El Comercio
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Autor: juanneira
MILITARES Y CIVILES
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Juan Neira | 13-10-2017 | 10:29| 0

Día de la Festividad Nacional, ubicada en el calendario como conmemoración de la mayor hazaña realizada por los españoles al descubrir el nuevo mundo. Ningún otro hallazgo tuvo tanta importancia. En esta ocasión la fiesta vino precedida de la crisis catalana, el mayor desafío para la identidad y la integridad de España del que hay memoria. Si Cataluña se separase, la España formada en 1492 daría paso a otra realidad distinta, a la que cuesta hacerse una idea tras cinco siglos sin fronteras. El desfile militar por las calles de Madrid, que había ido perdiendo lustre en los últimos años, adquirió nueva vitalidad, con más público y mayor asistencia de personalidades: todos los presidentes autonómicos, con la excepción de Urkullu y Uxue Barcos. Los principales dirigentes del PP, PSOE y Ciudadanos acudieron a la cita, mientras los líderes de Podemos se ausentaron mandando en representación del partido morado a personajes de segundo nivel. El motivo de la parada militar estaba reflejado en una frase, “orgullosos de ser españoles”.

En Barcelona, escenario del drama, la Sociedad Civil Catalana convocó una gran manifestación, que la Guardia Urbana cifró en 65.000 personas. En la manifestación multitudinaria del pasado día 8, la Guardia Urbana contabilizó 350.000 individuos; una vez medido el largo y ancho de las calles por las que transcurrió la movilización y supuestas cuatro personas por metro cuadrado salen 1.043.800 manifestantes; por mucho que se rebaje la cifra, el resultado siempre quedará muy por encima del medio millón. Seguro que con la manifestación de ayer ocurrió la misma manipulación. La Guardia Urbana minimiza ese tipo de convocatorias porque está a las órdenes de la alcaldesa de Barcelona. En el conflicto, Ada Colau representa una curiosa tercera vía que está mucho más alejada de Rajoy que de Puigdemont. La hegemonía ideología del nacionalismo produce efectos asombrosos: todo el mundo da por bueno que en las urnas del referéndum del 1-0 votaron 2,2 millones de catalanes ¿Si falsearon todo el procedimiento, cómo no iban a amañar el resultado? Si hubiesen votado la mitad ya me parecería una cifra muy elevada.

Mientras Puigdemont medita la contestación a la misiva de Rajoy, hay dos aspectos de la crisis catalana que resultan insoslayables: la masiva fuga de empresas haciendo inviable el proyecto de país de los independentistas y el cambio de actitud de la mayoría silenciada. Empobrecimiento y división social.

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TREGUA FALSA
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Juan Neira | 12-10-2017 | 6:07| 0

Los españoles nos hemos pasado el día discutiendo sobre la intervención de Carlos Puigdemont en el “Parlament” acerca de la independencia ¿Realizó la declaración unilateral de Independencia o sólo hizo un comentario irrelevante? Las asociaciones de fiscales creen que sí la hizo, consumando el golpe del Estado; sin embargo, Joaquim Bosch (Jueces para la Democracia) es de la opinión opuesta. En el Congreso de los Diputados, Podemos y PNV afirman con rotundidad que tal declaración no salió de los labios del “president”. Atribulado por las dudas releo las palabras de Puigdemont: “Asumo el mandato del pueblo para que Cataluña se convierta en un Estado independiente en forma de república” ¿Asumir equivale a declarar? Se extiende la opinión de que la Generalitat mandó “parar las máquinas”. Esto nos lleva a otra reflexión: ¿qué se entiende por “parar las máquinas”? Lo más curioso es que los portavoces de la Generalitat no niegan la versión de que Puigdemont declaró la independencia, simplemente dicen que dejó abierta la puerta a la negociación. Y si Rajoy toma medidas represivas, “reactivarán la declaración”. Sólo se reactiva algo que ya existe.

Para salir del círculo vicioso, Rajoy le da cinco días al “president” para que explique el sentido de sus palabras, y en el caso de que haya declarado la independencia le da tres días adicionales para retractarse. De no avenirse a razones, el Consejo de Ministros aplicará el artículo 155 de la Constitución, que es una pauta muy elástica que puede llevar desde la supresión del autogobierno de Cataluña hasta centrarse en un asunto concreto, como, por ejemplo, poner otros mandos al frente de los Mossos de d’Esquadra.

