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La misteriosa desaparición del candidato
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María de Álvaro | 16-06-2016 | 12:55| 0
La imagen es de archivo, naturalmente

La imagen es de archivo, naturalmente

Houdini era un simple aficionado. El mago del escapismo nunca se presentó a unas elecciones, es verdad. Nunca fue del PP, ni mucho menos número uno para el Senado por Asturias, que se sepa. Pero si lo hubiera hecho, habría quedado a la altura de un prestidigitador retirado de crucero por el Mediterráneo, porque aquí maestro del escapismo es uno y se llama Ovidio Sánchez. ¿Alguien le ha visto en esta campaña? ¿Acaso en la anterior? Areces dio anoche una pista clave en el debate de Canal 10: dijo que estaba «en su casa fumándose un puro». Puede. Es posible que el eterno aspirante popular, el político corcho, capaz de flotar en cualquier solución líquida, por viscosa que se ponga, haya hecho cuentas. En los anteriores comicios nadie olió ni el rastro del humo de su cigarro y fue el senador más votado en el Principado. Va a ser verdad eso de que a veces no hay nada como estar calladito, como disfrazarse de maceta. Que le pregunten a David Medina. Paciencia tenemos, oiga.

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Lo que cuesta suspender
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María de Álvaro | 26-05-2016 | 12:31| 0

Lo mismo que ir al médico al centro de salud no es gratis aunque no nos cobren cada vez que vamos, suspender también cuesta dinero. Perdón por la obviedad, pero es que acaban de ponerle a la cosa cifras y no hablamos de calderilla precisamente. Son 31,5 millones de euros al año en Asturias lo que cuesta que 4.500 niños no pasen de curso. Vale. Lo peor es que los expertos alertan de que «familias, educadores y responsables políticos» consideran positivo repetir. O, si no positivo, al menos si la solución menos mala si el chiquillo no estudia. Todo estupendo, pero a lo mejor estaría bien decirle al niño a cómo sale la broma traducida, por ejemplo, en juegos de la Play Station. Para que lo sepa. Y no hablo, naturalmente, de pequeños o adolescentes con problemas, en los que hay que invertir todo lo que sea necesario. Hablo de los otros. De los que a fuerza de no tener nunca ninguna responsabilidad van camino de convertirse en adultos que sólo saber reclamar derechos.

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La vida imaginada
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María de Álvaro | 23-05-2016 | 17:27| 0

Hans tiene 10 años y es razonablemente feliz. Él no lo sabe, porque con 10 años a uno le basta con ser, pero no tiene mucho de qué quejarse. En casa ha oído hablar de bombas y de hambre, pero lo escucha como el que oye un relato nocturno en la radio, de esos que vienen acompañados de sonidos casi reales y que tanto le gustan. Vive en Munich. Y vive bien. Soporta a su hermana mayor, Amélie, que salvo cuando se chiva de sus correrías es bastante aceptable «para ser una niña». Comparten su afición por las calaveras, y eso les une bastante. Nadie más lo hace, sólo el abuelo Otto, que un día sí y otro también les cuenta alguna historia de cuando el pan era negro y duro o simplemente no era. Sylvester es su hermano pequeño, pero podría decirse que tan pequeño que todavía no es más que un apéndice de los brazos de su madre. Ella se llama Alma y, la verdad, hace honor a su nombre, siempre pendiente, siempre dulce. Su padre, Franz, también, sobre todo cuando van de excursión a la montaña. Porque él sólo se rie de verdad, a carcajada limpia, cuando está en lo alto de alguna colina, tanto que Hans suele imaginárselo allí, con su traje, su corbata y su bombín; de hecho a veces piensa que cuando sale de casa y se va a trabajar y le da a su madre un beso en la mejilla para despedirse y le pellizca un papo a Sylvester y a él le encomienda que se porte bien, en realidad se va a escalar una montaña, igual que en aquellas vacaciones en las que todos se fueron a Austria.

