El Comercio
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VILLA MAGDALENA, PESADILLA Y MALDICIÓN
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Luis Arias Argüelles-Meres | 15-12-2017 | 14:06| 0

Ya se sabe que nunca una biblioteca costó tanto dinero a un organismo público. Ya se sabe que el asunto de Villa Magdalena lleva años siendo una especie de culebrón que no cesa. Ya se sabe que, al final, la ciudadanía de Oviedo será la que tenga que pagar semejante disparate.

Pero, mientras vamos teniendo noticia de las idas y venidas de este culebrón, tanto en sus aspectos políticos como judiciales, resulta que lo último que conocemos al respecto, según informa Gonzalo DíazRubín en EL COMERCIO, es que, por cuestiones de procedimiento legal, hay que dar por seguro que se archive el expediente que iba encaminado a exigir posibles responsabilidades patrimoniales a Gabino de Lorenzo y a varios ediles que formaron parte de anteriores equipos de gobierno a cuyo frente estuvo el exalcalde la ciudad.

Así pues, todo parece indicar que las iniciativas que se tomaron por parte del actual gobierno municipal carbayón para hacer frente al agujero económico que supuso en su momento la expropiación de este palacete de nuestras entretelas, no resuelven la cuestión.

Así las cosas, la maldición está ahí. Se diría que, por mucho que se afane y desvele el tripartito vetustense, no sólo no va a quedar otra que pagar una cantidad astronómica de dinero por Villa Magdalena, sino que además no habrá posibilidad de que asuman parte del desaguisado los mandatarios políticos que en su día tomaron tan sublime decisión.

Maldición y pesadilla. No hay manera, a lo que se ve, de evitar el pago de semejante pufo, y, para mayor baldón las noticias en tal sentido no cesan. Defectos de forma, incumplimiento de plazos, papeleos que no nos librarán de ser empapelados como paganinis.

Imagino que más de uno se estará frotando las manos ante semejante situación. No cabe ninguna duda de que al alcalde le lloverán las críticas y los reproches. Y, mientras tanto, ya se sabe, habrá que pagar, se perderá una enorme cantidad de dinero público para afrontar unos costes desorbitados. Y, aquí, casi todos contentos, alegres y confiados.

Maldición y pesadilla. Tampoco cabe esperar que haya declaraciones públicas de quienes decidieron aquello, lamentando una decisión que rascará mucho los bolsillos de la ciudadanía carbayona. Todo se hizo –se esgrimirá– con buena intención. ¡Como si las buenas intenciones fueran eximentes en política!

Cualquier día de estos, me acercaré a Villa Magdalena. A ver qué oigo, a ver si algún fantasma se expresa o comparece.

Prometo ser paciente.

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Viga Azul: De Charco en Charco
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Luis Arias Argüelles-Meres | 11-12-2017 | 18:10| 0

Con o sin barro, el Real Oviedo sigue en racha, y lo demostró sobradamente ante Osasuna. No estaba el césped para florituras, tocaba pelearse con el barro y el once azul no se arredró. Lo cierto es que los prolegómenos anunciaban un partido típico del norte, con dos equipos que tradicionalmente saben lo que es pelearse con un terreno encharcado a la hora de jugar al fútbol. Partido de galerna, partido de ciclogénesis, si utilizamos la actual terminología meteorológica.

Contra el viento y la lluvia tocaba diputar el partido. Se sabía que en multitud de ocasiones el balón iba a quedar frenado por el barro, algo que fue a más conforme iba avanzando el choque. Era lo que había: luchar contra los elementos.

Habían transcurrido muy pocos minutos cuando el árbitro señaló un penalti a favor del Oviedo. El fallo de Rocha, que mandó el balón fuera, no creó inseguridad en el once carbayón; antes al contrario, se diría que, a partir de ese momento, se conjuraron luchando sin cuartel en busca del gol, hasta que llegó el tanto de Diegui que, por cierto, es el segundo que consigue en lo que va de campeonato, un dato más que da muestra de que ésta, si las lesiones no lo malogran, será la temporada en la que se consolide nuestro canterano. Además de haber sido el jugador que nos dio la victoria con su cabezazo perfecto, luchó continuamente durante todo el partido.

Por su parte, Yeboah, una vez más, se ganó los aplausos de la afición por su empuje y lucha. El éxito del excelente momento que vive este jugador hay que repartirlo entre el delantero y el entrenador, por haber conseguido motivarlo hasta el extremo de que dé su mejor versión y se vaya superando a sí mismo partido a partido. Durante la primera parte, fue muy clara la superioridad del Oviedo. Tras el descanso, como erad de esperar, el Osasuna salió a por todas, demostrando que, ni mucho menos, había renunciado al partido. Lo que puede decirse al respecto, teniendo en cuenta el estado del terreno de juego, así como la calidad del rival, es que nuestro equipo dio la talla defendiendo el resultado, batallando continuamente.