Puigemont, aconsejado por Artur Mas, tiene una agenda oculta que pasa por un referéndum pactado. Necesita ganar tiempo. La independencia por las bravas provoca vértigo, por la reacción que provocaría en el Estado y las consecuencias económicas. Por cierto, ayer se quedaron en Cataluña sin rebanadas de pan de molde para el desayuno. La empresa se traslada a Madrid. Tras las movilizaciones callejeras, la tensión entre los gobiernos ha derivado en disputas semánticas. Una falsa sensación de tregua. Los independentistas han ido muy lejos; no van a retirarse ni es posible el acuerdo sobre las posiciones en que se han instalado. El paso del independentismo al nacionalismo reformista va a ser muy costoso. Distinto sería si Rajoy hubiera pinchado el globo hace tres o cuatro años.

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LA REPÚBLICA DEL ABSURDO
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Juan Neira | 11-10-2017 | 10:13| 0

La tensión generada en torno al “Parlament”, donde Carlos Puigdemont iba a proponer la proclamación de la república de Cataluña, ha derivado en una obra de teatro del absurdo, ya que el “president” no propuso nada, sino que habló de “asumir el mandato para que Cataluña se convierta en un Estado independiente en forma de república”. Y pese a ello pidió, inmediatamente, a los diputados que suspendieran algo que no habían aprobado. Posteriormente, el portavoz de Juntos Por El Sí aclaró desde la tribuna que ya no eran españoles, y que el proceso constituyente de la república había empezado hace unos días, en concreto el día tres de octubre. Finalizadas las intervenciones, la sesión parlamentaria terminó sin que nadie hubiese votado nada. Los diputados abandonaron los escaños y el público se quedó preguntando si había habido boda. Para aumentar la confusión, media hora más tarde los diputados independentistas se reunieron en otra sala del edificio para estampar su firma debajo de un texto que llevaba como título, “Compromiso con la República”.

Todo esto sucedió en un día que tenía reservada la etiqueta de jornada histórica. No hubo épica ni lírica en el discurso leído de Puigdemont, que también estuvo ayuno de frases grandilocuentes. Pero el verdadero problema es que la sesión careció de sentido, hasta el punto de que la dignidad del “Parlament” quedó a la altura del felpudo. ¿Qué Cámara legislativa democrática del mundo mundial asiste de oyente ante un cambio de forma de estado, y del propio estado, realizados en su nombre, sin tener derecho a votar a favor o en contra? Qué degradación tan mayúscula es la que somete el nacionalismo independentista a las instituciones catalanas y qué tomadura de pelo a los ciudadanos.

Vamos con la interpretación política. El bloque independentista está tocado, no por las tensiones con la Cup, sino por los tres golpes sucesivos que sufrió en la última semana: discurso del Rey, fuga masiva de empresas y manifestación multitudinaria de los catalanes que se sienten españoles. Puigdemont, Junqueras, Forcadell y compañía están desconcertados y temerosos. La obra de teatro que representaron en el Parlamento sólo tenía como finalidad evitar que cobraran cuerpo sus temores: la aplicación del artículo 155 de la Constitución y la dilucidación de responsabilidades penales por parte del juez. Tanto gesto vano no les va a servir para conjurar sus miedos.

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DRAMA Y COMEDIA
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Juan Neira | 10-10-2017 | 9:32| 0

La víspera del día escogido para la proclamación de la República catalana estuvo cargada de señales inquietantes. Las empresas huyen en masa de la región que las vio nacer. Hay miedo a quedarse fuera del paraguas del euro y pavor a los posibles planes del independentismo radical que no oculta su objetivo de crear un fuerte sector público, con tentáculos en las finanzas y en las empresas. Gestores y accionistas temen las modificaciones legislativas, fiscales y laborales, que haría un tripartito nacionalista liberado del corsé del Estado. Grandes empresas, como Abertis, Inmobiliaria Colonial, Cellnex, Adeslas, Cervezas San Miguel o Torraspapel han puesto su domicilio social en distintos puntos de España. Les vale cualquier región, menos Cataluña. Este era el paraíso de paz y unidad que predicaba el otro día Carlos Puigdemont cuando intervino en televisión para replicarle al Rey. Una sarta de disparates que no sé si atribuir a la capacidad que tienen los nacionalistas para mentir o a la inopia en que viven los miembros del “Govern”. O a las dos cosas: mienten y están en la inopia.

