El Comercio
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ANATOMÍAS DEL ANTIGUO
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Luis Arias Argüelles-Meres | hace 23 horas| 0

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“Usted puede ser tan pesimista, o en su defecto tan existencialista como quiera. Sin embargo también se ha enamorado. Como cualquier idiota.” (Cioran). 

Podría asegurarse que Oviedo, al igual que su correlato literario, es decir, la heroica Vetusta, sigue durmiendo la siesta. Pero a renglón seguido habría que añadir que, desde hace décadas, la noche de nuestra muy novelada ciudad, está muy viva en el Antiguo, tanto que, dejando al margen vivencias y batallas personales, estos parajes de la capital carbayona inspiran no poca literatura en cantidad, así como logrados textos narrativos y poéticos que llegan hasta el momento presente. Una prueba irrefutable de esto que digo es el libro ‘Anatomías del Antiguo’, obra colectiva que alterna relatos y poemas, en la que participan nada menos que 32 autores.

Dado el amplio número de autores, resultaría poco menos que imposible analizar todos los textos en el reducido espacio de una columna de opinión. Pero, de entrada, debo decir que el libro que nos ocupa alcanza una calidad literaria nada desdeñable, al tiempo que su interés sociológico es grande para quienes estén interesados en la vida nocturna vetustense.

Predominan los textos narrativos sobre los poemas. Y, en la mayor parte de los casos, se plasman vivencias que tuvieron lugar en los establecimientos más conocidos del Oviedo Antiguo. Entre estos establecimientos, destacan el Diario Roma, Las Mestas, y también hay recordatorios para locales que en su momento estuvieron llenos de vida como El Ñeru, el Tigre Juan y otros referentes de la noche ovetense.

El Antiguo, sus calles estrechas y húmedas, sus establecimientos nocturnos, referente de primer orden en la educación sentimental de varias generaciones de ovetenses, continuación de la vida universitaria, parada y fonda de tertulias hasta el alba, lugar de encuentro de vivencias imborrables: sexo, amor, conversaciones inolvidables, con la compañía de la música ambiente, de copas, cervezas y vinos, de tabaco, cuando se permitía fumar.

Adentro, en los locales en los que se ubican la mayoría de los textos, la música, las réplicas, las miradas entre desconocidos que pronto dejarían de serlo, los recuerdos a veces mágicos, a veces increíblemente ciertos.

El libro se abre con un texto de Josefina Velasco que, en una admirable síntesis, cuenta lo más esencial de la historia de la ciudad y se cierra con un poema de Laura Manzano en el que se plasma el sentir y el pensar en un regreso a casa dentro de la noche vetustense en el Antiguo.

También es un acierto que, entre los 32 autores, tengan voz distintas generaciones que transitaron el Antiguo. Y, por otra parte, se amplían horizontes al tener cabida en este libro textos pertenecientes a personas que, por muy diversos motivos y procedencias, recalaron en su momento en la noche ovetense.

Estoy seguro de que, leyendo este libro, el público lector hará suyas muchas de las vivencias que aquí se cuentan en prosa o en verso.

Oviedo, la muy novelada ciudad que sestea, es también la ciudad que, desde hace más de tres décadas, trasladó su noche al Antiguo, en rincones y parajes cerca de una vieja muralla de la que se conservan restos de un pasado que, andando el tiempo, iremos descubriendo más. Con el libro del que venimos hablando, la noche del Antiguo se confirma también como territorio literario.

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Recuerdos de Oviedo: Alrededor de la Caja de Previsión
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Luis Arias Argüelles-Meres | 15-10-2017 | 09:50| 0

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«El corazón es el vaso del dolor, puede guardarlo durante un cierto tiempo, mas inexorablemente luego, en un instante, lo ofrece. Y es entonces cáliz que todo el ser de la persona tiene que sorberse. Y si lo hace lentamente con la impavidez necesaria, al difundirse por las diversas zonas del ser comienza a circular con el dolor, mezclada a él, en él, la razón». (María Zambrano).