Osasuna dominó tras el descanso, ciertamente, al menos durante bastantes minutos, pero no se vio en el once azul desconcierto ni tampoco inseguridad, tampoco se renunció al ataque cuando las circunstancias y el barro lo permitieron. Lucha, coraje, entrega, esfuerzo. Frente al Osasuna, se vio al equipo que Anquela reivindica. Sólo queda seguir así.

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Recuerdos de Oviedo: Por Santo Domingo y Fuente del Prado
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Luis Arias Argüelles-Meres | 10-12-2017 | 15:52| 0

“Mi alma es una orquesta oculta; no sé qué instrumentos tañe o rechina, cuerdas y arpas, timbales y tambores, dentro de mí. Sólo me conozco como sinfonía”. (Pessoa).

Podría hablarse de un tiempo en el que en Oviedo todavía eran mucho más difusos los límites entre lo urbano y lo rural. Podría hablar de algunos recuerdos de la niñez en la zona de santo Domingo en nuestra ciudad, donde una de mis tías abuelas tenía un chalet, chalet con una finca grande. De hecho, a la casa se llegaba tras un recorrido no pequeño por una senda entre el verde marcada como senda de paso, huella indeleble de continuas y cotidianas idas y venidas.

Aquello era, en efecto, Oviedo, estaba en la ciudad que tenía lo rural aún más incorporado que ahora. No nos hacía falta abandonar la capital para encontrarnos en plena naturaleza. Y, al menos, para el niño que fui, tal cosa no resultaba atípica, formaba –nunca mejor dicho- parte del paisaje, parte del mundo más conocido.

Lo curioso es que, a la hora de intentar revivir las imágenes de las estancias en aquella casa, siendo niño, lo que recuerdo con mayor nitidez es la amplitud de los espacios, empezando por la entrada de aquel chalet y siguiendo por las puestas acristaladas que abundaban por muchos de los espacios de la casa.

Nunca olvidaré una tarde en plenas vacaciones navideñas en las que fuimos a visitar a mí tía abuela, que vivía con su hija y sus nietos. El itinerario comenzó en Camilo de Blas donde compramos unos pasteles como presente. Era un día gris, aunque no llovía. Hacía frío, pero la trenca, incluida su capucha, me servía para combatirlo. Caminaba con las manos en los bolsillos, prefería aquello a los guantes.

Durante el trayecto, hablábamos del Belén que había que poner un año más en el salón comedor de casa, y en algún momento nos encontramos con personas conocidas. Saludos breves, acompañados por los tópicos propios de las fechas de los mejores deseos para el año que ya estaba a punto de entrar.

Cuando llegamos a la plaza de Santo Domingo, empezó a llover. Aceleramos el paso.

Recuerdo, como dije más arriba, la amplitud del vestíbulo y las puertas acristaladas. En la galería, tomamos un chocolate acompañado de los pasteles que habíamos comprado, también de unas pastas de sabor inolvidable que eran una receta de la familia. Aun compartiendo un mismo espacio, y también el idioma, lo cierto es que las conversaciones entre las personas mayores, por muy cerca que estuviesen de nosotros, eran otro mundo, hasta el extremo de que las oíamos sin escucharlas, no sólo por ser una consigna que teníamos bien aprendida, sino también porque, salvo excepciones, no resultaban de nuestro interés.

Aquel chocolate a la taza, reforzado además con un delicioso pastel de Camilo de Blas y también con las pastas, no sólo eran manjares de los que disfrutaba mucho, sino también una especie de ritual que me abismaba en mis fantasías infantiles. Recordaba lecturas recientes y series de dibujos animados. La lectura de determinados episodios de “El Llanero Solitario” y el recuerdo de las cosas que pasaban en Yellowstone con el Oso Yogui como protagonista.

Hubo un momento, tras aquellas transcendentales abstracciones, en el que reparé en el suelo de aquella galería, en todos sus rincones, bajo los muebles y sin ellos. Confieso que me pareció un escenario pintiparado para jugar por allí a las canicas. De hecho, me costó poco esfuerzo imaginar que aquello se llevaba a cabo con las bolitas deslizándose por aquellas tablas anchas y enceradas.

