admirarme el poder de las palabras. Sobre todo si son amables

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El turno de septiembre
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María de Álvaro | 27-08-2012 | 17:19| 2

Mi amiga Carmen adora el mes de junio porque, dice, “es como un viernes”. Dando por buena su teoría, que lo es, agosto, y sobre todo sus coletazos, esos que está dando ahora, viene a ser un domingo. O sea, un horror peor incluso al lunes (septiembre), porque, como todo el mundo sabe, no hay mayor sufrimiento que el de pensar en el sufrimiento antes de que llegue. Dicho con el refranero en la mano: “al cocer, todo mengua”.

El caso es que ha empezado hoy una semana que es como un domingo que amenaza con alargarse hasta el que viene, y conviene armarse de paciencia y de proverbios zen, que los hay a patadas. Funciona bastante, por seguir con las estaciones, aquel de “siéntate y espera, la hierba crece sola, la primera siempre vuelve”. O así.

Pero no todo el mundo los necesita. No. Hay un grupo que no es mayoritario, pero existe, de gentes que durante julio y agosto han visto a sus compañeros de oficina, zanja u hospital marchar con cara de ‘ahí te quedas’. Les han visto llegar morenos e insultantemente relajados. Han sufrido sus fotos, ahora incluso en tiempo real, porque Facebook y Twitter se están convirtiendo en auténticas armas vacacionales de destrucción masiva. Han tenido que aguantar historias de playas, de montes, de chiringuitos y, claro, de pueblos-de-la-abuela-con-cañas-a-un-euro-que-eso-sí- que-es-el-paraíso-y-no-el-Caribe-fíate-de-mí-colega.

Pero le pasa a septiembre lo que a la primavera, que siempre llega, y a ese sufrido turno que se ha chupado julio y agosto con las chanclas metidas en el armario le llega eso: su turno. ¡Nuestro turno!

PD. Sepan ustedes, eso sí, que este blog no cierra por vacaciones. Solo cambia de domicilio.

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Morir en casa
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María de Álvaro | 26-08-2012 | 21:20| 1

Me gusta vivir en un país sin presos políticos, un país en el que es necesario un juicio para ser declarado culpable, en el que el adulterio no es delito, ni existe la pena de muerte. Me gusta vivir en un país que deja a los enfermos terminales morir en su casa, así esos enfermos terminales estén en la cárcel y no merezcan ni el aire que respiran. Porque hasta en eso se diferencian las víctimas de los verdugos, las gentes con alma de los desalmados. La venganza es un plato que por frío que se sirva no alimenta. La justicia es otra cosa. Y la justicia, en ese país en el que a mí todavía me gusta vivir aunque ya nos vaya quedando poco, permite que un enfermo terminal se muera en su casa. Vale.

Lo que ya no sé si vale es que tengamos que aguantar esas concentraciones a favor de los “derechos humanos” pidiendo la excarcelación de Josu Uribetxeberria Bolinaga, el hombre que además de secuestrar a Ortega Lara no dudó en asesinar a un chaval de Avilés del que ya solo se acuerda su familia. Fue en 1985, tenía 28 años y cometió un ‘delito’: ser guardia civil. Sencillamente, revuelve las tripas. Por no hablar del flaco favor que le hacen politizando su causa y pretendiendo convertir en héroe a quien solo es un verdugo; además de un mierda, si me puedo poner grosera, debe ser cosa de la revoltura de tripas.

Y a pesar de todo, me gusta vivir en un país que deja a los enfermos terminales morir en su casa. Nosotros no somos como ellos. Ni lo seremos nunca.

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Yo confieso
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María de Álvaro | 18-08-2012 | 10:45| 1

Tengo un coche automático. Lo digo de antemano y a modo de confesión, casi casi como si estuviera diciendo que tengo una enfermedad venérea. Lo tengo desde hace unos años, el coche, digo, ojito con las malas interpretaciones.  Y también a modo de confesión igualmente digo que cada vez que pillo prestado automóvil ajeno suelen pasar tres o cuatro semáforos y otras tantas cuestas hasta que deja de calárseme. O sea, vale, lo confieso, he pecado. El hombre es animal de costumbres -y la mujer, naturalmente, a veces hasta más, y otras menos-, y si uno/una pierde alguna tarda un poco en encontrarla, más o menos como pasa con las llaves y con la vergüenza.
 
El caso es que no cuento todo esto en defensa de Carmen Lomana, sino todo lo contrario. Porque, Carmen, querida, una no puede dejar el coche en una cuesta y que el coche se plante en medio de una playa llena de gente y echarle después la culpa a la pobre máquina y acusarla de haberlo hecho motu proprio. El freno de mano, Carmen, querida, es igual, o parecido, en un coche automático que en uno de marchas, también conocido como ‘normal’ o ‘de toda la vida de dios’. Vale que no es lo mismo dejar el coche en ‘p’ que en punto muerto, pero el freno de mano existe, como las arrugas y los michelines, por más que tú te empeñes en que no. El de los coches de caballos no sé cómo será. A lo mejor, Carmen, querida, es que pensaste que habías ido a la playa en calesa. Y eso te lo perdono. Lo que no te perdono es el fin de semana que nos espera a todas las mujeres de esta España nuestra aguantando versos del nivel de “mujer al volante…” y todo lo que sigue.

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Malas noticias
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María de Álvaro | 17-08-2012 | 09:26| 0

Dice un estudio que el 56% de los españoles están preocupados por “tantas malas noticias”. Lo que no dice el estudio es qué se considera una mala noticia, porque en cuestión de noticias, como de gustos y colores, la cosa tiende a ser subjetiva. No sabemos en cualquier caso si estamos hablando de resultados de bancos, de deuda pública, de descensos a segunda o directamente de esquelas, paradigma de la mala noticia, porque, como todo el mundo sabe, todo lo demás tiene solución. Tampoco dice el estudio que está encargado por una suerte de periódico que reniega, precisamente, del sector de la ‘mala noticia’. O sea, que viene haciendo como El Caso, pero al revés. Parece que la suerte de periódico se llama ‘Son buenas noticias’ y, claro, ya se sabe que cuando uno encarga un estudio no suele publicarlo después para quedar ‘malamente’, un modelo tipo empresas de dentífricos y chicles con su “nueve de cada diez dentistas”.

Pero lo que verdaderamente llama la atención del estudio de marras no es que los chicos de ‘Son buenas noticias’ barran para casa, que hartitos estamos del CIS y de las encuestas electorales, si no ese 44% de gente a la que, habrá que suponer, las malas noticias no le preocupan lo más mínimo. Imagino al encuestador en la cola del super, de la gasolinera o del Inem mismo, lo imagino librando varios “no sabe no contesta” y hasta algún “no contesto porque pa qué”, pero lo que no alcanzo es a visualizar la carita que se le habrá puesto al pobre todas las veces de cada cien que alguien le haya dicho que las ‘malas noticias’ se la traen al fresco. Vivir para ver. Para leer, en este caso.

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