El Comercio
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La luz de Rosa
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María de Álvaro | 17-11-2016 | 13:33| 0

Se llamaba Rosa, tenía 81 años y poco más. Tan poco que hacía dos meses que vivía a tientas, como Ángel González pero sin gramo de poesía. A Rosa le cortaron la luz por no pagar las facturas. El resto, lo sabemos todos, y lo olvidaremos enseguida para seguir con nuestras vidas. Tranquilos. Su caso ha ocupado esta semana páginas de periódico, minutos de radio y televisión, pero se esfumará más rápido que el último escándalo de corrupción para dar paso al siguiente. Si cabe. Rosa murió asfixiada en su propia casa en el incendio que originó una de las velas con las que iluminaba su vida sin luz cuando prendió fuego al colchón. Trató de huir, pero se cayó y no pudo.

 

La compañía eléctrica anda ahora enfangada con el Ayuntamiento. La máxima preocupación de la una y el otro es culpar al otro y a la una de la muerte de Rosa. Y viceversa. Pero a Rosa la asfixiamos entre todos. La eléctrica por cortarle la luz a una anciana sin siquiera advertir a los Servicios Sociales, que los hay aunque a veces no lo parezca; el Ayuntamiento por dejar en manos de una empresa este tipo de asuntos con un «a mí que me registren que no me avisó nadie» y, muy especialmente, por burocratizarlo todo hasta el punto de que una anciana pueda estar dos meses sin luz sin que nadie se entere (Reus tiene poco más de cien mil habitantes, cien mil). Y nosotros, sus vecinos, los de la escalera y los que compartimos con ella país o nación o como coño quieran llamarlo, por no plantarnos de una santísima vez. Porque mientras unos señores (y señoras, naturalmente) dedican su vida a fabricar problemas para justificar su propia existencia, a erigirse en padres de la patria, a tapar miserias y corrupciones en vez de a a atajarlas… las rosas se nos pudren. Y se nos mueren. O las matamos. Porque mirar para otro lado también es actuar.

 

Váyanse la mierda, damas y caballeros. Y póngase de una vez a solucionar problemas de verdad. O solo nos quedará esperar a que el último apague la luz. Y ahora ya pueden acusarme de demagoga. A Rosa, no, que está muerta. Se cayó y no pudo huir. O a lo mejor la empujamos entre todos.

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Una semana con Trump
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María de Álvaro | 16-11-2016 | 12:01| 1

Despertamos y seguimos aquí. Trump también. Hoy se cumple una semana y resulta un alivo que el mundo siga girando. Parecía imposible. Pero el ser humano, el animal con más capacidad de adaptación del planeta con permiso de las cucarachas y las ratas, sigue existiendo sobre la faz de la tierra a pesar del resultado de las elecciones americanas. Estados Unidos ha vuelto a darnos un susto, uno más, pero también una lección, otra más. Unas horas después de que el zafio neoyorquino certificase que Hilary Clinton había sido barrida de la faz de las barras y estrellas, salió Obama a decir que ya está, que se acabó el partido, la campaña, y que ahora todos juegan en el mismo equipo. Salió también la propia Hilary a pedir una oportunidad, una tregua, para el nuevo presidente, y hasta salió Wall Street a relajar la cosa para que no cunda el pánico. Todos, con sus intereses, con sus miserias, con sus errores y con todo lo demás incluido, quieren la misma cosa: que su país siga girando. Como el mundo. Y por el bien del segundo y también del primero, esperemos que no dejen al capitán del equipo jugar según sus reglas. Confiemos en que el pistolero se quede en Llanero Solitario. De momento, sus fotos con Mister Brexit sobre fondo de oro repujado y, sobre todo, ese anuncio de deportación de tres millones de personas, de las que habla como si fuesen cabezas de ganado, no ofrecen mucho lugar a la esperanza. Pero seguimos aquí. Habrá quedarse con eso. Como las cucarachas y las ratas.