 

A Hans se encantan las vacaciones. Tienen un vecino que les presta un coche y, a veces, se van a visitar ciudades. A Amélie no le hace tanta gracia, porque normalmente van apiñados en el asiento de atrás y a él le suele tocar encima, pero, bueno, son «contingencias del turismo». O eso dice siempre su madre. Casi mejor que viajar es después colocar las fotos del viaje en el álbum. Es todo un ritual familiar. Primero hay que lavarse bien las manos, un fastidio asumible, y tener cuidado de no plantar un dedazo encima de ninguna foto. Son cuadradas, perfectamente cuadradas. Como si la vida se viera a través de una ventana que a veces está cerrada y otras, las más, abierta. Para que se cuele el viento. A Hans le encanta abrir el álbum cuando le dejan, mirarlo, tocarlo y hasta olerlo, porque cuando ve, por ejemplo, las fotos de Frankfurt, le huelen a salchichas, y las de aquel parque tan grande de Stuttgart, a eucalipto.

 

Hans, Amelié, Franz, Alma, Sylvester y Otto son una familia alemana razonablemente feliz a la que la guerra, la II Guerra Mundial, les va a estallar pronto en la cara, pero ellos aún no lo saben, aunque el abuelo Otto se lo imagine y lo repita casi diario, así que hacen la vida que haría cualquier familia razonablemente feliz de mediados de los años 30 en la Alemania de entreguerras. Y, poco a poco, su álbum de fotos va engordando, como engordaba la barriga de la madre de Hans antes de que llegara Sylvester. Pero un día las que llegaron fueron las bombas. Lo hicieron casi sin avisar. Sonó una sirena y después todo empezó a caerse. Los edificios y todo lo demás. Una mañana, Franz apareció muy temprano con el coche del vecino, el que les prestaba para irse de excursión. Se montaron en él y se fueron. Pero aquello no eran unas vacaciones. No hubo fotos. Ni siquiera hubo álbum, que se quedó en la casa y ya nadie supo más de él.

 

Nadie hasta que Federico Granell se lo encontró más de 70 años depués, vacío de fotos y con apenas unos textos, lugares y fechas sueltas, en un mercadillo de París. Con él reconstruyó la vida de Hans, Amelié, Franz, Alma, Sylvester y Otto. Y pintó primero sus fotos perdidas hasta completar (o casi) el álbum. Y después reconstruyó su vida en lienzos precisos y mágicos, y en tablillas viejas llenas de polvo, y en papeles ardientes, y en lozas que, milagrosamente, sobrevivieron a su propia devastación. Y dio vida a Hans en escultura, y le colocó un corazón que es una casa, la misma que tuvo que dejar cuando empezaron a caer las bombas. Ahora todo eso está entre las paredes de una galería de arte. Y puede que Hans, Amelié, Franz, Alma, Sylvester y Otto no hayan existido jamás. De hecho, es lo más probable. Pero son más verdad que muchas realidades de carne y hueso; como es verdad el arte cuando no nace para adornar. Cuando mueve y conmueve. Cuando es tan nesario como el agua y el aire.

 

PD. ‘La vida imaginada’, de Federico Granell, se expone en la galería Gema Llamazares de Gijón hasta el próximo 15 de julio. Yo no me la perdería.

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El circo de Pajares
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María de Álvaro | 12-05-2016 | 11:32| 0

Si la variante de Pajares fuera un circo, que lo es, haría tiempo que el domador se habría fugado con la trapecista y los leones a un resort en África. Desde 1980 (sí, 1980) llevamos dándole vueltas al paso del tren a estas tierras con vocación de aldea gala. A los retrasos por eso que se llama falta de voluntad política y es, en realidad, falta de presupuesto (del vulgar perres), se sumaron mil y un problemas técnicos, con ríos subterráneos incluidos que van camino de perderse como lágrimas de replicante. La última vuelta de tuerca llegó ayer. Es una demanda vecinal que denuncia el proyecto a la Unión Europea por su impacto ambiental. Vale. Es lógico que los habitantes de un entorno quieran, queramos, protegerlo, lo que extraña es que un proyecto de semejante envergadura no tenga a estas alturas del culebrón estudios medioambientales como para empapelar el camino, todavía tortuoso, que separa León de Gijón, ida y vuelta. Veremos qué pasa. De momento tenemos las flamantes sentencias de la regasificadora de El Musel y la depuradora de Somió para ir poniéndonos en lo peor.

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El emperador en pelota
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María de Álvaro | 12-05-2016 | 18:19| 0

Napoleón ganó infinitas batallas y más de una guerra, pero acabó en Santa Elena, fundamentalmente, por abrir más frentes de la cuenta. Su estrategia expansiva, que tantas alegrías le dio en los años en que escribía encendidas cartas a Josefina desde el frente, fue su tumba. A un colega suyo bastante más siniestro e igual de bajito le pasó algo parecido algunos siglos después allá por Stalingrado, pero esa es otra historia.