Hace ya muchos años, cuando revisaba la correspondencia familiar, disfrutando del olor tan inconfundible que desprende el papel avejentado, me resultó muy llamativo que, en su momento, la plaza del Carbayón se había llamado plaza del Progreso, al menos así figuraba en la dirección de un fajo de cartas dirigidas a mis abuelos.
Bien pensado, al estar tan cerca del Teatro Campoamor y al lado de lo que durante muchos años se llamó Caja de Previsión, tenía todo el sentido del mundo esa denominación. Además, si mis datos no me fallan, alrededor de lo que es hoy la Jirafa, se instaló el llamado ‘mercado del Progreso’. No deja de tener guiño simbólico muy marcado que el edificio de la Jirafa se hubiese construido sobre un enclave con semejante nomenclatura.
Y, ya en pleno siglo XX, en la década más convulsa, o sea, en los años treinta, Joaquín Vaquero Palacios se puso al frente de la obra del edificio de la Caja de Previsión, que estaba prácticamente concluido en el año en que estalló la guerra civil, si bien, no se inauguró hasta la década de los 40, cuando era ministro de Trabajo, si mis datos no me fallan, Girón de Velasco.
Nosotros vivíamos en el número 3 de la Plaza del Carbayón, es decir, literalmente al lado de la Caja de Previsión. Lo cierto es que no entré allí ni una sola vez en toda mi infancia. Sin embargo, aquel edificio estaba omnipresente en nuestro día a día.
A mí me llamaba mucho la atención que tuviese una puerta giratoria, lo que constituía, sin duda, un claro exponente de modernidad. Y, en ocasiones, me fijaba en determinadas personas que continuamente entraban y salían en la Caja de Previsión.
Se me quedó fijada para siempre en la memoria una mañana del otoño de 1967. A las nueve menos cuarto, como cada día, salíamos de casa camino del colegio. La niebla era muy espesa y soplaba un viento frío muy desagradable. Cruzó frente a nosotros un señor bastante corpulento, que vestía un abrigo gris bastante desgastado. Portaba un maletín negro. Tenía un bigote muy propio de la época. También su gafas oscuras eran de aquel tiempo. Me volví para comprobar que, en efecto, trabajaba en la Caja de Previsión. Y entró, con andar cansino, se diría que, contra su voluntad, en el edificio del que venimos hablando. Seguro que era de esas personas que hablaba del ‘cumplimiento del deber’ en lugar de decir su puesto de trabajo.
La primera impresión que tuve al ver a aquel hombre fue que, dada su corpulencia, ni siquiera la densidad de la niebla podía ocultarlo, protegerlo de la vista de los demás. Intuí en él un inconfundible no sé qué de incomodidad, de amargura, de resignación ante una rutina que lo obligaba, de fracaso vital, de malestar.
En aquellos tiempos no era difícil dar con la pista que facilitase datos sobre una persona en Oviedo. Sin embargo, recuerdo que decidí no indagar, pues me parecía que, con la mera descripción de aquel señor, desvelaba sufrimientos suyos que no me sentía con derecho a difundir.
Lo cierto es que, pocas semanas después, antes de acostarnos, vimos unos minutos una obra de teatro en aquel programa televisivo que se llamaba ‘Estudio uno’. No recuerdo de qué obra se trataba, ni tampoco cuál era el actor que representaba el papel principal, pero nunca olvidaré que aquel personaje ensayaba una especie de monólogo increpando a su ‘superior’ en el trabajo, quejándose de las limitaciones de su salario, de lo injusta que había sido con él la vida, del dolor que le suponía que no se reconociese su talento, que se ignorase su valía.
A decir verdad, en nada se parecían físicamente el actor de aquella obra de teatro y el personaje con el que nos habíamos cruzado en la calle que trabajaba en la Caja de Previsión, pero, en mi sentir y en mi pensar, identifiqué a este último con los lamentos del actor protagonista de aquella obra teatral.
Confieso que estuve muy tentado a escribir un cuento que protagonizaba aquel ciudadano con el que me había encontrado. La historia que imaginé no era, ciertamente, original. La historia de un hombre que se siente fracasado y que, por si ello fuera poco, se veía obligado a agradecer a alguien aquel destino laboral que, a juicio del interesado, estaba muy por debajo de sus capacidades, pero que, a pesar de todo, le permitía cumplir con su deber de padre de familia.
Como se decía entonces, ‘un recomendado’, que, en el fondo y también en la apariencia, se sentía injustamente tratado.
Nunca más volví a verlo de cerca, lo que me hizo pensar que, en aquella mañana en la que nos cruzamos, iba a deshora a su trabajo; quizás más temprano de lo que le correspondía, o tal vez con retraso.
Me parecía mucho más probable lo primero.

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Viga Azul: Licencia para empatar
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Luis Arias Argüelles-Meres | 13-10-2017 | 13:39| 0

El maleficio de no ser capaces de mantener un resultado favorable parecía que se iba a romper en el partido contra el Tenerife. El Oviedo, en efecto, consiguió irse al descanso con el marcador a su favor, a pesar del árbitro que es inexplicable que no haya visto, dada su cercanía al lance, el penalti que se cometió sobre Aarón.

Lo cierto es que durante el primer tiempo el equipo azul no sólo puso ganas, sino que además controló el partido hasta el extremo de que el conjunto rival no dispuso en los primeros 45 minutos de ninguna ocasión clara de gol.

Aarón no sólo destacó por su buen juego, por su clase y por su técnica, sino que además fue menos individualista que de costumbre. Y el dispositivo táctico ordenado por Anquela hizo que el Tenerife no pudiese adueñarse del centro del campo.

Pero, con todo, no se rompió el maleficio. Mientras se protestaba una decisión arbitral muy discutible, llegó el pase de Aitor Sanz a Juan Villar, que marcó un gol de bella factura que a todos gustó.

Estadísticamente, no suele suceder que el equipo contrario transforme su única ocasión clara de gol, si se trata de un partido que en su mayor parte se domina y se controla.