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Hoy no me apetece pato chino
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María de Álvaro | 20-10-2016 | 12:03| 0

Cada mediodía salíamos del colegio corriendo. Y no porque tuviéramos hambre, que también, es que habíamos quedado. Mi madre preparaba la comida y nosotros, mientras robábamos un cachín de pan o metíamos la furtiva mano en algún paquete de cualquier cosa recién traída del súper, encendíamos la tele. Y allí la pillábamos siempre, embadurnada de harina. Elena Santonja nos mantenía pegados a la pantalla mientras freía un huevo, revolvía unas migas o guisaba un pedazo de carne. Nos gustaba verla machacar ajos en su mortero, echar un chorro de vino a todo, meter las manos en la masa y en lo que no era masa. Elena Santonja entró literalmente en nuestra casa, como en tantas miles de casas. Ella, sin saberlo, fue la culpable de algún incendio casero controlado, de algún bizcocho que jamás subió, de más de uno y de dos experimentos de mezclas imposibles (e incomibles) que mi hermano y yo hacíamos a la mínima oportunidad, en cuanto nos dejaban solos.

Nosotros, como tantos miles de niños de la difunta EGB, aprendimos a cocinar (o algo así) con aquella fiesta diaria que era Elena Santonja cuando se ponía delante de una cámara. Y de paso, casi sin enterarnos, cocinamos con Fernando Fernán Gómez, con Amparo Rivelles y con Sara Montiel. Cocinamos con aquel tipo con pelo cardado que nos hacía tantísima gracia y que después resultó ser un tal Pedro Almodóvar. Cocinamos, antes de saber siquiera quien era, con el mismísimo Torrente Ballester. Y cantamos, naturalmente y a todo pulmón, con las Vainica Doble y con Sabina. Y nos enteramos, mal que bien, de lo que era el cochifrito, en el que ya nunca más volvimos a poder pensar sin encadenarlo con «caldereta, migas con chocolate, cebolleta en vinagreta, morteruelo, lacon con grelos, bacalao al pil-pil y un poquito perejil».

Siento que le debo a Elena Santonja un montón de cosas sin haberla conocido nunca pese a que, muchos años después de todo aquello, hablamos alguna vez por teléfono. Yo llamaba a su casa preguntando por su marido, Jaime de Armiñán, que, además de una de las leyendas de nuestro cine, escribe en este periódico. Todas las veces que ella descolgó al otro lado, siempre amable, siempre cariñosa, pensé en decirle que, durante años, salí corriendo del colegio para verla. Nunca lo hice. Supongo que me daba algo parecido a vergüenza. Y ahora ya no puedo. Así que, aunque llegue tarde, un millón de gracias, querida Elena. Por si sirviera de algo.

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De fiestas, desgobiernos y 'traviatas'
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María de Álvaro | 13-10-2016 | 10:37| 0

Las siempre originales fuerzas de la CUP tienen (o deben de tener) un documento en alguna parte que viene a decir que gobernar una administración pública implica las mismas atribuciones que ostenta, por ejemplo, Kim Jong Un en Corea. Tras sus ‘grandes éxitos’ para que criemos a los niños en comuna, manada o tribu y desterremos el tampax de la faz de la tierra en favor de unos buenos y naturales pañales, llega el ‘yo abro el ayuntamiento en día de fiesta y cuando me da la gana’. La verdad es que la huelga a la japonesa de ayer -Día de la Hispanidad y Fiesta Nacional, con perdón, siempre con perdón- en Badalona daría la risa si no fuera porque hay quien parece que quiere tomar las instituciones públicas y no el cielo por asalto. Afortunadamente, en este país o lo que queda de él, las leyes todavía están para cumplirlas o para cambiarlas. Las asociaciones de jueces, todas, han venido a recordarlo hoy, mientras algunos utilizan los reglamentos con la misma alegría que el amado líder la vida de su sufridos súbditos.