Pero, en un momento dado, me olvidé de las canicas y pensé en aquel tren eléctrico que me había regalado la dueña de la casa el año anterior el día de mi cumpleaños. Aquel tren eléctrico era uno de mis juguetes preferidos. Cuando lo ponía en marcha, marcaba, a mi modo y manera, determinadas estaciones, a veces conocidas, a veces, imaginadas.

De modo y manera, que la tarde transcurrió entre dulces, historias, dibujos animados, canicas y viajes en tren. Porque, además de estaciones en el exterior de su recorrido, también me inventaba interiores, a veces, con viajeros dentro.

Fue una tarde aquélla donde el sentimiento lúdico de la niñez se alzó con todo el protagonismo.

Cuando se terminó la visita, ya había anochecido. Se notaba la humedad en el ambiente, no sólo por la lluvia, sino también por el frío de la estación, ese frío que calaba a pesar de la trenca y de los calcetines de lana.

Oviedo, en aquella tarde invernal, era también una estampa navideña, en la que se hacía ver el aliento de muchos transeúntes, en la que las luces exteriores e interiores iluminaban el espíritu de aquellos días con sus vivencias, en la que las pastelerías estaban llenas de gente, en la que todos los viandantes deseaban llegar a su casa en horas de sosiego.

Una tarde navideña en una casa de campo en pleno Oviedo. En un Oviedo en el que lo rural no resultaba nada exótico. Una tarde en Santo Domingo y prado de la vega, en aquel Oviedo que aún perdura en los recuerdos de muchos de nosotros.

Una tarde navideña en la que me hubiera gustado recorrer aquella finca, en un caballo tan hermoso como el que montaba El Llanero Solitario.

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“Nosotros, los Rivero”
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Luis Arias Argüelles-Meres | 08-12-2017 | 12:03| 0

Arriba, uno de los dibujos que ilustran la nueva edición de 'Nosotros, los Rivero'. A la derecha, el informe negativo de la censura que recibió Dolores Medio./

«Todos somos volcanes que tendrán su hora de erupción». (Nietzsche).

Es todo un acontecimiento que podamos contar con la versión completa de ‘Nosotros, los Rivero’. Digo la versión completa porque la edición que acaba de publicar la editorial Letra Azul contiene todos aquellos textos que en su momento eliminó la censura. Será muy interesante confrontar esta versión completa con la que hemos conocido hasta ahora y determinar hasta qué extremo se pudo desvirtuar la que es acaso mejor narración de Dolores Medio.

Fíjense: hablamos de una novela ‘muy siglo XX’ que, sin embargo, al igual que otras muchas que se tienen a Oviedo como escenario, no puede negar la omnipresencia de ‘La Regenta’. Hablamos de un Oviedo que dormía en el arranque de la narración, lo que recuerda inevitablemente a la heroica ciudad clariniana que sesteaba.

Pero, aun así, insisto en que la trama narrativa de la novela de Dolores Medio se sitúa en pleno siglo XX y está jalonada por acontecimientos que tanto marcaron nuestra historia como la Revolución del 34 y sus prolegómenos.

Dolores Medio, maestra depurada, aun a pesar del franquismo, no renunció a contar sus años de aprendizaje en el mundo mediante esta novela que obtuvo el Premio Nadal en 1952. Fue la segunda mujer premiada con tan importante galardón, pues la primera fue Carmen Laforet con ‘Nada’, que, como se sabe, marcó un hito en el género en plena posguerra.

No es éste el momento ni el lugar de profundizar en la novela de Dolores Medio. Sin embargo, resulta obligado poner de manifiesto que, tras tantas décadas, podamos contar con la versión íntegra de una novela que narra acontecimientos históricos de primera línea en nuestra tierra.

Y tengo para mí que, con esta versión íntegra, ‘Nosotros, los Rivero’ no sólo es mucho más siglo XX que con la anterior, sino que además nos acerca a una época de nuestra historia contemporánea que es de obligado conocimiento para entender nuestro devenir, el de Oviedo, el de Asturias y el de España.

A esto hay que añadir otro aspecto nada baladí, y es que, al tener en nuestras manos los textos que eliminó la censura, podremos entender mucho mejor no sólo el marco temporal en el que transcurre la novela, sino también lo que fue el franquismo en cuanto mentalidad impuesta durante décadas. Un franquismo que no sólo reprimió brutalmente cualquier asomo de disidencia, sino que además se propuso exterminar la memoria colectiva de un tiempo y un país, exterminio que no estuvo lejos de conseguir.

No deja de ser desgarrador pensar que, hasta el momento, hemos leído una edición amputada de lo que fue esta novela, y que, pese a ello, haya pasado a la historia y haya resistido el paso del tiempo.