 

Otro gran proyecto de prócer de la humanidad anda estos días abriendo frentes aquí y allá, pactando o tratando de pactar lo que ni pactó ni trató de pactar antes de que nos llamaran, por segunda vez, a eso que antes se decía la fiesta de la democracia y ahora vamos camino de bautizar como la ‘rave’. Por larga y por cansina. La cosa es que el hombre al que últimamente parecen salirle bien los planes, anda empeñado en ganar las elecciones antes de que votemos. Normal. Él es quien sabe lo que quiere la gente. Porque él es la gente y lo demás, casta conquistada. O acólitos.

 

Lo sorprendente de la historia no es que la moto en venta no llegue a triciclo, sino que haya encontrado compradores. Asusta la cara arrobada del número 5 a la lista del Congreso por Madrid, emocionado como el niño al que en el recreo el ‘chico más popular’ del colegio le deja, por fin, tocar la pelota. Y asusta más aún el poco eco de los desesperados que ven cómo el emperador desfila completamente desnudo y sin rastro de traje nuevo, y lo dicen, y les miran como el que mira a un «abuelo cebolleta». Cosas veredes, Gaspar. No sé si me explico.

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Quedamos sin suelto
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María de Álvaro | 05-05-2016 | 16:03| 0

Tengo un disgusto terrible. Y no es por que nos espere otra campaña electoral, que también. Tampoco por las agoreras predicciones meteorológicas y sus anuncios/amenazas de un fin de semana más frío que Siberia en pleno diciembre. No. Mi disgusto se lo debo a la desaparición de los billetes de 500 euros. A ver qué hacemos ahora. Ya imagino la algarabía en las fábricas de carretillas, con direcciones y plantillas encantadas pensando en miles, millones de ciudadanos llevando sus ahorros de un lado a otro a cuestas. Los billetes de 500 dejan de imprimirse en 2018 pero siguen siendo de curso legal. Y eso que según Mario Draghi «es un instrumento para actividades ilegales». Vale. Pero como una cosa es lo que opina el Banco Central Europeo y otra lo que dicta el Bundesbank, aquí no ha pasado nada. Ya se sabe que hablar de dinero es una ordinariez y, además, hay que tenerlo. El resto son brindis al sol (hoy saludos, que todos somos yoguis; algunos incluso compis). Más o menos como el anuncio de que el billete de 500 dejará de imprimirse. Los amigos del ‘black’ tienen que estar temblando. Como usted y yo, o más. Tirando de refranero clásico de los felices tiempos preTwitter: tanto da que da lo mismo.

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Para el desguace
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María de Álvaro | 28-04-2016 | 20:28| 0

La imagen de una nave en Tremañes completamente desguazada para robar su estructura es hoy la foto del día en Asturias. Y la metáfora perfecta. Hasta que les pilló la Policía, los ladrones se llevaban el contenido de la nave y la nave misma a plena luz, tan tranquilamente como se convocan unas elecciones después de otras tras meses de inacción política o como aparecen sociedades ‘offshore’ de ilustres y exilustres próceres de lo público igual que las alergias en primavera.

 

Los ladrones se llevaban la ferralla justo a la vez que otros también exilustres y también de lo público se sentaban en los banquillos de la Audiencia Provincial de Oviedo por hacer, firmar o recibir facturas falsas. Por desmontar, o al menos intentarlo, la Consejería de Educación del Principado a golpe de contratación de obras fantasmas, chapuzas y mangoneos. Igualito que se desmonta una nave en Tremañes. Eso sí, todos unos «mandaos» los pobres, siempre empujados por exjefes o excompañeros que ya están «muertos» (cito literal). Como los ladrones pillados in fraganti, que estaban allí porque se lo dijo «un paisano» (cito literal, 2).

 

Como todo el mundo recuerda, Bogart y Bergman se enamoraron mientras el mundo se desmoronaba. Me pregunto que harían ahora que la cosa ha pasado directamente al desguace, ahora que estamos a punto de colocar el ‘cerrado por derribo’ y la peli sería un reality y se titularía ‘Casablanca Shore’. A lo mejor se dedicaban a anunciar colchones, pero de esos que son solo para dormir. De lo otro mejor ni hablamos. Como el chiste.