Y mientras tanto, España sin gobierno, Asturias sin presidente (o con presidente pluriempleado y más cansado de lo habitual, aún) y Correa haciéndose un Alfredo en la Audiencia Nacional. O sea, cantando su particular Traviata, que, a falta de brindis, tiene como aria estrella ‘Génova era mi casa’. Seguiremos informando. En breve, el ‘Amami, Mariano’. No nos queda nada por ver, oír y padecer, amigo contribuyente.

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El Nobel y la extravagancia
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María de Álvaro | 04-10-2016 | 11:48| 0

Se llaman David Thouless, Duncan Haldane y Michael Kosterlitz, pero no nos importa, porque nosotros estamos más entretenidos con Expedro Sánchez y Javier Héroefernández, más anestesiados mientras Bárcenas le cuenta al juez como se financiaba ilegalmente el partido que nos gobierna en funciones, más preocupados por pontificar sobre las FARC sin tener muertos con su firma, por el robo en casa de Kim Kardashian o por que se utilicen las salas de prensa de equipos de fútbol para insultar (insultar no es criticar, es insultar) a periodistas. Así, todo mezclado, que es como se lleva. Pero David Thouless, Duncan Haldane y Michael Kosterlitz se acaban de llevar el Nobel de Física. Y lo han hecho por analizar los «comportamientos extravagantes y poco frecuentes en la naturaleza» y, a través de ellos, de las excepciones, de las originalidades, ayudar a comprender mejor la materia y sus rarezas y, por tanto, crear mejores materiales. O sea, resumiendo, para que podamos seguir habitando este planeta antes de cargárnoslo definitivamente.

 

Y a lo mejor soy boba, pero a mí me ha alegrado esta mañana de sol de otoño y nubarrones informativos el que alguien que no sea Tino Casal mire a la extravagancia y vea hasta qué punto es necesaria. Porque la excepción es tan natural como la regla. Y la diferencia, riqueza. Gracias, caballeros, por su luz.

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Hablando del tiempo
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María de Álvaro | 21-09-2016 | 12:20| 0

Los ascensores se inventaron para tener un sitio en el que hablar del tiempo. Y resultaron de lo más eficaces. Tamaño justo, para evitar aglomeraciones y, por tanto, discusiones multitudinarias; habitáculo en tránsito, para que nadie salga corriendo, y viaje corto, cortísimo, para que el personal no se aburra ni se corte las venas. El problema llega ahora que se ha perdido la costumbre hasta de saludarse en el ascensor, nada hay que más me moleste, por cierto, pero este ya es otro asunto. Porque el problema, claro, no es del ascensor. Hemos cambiado tan acertado e higiénico lugar por internet y, más concretamente, las redes sociales. Y ahora el lugar para hablar del tiempo es Facebook y es Twitter y es Instagram. Y se habla las 24 horas. Y más que eso: no se habla, se monologa y, sobre todo, se vomita, verbo que viene últimamente sustituyendo al de protestar en este caso y en todos los casos en general. Si llueve, porque llueve, como si Asturias, en este caso, fuera verde porque la pintamos a pistola; si hace sol, que también lo hace, porque calienta y cocemos como centollos. En fin, que feliz otoño. ¿A qué piso decía que iba?

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De funcionarios y máquinas
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María de Álvaro | 20-09-2016 | 12:11| 0

En la Seguridad Social de Gijón es obligatorio tener cita previa para cualquier trámite, lo que resultaría fantástico y, sobre todo, eficaz, si no fuera por que el teléfono de la cita previa no lo coge nadie. Dos días después del “si conoce la extensión marque 1”, “si no marque 2” y “si no péguese un tiro” en horario de mañana, tarde y noche, el sufrido beneficiario, beneficiaria en este caso, se planta en la oficina de la plaza del Carmen.