El hallazgo de los textos eliminados por la censura es una extraordinaria aportación a la historia y a la literatura.

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De Pleno en Pleno: Responsabilidades políticas
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Luis Arias Argüelles-Meres | 07-12-2017 | 09:11| 0

“Quizá la más grande lección de la historia es que nadie aprendió las lecciones de la historia”. (Aldous Huxley).

Tarde luminosa y fría, que estaba a la espera de una luna espectacular. El Pleno, con el dictamen del caso Aquagest, en el orden del día, se presumía bronco, como, en efecto, así fue. Cuando Ana Taboada arrancó su intervención, anunciando que contaría una historia, todo el mundo conocía el relato que se iba a escuchar, relato en el que el mayor protagonismo lo tienen los viajes del señor Caunedo, esos viajes que estaban en los llamados ‘apuntes contables’ del muy honorable ciudadano Joaquín Fernández, en los que se habla, entre otras lindezas, de ‘putas y varios”’ Esos viajes y toda su historia que llevaron al actual líder del PP vetustense a ser investigado en un juzgado de Lugo.

En cuanto al planteamiento del señor Pacho, edil de Ciudadanos, en el sentido de que le tocaba al ámbito judicial dirimir el asunto, la distinción entre responsabilidades políticas y responsabilidades penales, presuntas todas ellas, es importante. Y, por lo que parece, el criterio del concejal del partido naranja es que no se derivan responsabilidades políticas del dictamen presentado por la señora Taboada, dictamen con el que mostró un total desacuerdo, cuestiones de forma incluidas.

Por otro lado, Caunedo no intervino, pues fue el señor Antuña quien lo hizo. Arremetió, como era de esperar, contra el dictamen de la señora Taboada, calificando de cacería lo que se estaba haciendo contra el portavoz del grupo popular en el Ayuntamiento de Oviedo. Fue también incisivo a la hora de contestar al edil socialista Ricardo Fernández en lo referente a cuestiones de forma.

Por su lado, Cristina Pontón, edil de IU, planteó la incomodidad que supone la presencia de Caunedo en el Ayuntamiento en tanto está imputado.

Fue un Pleno bronco. Y, al margen de los mayores o menores desacuerdos que cada cual pudiese tener con el dictamen de Taboada, no se resolverán las responsabilidades políticas mientras don Agustín no decida dimitir y defenderse desde afuera.

No puedo dejar de preguntarme no sólo por qué no dimitió Caunedo, sino también por qué no se querelló contra la persona que hizo esos ‘apuntes contables’, bochornosos a más no poder. Y no puedo dejar de preguntármelo desde el momento mismo en que el líder del PP ovetense los negó rotundamente.

Como escribí más de una vez, detesto los linchamientos y las estridencias. Y, en el caso que nos ocupa, ambas cosas también se evitarían con la dimisión del señor Caunedo hasta que la Justicia se pronunciase.

Como coda, no dejó de ser llamativo que el PSOE e IU no hubiesen utilizado los dos turnos de palabra de los que, si no me equivoco, disponían.

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Recuerdos de Oviedo: Entre santa Susana y Marqués de santa Cruz
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Luis Arias Argüelles-Meres | 03-12-2017 | 19:40| 0

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«¿No te entienden? Pues que te estudien o que te dejen; no has de rebajar tu alma a sus entendederas». (Miguel de Unamuno).