Así pues, frente al Tenerife, no se ganó el partido en no pequeña parte por el arbitraje y, sobre todo, por una anormalidad estadística, aque se viene repitiendo tanto en el Carlos Tartiere como también en otros encuentros a domicilio, especialmente el que se jugó en el campo del Albacete.

Se diría que, hasta el momento, los rivales a los que se viene enfrentando el Oviedo tienen, como poco, licencia para empatar cuando nuestro equipo se pone por delante en el marcador.

Pero hace falta calma y, sobre todo, perspectiva para caer en la cuenta de que esta maña racha se tiene que acabar, esperemos que lo antes posible.

Ansiosos estamos de poder disfrutar de un equipo que se gusta a sí mismo, que hace un juego en el que se advierte un innegable regodeo en una victoria que no sólo se va a mantener, sino que además aumentará, con serenidad, con confianza, con ambición.

También hay que decir que, frente al Tenerife, el Oviedo no estuvo en ningún momento a merced del contrario tal y como sucedió en el partido que se jugó contra el Zaragoza.

Berjón tuvo en sus botas la oportunidad de marcar el segundo gol, pero, en su favor, hay que alegar que en el tanto que transformó hizo una demostración de temple y también de oficio.

Lo dicho: esperemos que esta mala racha de la licencia para empatar el partido, cuando el Oviedo se adelanta en el marcador, concluya cuanto antes.

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Recuerdos de Oviedo: Una noche en La Herradura
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Luis Arias Argüelles-Meres | 07-10-2017 | 23:51| 0

 

“Sigamos siendo noche, / como la noche inmensos, / con nuestro amor oscuro, / sin límites, eterno”. (Manuel Altolaguirre).

Aquella noche, las nubes se movían perezosamente por el cielo. La luna estaba en creciente, con ese resplandor especial que, caprichosamente, ilumina determinados rincones. La temperatura era deliciosa. Sólo había refrescado lo suficiente para librarse del calor, un tanto pegajoso, del día. Estábamos en plenas fiestas de san Mateo, del san Mateo anterior a los chiringuitos. Y todo invitaba a retrasar el regreso a casa, a disfrutar del encanto de aquella noche septembrina. También hablamos de un tiempo en el que las clases no daban comienzo hasta octubre. Por tanto, no había que madrugar al día siguiente. Oviedo era una fiesta y decidía prolongar el verano.
Por otra parte, la música que se dejaba oír en la Herradura garantizaba el insomnio en casa, en aquellos años en los que vivíamos en la calle Toreno. De modo y manera que todo parecía haberse conjurado para disfrutar de aquella noche hasta altas horas de la madrugada.
Fiestas de san Mateo, año 1973, plena adolescencia. El repertorio de canciones que se interpretaban en la Herradura era el mismo que se había repetido, diría que machaconamente, en las romerías y verbenas durante el verano que se estaba despidiendo en Oviedo por todo lo alto. Desde luego, no era aquella música un reclamo importante para darse una vuelta por el baile de la Herradura y escucharla de cerca.
En aquellos años, la iluminación en el Campo de San Francisco era, en el mejor de los casos, escasa y deficiente. Y el baile de la Herradura no sólo era un foco acústico, como tal expandido en exceso; era también un reclamo de luz, algo que daba vida a aquellas noches.
Fue el caso que decidimos sacar las correspondientes entradas y entrar al baile. No recuerdo el nombre de la orquesta que actuaba, tampoco sabría decir si, con la entrada, había o no derecho a consumición. Lo que sí rescato con nitidez es la imagen del bar, idéntica a los bares que se instalaban en las verbenas de los pueblos.
Un cubata de ron a los 16 años tenía, sobre todo, el sabor de una madurez a la que entonces deseábamos, con ingenua avidez, alcanzar. Desde la barra, con la consumición en una mano y el cigarrillo en la otra, tocaba, en apariencia, observar el panorama. Digo en apariencia, porque aquella música que se interpretaba tenía un importante magnetismo, sólo uno: que nos trasladaba al verano, al montón de verbenas que habíamos transitado especialmente en el mes de agosto, que entonces empezaban y terminaban en Pravia y alrededores, es decir, el primer domingo de agosto en Peñaullán y la primera semana de septiembre en Pravia, entre san Fabián y el Cristo de verbena en verbena.
Trasladaba aquella música a los mencionados escenarios, a noches mágicas con la luna como faro, a bailes que en algunos casos parecían de ensueño, a conversaciones marcadas por los tópicos donde lo que realmente importaba era la música, no precisamente la que interpretaban las orquestas, sino la que portaban las palabras, casi siempre muy pocas, que se intercambiaban.
Así las cosas, el tiempo empleado en saborear despacio el cubata de ron me llevó a hacer un recorrido por las verbenas de agosto. Como si en aquella noche, toda la impedimenta de las verbenas, público asistente incluido, hubiese decidido reunirse en la Herradura para despedir el verano.
Y ella, como siempre, estaba allí. Ella, tan de Oviedo, tan de Asturias. Me refiero a la melancolía que comparecía a través del recuerdo de algunas compañeras de baile del verano. Comparecía con su no sé qué de tristeza, pero, sobre todo, con una ternura que sobrecogía y hasta emocionaba.
Cuando algún día se novele de verdad la educación sentimental de mi generación, habrá que entrar a fondo en la importancia de una música que nunca hubiéramos elegido para escuchar. Y, sobre todo, habrá que abordar la omnipresencia del ritual del baile, cuando en realidad, a muchos de nosotros no nos gustaba bailar, pero era algo imprescindible para intercambiar palabras con las chicas a las que nunca hubiésemos conocido sin el dichoso baile.
Y lo cierto es que, en ocasiones, como escribí más arriba, lo que lo envolvía todo era la música de las pocas palabras que se intercambiaban, música de susurro, tanto por la timidez del momento como por la cercanía física que facilitaba el baile.
Aquella noche septembrina de 1973, a los 16 años, lo que bullía en mi interior eran acordes de despedida del verano, acordes que emanaban de los recuerdos.
La Herradura era una fiesta, era un canto de cisne del verano, de un verano que no tenía prisa en irse. En aquel rincón del Campo de San Francisco, se concentraban los recuerdos más recientes, como en uno de esos sueños en los que la película de lo más cercano en el tiempo se va activando con sus realidades y juegos, entremezclando escenarios, intercambiando rostros, turnando voces. Y, al despertarnos, lo reordenamos todo con satisfacción y alegría.
En el vaso del cubata, sólo quedaba el trozo de limón empapado, conteniendo los restos de aquello, quizá preservándolos hasta que el recipiente y yo abandonásemos el mostrador.
Hubo un momento en que quise ver en el baile a alguien que, por supuesto, no estaba, pero que lo había llenado casi todo.
Al marchar, cuando se empezaba a cerrar, me pregunté si los cisnes del Campo de san Francisco estarían todos durmiendo. Me pregunté también cuál podría ser la música preferida de los pavos reales en el momento en el que decidían engalanarse desplegando su colorido.
Ya en casa, antes de dormirme, miré el cielo desde la terraza en compañía del último cigarrillo de la noche. Una nube quería ocultar, sin conseguirlo, el resplandor de la luna, una luna que ardía pero que no quemaba pulverizando a la nuble, como la llama potente que apenas permite al humo dejarse ver.