¿No tiene cita previa? No. Y se explica, brevemente, para no molestar. La funcionaria expide un papel con un número. Planta primera. Ya está. Solucionado sin levantar la vista de la mesa, para que hablar de un “buenos días”, quién dijo sonreir, que aunque sea gratis cuesta muchísimo. Pues eso, que tener que ir a la oficina cada día para cobrar a fin de mes es una faena, a mí me lo van a contar que acabo de volver de vacaciones; pero luego que nadie se queje cuando se sustituyen personas por máquinas expendedoras. De las segundas, al menos, no esperamos buena educación, y eso que las de tabaco te dan las gracias, por lo menos cuando yo fumaba lo hacían.

Por cierto, el funcionario de la planta 1, muy rápido y un encanto. Y como él, muchos. Que conste también.

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Desde La Spezia
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María de Álvaro | 06-09-2016 | 18:29| 0

“Hay placer en los bosques sin senderos, hay éxtasis en una costa solitaria. Está la soledad donde nadie se inmiscuye, por el océano profundo y la música con su rugido: no amo menos al hombre pero sí más a la naturaleza”

George Gordon Byron, Lord Byron

 

A La Spezia puede llegarse buscando naturaleza o a Lord Byron, y no necesariamente por este orden, pero se corre el peligro de tropezarse con una muchedumbre. Está este golfo tocado por la mano del universo y esa es, como tantas veces sucede, su suerte y su desgracia. Sus pueblos colgantes como aquellas casinas que pinchábamos con alfileres en corchos para montar el Belén, sus montañas escarpadas que nacen y mueren directamente en el agua batida, este Mediterráneo del norte, más frío, más bravo y más intenso, que aquí llaman mar de Liguria… Todo, o casi todo, lo hemos infectado con nuestras cámaras y nuestros gritos, con nuestra forma inigualablemente humana de arrasar, también conocida como turismo.

Cada mañana, decenas de barcos salen de La Spezia, en el mismo centro de la bahía que se conoce como el Golfo de los poetas precisamente porque aquí pasaron temporadas desde Dante Aligueri a Lord Byron y los Shelley. Lo hacen para alcanzar las Cinco Tierras, esos cinco minúsculos pueblos prendidos increíblemente en el acantilado. En uno de ellos hemos sentido hoy el viento fresco de la mañana, el azul increíble del mar y el cielo cuando les da por juntarse y, a la vez, la sensación de que íbamos a desembarcar en la playa de Omaha, el Día D, a la hora H. Una mezcla extraña que bien puede templarse con unas birras Moretti, es cierto, pero que a mí me ha dejado todo el día pensando en cómo sería esto cuando era verdad. Antes de la avalancha.

Y a pesar de todo, como Florencia y como tantos lugares del mundo, La Spezia y sus Cinco Tierras se imponen y pueden con todo. Como cuando Byron dejó dicho…

“Y cada vez que acudas a leer este nombre,
piensa en mí como se piensa en los muertos;
e imagina que mi corazón está aquí,
inhumado e intacto”.

O así.

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Desde Florencia
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María de Álvaro | 02-09-2016 | 08:57| 0

“Absorto en la contemplación de la belleza sublime, la veía de cerca, la tocaba, por así decir. Había alcanzado ese punto de emoción en el que se encuentran las sensaciones celestes inspiradas por las bellas artes y los sentimientos apasionados. Saliendo de la Santa Croce, me latía con fuerza el corazón; sentía aquello que en Berlín denominan nervios; la vida se había agotado en mí y caminaba temeroso de caerme”.

El síndrome del viajero, ‘Diario de Florencia’ (Stendhal)

 

 

Temerosa de caerme pese a que hace días, podrían decirse siglos, que he renunciado a los tacones, camino por las calles de Florencia y, con permiso de Stendhal, yo también “creo vivir con Dante” a pesar de que, a veces, esta ciudad no sea “más que un museo lleno de extranjeros”.