Una tarde de mayo de 1970. El tiempo de espera que va del cierre a la apertura del semáforo, del rojo al verde, fue revelador. Allí estábamos, al final de la calle Santa Cruz, haciendo esquina con la calle Santa Susana. Lo dicho: dio mucho de sí el escaso tiempo que transcurrió hasta que reanudamos la caminata. Puse mi atención en el Bombé, en su fuente, en aquel espacio en el que a veces jugábamos a pio campo, en aquel espacio en el que, en alguna ocasión, andábamos en bici, en aquel espacio que habíamos recorrido tantas tardes con el cartapacio del cole y un balón, escenarios de juego y esparcimiento, desahogos de la energía infantil.
Y, calle abajo, por Marqués de Santa Cruz, estaba el cine que tenía el mismo nombre, aquel cine que, como conté en esta misma página, cuyo precio eran diez pesetas. Juegos y entretenimiento. Juegos en el Campo de San Francisco y acción en el cine, vista desde la butaca de patio.
Como digo, 1970, es decir, trece años. Mientras esperaba la apertura del semáforo, tenía ante mí los escenarios de mis años de infancia. Pero -¡ay!- faltaba algo. ¿El qué? Ante todo, interrogantes. ¿Cómo podría explicarse que, a consecuencia de un gran estirón que había tenido tres meses atrás, hubiese caído enfermo con episodios febriles que me habían obligado a guardar cama varias semanas? Y, por otra parte, ¿dónde podría encontrar la respuesta al hecho de que los juegos y entretenimientos que hasta entonces me habían divertido tanto fuesen ya insuficientes?
A todas éstas, el semáforo se abrió. Enseguida llegué a la casa a la que habíamos acabado de mudarnos, en santa Susana 27 (creo que la numeración cambió). El edificio estaba pegado a la Iglesia de los Carmelitas y se encontraba muy cerca la Plaza España con sus Gobiernos civil y militar. O sea, que estábamos totalmente protegidos tanto por el poder espiritual como por el poder temporal. Totalmente a salvo de cualquier contingencia.
Y, en casa, tras la merienda, siguieron las preguntas. En el libro de texto de literatura, a la hora de hablar de Rafael Alberti, se decía que estaba en el exilio. De García Lorca y de Miguel Hernández se daban las fechas de sus muertes, que no las circunstancias.
Palabra compleja y hasta misteriosa la de exilio, una suerte de limbo de los vivos, pues tampoco se decía en qué país quedaba aquello. Libros de aquellos tres autores, cuyos poemas hablaban de sentimientos y realidades, no se sabía bien si ocultas o lejanas. Aquello me dejó una cierta desazón.
Aquello y también las preguntas que me había hecho en el semáforo tras salida del colegio. Hasta entonces, no me había asomado gran cosa a la poesía. Hasta entonces, la vida era, sobre todo, juego, más el cumplimiento del deber relacionado con los estudios y normas que nunca me había costado mucho seguir. Hasta entonces, los sueños guardaban relación sobre todo con las películas y con el fútbol. Ser el bueno de la película, sobre todo, en las del Oeste y, jugando al fútbol, radiar el partido sintiéndose Pereda o Gento, Rifé o Amancio, Gallego o de Felipe, Sol o Tonono, Iríbar o Betancourt, Reina o Sadurní, dependía del puesto, y, por supuesto, también Alarcia, guardameta del Oviedo.
Pero las cosas habían cambiado. La música, no la que se escuchaba por la radio, pedía paso, determinadas canciones se metían en vena. ¿Qué canciones? A veces, las que hablaban de sueños. A veces, las que tenían un ritmo que nos situaban de lleno en la melancolía. A veces, las voces que tenían tal magia que obraban el prodigio de conquistas amorosas delirantes.
Entre Santa Susana y Marqués de Santa Cruz. No sólo el cine, no sólo el fútbol, no sólo el pio campo. No sólo sueños de película del oeste. Ante todo y sobre todo, ellas. Ante todo y sobre todo, aquellas chicas que iban y venían por las mismas calles, a menudo, con uniforme.
¿Cómo se podía llegar a ellas? ¿Qué decirles, cuando no había por el medio presentaciones ni, en apariencia, personas conocidas en común? ¿Cómo llegar y qué decir sin provocar algo peor aún que el rechazo, el ridículo? ¡Qué dialéctica aquella entre el pánico a hacer el ridículo que atenazaba y la necesidad de hablar, de escuchar sus voces, de mirarlas a los ojos mientras las supuestas conversaciones se llevaban a cabo!
Entre Santa Susana y Marqués de Santa Cruz. A veces, con un pitillo por el medio, entre la salida del colegio y la vuelta a casa. Y, siempre, viéndolas o imaginándolas, viéndola o imaginándola.
Y, en algún momento, en la soledad más absoluta de la habitación, cuando las tareas de estudio se habían quedado atrás, escuchando determinadas canciones por medio de aquel bendito tocadiscos que, contra mi voluntad, tenía que escuchar muy bajo para no molestar.
Entre santa Susana y Marqués de santa Cruz. Soñar que íbamos juntos al cine, que tatareábamos la misma canción, que dábamos paseos idílicos conversando entre balbuceos, en los que la timidez mutua que asomaba tenía su ternura y su tersura.
Y, frente a casa, cruzarme con ella, ponerle nombre y circunstancias y regalarnos discos y paseos. Y, sobre todo, promesas, promesas de ensueño.
Dolían, sí, los trece años. Pero, a pesar de eso, abrían sueños de película acompasados por los ritmos de canciones memorables.
Se contaba que habíamos visto llover en su ausencia. Y su presencia, ficticia, daba paso a lo mejor, a lo jamás soñado.