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Un proyecto de futuro en los terrenos del viejo HUCA
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Luis Arias Argüelles-Meres | 06-10-2017 | 04:06| 0

‘La vida es desierto y oasis. Nos derriba, nos lastima, nos enseña, nos convierte en protagonistas de nuestra propia historia’. (Walt Whitman).

En aquellos años de los sobrecostes y del despilfarro, la improvisación parecía presidirlo todo, pues sigue siendo inexplicable que, teniendo en cuenta el tiempo que se empleó en la construcción del HUCA, no se hubiera establecido plan viable alguno para los terrenos del viejo hospital.

Sin burbuja inmobiliaria, con el descarnado retrato que dejó la crisis, hemos venido asistiendo a la agonía de un barrio cuya actividad giraba en no pequeña parte sobre el viejo hospital. Ítem más: nostalgias aparte, desde que se inauguró el nuevo HUCA, ni siquiera se pudieron asumir los gastos que conllevaría la demolición de los edificios del viejo hospital, demolición que tendría que ir seguida de una alternativa al abandono y a la maleza.

Por eso, la noticia de que hay un proyecto que pretende incluir los referidos terrenos dentro del Campus del Cristo hay que saludarla con alborozo y apoyarla sin reservas. Por un lado, se daría vida a ese enclave y, por otra parte, redundaría en beneficio de la actividad universitaria, beneficio para el presente y para el futuro.

Obviamente, no estamos hablando de algo inmediato, ni siquiera de algo de lo que podamos estar seguros de que vaya a cristalizar, pues aún no se sabe si el mencionado proyecto va a ser aprobado.

Pero, situándonos en el mejor de los mundos posibles, no cabe duda de que ese proyecto haría resurgir una zona de Oviedo que, en estos momentos, es, como el occidente de Asturias al que se asoma esta zona, una geografía del abandono.

Por otra parte, si se llega a aprobar el proyecto, el actual Equipo de Gobierno habrá conseguido ganar su baza más importante, la de haber podido contribuir a poner las bases de un Oviedo del futuro más inmediato.

Como ya escribí en alguna ocasión en esta misma columna, los terrenos de la Fábrica de Armas, la antigua Fábrica de gas y la zona del viejo hospital son, necesariamente, proyectos de futuro que, en el mejor de los casos, para llevarse a cabo, necesitarán dos legislaturas, pero, si en lo que le queda de mandato al Equipo de Gobierno,  podrá darse por satisfecho si sientan las bases de estos proyectos que, lógicamente, tardarán no pocos años en cristalizar.