Más preocupante si cabe son las informaciones que se desprenden de un informe presentado por la Guardia Civil a la jueza de la Audiencia Nacional, Carmen Lamela, que investiga por presunta sedición al mayor de los Mossos d’Esquadra, Josep Lluís Trapero. Con pruebas de todo tipo –vídeo, grabaciones de conversaciones telefónicas- se muestra que los responsables de la Policía Autonómica optaron deliberadamente por mostrarse inactivos el día del referéndum. No sólo eso, sino que recibían órdenes de un comité estratégico dirigido por Carlos Puigdemont y Oriol Junqueras. La Guardia Civil, cuando registró el departamento de Economía de la Generalitat, encontró entre los papeles de Josep María Jové, número dos de Oriol Junqueras, un plan para para lograr la independencia que pasaba por provocar una crisis política y social que permitiera imponer un referéndum forzado. En el calendario de los sediciosos, estaba formar un gobierno de transición en 2018 y declarar la República en 2022. Se ve que les entraron las prisas y van a declarar hoy la República con casi cinco años de antelación. Estamos viviendo un drama que tiene ribetes de comedia. Si la España democrática y moderna, resultado de cinco siglos de esfuerzo colectivo, no logra desbaratar los planes de los desleales, poniendo a sus cabecillas  en manos de la Justicia, es que hay que cambiar de gobierno.

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LA ‘OTRA’ DIADA
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Juan Neira | 09-10-2017 | 11:54| 0

La otra Cataluña se hizo visible por las calles del centro de Barcelona. Una manifestación masiva, como la celebrada el 11 de septiembre, con la diferencia de que aquella era una marcha de esteladas y la de ayer fue una cita de banderas constitucionales y ‘senyeras’. Una agitaba símbolos no recogidas en las leyes y la otra utilizaba las enseñas de la Constitución española y del Estatuto de Autonomía de Cataluña. También hubo otra diferencia: los separatistas utilizaron los niños como reclamo, de una forma jamás visto en ningún tipo de manifestación pública, mientras que los constitucionalistas y estatutistas respetaron a los menores. Las dos marchas estaban trufadas de sentimientos, una amparada en el poder, con el apoyo de la Generalitat y de la influyente TV3, y la otra sustentada exclusivamente por los propios manifestantes que cansados de estar despreciados y oprimidos por los independentistas se tiraron a la calle para hacer buena aquella antiquísima letra de Víctor Manuel, ‘ni humillados ni vencidos, ni cobardes ni canallas, será esta tierra de todos los que quieran mejorarla’.

La última huella de la Cataluña plural databa de las elecciones autonómicas de 2015, ganadas por los constitucionalistas (tuvieron más votos que los independentistas) aunque el sistema electoral dio mayoría a estos últimos (los independentistas lograron más escaños). Ayer volvió a hacerse estruendosamente visible en las calles, al agruparse un número de personas tan elevado como el último 11 de septiembre. Basta con decir que la Guardia Urbana, a las órdenes estrictas de Ada Colau, cifró en 350.000 a los congregados. Imagínense cuánta gente fue la que realmente acudió.

Un golpe muy duro para el falso relato de Puigdemont, Junqueras y Forcadell, de una sociedad uniforme, agrupada en torno al mito de la Guerra de Sucesión. Mal que les pese hay una Cataluña constitucional que se sienta tan española como Andalucía, Aragón o Asturias. Unos catalanes que no pueden dejar fuera de las urnas ni de las calles. El paso de la mayoría silenciosa a la mayoría del clamor era una cuestión de tiempo. El movimiento se empezó a gestar en los balcones de las casas y ayer bajó a la aceras, porque, como decía Celaya, ‘ya es hora de pasearnos a cuerpo y mostrar que, pues vivimos, anunciamos algo nuevo’. Tremendo fin de semana para Puigdemont y su cohorte: huyen las empresas y los constitucionalistas toman las calles. Se acerca su Waterloo, si no lo frustra Rajoy.

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