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Capitalidad
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Luis Arias Argüelles-Meres | 01-12-2017 | 10:27| 0

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Hubo un tiempo en el que se hizo el paripé de modificar el Estatuto de Autonomía de Asturias. Aquello se quedó en un episodio de palabrería que apenas despertó el interés público. Y se habló fundamentalmente de dos cosas: del asturiano y de la capitalidad de Oviedo.

Pues bien, relacionándola con el supuesto pacto presupuestario regional, que, según todo parece indicar, no se va llevar a cabo, vuelve a la palestra el asunto de la capitalidad de Oviedo. Y, según leí en EL COMERCIO, esto lo va a plantear el jefe de la oposición en el Ayuntamiento carbayón, o sea, Agustín Iglesias Caunedo. Así pues, se retoma algo que en su momento planteó Gabino de Lorenzo cuando ejercía de primer edil de la ciudad.

Pero, volviendo a la información publicada en EL COMERCIO, parece ser que Somos también está por la labor de que, en los presupuestos autonómicos, se considere la capitalidad vetustense.

Habrá que esperar a que se celebre el Pleno de diciembre para ver cómo se concretan las propuestas del PP y de Somos que, salvo sorpresa mayúscula, no convergerán. De hecho, desde la formación morada se apunta que este asunto no se debe plantear desde el victimismo de aquel famoso ‘cerco a Oviedo’ que llegó a ser un disco rayado, aunque tuvo su eficiencia electoral seguramente.

En todo caso, partiendo del hecho de que no se discute la mayor, esto es, que se tiene muy claro cuál es la capital de Asturias, habrá que ver en qué se traducen las propuestas. Es obvio y perogrullesco que Oviedo se beneficia de ser la capital por el mero hecho de que aquí se hacen trámites y gestiones que conllevan presencia de personas que hacen sus gastos relacionados con sus idas y venidas. También lo es que la capitalidad conlleva su servidumbre y que, en este sentido, es lógico que nuestra ciudad pueda tener su compensación desde el ámbito presupuestario autonómico.

Dicho lo cual, se plantean dos cuestiones fundamentales. La primera de ellas es que sería todo un detalle que no se incurriese ni en chovinismos ni en victimismos que desprenden siempre el tufillo de los localismos que son tan perniciosos en nuestra tierra. La segunda cuestión que se suscita es que el tratamiento que Oviedo pueda recibir en cuanto al concepto de capitalidad tendría que compaginar con el proyecto del área metropolitana o central de la que tanto se habla, aunque nada se esté haciendo.

Sería fantástico que este debate no se quedase en mera palabrería y que, desde el Ayuntamiento de Oviedo se aportase una propuesta que despejase incógnitas y allanase el camino de la Asturias del siglo XXI, con un proyecto de ciudad y de capitalidad inclusivo para el resto de nuestra tierra.

Puede que toque llevar la antorcha. Y, en ese caso, sería fantástico.

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Poderoso Yeboah
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Luis Arias Argüelles-Meres | 26-11-2017 | 15:25| 0

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Sólo un lunar reseñable en el partido de hoy: el gol, una vez más, encajado tras un córner. Bien es cierto que el delantero del Numancia remató bien. El problema estuvo en que nadie le obstaculizó, y acaso el portero debutante pudo haber hecho más en ese lance. Pero, por lo demás, el Oviedo estuvo intenso, seguro de sí mismo y resolutivo.

Lo más destacable de todo el encuentro, aparte de la intensidad por parte de todos los jugadores que vistieron ayer la camiseta azul, fue, fue,sin duda, la actuación de Yeboah, resolutivo, luchador, incisivo atacando, defendiendo también con ganas no sólo en las jugadas en que se fue atrás, sino también disputando balones al contrario desde su posición atacante.

Y es que, por mucho que el topicazo se repita, no basta con correr, hay que hacerlo con sentido y con visión de la jugada, y en ésas estuvo hoy el delantero ghanés, que cuajó una actuación excelente.

Frente al Numancia, no sólo nos adelantamos en el marcador, sino que además, en la segunda parte, antes del segundo gol del Oviedo que lo metió Dani Calvo en propia puerta tras un rebote de un balón que Diegui había mandado al travesaño, se vieron hechuras, dominio del partido y calidad. Excelente Mossa por su banda, con velocidad y empuje atacando y defendiendo con rotundidad; también se le vio muy bien a Forlín que, sin duda, va cogiendo forma y está llamado a ser un jugador fundamental en este Real Oviedo de Anquela. Por su parte, Linares, aparte del merecido premio que consiguió anotando el tercer gol carbayón, estuvo batallador durante todo el partido. Desde luego, su entrega está fuera de toda discusión.