Me atrevería a afirmar que, si el destino de los terrenos del viejo hospital va ligado al campus del Cristo, habría triunfado la sensatez, lo que en estos tiempos no es poco.

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Viga Azul: ¿Nos falta aplomo?
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Luis Arias Argüelles-Meres | 04-10-2017 | 13:18| 0

El partido frente al Zaragoza hay que analizarlo en dos vertientes. Por un lado, lo que sucedió en el choque propiamente dicho. Por otra parte, no se puede perder de vista que estamos siendo reincidentes a la hora de asegurar la victoria cuando el resultado se nos pone favorable. Y esa reincidencia comienza a ser inquietante.

En cuanto al encuentro entre el Oviedo y el Zaragoza, de entrada, tengo para mí que el equipo maño atesora mucha calidad. Sin duda, estamos ante uno de los mejores conjuntos de la categoría. Por eso, no hay que quitar mérito a la primera parte que hizo el Oviedo, que jugó, hasta el empate, con ambición y sin complejos. Y, de haber tenido un poco más de aplomo cuando el resultado se nos puso tan favorable, estaríamos celebrando una victoria que valdría mucho más que tres puntos, teniendo en cuenta la categoría del rival.

Aarón nos demostró una vez más que, en cuanto a su efectividad en lanzamientos a balón parado, no tenemos motivos para añorar a Susaeta. Por su parte, Forlín dejó claro que puede ser uno de los fichajes que más puede aportar al Oviedo en esta temporada. Toché sabe reivindicarse en cada partido con su olfato de gol, fiel a sí mismo, un delantero clásico que tenemos la suerte de contar con él en nuestro once.

Por su parte, no tuvieron su día ni Saúl Bejón ni tampoco Ramón Folch. En cuanto al guardameta Juan Carlos, parece que le toca este año ser el centro de las polémicas. Si en el primer gol que encajó, el balón dio antes en un defensa del Oviedo, difícilmente se le puede reprochar nada. En cuanto al segundo tanto del Zaragoza a balón parado, fue un golazo y no una cantada por su parte. Por otro lado, en la segunda parte tuvo intervenciones afortunadas que nos libraron de la derrota. Lo dicho: le toca estar este año en el centro de las polémicas y no me parece justo.

Por último, vayamos a lo que es ya reincidente. Ocurrió aquí frente al Rayo, se repitió en Almería y, lo que fue más frustrante de todo, se puso de relieve muy tristemente frente al Albacete. También lo padecimos ayer: sólo nos cabe el consuelo de que teníamos enfrente a un gran equipo. En este asunto, podría aplicarse muy bien ese topicazo que dice que el fútbol es, ante todo, un estado de ánimo. Nos falta aplomo cuando nos ponemos por delante en el marcador, nos falta confianza, nos falta serenidad.

Cierto es que la temporada está empezando, cierto es que este equipo aún no explotó y que algunos de los jugadores lesionados nos pueden, sin duda, aportar mucho para un margen de mejora que deseamos y necesitamos. Cierto es que no cabe albergar dudas sobre la voluntad del entrenador de subsanar esto.

Con todo, sin incurrir en triunfalismos, hay que recordar que no se ha hecho el ridículo en ninguno de los partidos jugados hasta ahora y que el Oviedo no se mostró nunca entregado y sin rumbo.

Por eso, el optimismo sin aspavientos tiene sitio, se lo ha ganado, se lo están ganando.

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Recuerdos de Oviedo: El Reloj de la Caja de Ahorros
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Luis Arias Argüelles-Meres | 01-10-2017 | 14:06| 0

«Es necesario llevar en sí mismo un caos para poner en el mundo una estrella danzante». (Nietzsche).

