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Hablando del tiempo
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María de Álvaro | 21-09-2016 | 12:20| 0

Los ascensores se inventaron para tener un sitio en el que hablar del tiempo. Y resultaron de lo más eficaces. Tamaño justo, para evitar aglomeraciones y, por tanto, discusiones multitudinarias; habitáculo en tránsito, para que nadie salga corriendo, y viaje corto, cortísimo, para que el personal no se aburra ni se corte las venas. El problema llega ahora que se ha perdido la costumbre hasta de saludarse en el ascensor, nada hay que más me moleste, por cierto, pero este ya es otro asunto. Porque el problema, claro, no es del ascensor. Hemos cambiado tan acertado e higiénico lugar por internet y, más concretamente, las redes sociales. Y ahora el lugar para hablar del tiempo es Facebook y es Twitter y es Instagram. Y se habla las 24 horas. Y más que eso: no se habla, se monologa y, sobre todo, se vomita, verbo que viene últimamente sustituyendo al de protestar en este caso y en todos los casos en general. Si llueve, porque llueve, como si Asturias, en este caso, fuera verde porque la pintamos a pistola; si hace sol, que también lo hace, porque calienta y cocemos como centollos. En fin, que feliz otoño. ¿A qué piso decía que iba?

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De funcionarios y máquinas
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María de Álvaro | 20-09-2016 | 12:13| 0

En la Seguridad Social de Gijón es obligatorio tener cita previa para cualquier trámite, lo que resultaría fantástico y, sobre todo, eficaz, si no fuera por que el teléfono de la cita previa no lo coge nadie. Dos días después del “si conoce la extensión marque 1″, “si no marque 2″ y “si no péguese un tiro” en horario de mañana, tarde y noche, el sufrido beneficiario, beneficiaria en este caso, se planta en la oficina de la plaza del Carmen.

¿No tiene cita previa? No. Y se explica, brevemente, para no molestar. La funcionaria expide un papel con un número. Planta primera. Ya está. Solucionado sin levantar la vista de la mesa, para que hablar de un “buenos días”, quién dijo sonreir, que aunque sea gratis cuesta muchísimo. Pues eso, que tener que ir a la oficina cada día para cobrar a fin de mes es una faena, a mí me lo van a contar que acabo de volver de vacaciones; pero luego que nadie se queje cuando se sustituyen personas por máquinas expendedoras. De las segundas, al menos, no esperamos buena educación, y eso que las de tabaco te dan las gracias, por lo menos cuando yo fumaba lo hacían.

Por cierto, el funcionario de la planta 1, muy rápido y un encanto. Y como él, muchos. Que conste también.

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Desde La Spezia
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María de Álvaro | 06-09-2016 | 18:29| 0

“Hay placer en los bosques sin senderos, hay éxtasis en una costa solitaria. Está la soledad donde nadie se inmiscuye, por el océano profundo y la música con su rugido: no amo menos al hombre pero sí más a la naturaleza”

George Gordon Byron, Lord Byron

 

A La Spezia puede llegarse buscando naturaleza o a Lord Byron, y no necesariamente por este orden, pero se corre el peligro de tropezarse con una muchedumbre. Está este golfo tocado por la mano del universo y esa es, como tantas veces sucede, su suerte y su desgracia. Sus pueblos colgantes como aquellas casinas que pinchábamos con alfileres en corchos para montar el Belén, sus montañas escarpadas que nacen y mueren directamente en el agua batida, este Mediterráneo del norte, más frío, más bravo y más intenso, que aquí llaman mar de Liguria… Todo, o casi todo, lo hemos infectado con nuestras cámaras y nuestros gritos, con nuestra forma inigualablemente humana de arrasar, también conocida como turismo.

Cada mañana, decenas de barcos salen de La Spezia, en el mismo centro de la bahía que se conoce como el Golfo de los poetas precisamente porque aquí pasaron temporadas desde Dante Aligueri a Lord Byron y los Shelley. Lo hacen para alcanzar las Cinco Tierras, esos cinco minúsculos pueblos prendidos increíblemente en el acantilado. En uno de ellos hemos sentido hoy el viento fresco de la mañana, el azul increíble del mar y el cielo cuando les da por juntarse y, a la vez, la sensación de que íbamos a desembarcar en la playa de Omaha, el Día D, a la hora H. Una mezcla extraña que bien puede templarse con unas birras Moretti, es cierto, pero que a mí me ha dejado todo el día pensando en cómo sería esto cuando era verdad. Antes de la avalancha.