Por otra parte, a pesar de «la pájara» que nos costó el gol del Numancia, la defensa, con el balón jugado, estuvo solvente y sólida. También hay que destacar a Carlos Hernández en su tarea de rematador y de central. De hecho, no hay una sola pega que poner a ningún jugador, hecha la salvedad del gol en contra.

Poderoso Yeboah. Da gusto ver a un jugador que consigue omnipresencia en la mayoría de las jugadas que tuvieron lugar tras su entrada en el campo. Fue incisivo en todo momento, y no estuvo lejos de haber marcado, sin olvidarnos de las asistencias que dio en ataque. La frialdad de la tarde en el Tartiere fue vencida por un triunfo claramente merecido con un Oviedo que, por fortuna, parece haber dejado atrás su mala racha. Sólo falta que a domicilio vayamos a más, que todo el mundo se convenza de que la capacidad del once azul no tiene por qué ir a menos cuando toca jugar de visitante.

Y, por último, Alfonso estuvo arropado por la afición. Esperemos que se haga con el puesto a base de demostrar que tiene calidad para ello. Desde luego, dejando de lado su salida a destiempo en el gol del Numancia, maneras apunta.

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Recuerdos de Oviedo: Charles Manson: Cuando los malos no sólo habitaban en las películas
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Luis Arias Argüelles-Meres | 26-11-2017 | 10:34| 0

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«Yo vivo en el mismo estado de inocencia que un niño, que cree poder alcanzar con su mano un pájaro en pleno vuelo». (René Magritte).

1971, cuando el arriba firmante tenía 14 años, la edad en la que la infancia se va quedando atrás, la edad en la que se reciben informaciones que dan cuenta de que se acabó la protección de la niñez, esto es, que la vida te puede golpear.
1971. Fue en ese año en el que se tuvo noticia del juicio contra Charles Manson y sus secuaces. Aquello conmocionó al mundo, aquello produjo, además de un considerable revuelo, una enorme confusión. Aquel barbudo con túnica, con aspecto de iluminado, había cometido crímenes macabros sirviéndose de la ayuda de personas a las que había conseguido manipular de forma aterradora.
Podría decirse que, en el momento en el que Manson alcanzó un protagonismo gigantesco, nos dimos cuenta de que los malos no sólo habitaban en las películas y en los relatos de miedo, sino que también existían en la vida real.
Lo cierto es que, al ver la fotografía de aquel personaje en periódicos y revistas, al leer, aunque fuera someramente, las horribles matanzas que había llevado a cabo, recordé una serie de televisión que se titulaba ‘¿Es usted el asesino?’, que se había emitido en televisión cuatro años antes, en 1967. Hubo una noche en la que me encontraba mal y mis padres estaban viendo aquel programa de Chicho Ibáñez Serrador. Cuando me acerqué a la sala, vi una escena en la que el señor Larose daba a entender que él era el asesino; su carcajada me produjo pánico. Con todo, aquello no era real, era una serie televisiva. Pero Manson no era un personaje de ficción, aunque podría haber salido de una terrible pesadilla.
Nunca olvidaré que me detenía en los quioscos cada vez que veía en la portada de revistas o periódicos el rostro de aquel individuo. Y, en casa, leí todas las informaciones que venían en los periódicos y revistas que se compraban. De algún modo, interioricé a aquel personaje.
En 1971, vivíamos en Santa Susana. Una tarde, tras salir del colegio, después de la merienda, en la terraza de casa leí un amplio reportaje sobre el juicio a Manson y su ‘familia’. Se decía que el propio Manson había pedido la palabra. Y aquello me hizo recordar una película de un asesino en serie que había decidido defenderse a sí mismo, película que había visto un año antes durante el verano. La habían emitido un domingo por la noche.
El cine, siempre el cine. Los malos menos temibles eran los de las películas del Oeste. De peor calaña resultaban los criminales que protagonizaban películas cuya acción transcurría mayoritariamente en el desarrollo de un juicio, aquellos en los que el abogado defensor protestaba, en los que el fiscal cargaba las tintas contra el acusado.
Pero, a los 14 años, los malos no eran sólo de película, no eran siempre criaturas que comparecían en pesadillas, también existían en la realidad. Fue Mason el que personificó todo aquello.
Y, a pesar de haber leído noticias y reportajes sobre los crímenes de aquella especie de secta a cuyo frente estaba Manson, no conseguía entender lo que les había llevado a asesinar a Sharon Tate: no se trataba de una venganza personal, tampoco el robo era el principal motivo. ¿Qué podía haber en aquellos cerebros y en aquellos corazones?
No, aquello no podía ser una maldad de ficción, aquello no era una pesadilla que la realidad desmentía al despertarnos. Aquello iba en serio, catastróficamente en serio.
Leyendo aquel reportaje, fue inevitable hacer la película de los hechos relatados. Resultaba horroroso imaginar el terror que padeció Sharon Tate. Resultaba escalofriante imaginar las escenas en la que le asestaban tantas y tantas cuchilladas. ¿En el nombre de qué? ¿En el nombre de quién? ¿Querían matar la belleza? ¿Querían asesinar a alguien que encarnaba el glamour del cine?
¿Cómo era posible que aquel personaje, además de horror, hubiese suscitado tanta fascinación?
Aquel juicio también, más que conmover, conmocionó al mundo. Aquel hombre sanguinario y violento, aquel asesino indeseable, parecía haber salido de un cuento de terror que aún no se había escrito.
Me preguntaba a mis 14 años cuánto tiempo transcurriría hasta que se proyectase una película que relatase las matanzas de aquel personaje. Me preguntaba también si acudiría a verla. Me preguntaba en qué cine de Oviedo la proyectarían.
Me preguntaba cómo podían ser sus canciones, pues había leído que el personaje en cuestión era un músico frustrado. ¿Alguien las escucharía en el caso de que hubiese discos a la venta de Manson? ¿Podrían ser emitidas en programas musicales de radio?
Con motivo de su muerte, leí recientemente que, con Manson, se acabó la inocencia de los años 60. Sin duda, fue así. Pero eso fue para su generación. Sin embargo, para quienes entramos en la adolescencia, este personaje significó, sobre todo, una prueba fehaciente de que los seres más malvados y más terribles no sólo existían en el cine, no sólo eran de ficción.
Desde luego, contribuyó a que nuestra entrada en la adolescencia fuese un auténtico mazazo.

