img
Fecha: octubre, 2015
Episodios gabinianos
Luis Arias Argüelles-Meres 30-10-2015 | 7:22 | 0

Gabino de Lorenzo.

“Lo peor que le puede ocurrir a cualquiera es que se le comprenda por completo”.  (Carl Gustav Jung).

 

Leo en EL COMERCIO que el Gobierno municipal de Oviedo busca destino para toda la impedimenta de material de cocina que Gabino de Lorenzo decidió en su día instalar en determinadas dependencias municipales. El que parecía primer edil perpetuo de Vetusta podía permitirse el lujo de no acudir a los Plenos. Sin embargo, su pasión por las plácidas sobremesas precedidas de mesa y mantel  no declinó hasta el fin de su mandato como regidor carbayón. Gabino y sus pitanzas.

Episodios gabinianos. Cuando se escriba la historia de la Asturias de las últimas décadas, es indudable que el actual Delegado del Gobierno tendrá un enorme protagonismo. La política acompañada de tambor y gaita, de zarzuela, de fartódromos para el respetable. Todo alegría, todo alegrías.

Gabino el campechano. Gabino el gracioso. Gabino el de la boina. Gabino, el amo del prau del conservadurismo llariego. Gabino, el gran artífice de una ciudad abigarrada de estatuas y adoquines. Gabino, el gallu del PP.

Episodios gabinianos, con sus pitanzas, con sus chistes facilones, con sus obras permanentes. Años lleva fuera del Ayuntamiento de Oviedo y, sin embargo, de no haberse producido un cambio en el Gobierno municipal, todo ese arsenal para pitanzas de urgencia seguiría ahí, sería inamovible.

Episodios gabinianos.  La Vetusta de últimos del siglo XX y de principios del XXI  tendría, además de otros ámbitos principales de la trama, todas aquellas dependencias del Ayuntamiento donde tuvieron lugar encuentros acompañados de suculentas y abundantes viandas. Allí se arreglaba todo, allí se dilucidaba todo.

Y reconozcamos que estamos ante algo mucho más llariego que “el buen rollito” de Zapatero. No, aquí, de progresías sólo las justas, oiga. Aquí, largas sobremesas tras sabrosos y contundentes platos. Sin duda, la mejor manera de encarar cualquier asunto, afrontándolo con un espíritu positivo.

Todo el pintoresquismo transcendiendo. Fíjense: hasta no me cuesta nada imaginarme en algún momento la partida de tute, con sus copas, cafés y puros, con sus mirones aprobando la astucia en las jugadas.

Episodios gabinianos. Cuando la política vetustense fue un chigre. Cuando la política de Oviedo, si quería trascender lo llariego, era una zarzuela castiza y graciosa. Cuando lo chabacano fue la norma. Cuando la pulcritud estaba proscrita.

Todo un estilo, sí, señor. Toda una forma de hacer política, más aún que populista, populachera.

Y, paradojas de la vida, todo ello tuvo lugar en la ciudad de la etiqueta y del buen gusto, en la señorial capital de las Asturias, que estuvo encantada de tener al frente a un majo de zarzuela y a  un gracioso de chigre.

Episodios gabinianos en los que Valle-Inclán podría haber encontrado también mucha inspiración para una milagrera ciudad en su política oficial.

¡Qué grande fue Gabino!

Ver Post >
Recuerdos de Oviedo: Marzo del 76
Luis Arias Argüelles-Meres 25-10-2015 | 7:39 | 0

Ver la foto en el mensajeMostrando IMG_20151019_172333.jpg

“El 76 trae un español que aprieta su mala leche de siempre que es lo único que tiene… Y hace chistes por sumarse al infinito con lo más nacional que es su amargura”. Patxi Andión.

