Manos Unidas y el Premio Príncipe de la Concordia


El premio de la Concordia concedido recientemente a Manos Unidas tiene muchos significados, más allá del galardón mismo. Para mí es un espaldarazo a los que de una manera discreta y fiel trabajan por el reconocimiento de la dignidad de las personas y las comunidades en rincones remotos y muy alejados de los lugares supuestamente importantes este mundo, y también para mi, es un reconocimiento para aquellos grupos y personas que desde el voluntariado y la cooperación internacional van dando pasos para crear un mundo donde las relaciones internacionales cada vez sean más justas.


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Quiero unirme en acción de gracias de muchas ONGs y grupos camboyanos, expresando mi gratitud hacia Manos Unidas, por la gran apertura que en estos años la organización ha tenido hacia Camboya, que posibilita realizar muchos proyectos en favor de las personas más pobres y necesitadas. En mi caso, me han apoyado desde siempre, ya desde mis primeros pasos en los campos de refugiados. Manos Unidas fue una de las primeras ONGs en interesarse e involucrase activamente en la Campaña internacional para la eliminación de las Minas. Y de ahí surgió el proyecto “Vidas Minadas” con Gervasio Sánchez que sigue dando frutos.


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En la actualidad Manos Unidas colabora con nosotros a través de tres proyectos: “Home Land”, una ong local que da apoyos a niños que han sido víctima del tráfico de personas, “Damayetra” que trabaja con enfermos de sida en zonas de conflicto y la rehabilitación de nuestro humilde centro de salud, destruido en la guerra y que hemos ido reconstruyendo poco a poco con diferentes ayudas. Además llevan siempre sus proyectos con visitas periódicas dando ánimos y ayudando a las personas a tener una visión de futuro creando esperanza.


Centro de salud de la Prefectura de Battambang

Tres aspectos quisiera resaltar de este reconocimiento para Manos Unidas. En primer lugar, este premio recuerda algo que Manos Unidas ha venido recordando a los gobiernos: los compromisos que tienen con los países más empobrecidos. El primero de los Objetivos del Milenio es “Erradicar la pobreza extrema y el hambre”, y concretamente reducir a la mitad, entre 1990 y 2015, el porcentaje de personas que padecen hambre. Hoy sin embargo, en nuestro mundo, más de 1.000 millones de personas pasan hambre. Una de cada cinco personas vive con menos de 1 euro diario (unas 1.400 millones de personas), el 70% son mujeres y según la FAO, el 65% de estas personas viven en siete países: India, China, República Democrática del Congo, Bangladesh, Indonesia, Pakistán y Etiopía.


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En 2009, la crisis de los alimentos y la energía empujó a 130-155 millones de personas a la pobreza. Las personas más desfavorecidas, tanto en España como en los países pobres, son las que están pagando la crisis actual. En Camboya somos testigos de este efecto. Esta crisis (económica, climática y alimentaria) que afecta al planeta tiene su principal impacto en las comunidades más vulnerables, empeorando aún más su situación. Ahora más que nunca, hay que apostar por soluciones más justas.


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La Unión Europea, y España en particular, debería garantizar su compromiso de destinar el 0,7% del PIB como ayuda oficial al desarrollo en 2015, fijando calendarios obligatorios para llegar a esta meta. En España no existe legislación que obligue al cumplimiento del compromiso de destinar este 0,7% del PIB a la reducción de la pobreza, pero sí existe un pacto de estado firmado por todos los partidos.


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En segundo lugar, creo que este premio representa la confirmación de lo que Manos Unidas trata de defender: la dignidad de la persona. El premio lleva consigo un mensaje muy claro: la base real de todo derecho humano es la dignidad de la persona. Nuestra capacidad de relacionarnos es una característica humana y conduce a la noción de bien común. El Concilio Vaticano II definía el principio de bien común para nuestro tiempo en la constitución pastoral Gaudium et Spes: “Todo grupo social debe tener en cuenta las necesidades y las legítimas aspiraciones de los demás grupos; más aún, debe tener en cuenta el bien común de toda la familia humana”.


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La base moral para el Estado radica, pues, en su capacidad de proporcionar dignidad y libertad a sus ciudadanos y garantizar los derechos humanos de todos en su territorio. La responsabilidad de proporcionar protección a las personas más vulnerables ha de estar compartida por todos los Estados soberanos.


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En tercer y último lugar, el Premio de la Concordia concedido a Manos Unidas nos inspira hacia una actitud que ya en el siglo IV señalaba San Juan Crisóstomo:
“¿Deseas honrar el cuerpo de Cristo? No lo desprecies, pues, cuando lo contemplas desnudo en los pobres, ni lo honres aquí, en el templo, con lienzos de seda, si al salir lo abandonas en su frío y desnudez. Porque el mismo que ha dicho: «Esto es mi cuerpo» (Mt 26,26), y con su palabra llevó a que fuera real lo que decía, afirmó también: «Tuve hambre y no me disteis de comer» y también «Siempre que dejasteis de hacerlo a uno de estos pequeñuelos, a mi en persona lo dejasteis de hacer» (Mt 25, 42.45). Aquí el cuerpo de Cristo no necesita vestidos, sino almas puras; allí hay necesidad de mucha solicitud… Dios no tiene necesidad de vasos de oro sino de almas semejantes al oro.”


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Gracias a Manos Unidas por recordarnos todos estos valores una vez más.


Battambang, octubre de 2010
Monseñor Enrique Figaredo
Prefecto Apostólico de Battambang

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