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La fábrica de loza de San Claudio: el arte como salvador de la historia
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Luis Arias Argüelles-Meres | 24-11-2017 | 15:29| 0

Detalle de una de las instalaciones ubicadas en el claustro. /

“Si mis coetáneos fueran generosos, podrían recordar, pero la condena del poco generoso es no tener memoria”. (Ortega y Gasset).

Bien se sabe que las ruinas suscitaron a lo largo del tiempo excelente literatura. Bien se sabe que la decadencia, artísticamente expresada, fue, es y será generadora de grandes obras de arte. Bien se sabe que, a veces, la historia necesita del arte para ponerle voz y rostro, para ser rescatada en el presente y para hacerla hablar. Éste es el caso, a mi juicio, de la exposición en el Museo arqueológico, en la que dieciocho artistas reconstruyen el esplendor que tuvo la Fábrica de Loza de San Claudio en particular y aquella arquitectura industrial de principios del siglo XX que nunca renunció a la voluntad de estilo.

Fíjense: continente y contenido. Un edificio abandonado, amenazando ruina y, en su interior, desperdigados, restos de las diversas piezas de loza que allí se fabricaban. Desperdigados y rotos, sobre superficies mugrientas y abandonadas.

Lo que puede verse en la exposición del Museo Arqueológico vienen a ser las cenizas de un esplendor del que dispusimos hasta hace muy pocos años. Cenizas sin rescoldos. Vajillas despedazadas, trozos de loza como muñones de las piezas que configuraban.

Y, más allá del valor artístico que esta exposición atesora, acaso habría que reparar en lo que viene siendo nuestra historia más reciente como un proceso de alarmante decadencia. Estamos hablando, entre otras cosas, de una Asturias que fue vanguardia a principios del siglo XX en lo artístico, en lo literario y en el pensamiento, frente a la situación actual en la que formamos parte del furgón de cola.

Para el viceconsejero de cultura, según leo en EL COMERCIO, lo esencial de esta exposición pasa por la ruina y el abandono, que suscitan un intento de salvación. Desde luego, hay mimbres más que suficiente para una salvación de nuestra memoria colectiva a través de estas obras que podemos contemplar el en Museo Arqueológico.

Es el arte, en efecto el que acude en salvación de la memoria, en este caso, de una memoria referida no sólo a nuestra arquitectura industrial, sino también a lo que allí se fabricaba, una loza con pretensiones artísticas, una loza que remitía a nuestra tierra, una seña de identidad de lo que hemos sido capaces de hacer, pero no hemos sabido o podido mantener ni tampoco incorporar al futuro más inmediato.

Una exposición que nadie debería perderse.

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