Y a pesar de todo, como Florencia y como tantos lugares del mundo, La Spezia y sus Cinco Tierras se imponen y pueden con todo. Como cuando Byron dejó dicho…

“Y cada vez que acudas a leer este nombre,
piensa en mí como se piensa en los muertos;
e imagina que mi corazón está aquí,
inhumado e intacto”.

O así.

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Desde Florencia
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María de Álvaro | 02-09-2016 | 08:57| 0

“Absorto en la contemplación de la belleza sublime, la veía de cerca, la tocaba, por así decir. Había alcanzado ese punto de emoción en el que se encuentran las sensaciones celestes inspiradas por las bellas artes y los sentimientos apasionados. Saliendo de la Santa Croce, me latía con fuerza el corazón; sentía aquello que en Berlín denominan nervios; la vida se había agotado en mí y caminaba temeroso de caerme”.

El síndrome del viajero, ‘Diario de Florencia’ (Stendhal)

 

 

Temerosa de caerme pese a que hace días, podrían decirse siglos, que he renunciado a los tacones, camino por las calles de Florencia y, con permiso de Stendhal, yo también “creo vivir con Dante” a pesar de que, a veces, esta ciudad no sea “más que un museo lleno de extranjeros”.

 

En la misma puerta de la Santa Croce la figura de Alighieri y sus imponentes dimensiones de gigante espanta palomas y turistas japoneses que, sospechosamente, jamás se mueven en bloques inferiores a la veintena y se empeñan en verlo todo a través de sus cámaras y teléfonos. Florencia se impone como se impusieron los Medicci, como sus príncipes, como sus papas. Las piedras podrían fundirse con el calor del final del verano, pero no lo hacen. Seis, siete siglos después de permanecer en el mismo lugar, nos dejan claro que ellas se quedan, que somos nosotros, como las palomas y los turistas japoneses, los que estamos de paso. Pero nosotros, a diferencia, seguro, de las primeras y, probablemente, también de los segundos, aún podemos pedir un último deseo, como los reos que ardieron a pocos pasos de aquí, en la Piazza della Signoría: nosotros aún tenemos la capacidad de llevarnos una parte de Florencia, con sus cúpulas y sus frescos colosales, con sus mármoles verdes y sus sillares eternos, con sus delicadas ‘anunciaciones’ y sus retorcidos torsos de bronce, con sus ‘tizzianos’ y su ‘Primavera’ naciendo para siempre cada día. Con su olor a cuero, su sabor a helado de ricota y su sonido de mil campanas. Y guardarla en el alma. A buen recaudo. Para cuando nos haga falta.

 

Podemos llevarnos eso y la certeza de que nosotros nos vamos, pero Florencia se queda. Y ese es, sin duda, el mejor consuelo.

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Desde el Tirol
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María de Álvaro | 31-08-2016 | 10:07| 0

“Los árboles seguirán siendo hermosos por la mañana, pero en ese momento tenían la belleza mágica e irrepetible que, según los griegos, solo resplandece en nosotros cuando Eros nos ha dirigido su mirada”.

‘En el balneario’ (Herman Hesse)

 

En medio del Tirol Eros me mira. Lo hace sin disimulo. Constantemente. Abrumada al principio, hoy creo haber comprendido que esta misma sensación la tiene un austriaco desde el día en que nace hasta el de su muerte. Porque este pequeñísimo país cargado de historia que parió a Hitler sin querer es el lugar donde descansa la belleza. Aquí viene a respirar cuando se harta de pasearse por el mundo y sube a estas montañas que, pese a ser pleno agosto, conservan sus nieves inmaculadas, su hielo perpetuo.

Que se pueda esquiar por la mañana, adentrase en las entrañas de un glaciar a mediodía y tumbarse al sol la misma tarde, con ser muchísimo, es lo de menos. Porque Austria, el Tirol, desprende la paz de los elegidos. Sus cumbres miran al cielo como lo hace el león al infinito en medio de la sabana. Se saben superiores. Se creen inmortales. Y en el caso de estos picos con algo más de razón.

Aprendí a querer a estas montañas antes incluso de conocerlas. De eso también me he dado cuenta ahora. Mi padrino vivió aquí la mayor parte de su vida. Recuerdo sus visitas anuales, siempre en Navidad, como una fiesta. Supongo que aquella maleta cargada de tabletas de chocolate de todos los sabores imaginables, cuando el mundo todavía se dividía entre los que preferían Plin y los que adorábamos La Herminia, y de bombones redondos como canicas gigantes rellenas de almendra tendrá algo que ver, pero también sus historias de paisajes blancos, de gentes rubísimas y ceremoniosas, que se saludan con reverencias y se visten con el traje tradicional para ir a comprar el pan sin necesidad de que medie ninguna fiesta, y de niños con aspiraciones a entrar en el santoral a los que, nos decía, puede que para acallar el estruendo, “no se les oye”. Y es verdad.

