El Comercio
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GRIETAS EN EL INDEPENDENTISMO
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Juan Neira | 10-01-2018 | 17:29

El bando de los independentistas entró en crisis. Artur Mas abandonó la presidencia del PDeCAT, el partido que había creado para lavar la imagen emponzoñada de Convergencia. El expresident de la Generalitat manifestó que daba un paso atrás por el calendario judicial. Hay que recordar que al honorable Artur Mas le fue embargado el piso de Barcelona por el gasto irregular realizado en la jornada del 9 de noviembre de 2014, cuando se llevó a cabo la consulta del derecho a decidir. La compra masiva de ordenadores para un fin espurio le salió cara. El Tribunal de Cuentas fijó una fianza de cinco millones a él y a otros consejeros del ‘Govern’ que participaron en la organización de la consulta. A eso se suma el sumario abierto por el Tribunal Supremo, en el que aparece investigado por los acontecimientos del 1-0, con los previsibles cargos de rebelión, sedición y malversación de fondos. Los jueces le van a dar mucho trabajo, así que tiene razones sobradas para dedicarse exclusivamente a esa tarea. No obstante, Artur Mas añadió que deja el cargo por los buenos resultados cosechados por Juntos Por Cataluña, señalando que no quiere ser un obstáculo para nadie. Es evidente que las relaciones con Carlos Puigdemont no son buenas. Las piruetas de Puigdemont impiden a la dirección de PDeCAT mantener una postura coherente, estando a expensas de las ocurrencias de su fugado líder. Un ejemplo palpable de las discrepancias políticas entre Mas y Puigdemont está en la sumaria frase del primero: «Con el 47% de los votos no puede haber independencia».

A los problemas del PDeCAT se suma el desconcierto en ERC. El diputado y ex consejero de Justicia, Carlos Mundó, renuncia al escaño antes de tomar posesión, y abandona la política. Siente nostalgia de la abogacía. Lo más curioso es que da el portazo justo en el momento en que desde ERC se le proponía para sustituir a Carmen Forcadell, en la Presidencia del ‘Parlament’. Mundó tuvo un papel beligerante en la campaña electoral, con continuas invectivas sobre Inés Arrimadas, y cuando tocaba recoger el fruto de los mítines se borra de la escena.

La clase política catalana es muy conflictiva como quedó comprobado con los avatares del ‘procés’. En la primera década del siglo, los dos gobiernos tripartitos, presididos por Maragall y Montilla, fueron una fuente de permanentes enfrentamientos. Ahora, con los diputados independentistas separados por fronteras y barrotes, cualquier solución es posible.

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