 

Arias Navarro, que había sido el último Jefe de Gobierno con Franco, presidía, confirmado por el entonces Rey, el primer Ejecutivo de la Monarquía. Las huelgas se prodigaban de forma exponencial. La conflictividad  llegó al extremo de hacer decir a Fraga que la calle era suya. Eran tiempos de esperanzas y miedos. El entonces ministro de Exteriores, Areilza, intentaba convencer a los gobernantes del mundo democrático que España se encaminaba hacia las libertades. Fraga, por su parte, se prodigaba asombrosamente, con declaraciones a medios extranjeros que hablaban de apertura, así como de la apuesta por “una democracia fuerte”, al tiempo que ponía orden a nivel interno. Era capaz de cenar con Tierno Galván y, a los pocos días, podía ordenar la detención de destacados miembros de la oposición democrática. Y, por su lado, Arias Navarro no perdía oportunidad a la hora de dejar claro que no estaba dispuesto al cambio que el país y los tiempos demandaban.

La política lo protagonizaba todo. Tal fue así que, en el ámbito llariego, en la fiesta de los Guevos Pintos” en Pola de Siero, del 76 los susodichos se vieron adornados con las siglas de muchos de los partidos políticos que entonces tanto proliferaban y que emergían de Dios sabe qué profundidades abismales.

Eran tiempos, sí, de esperanzas y miedos. La extrema derecha, apostada en su búnker,  enseñaba los dientes en los actos de “afirmación nacional” de Blas Piñar, así como en las declaraciones, casi siempre explosivas, de Girón de Velasco. La izquierda salía a la superficie, crecida y multiplicada en sus siglas, que, en algún momento, rozaron lo incontable.

Y, mientras se acrecentaba la dialéctica entre reforma y ruptura, las organizaciones sindicales  promovían movilizaciones continuas. Y, por otro lado, en la mayor parte de las ciudades españolas se convocaban “jornadas de lucha”.

Recuerdo la que tuvo lugar en Oviedo. Fue a primeros de marzo de aquel año 76. La presencia de los antidisturbios se hizo notar. Había, claro está, muchos deseos de desgañitarse en la calle pidiendo libertades y  democracia. Había también miedo a la contundencia con la que podían emplearse las fuerzas del orden. Esperanzas y miedos, miedos y esperanzas.

No había conversación en la que la política no estuviese presente. A todo el mundo se le etiquetaba según la ideología que decía profesar. Devorábamos la prensa. Nos hacíamos con libros hasta entonces difícilmente adquiribles. Acudíamos al cine cuando se estrenaban películas que podían considerarse díscolas. No había panfleto que no leyésemos. ¿Qué iba a pasar? ¿Qué estaba pasando?

Y llegó aquella jornada de marzo. Si la memoria no me falla, fue un día claro, pero no cálido. El invierno se mantenía a pesar del cielo limpio. Si mal no recuerdo, conatos de manifestación sí que hubo muchos, pero, por una vez, las versiones oficial y oficiosa no fueron muy divergentes a la hora de señalar que no hubo ni grandes alteraciones del orden ni tampoco significativas detenciones. Fue una jornada de tensión que no llegó a estallar. Fue una forma de tomarle la temperatura a la vida pública de la ciudad. Fue un aviso por ambas partes, sin que llegasen a producirse grandes disturbios.

La tensión que se respiró aquel día fue muy grande, en efecto, pero no pasó a mayores si por tal entendemos lo que había sucedido en otras ciudades. En la heroica capital, al menos oficialmente, se mantuvo la calma.

Calma no sólo tensa, sino también febril. Porque, más allá de retóricas de ocasión y de martirologios en más de un caso buscados, lo irrenunciable por aquellos días era la forma en que bullía en casi todos un irrefrenable anhelo por las libertades, libertades en todos los órdenes.