Han tenido que pasar años, décadas, para entender aquella melancolía suya al jubilarse. Ahora sé que echaba de menos esta paz. Y no me extraña. La ventaja es que estoy segura de que anda por aquí, detrás de algún risco. Por fin descansando.

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Francisco y la neocensura
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María de Álvaro | 07-07-2016 | 17:42| 4

Siempre me ha llamado poderosamente la atención la obsesión del género masculino por una parte concreta de su anatomía, esa parte, hasta el punto de concederle capacidades terapéuticas. Y perdónenme la generalización, que no digo yo que sean todos iguales, que ya sabemos que los hay incluso peores. Y las hay, vale, pero, no nos enredemos y vamos al lío: viene esto al caso del cantante Francisco y sus recomendaciones a la vicepresidenta de la Comunidad Valenciana, Mónica Oltra, a esa receta milagrosa de “pollardón y pichilina” que, según él, le curará todos sus males. La cosa es tan cutre, tan hortera, que no merece ni comentario. La reacción del Teatro Jovellanos de suspender su concierto en Gijón sí, porque ese ya es otro tema.

 

Que se sepa, Francisco está contratado para cantar o lo que sea que haga encima de un escenario, no para mostrar sus opiniones u ofrecer discursos ni clases de ética desde el balcón del Ayuntamiento. Cancelar su actuación como en su día se canceló la de Albert Plá por lo que piense (si piensa), no piense, diga o deje de decir (en Twitter o en la barra de un bar de la Malvarrosa) es como quitarle el Nobel a Vargas Llosa por sus últimas locuras, más bien pijadas, de amor y ‘Hola’. La libertad también está para poder hacer el ridículo como cada uno estime más conveniente. Y la línea entre la rampante corrección política y la simple y llana censura cada vez es más fina. Tanto que podemos hacerlo oficial ya y bautizarla: ¿vale ‘neocensura’?

 

 

PD. También me llama la atención, y de forma casi tan poderosa como lo anterior, que quienes aplaudían la suspensión de Plá bramen ahora contra la del Latino y, por supuestísimo, también viceversa. A mí uno me parece un artista y hasta me hacen gracia sus provocaciones y el otro…, el otro… Bueno, eso qué más da. A todo esto, ¿el escritor-antes-conocido-como-Vargas-Llosa dónde anda que no lo vi esta semana en la peluquería? Ay, Mario, tú si que estás bohemio y loco risueño, alma de cántaro.

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Son elecciones, no fútbol
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María de Álvaro | 26-06-2016 | 12:34| 0

Dice John Carlin que los hijos de la Gran Bretaña «futbolizaron su decisión política». Imposible explicarlo mejor. Innecesario añadir nada más. Los británicos, los ingleses, votaron con la energía del que canta un goooooooooooooool desde la grada: tan intensa y breve como irrelevante en el resultado final del partido. Lo hicieron sin echar cuentas, sin hacer números, dejándose llevar por esas emociones que nos valen cuando nos tratamos de dos en dos, pero que difícilmente funcionan a partir del trío, no te digo nada de la multitud. Hay quien lo llama actuar con el corazón, pero resulta casi obsceno culpar a tan útil, eficaz y currante víscera cuando se hacen las cosas sin pensar. Todo este rollo viene al caso de que hoy en España también estamos votando. Y yo sólo espero que lo hagamos con el cerebro, que, naturalmente, puede votar a cualquier partido, pero lo hace sin camiseta. Feliz fiesta de la democracia, queridos, y, sobre todo, feliz resaca.

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Por preguntar
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María de Álvaro | 24-06-2016 | 21:40| 0

 «En la rula no pregunten, apunten». El dicho es viejo y vale para casi todo, pero llega hoy que ni pintado. Tal vez si Nick Clegg se hubiera traído a Cameron de veraneo a Ribadesella habría escuchado la frase en algún chigre y no estaríamos todos metidos en este lío. El Reino Unido (es un decir) informa que se va de Europa, informan sobre todo los jubilados ingleses, pero en realidad no son ellos los que tienen la culpa. A nosotros los humanos, especie depredadora y chunga donde las haya, convencernos cuando nos convertimos en masa es fácil. Decir que el enemigo está ahí fuera y nos acecha, más. Por eso el populismo triunfa tanto mientras la civilización de Occidente da coletazos. Da igual que venga de arriba que de abajo, de la derecha que de la izquierda, y también viceversa.