Tres relojes omnipresentes había en aquel Oviedo de mi infancia cuando vivíamos en la plaza del Carbayón, el de La Hora Fija en la calle Argüelles, que casi siempre iba unos minutos retrasado, el de la Caja de Ahorros, que protagoniza esta historia y el de la Renfe, con el que siempre me encontraba a la salida del cine Aramo, tal y como consigné en esta misma página.
Desde el salón-comedor del segundo piso del número 3 de la plaza del Carbayón y también desde el mirador, nadie necesitaba mirar su reloj, pues el de la Caja de Ahorros, ya entonces, daba las horas, las medias y los cuartos. Y no se ponía en duda su precisión en aquellos tiempos en los que la mayoría de los relojes se atrasaban, se adelantaban o, directamente, se averiaban. De hecho, cuando se ponía en hora el viejo reloj que colgaba de la pared, la referencia era lo que marcaba el de la Caja de Ahorros.
Y lo curioso del caso es que el edificio de la Caja de Ahorros fue para mí, sobre todo, una referencia horaria. En aquellos años en los que las valoraciones estéticas que hacemos son químicamente puras, esto es, no pasan de ser meras impresiones sin contaminación ni condicionantes, el referido edificio me parecía una enorme mole, acaso alta en exceso, que tenía como principal reclamo aquel reloj que daba las horas, las medias y lo cuartos con música, como sigue haciendo actualmente. Y que se estilizaba de algún modo gracias la torre de su reloj.
Desde luego, cuando transitábamos la plaza de la Escandalera rara vez nos estirábamos para ver qué hora marcaba su reloj. Resultaba paradójico que, siendo un reloj ubicado en el exterior de un edificio, era tenido en cuenta y observado sobre todo desde dentro de las casas. Acompañaba intramuros y, de algún modo, se adentraba en los hogares. De algún modo era- y sigue siendo- el faro del centro de Oviedo.
Por eso, sin entrar en otros detalles acerca de los cambios que se produjeron en una entidad financiera que se concibió para muy distintos fines de los que sirve ahora desde que un tal MAFO dio vía libre a que las cajas de ahorro dejaran de ser lo que siempre habían sido, renunciaran a sus fines sociales y culturales, lo único que permanece invariable de la entidad de la que venimos hablando es el reloj.
Reloj de la Caja de Ahorros. Aquel edificio, tan grande y sobrio a la vez, antes de que acogiese en su fachada la presencia de asturcones moldeados artísticamente, mucho antes de que se modificase el nombre de la entidad financiera, parecía tener vocación de dar la hora en Oviedo, vocación de algún modo juglaresca en la ciudad que novelísticamente sesteaba.
Por las tardes, cuando regresábamos a casa tras la finalización de la jornada escolar, ya desde la calle Santa Cruz, se divisaba su reloj y sabíamos el tiempo justo que nos restaba para dar cuenta de la merienda que se nos servía con infalible puntualidad. Lo de siempre: tiempo y espacio, espacio y tiempo.
Ciertamente, había momentos en que encontraba mágico ver el reloj iluminado, cuando las noches se presentaban más oscuras que de costumbre, cuando la niebla lo apoderaba casi todo y la ciudad se escondía de nuestra mirada, como si un enorme velo la ocultase.
Ciertamente, había momentos en los que ver la hora que marcaba aquel reloj, acompañada de su música, resultaba muy ilusionante. Por ejemplo, cuando marcaba las 8 de la tarde cada 16 de febrero y mis padres me recordaban que había venido al mundo justo en aquel momento en el año 1957. Por ejemplo, cada Nochevieja justo antes de tomar las uvas.
Horas mágicas y horas insulsas. Horas que anunciaban algo importante y horas que eran pura y repetitiva monotonía.
¿Cómo no recordar la importancia que tenían determinadas horas a menos cuarto, porque ése era el tiempo justo de las distancias de cada día? Por ejemplo, salir de casa a las nueve menos cuarto cada mañana camino del colegio, pues ése era el margen de minutos que nos llevaba el recorrido para llegar puntualmente a clase. Por ejemplo, cada noche a las diez menos cuarto cuando tocaba recoger juguetes o libros y ponerse en disposición de sentarse a la mesa para la cena que se serviría a las diez.
Años más tarde, en 1970, cuando nos mudamos a la calle Santa Susana, desde los ventanales del salón y desde la terraza, se veía de frente el reloj de la Caja de Ahorros y también se dejaba oír. Y, en fin, desde dentro de la casa de Toreno 5, donde viví con mis padres desde 1973 hasta 1985, se oía y se veía, desde alguna habitación, este reloj tan omnipresente.
Algún día en Oviedo habrá que rendirle homenaje al reloj de la Caja de Ahorros, que, como diría el bolero, marcó nuestras horas, nuestras medias y nuestros cuartos a tantas generaciones de ovetenses. Y esperemos que lo siga haciendo, porque nunca se sabe.

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De gotera en gotera: El Auditorio
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Luis Arias Argüelles-Meres | 29-09-2017 | 03:51| 0

“La verdad se corrompe tanto con la mentira como con el silencio”. Cicerón.

 

Un informe técnico que está sobre la mesa del despacho del Alcalde carbayón pone de manifiesto que el Auditorio de Oviedo presenta «graves deficiencias de seguridad» en el edificio. Y, lo que es más grave aún, tal cosa no fue advertida oficialmente hasta el momento en los 18 años de vida del edificio.

A partir de aquí, ya tenemos servida la escandalera política. Hay quien apunta que esto viene a ser una especie del contubernio del “Tripartito” para seguir desprestigiando a Gabino de Lorenzo y, de paso, para obstaculizar determinadas actividades de la Fundación Princesa de Asturias.

Frente a ello, la reacción del actual Equipo de Gobierno va en la dirección opuesta, esto es, que la herencia del gabinismo, en cuanto a goteras que no dejan de salir, es alargada y nociva.

Miren, de entrada, no parece muy verosímil que esta alarma que está aflorando en los medios con respecto a las deficiencias de seguridad que presenta el Auditorio sea una invención del actual Gobierno de Oviedo para incidir en los errores e irresponsabilidades que tuvieron lugar en la etapa en que Gabino de Lorenzo fue alcalde de Oviedo.