El 76, año marcado también por las contradicciones, año que traía, tal y como cantaba y contaba Patxi Andión, un español harto y ahíto, un español que no estaba dispuesto de entrada a creer en los paraísos que muchos partidos prometían. Y, hablando de contradicciones, el cantautor aludido incurrió en ellas de forma notoria. Alguien capaz de haber creado canciones tan memorables como “El rastro” o “El Maestro” que, sin embargo, había protagonizado una versión cinematográfica del “Libro del Buen Amor” tan casposa como ultrajante ante una de las obras maestras de nuestra literatura.

El 76, siguiendo con Patxi Andión, fue el año de una canción suya que, al menos en su letra, alcanzó una calidad extraordinaria, de las mejores que se crearon en este país. Hablo de “Tabaco y oro”. Hablo de una canción con unas imágenes asombrosas que superaron con creces el efectismo más o menos oportuno y oportunista. “Que no se enfurezca el aire”. ¡Ahí es nada! Y dejo para los curiosos el reto de averiguar quién y qué protagonizaban la canción. Sociológicamente hablando, será toda una sorpresa. Estoy seguro.

El 76. Aquellos antidisturbios armados hasta los dientes. Aquella juventud universitaria que tan mala prensa tenía en los cenáculos conservadores. Aquellos lemas, sin duda, cándidos que se convertían en clamores durante las manifestaciones. Aquellas ansias por todo tipo de libertades, también en materia sexual. Aquellos señores de orden que acudían a las películas más subidas de tono, totalmente desaconsejadas por las autoridades eclesiásticas.

El 76. Aquella Asturias que evocaba su pasado glorioso en materia revolucionaria. Aquella Asturias que, como el resto del país, no podía figurarse que el cambio tan anhelado acabaría siendo mucho más lampedusiano de lo que entonces cabía concebirse.

El 76. Aquel Oviedo cuya juventud llenaba los cines y las salas de conferencias. Aquella juventud de Oviedo que empezaba a  poblar por las noches el Antiguo. Aquellas conversaciones inacabables. Aquellos encuentros con las libertades acompasados por una música que, de entrada, renunciaba a lo comercial. Aquellos sueños que tan pronto se malbarataron y traicionaron.

Siempre nos quedará, con todo, haber descubierto la piel electrizada por los sueños, la libertad en esa misma piel al entrar en contacto con otras pieles que compartían idénticas ansias. Sueños y porros compartidos, que lo lampedusiano y lo competitivo convertirían pasado el tiempo  en material de derribo y trituración.

Frente a nosotros, las tanquetas y los cascos. Con nosotros, los sueños que no todos aceptamos convertir en pesadillas.

Aquel día no llovió en Oviedo.

Ver Post >
A propósito de Emilio Lledó
Luis Arias Argüelles-Meres 23-10-2015 | 7:30 | 0

La poesía es como el viento, o como el fuego, o como el mar. Hace vibrar árboles, ropas, abrasa espigas, hojas secas, acuna en su oleaje los objetos que duermen en la playa. La poesía es como el viento, o como el fuego, o como el mar: da apariencia de vida a lo inmóvil, a lo paralizado”. (José Hierro).

No es el momento de glosar la trayectoria y el pensamiento de Emilio Lledó. El propósito de estas líneas resulta mucho menos ambicioso. Tan sólo se pretende poner de manifiesto palabras de homenaje a un maestro de la filosofía del que tanto y tanto hemos aprendido quienes decidimos en su momento leer sus libros. No sólo estamos hablando de alguien que supo explicar magistralmente la obra filosófica de Platón, sino que además nos enseñó, entre otras muchas cosas, el valor de lenguaje. Y, por otro lado, nos encontramos ante una obra de largo recorrido que, lejos de apostar por el totalitarismo, lo que reivindica es la dignidad humana desde el conocimiento y la exigencia.

Emilio Lledó es, además de otras muchas cosas, un indignado que le hace frente a la chabacanería, que rechaza sin eufemismo alguno la osadía del ignorante, que clama por una sociedad que tenga un sistema de enseñanza que no renuncie en momento alguno al conocimiento y al esfuerzo.