 

Oh realidad, siempre al quite para burlarte de la ficción, tan burdamente creíble a veces, coño.

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¿A qué huele la CUP?
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María de Álvaro | 21-04-2016 | 17:12| 0

Sabíamos que la CUP no tiene límites, más allá de sus pretendidas fronteras, pero como la capacidad política de empeorar cualquier expectativa -ya sea del déficit, de los datos del paro o de descuerdos varios- crece últimamente de forma exponencial, los amigos de la Unitat Popular salieron ayer con que el Ayuntamiento de Manresa pretende decir a las mujeres (se entiende que a las manresanas y de paso a todas las demás) que usar compresas y tampones no es ecológico, ni sostenible, ni moderno, ni ná.

La cosa suena de chiste y lo es, pero también es tan cierta como el golazo en el último minuto que marcó anoche mi Sporting. Vaya que hoy van a presentar una moción a favor de -pausa dramática, redoble de tambores- las esponjas marinas, las compresas de ropa y las copas menstruales.Tiemblo. Y no por la chorrada, que también; ni siquiera por que en un ayuntamiento no tengan asuntos más apremiantes, que además. Tiemblo por que lo preocupante, lo que no da tanto la risa, es la capacidad infinita de algunos para meterse en la vida de los demás (en este caso las), su habilidad para confundir gobernar con mangonear.

El ridículo es lo de menos. Lo ‘de más’ es que de querer prohibir el tampax (con perdón por usar como genérico una marca comercial: se ve que el demonio capitalista me ha poseído) a implantar un modelo único de corte de pelo no hay tanto trecho. Ahora falta que les hagamos caso. O que les mandemos de paseo. A Corea, por ejemplo, a ver a qué huelen allí las nubes, como en aquel anuncio de compresas (con perdón de nuevo). Uf.

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Camino del Cantábrico (*)
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María de Álvaro | 08-04-2016 | 17:09| 0

«Uno perdía el rumbo en aquel río del mismo modo que puede perderlo en el desierto (…) hasta que se sentía hechizado y apartado para siempre de todo lo que había conocido alguna vez, en algún lugar, lejos, quizás en otra existencia»

‘El corazón de las tinieblas’ (Joseph Conrad)

 

 

No hace falta ir al Congo para perderse. Tampoco para encontrarse. Generalmente uno (una en este caso) suele estar a la vuelta de la esquina, en el café de la mañana, en la rutina de la tarde, en el vino de la noche. En las manos de su madre, los ojos de sus hijos o las tripas de quien le quiere. Uno (una en este caso) se acompaña de sí misma desde que nace hasta que muere, y se conoce perfectísimamente, aunque a veces no lo sepa o crea que no lo sabe, desde el día en que el mundo le presenta a su cuerpo y le dice aquello de ‘esta unión es para siempre’. Y no hay más garantías.

Por eso resulta tan extraña esta fiebre que nos ha dado últimamente por conocernos a nosotros mismos. Como si no lo hiciéramos ya más que de sobra. Puede que vivir el fin de la civilización de Occidente tenga algo que ver, puede que las abuelas tuvieran razón y todo esté motivado por el ‘refalfiu‘, esa bendita palabra asturiana sin traducción posible que viene a decir que la abundancia o, más bien el exceso, también cansa. Y harta. Y hastía.

La cosa es que el librito que nos ocupa, esta especie de guía, es el fruto de mi segundo Camino de Santiago. Desde que decidí hacer el primero -aquel sí con destino en el Obradoiro, hace ya unos pocos de años- hasta hoy, cada vez que le he comentado a alguien que me calzaba las botas y me iba, o que ya lo había hecho y estaba de vuelta, invariablemente he recibido la misma respuesta que, en realidad, es una pregunta: ¿Por qué? O, dicho de otro modo: ¿Qué buscas? ¿Qué has encontrado?

Pues bien, siento defraudar a los fans de eso que se llama la autoayuda y a los apóstoles de filosofía en entregas breves para tiempos de internet. No tengo la respuesta. Nada se encuentra en este camino que no se encuentre en cualquier otro, que no llevemos puesto de casa, que no esté en los libros y en las películas, o en las vidas y las mentes de quienes nos precedieron, de quienes caminan diariamente a nuestro lado e incluso de millones y millones de desconocidos. El Camino de Santiago es eso, un camino. Pero también la vida es un camino y no por eso deja de ser todo lo que tenemos. Que se sepa.