Hablamos de un edificio con dieciocho años de antigüedad cuya ubicación refleja una de las constantes de la estética ‘gabiniana’, esto es, la tendencia a lo abigarrado. Hablamos de un edificio cuyas hechuras constriñen todo lo que hay a su alrededor.

Pero lo que realmente importa en el caso que nos ocupa es el silencio que hubo sobre esas mencionadas deficiencias en materia de seguridad.

Perdón por la obviedad: el Auditorio ya está ahí y el sentido que tiene es dar servicio a la ciudad. Lo que toca, pues, es subsanar las susodichas deficiencias, algo que se hará a cargo de las arcas públicas municipales que no atraviesan precisamente una etapa de vacas gordas.

A los defensores y herederos del ‘gabinismo’, les correspondería una respuesta distinta a la hasta ahora esgrimida, es decir, que se trata de un invento del tripartito, al menos mientras no haya otro informe técnico que invalide lo que se acaba de hacer público.

Por su parte, teniendo razón el Gobierno municipal a la hora de poner de relieve la herencia envenenada que recibieron, no sólo les toca hacer frente a la situación, sino también sacar proyectos adelante desde el hoy con vistas al mañana más inmediato. Gobernar no es sólo instalarse en la queja.

¡Ay! No deja de ser toda una metáfora que el Auditorio formase parte de la campaña de Gabino en el 99, campaña que tenía como lema ‘con los deberes hechos’. Aquel Auditorio al que se le quería poner el nombre de Álvarez-Cascos en los tiempos de vino y rosas del PP astur tras la defenestración de Marqués.

Una gotera más, más bien, un ‘goterón’. Y, como telón de fondo, hay quienes de defienden atacando, hay quienes sólo saben esgrimir en su defensa conspiraciones judeomasónicas.

El error es humano. Ellos son, quieren hacer creer que son, divinos. ¡Cuánto insulto a la inteligencia!

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Recuerdos de Oviedo: En los Cines Clarín
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Luis Arias Argüelles-Meres | 23-09-2017 | 23:00| 0

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«¡Qué cosa más extraña que la de haber vivido y sentirse tan lejos de un tiempo que aún reputamos como presente!  El tiempo no es sino el espacio entre nuestros recuerdos». (Amiel).

“Uno no alcanza la iluminación fantaseando sobre la luz, sino haciendo consciente la oscuridad”. (Carl Jung).

En aquellos años de la transición en los que primaba mucho más lo irrenunciable que lo posible, en los que pensábamos que era mucho lo que estaba por hacer, no sólo no se cerraban salas de cine en el centro de las ciudades, sino que además se ampliaba el número de locales para disfrutar del séptimo arte. Así sucedió en Oviedo con los cines Clarín en 1978, en el año de la Constitución, en el año del que tanto se habla ahora como punto de partida de un régimen político, el de la 2ª Restauración borbónica.
Pero los Clarín fueron más allá de la apertura de nuevas salas de cine, pues supusieron también innovación: varias salas en un mismo local, varios estrenos a elegir, y, además, podían verse películas subtituladas. Y, por otra parte, su decoración estaba alejada de lo clásico. Toda una apuesta por los nuevos tiempos también en el cine.
Si en su momento el Palladium constituyó todo un acontecimiento para poder disfrutar de películas en las que lo comercial no era lo más importante, con los cines Clarín se dio un paso hacia adelante en lo que se refiere a la innovación no sólo en los títulos, también en otros aspectos, todo lo ornamentales que se quiera, pero que, al fin y al cabo, plasmaban una nueva época.
Y, más allá de los recuerdos de cada cual en lo que se refiere a las películas más memorables que se vieron allí, lo más significativo de estas salas fue su ruptura con lo anterior, su ambición por marcar nuevos tiempos a la hora de asistir al espectáculo del llamado séptimo arte.
Y, además, cuando se produjo la apertura de estas salas, las libertades se abrían paso de manera muy significativa en el cine. Las libertades, todas las libertades, sobre todo las que iban más allá de las exigencias del guion, las que podían verse por vez primera sin corte alguno.
Podría hacerse todo un tratado histórico y sociológico de la importancia del cine en aquellos años. Libertad no era sólo que pudiesen verse aquellas películas que en su momento habían tenido tantos espectadores españoles en Perpiñán, sino también y, sobre todo, aquellas otras que habían estado prohibidas por razones que estaban al margen de cuestiones erótico-festivas.
A aquella euforia de libertades se sumaba la noche como aliada, la noche que nos dispensaba de tener que mirar la hora, la noche que nos libraba de las prisas, la noche que nos servía de marco para interminables charlas.
¡Cuántas noches con su antes y después de la película en los cines Clarín! ¡Cuántas noches en las que ir al cine era el plato principal de un menú que tenía su antes y su después!
Siempre había por el centro de Oviedo algún café o, en su defecto, algún pub, que, incluso los días de semana, cerraba muy tarde. Allí íbamos a parar después de la película, que no necesariamente era el principal tema de conversación, pero que, en todo caso, servía la mayoría de las veces para hablar sobre lo divino y sobre lo humano.
Al salir de los Clarín por las noches no había la referencia horaria del reloj de la Renfe que siempre destacaba cuando salíamos del cine Aramo. Tampoco se habían instalado por las calles las referencias de la hora y la temperatura. Menos referencias externas, muchas menos. Casi todo había que sacarlo de dentro de nosotros mismos.
Y estábamos muy lejos de pensar entonces que las salas de cine llegarían casi a desaparecer de las ciudades. Acaso hayamos sido la última generación que no sólo disfrutó del cine en las alas comerciales, sino que además nos marcó mucho.
¿Cómo no recordar aquellas noches lluviosas a la salida de los Clarín en las que la única prisa era llegar pronto a la cafetería o al pub de costumbre para cumplir con nuestro ritual, al menos una vez por semana?
Y, sobre todo, ¿cómo no recordar la sensación de tristeza que me invadió cuando tuve noticia de que los cines Clarín se cerraban? ¡Qué efímero era todo, incluido lo más vanguardista y lo más innovador!
También llovía en aquella noche en la que fui por última vez a los Clarín. Confieso que la película no me entusiasmó en aquella ocasión. A decir verdad, lo que más ocupó nuestro sentir y nuestro pensar fueron los recuerdos.
Si los datos que tengo no me fallan, los cines Clarín funcionaron desde 1978 hasta 2004. O sea, algo más de 25 años, el periodo de tiempo que en su momento le llevó a Amiel a considerar que el tiempo no es más que el espacio entre nuestros recuerdos. Un periodo de tiempo en el que, en el caso que nos ocupa, se vivieron las esperanzas y los miedos de la transición y, en mayor o menor medida, se padeció el desencanto.
Un periodo de tiempo que marcó el auge de las salas de cine hasta su retirada del centro de las ciudades.
Habría que preguntarse si el mundo y la vida no perdieron mucho sin que apenas se pueda ver cine en el centro de las ciudades. Ver cine y contarlo y compartirlo. Ver cine a 5 minutos de casa.
Somos aquella generación que por el día íbamos y veníamos con libros y carpetas, y que, por las noches, el cine era el aperitivo de inolvidables madrugadas.