Filósofo en el sentido más estrictamente etimológico del término, pone de relieve que el saber es la principal herramienta con la que cuenta el ser humano para ser mejores y más libres, menos manipulables. No hay lugar en su obra para el conformismo.

No deja de ser un lujo en tiempos como éstos, tan marcados por la mediocridad, que este país tenga un pensador de su talla y lucidez. La orfandad intelectual en la que vivimos que fabrica de continuo celebridades, que sólo son capaces de alardear de su ramplonería rampante, encuentra un balsámico alivio no sólo con su obra, sino también con su presencia en la vida pública.

Además, no estamos hablando de un pensador que no sale de su burbuja, de un pensador que se desentiende de la realidad en la que vive, sino que, antes al contrario, se compromete al modo en que Camus expresó que debe hacerlo un artista o un intelectual. La sociedad en la que vive no le es en absoluto ajena y se dirige a ella no sólo a través de sus libros y comparecencias públicas, sino también, por decirlo al orteguiano modo, a través de esa plazuela intelectual en la que los medios de comunicación le hacen hueco.

En esta Asturias en la que desde un Gobierno que en sus siglas se declara de izquierdas se resiste a recibir a plataformas de trabajadores que claman por sus derechos, la presencia de Lledó es toda una confirmación de que la batalla por la dignidad sí tiene quien le escriba.

Emilio Lledó, esa digna e indignada lucidez, que no cesa y que no se arredra en un conformismo que desde hace décadas abandonó y abarató los sueños.

Emilio Lledó, que, en el momento mismo que reivindica el conocimiento, hace una encendida llamada a la necesidad de recuperar la memoria de lo que hemos sido, rechazando de plano que se nos narcotice arrancándonos esa memoria viva que tenemos que defender y que sirve, entre otras cosas, para que la antorcha nunca se apague.

Hay que ir más allá de las ceremonias de la confusión, hay que ir más allá de los datos y anécdotas frívolas, hay que dejar atrás fruslerías cosméticas, hay que detenerse en el significado de una trayectoria y de una obra que es todo un antídoto contra los envoltorios de ocasión.

Pues bien, estamos ante una trayectoria y ante una obra que atesoran lo irrenunciable, que, al fin y al cabo, es lo más revolucionario.

Toda una paradoja.

Ver Post >
Viga azul: Funcionó el ripio Toché/Koné
Luis Arias Argüelles-Meres 18-10-2015 | 7:44 | 0

En efecto, el ripio Toché/ Koné funcionó. Una buena sociedad de ataque, entre los regates y avanzadas del segundo y lo oportuno y oportunista que es el primero. Esto no quita que, llegado el caso, Linares –que ayer cumplió partido de sanción– pueda conjuntarse bien y resolutivamente con cualquiera de estos dos delanteros. Al exjugador del Racing le falta rodaje aún, pero, tanto en el partido de Copa como ayer, se ve claro que dará muchas alegrías al oviedismo. En cuanto a Toché, parece seguir el guión del delantero centro más clásico en cuanto a rendimiento y lucha. O sea, que, en lo que al ripio se refiere, no hay duda alguna de su feliz funcionamiento en este caso.

Por otra parte, lo novedoso del partido de ayer, aparte de lo anteriormente apuntado, fue que el equipo salió más concentrado atrás, conjurado para no dejar pasillos que nos pillasen con el pie cambiado en los primeros minutos del encuentro. Me alegra que Nacho López se afiance en su puesto. Y la sociedad del centro del campo entre Erice y Vila da una confianza que se necesitaba mucho. Lo que ayer falló –y no deja de ser preocupante– fue el balón parado defensivamente hablando. Una falta y un córner, respectivamente, fueron los prolegómenos de los dos goles encajados. Pero creo que no hay que alarmarse, toda vez que me parece más fácilmente subsanable corregir la estrategia en estas jugadas defensivas que lo ya conseguido en cuanto a no dejar huecos casi suicidas en las bandas, tal y como sucedió en encuentros anteriores.