 

En la misma puerta de la Santa Croce la figura de Alighieri y sus imponentes dimensiones de gigante espanta palomas y turistas japoneses que, sospechosamente, jamás se mueven en bloques inferiores a la veintena y se empeñan en verlo todo a través de sus cámaras y teléfonos. Florencia se impone como se impusieron los Medicci, como sus príncipes, como sus papas. Las piedras podrían fundirse con el calor del final del verano, pero no lo hacen. Seis, siete siglos después de permanecer en el mismo lugar, nos dejan claro que ellas se quedan, que somos nosotros, como las palomas y los turistas japoneses, los que estamos de paso. Pero nosotros, a diferencia, seguro, de las primeras y, probablemente, también de los segundos, aún podemos pedir un último deseo, como los reos que ardieron a pocos pasos de aquí, en la Piazza della Signoría: nosotros aún tenemos la capacidad de llevarnos una parte de Florencia, con sus cúpulas y sus frescos colosales, con sus mármoles verdes y sus sillares eternos, con sus delicadas ‘anunciaciones’ y sus retorcidos torsos de bronce, con sus ‘tizzianos’ y su ‘Primavera’ naciendo para siempre cada día. Con su olor a cuero, su sabor a helado de ricota y su sonido de mil campanas. Y guardarla en el alma. A buen recaudo. Para cuando nos haga falta.

 

Podemos llevarnos eso y la certeza de que nosotros nos vamos, pero Florencia se queda. Y ese es, sin duda, el mejor consuelo.

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Desde el Tirol
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María de Álvaro | 31-08-2016 | 09:37| 0

“Los árboles seguirán siendo hermosos por la mañana, pero en ese momento tenían la belleza mágica e irrepetible que, según los griegos, solo resplandece en nosotros cuando Eros nos ha dirigido su mirada”.

‘En el balneario’ (Herman Hesse)

 

En medio del Tirol Eros me mira. Lo hace sin disimulo. Constantemente. Abrumada al principio, hoy creo haber comprendido que esta misma sensación la tiene un austriaco desde el día en que nace hasta el de su muerte. Porque este pequeñísimo país cargado de historia que parió a Hitler sin querer es el lugar donde descansa la belleza. Aquí viene a respirar cuando se harta de pasearse por el mundo y sube a estas montañas que, pese a ser pleno agosto, conservan sus nieves inmaculadas, su hielo perpetuo.

Que se pueda esquiar por la mañana, adentrase en las entrañas de un glaciar a mediodía y tumbarse al sol la misma tarde, con ser muchísimo, es lo de menos. Porque Austria, el Tirol, desprende la paz de los elegidos. Sus cumbres miran al cielo como lo hace el león al infinito en medio de la sabana. Se saben superiores. Se creen inmortales. Y en el caso de estos picos con algo más de razón.

Aprendí a querer a estas montañas antes incluso de conocerlas. De eso también me he dado cuenta ahora. Mi padrino vivió aquí la mayor parte de su vida. Recuerdo sus visitas anuales, siempre en Navidad, como una fiesta. Supongo que aquella maleta cargada de tabletas de chocolate de todos los sabores imaginables, cuando el mundo todavía se dividía entre los que preferían Plin y los que adorábamos La Herminia, y de bombones redondos como canicas gigantes rellenas de almendra tendrá algo que ver, pero también sus historias de paisajes blancos, de gentes rubísimas y ceremoniosas, que se saludan con reverencias y se visten con el traje tradicional para ir a comprar el pan sin necesidad de que medie ninguna fiesta, y de niños con aspiraciones a entrar en el santoral a los que, nos decía, puede que para acallar el estruendo, “no se les oye”. Y es verdad.

Han tenido que pasar años, décadas, para entender aquella melancolía suya al jubilarse. Ahora sé que echaba de menos esta paz. Y no me extraña. La ventaja es que estoy segura de que anda por aquí, detrás de algún risco. Por fin descansando.

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