Puede que preguntar no sea siempre una buena idea, pero decirlo está mal visto, porque ahora lo que se lleva es la sacrosanta participación, que es buena, claro que sí, pero no un bien en sí mismo y, desde luego, no el bien único. Reflexionar es otro tema, y un coñazo y una pérdida de tiempo. Ante una pregunta tonta, además, solo cabe el silencio o, y aquí está el problema, una respuesta de idénticas características. Así que no sé qué esperábamos: los ingleses ya se piraron de Roma primero y montaron iglesia propia por un quítame allá este divorcio. Lo que es bastante más grave es que nadie sabe qué es lo que esperaba Cameron cuando cambió los intereses de su país, del Estado, así con mayúscula, por un buen puñado de votos. La historia se repite. Lo hace siempre. Con Enrique VIII y con lo que nos queda por ver. En la pérfida Albión y a este lado de la costa.

Y para colmo de males, encima ya no puedo ver a Michael Cane con los mismo ojos después de su furibunda campaña antieuropea. Yo que le había jurado amor eterno. A ver ahora qué hago. My God.

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El son de entenderse
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María de Álvaro | 21-06-2016 | 16:43| 0

Cuenta Luis Sepúlveda que en las pulperías de La Patagonia, donde se vende de todo menos pulpos, las gentes se juntan a escuchar las historias de sus vecinos, de los viejos del lugar y, si se tercia, de quien por allí recale. En las pulperías de La Patogonia no hay wifi, ni tres, ni cuatro, ni medio G, sólo una advertencia a quien llega de nuevas y viene con una historia: «Contala, pero contala como poeta, no la contés como doctor». Y dice Sepúlveda que, en el fondo, «eso y no más es la literatura». Y luego llega Doménico Chiappe, que no es chileno sino medio peruano medio venezolano y un cachito de Madrid, y sentencia que la Real Academia y los diccionarios están muy bien, pero que «en los diccionarios no está la emoción, porque las palabras tienen un significado, pero también un son, una música». Y Mario Jursich, poeta, periodista y colombiano –no necesariamente por este orden aunque seguramente sí– se suma a la fiesta contando cómo Nebrija introdujo en el español la palabra ‘canoa’ antes, mucho antes, de que nada parecido bajase el río Sella ni ningún otro a este lado del océano. Y Nacho del Valle –escritor sobre todo y español y asturiano o viceversa, de paso también– recuerda que todo es elástico, que el arte nos da el superpoder de «anular el tiempo». Y Jaime Abello habla de García Márquez, el escritor, y de García Márquez, el periodista, y de García Márquez, su amigo, y lo hace con su acento dulce de Barranquilla y transforma en Macondo el Paraninfo de la Universidad de Oviedo, que empieza a oler como las comidas que no huelen a ventana. Rico. Y entre todos forman ese «espacio emocional» que es el lenguaje, que son las historias bien contadas. Y sucede eso que ocurre cada día entre 500 millones de personas de acá y de allá: que hablan y se entienden, con todo lo que eso significa. A veces, como ayer en Oviedo en el foro Futuro en Español, con magia incluida.

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La misteriosa desaparición del candidato
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María de Álvaro | 16-06-2016 | 12:55| 0
La imagen es de archivo, naturalmente

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Houdini era un simple aficionado. El mago del escapismo nunca se presentó a unas elecciones, es verdad. Nunca fue del PP, ni mucho menos número uno para el Senado por Asturias, que se sepa. Pero si lo hubiera hecho, habría quedado a la altura de un prestidigitador retirado de crucero por el Mediterráneo, porque aquí maestro del escapismo es uno y se llama Ovidio Sánchez. ¿Alguien le ha visto en esta campaña? ¿Acaso en la anterior? Areces dio anoche una pista clave en el debate de Canal 10: dijo que estaba «en su casa fumándose un puro». Puede. Es posible que el eterno aspirante popular, el político corcho, capaz de flotar en cualquier solución líquida, por viscosa que se ponga, haya hecho cuentas. En los anteriores comicios nadie olió ni el rastro del humo de su cigarro y fue el senador más votado en el Principado. Va a ser verdad eso de que a veces no hay nada como estar calladito, como disfrazarse de maceta. Que le pregunten a David Medina. Paciencia tenemos, oiga.

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