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LA AMSO Y LA FSA
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Luis Arias Argüelles-Meres | 22-09-2017 | 05:22| 0

Resultado de imagen de Wenceslao lopez y Javier Fernández

Que la AMSO no haya mostrado una entusiasta loa a la gestión de la FSA merece mucho interés político, pero, desde luego, no supone ninguna sorpresa. Pues una de las asignaturas pendientes del socialismo astur es prestar atención a Oviedo, considerando prioritario que el partido tenga en nuestra capital un peso específico al que, incomprensiblemente, se viene renunciando desde hace décadas.

No hace falta recordar que, en su momento, Wenceslao López se hizo con el poder en la agrupación de Oviedo sin que la FSA mostrase una gran euforia por ello. Y, más tarde, se ganó a pulso las primarias para encabezar la candidatura del PSOE a la Alcaldía vetustense, estando muy claro que no era el candidato oficial.

Por si todo esto fuese poco, tras las elecciones de 2015, en las que la candidatura de izquierdas más votada fue la de Somos, a resultas de lo que había sucedido en Gijón, los ediles recién elegidos del PSOE tenían la clara consigna de la FSA de no votar a Ana Taboada como Alcaldesa, facilitando con ello la continuidad del gabinismo.

O sea, la ciudadanía de Oviedo parecía estar sentenciada a que Caunedo gobernase la ciudad como consecuencia de la falta de entendimiento en Gijón entre el PSOE y la marca de Podemos en la ciudad de Jovellanos. Fue la generosidad de Taboada, votando a Wenceslao López como Alcalde, la que impidió que se cumpliese el guion que parecía estar escrito.

Con estos antecedentes, por no hablar también de lo que le tocó padecer en su momento a Leopoldo Tolivar no sólo por parte del gabinismo y sus corifeos mediáticos, sino también por mezquindades del propio partido, no es de extrañar que, llegado el momento, el malestar de la AMSO con la FSA se haga visible.

En la FSA, llegará el momento en que se tenga que considerar que Oviedo es un objetivo prioritario para que el PSOE esté al frente de la Alcaldía, puesto que Wenceslao es el primer edil a pesar de su partido y no gracias a él, algo tan extraño como cierto.

En la FSA, tendrá que llegar el momento en el que se recupere el criterio de que el mejor Oviedo, el más ilustrado y democrático, tiene que ser mimado y requerido por un partido político que fue concebido como un instrumento de cambio, progreso y cultura.

Y cabe esperar y desear que, cuando se forme una nueva ejecutiva de la FSA, se afronte, más allá de la retórica, que Oviedo tiene que dejar de ser una asignatura pendiente para este partido.

Veremos.

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