Ayer el Oviedo salió a ganar, pero no alocadamente, sino con cierta convicción que, al final, resultó determinante y salvadora. Cierto es también que, tras el primer gol, el equipo no construyó mucho juego ofensivo y que tampoco se prodigó mucho en ese arma tan demoledora y pragmática que es el contraataque. Este aspecto también hay que cuidarlo.

Pero, al final, no es que la victoria enmascare carencias, que las sigue habiendo, sino que, por fortuna, la sensación que dejó el Oviedo ayer fue positiva no sólo, como es obvio, por el triunfo, sino también porque se ve calidad, empuje y entrega. Y también –lo que no es menos importante–, porque se pone claramente de manifiesto que este equipo aún tiene ases en la manga que sacar, aún tiene cartas ganadoras a las que sólo les falta explotarles su potencial. Y, hablando de potencialidades, cierto es que Rivera demostró ayer que es un jugador que, como el resto del equipo, puede ir a más a poco que se le den oportunidades.

Lo dicho: en la delantera, eficacia y buen funcionamiento. En la retaguardia, aún queda por ganar la batalla de la estrategia. Se ganó con convencimiento. Y eso no es poco, porque aleja, aunque no conjura del todo, los que son nuestros peores fantasmas.

Ver Post >
Recuerdos de Oviedo: Cuando el vino se hizo adolescente
Luis Arias Argüelles-Meres 18-10-2015 | 3:21 | 0

“Porque quiero creer que me oyes más que me lees, como yo te hablo más que te escribo”. (Unamuno).

“Elevemos lo que se ve al rango de alucinación, lo que se oye, al nivel de la música”. (Cioran).

 

Un buen día, más bien una buena tarde, se nos hizo saber que había que hacer mudanza en nuestras costumbres adolescentes. Una buena tarde, empujados por lo que de repente se había puesto de moda, en lugar de la discoteca, la cafetería o el pub, hicimos parada y fonda en la calle San Bernabé, en lo que dio en llamarse “zona de vinos”. Y, como fácilmente puede deducirse, no se trataba de que nos gustase o no el vino. El asunto era muy otro: tocaba ir allí, era la moda. Punto.

Confieso que en aquellas andaduras por la calle San Bernabé, contaba más la calle que los establecimientos propiamente dichos. Desde luego, no existía el botellón, ni se contaban profecías al respecto. Se trataba de consumir más o menos, según las apetencias de cada cual y, por lo común, de gastar poco, pues las pagas semanales de entonces no daban demasiado de sí para grandes dispendios fuera de los festivos. Y además – ¿a qué negarlo?-, a muchos, entre los que me encontraba, no nos gustaba especialmente el vino.

Pero vayamos por partes: se estaba produciendo un cambio sociológico grande. Las diversiones propias de paisanos, como asistir el fútbol con un purazo enorme que duraba casi todo el partido había sido hasta entonces algo propio de mayores, pero  no de adolescentes que acudiesen en pandilla, sino más bien acompañados de sus progenitores. A eso se añadió lo de ir por los bares a consumir vino, algo también que hasta entonces era habitual entre los señores mayores que lo degustaban en sus tertulias o en sus partidas de cartas.

Así pues, en un momento dado, y para sorpresa también de los interesados, nos dedicamos a invadir territorios que por edad no se consideraban propios de adolescentes. Pero el hecho fue que así ocurrió.

Importante, mucho, el concepto de “zona”, no muy alejado quizás de algo tribal a lo que nos incorporamos, insisto, por imperativo de la moda. Y, sobre todo para nuestros adentros, nos preguntábamos muchas veces qué carajo hacíamos allí, casi siempre, en la calle, de pie, apoyándonos en coches por allí estacionados. Y, en otras ocasiones, entrábamos a tomar vino.