Convertirse aunque sea por unos días en peregrino, no tener nada más que lo que llevas colgado a la espalda, saber dónde está tu destino y que tienes dos piernas que te permitirán llegar, o al menos intentarlo. Eso es lo que te da el Camino. Eso y la posibilidad de convivir con tus dolores, de reírte de tus limitaciones, de hablar con los dedos de tus pies sin que te tomen (o te tomes) por psicópata. En definitiva, algo de tiempo, una tregua para escuchar lo que tus rodillas, tus orejas, tu cabeza o tu corazón tienen que decirte. Nada nuevo, nada raro, nada que no pueda suceder sin salir de casa, pero que sucede con más facilidad si pones tierra y silencio de por medio. Si además lo haces con el Cantábrico como compañía puedes considerarte alguien con suerte. Y le pasa lo suerte lo que a la alegría, que no suelen pasarse sin más: hay que salir a buscarlas. Vamos allá.

 

(*) Así comienza ‘Camino del Cantábrico’, un recorrido por Asturias de punta a punta a través de la ruta xacobea del Norte

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‘It funcionaria’ sin Louboutin
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María de Álvaro | 05-04-2016 | 16:11| 0

Desde que Iñaki Urdagarin compareciese ante el juez con una americana blanca más propia de ‘Vacaciones en el mar’ que de un juzgado de instrucción, las cosas han cambiado mucho. Alguien debió darse cuenta de que aquella pinta era más bien de juzgado de guardia. Y el ejemplo ha cundido. Vestirse es cubrirse, pero también una declaración de intenciones. Por eso vestirse para para declarar es tan importante, porque es como declarar dos veces. Igual que no se va a una boda en chandal -a lo mejor Paquirrín sí, pero no lo tengo confirmado- nadie se sienta en el banquillo con sus mejores galas, especialmente si de lo que está acusado y/o acusada es, precisamente, de desviar dinero público (del vulgar robar) para gastárselo en taconazos de Louboutin. Siempre presuntamente.

Marta Renedo ha aprendido la lección. A lo mejor por que vio a Urdangarin haciendo el ridículo o puede que por consejo de su abogado. En capítulos anteriores, la que fuera ‘it girl’ del choriceo regional nos había sorprendido con zapatos imposibles y bolsos tope gama, de esos que cualquier compañía de vuelos low cost te obligaría a facturar por exceso de equipaje. Siempre, además, perfectamente colocados en modo ‘corte de mangas’, o sea, colgando del brazo a la altura del codo con el antebrazo estratégica y verticalmente elevado. Sí, como Paris Hilton o Chloë Sevigny. Pero ya no.

La exjefa de servicio de Promoción Cultural (seguramente en su definición de ‘Promoción Cultural’ está el quid del caso, pero ese es otro tema) llegó ayer a la Audiencia sin su melena al viento -se la ha cortado, como Curro Romero la coleta-, vestida con un ‘outfit’ (otrora modelo, conjunto o similar) que podríamos definir como ‘pasaba por aquí’ y con un bolso que más parece una bolsa de la compra ahora que hasta Mercadona cobra por las de plástico. Modelo que, para más inri, hoy ha repetido, algo que solo hacemos el vulgo pueblo y doña Letizia cuando se pone en plan fan de Amancio Ortega. Renedo tampoco ha comparecido con gafas amarillas de Alain Mikli sino negras y tirando a discretas, otro truco seguramente aprendido de los errores del ínclito exyernísimo, hoy yerno a su pesar, como Filomeno.

 
No sabemos qué va a pasar, no lo sabe nadie a juzgar (con perdón) por el carajal procesal que se ha montado, con esos 2.000 folios de informe del Principado que no valen más que para reírse a la cara del ‘papel cero’ tan publicitado por el Ministerio de Justicia. Y de paso de todos nosotros. Sus señorías no los han admitido a petición del fiscal por «irregularidades». A estas alturas, lo único que tenemos claro es que Marta Renedo no es ni su sombra. O eso quiere que pensemos. O que piensen los jueces. Dicen que ‘Orange is the new black’. Veremos.

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