Desde luego, había quien se ocupaba y preocupaba de las marcas de ropa, pero no recuerdo que nadie se apasionase por consumir una determinada marca de vino, no era entonces aquello rasgo distintivo de nada, no servía para etiquetar frivolidades y perogrulladas de ocasión.

El caso fue que la mayor parte de los locales no nos resultaban desconocidos. El caso fue que tenía su estética el bar llamado “El Manantial”, muy conocido en Oviedo. El caso es que tenía su no sé qué no sólo la amplitud del local, no sólo la decoración interna que daba cuenta de un tiempo muy anterior al nuestro, sino también el beber el vino a través de aquellos porrones de cristal que recordaban, a la hora de tomarse tragos, a las viejas botas que muchos paisanos llevaban al fútbol.  El caso fue también que tenía su no sé qué convivir en el mismo espacio con la clientela de años, y hasta de décadas, de aquel establecimiento tan de referencia en Oviedo.

Recuerdo que, en muchas de nuestras estancias en el Manantial, me preguntaba por qué no estarían más juntos el referido bar y la Perla, que se encontraba en la calle Pelayo y que tenía un encanto especialísimo con una atmósfera que, para un adolescente, podría situarse casi en la prehistoria. Más que el encanto de lo viejo, se trataba de la magia de lo artesanal.

O sea, tardes con largas estancias en la zona de vinos, en San Bernabé, muchos años antes de que la calle Rosal se pusiese de moda. O sea, había que estar donde había movimiento, donde las pandillas podían aumentar y donde se podía entablar conversación con las chicas sin necesidad de aquello tan cortante de sacar a bailar.

La música apenas tenía protagonismo en la mayoría de aquellos bares que tampoco contaban con semejante mudanza de costumbres. De pandilla en pandilla y tiro porque me toca. De conversación más o menos forzada a comunicaciones más personales, sólo en algunos casos.

Por fortuna, ellas también iban por San Bernabé, ellas también consumían vino. Por fortuna, la segregación por sexos, que aún quedaba en muchos centros públicos y privados, no existía en aquella primera e inesperada zona de vinos para adolescentes.

Y lo cierto fue también que ciertas innovaciones llegaron. Por ejemplo, la costumbre de tomar mistelas. La cerveza tardaría más en formar parte de nuestros hábitos y, en todo caso, no fue una incorporación repentina. Y, desde luego, la variedad de marcas era también muy escasa.

Si la memoria no me falla, la primera tarde que acudí a San Bernabé acompañado de unos amigos, fue en septiembre. Cálida tarde aquella en lo que a la temperatura ambiente se refería. Estábamos todos en manga corta, con la nostalgia del verano que acababa de irse, en vísperas del inicio del curso que, en aquellos años,  se iniciaba en octubre.

La adolescencia había tomado aquella calle, se había aposentado en locales que no estaban concebidos para aquellas edades, para chicos imberbes y para chicas que tenían muy claro que no iban a seguir el modelo materno en cuanto  al ocio y esparcimientos.

Vino sin marcas, al menos, sin que reparásemos en ellas. Locales sin música, al menos, al principio. Y allí estábamos con nuestro pelo largo, con nuestros pantalones acampanados, con la cajetilla de ducados en el bolso de la camisa, con la acidez en el estómago después del segundo vino que nos tomábamos.

Y allí estábamos viendo el espectáculo, en muchos casos, no menos atónitos que los paisanos que se estarían preguntando por qué diablos  habíamos decidido ir a parar aquellos andurriales en los que no se nos esperaba.

En aquella adolescencia, en Oviedo, el vino se dio cita. Y, de algún modo, sin más mérito que el dejarnos llevar, nosotros, los adolescentes de los años setenta fuimos pioneros en inaugurar una zona de vinos para quinceañeros y quinceañeras.

Nos tocó.

Ver Post >