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Fecha: diciembre, 2015
Un susurro y muchos ladridos
Luis Arias Argüelles-Meres 31-12-2015 | 10:35 | 0

Testimonia Azaña en sus ‘Memorias’ que Ortega, tras polemizar con él acerca del Estatuto de Cataluña del 32, comentó el discurso de don Manuel en los siguientes términos: «Alguien me cuenta que don José Ortega ha dicho en la Revista de Occidente, refiriéndose a mi Discurso: ‘Tres horas en un ladrido’. ¿Tan perro soy?». Pues bien, si nos tenemos que referir al cambio que se produjo en la política vetustense desde aquel memorable Pleno de del mes de junio a esta parte, cabría hablar de cómo un susurro se impuso a tantos y tantos ladridos.

Lo cierto es que aquel susurro de Ana Taboada a Wenceslao López, haciéndole saber que Somos lo iba a votar, significó un antes y un después no sólo en la vida pública de Oviedo, sino también –por más que les pese a muchos– asturiana. La historia es conocida: al no haber apoyado Xixón sí puede al candidato socialista a la Alcaldía de Gijón, la FSA se opuso a que sus ediles electos en Oviedo votasen a Ana Taboada como alcaldesa, cuyo grupo era el mayoritario en la izquierda carbayona. Conviene no dejar de preguntarse qué hubiera pasado de no haber tenido ese gesto tan generoso la actual vicealcaldesa de Oviedo, generosidad que nunca le agradeció explícitamente el PSOE astur.

A lo que íbamos, ¡cuántos ladridos frente a un susurro! Ladridos no sólo del gabinismo que sigue llevando muy mal haber sido despojado del poder tras veinticuatro años campando a sus anchas, sino también de quienes siguen reprochando a Podemos que en Gijón gobierne la extrema derecha casquista, ello a pesar de que la señora Moriyón está cada vez más distanciada del fundador de Foro, ahora casi desaparecido tras haber entregado sus armas y bagajes al PP contra el que se había sublevado, y no poco.

Ladridos en el mismo día de la investidura de Wenceslao López. Ladridos que ponen al tripartito de Oviedo como la encarnación de todos los males, como una ruina. Ladridos que plasman lo mal que llevan la derrota no sólo los que perdieron la Alcaldía, sino también los que no supieron asumir dignamente la generosidad antes mencionada.

El susurro de Ana Taboada lo cambió todo en Oviedo, sucedió lo inesperado para canovistas y sagastinos. Y, tras todo aquello, son muchos los frentes abiertos, empezando por dar solución a El Cristo, a la plaza de toros, a la fábrica de gas, a los terrenos de la fábrica de armas. Siguiendo por construir un modelo de ciudad que no tenga nada que ver con la política gabiniana, tan abigarrada y ramplona como su estética, ni tampoco con una desconexión continua de las inquietudes de la ciudadanía, que poco tienen que ver con rendir culto a vacas sagradas que no se caracterizaron precisamente por su independencia de criterio.

Tras casi dos décadas y media de ladridos, de apoyos mediáticos mercenarios, de estridencias continuas, llegó el susurro que lo transformó todo, sin que ello signifique que todo está discurriendo a la perfección, sin que ello signifique que no se cometan errores, sin que ello signifique que no haya salidas de tono inoportunas, así como narcisismos que están fuera de lugar.

Pero desde entonces Oviedo no se gobierna con maneras chusqueras. Pero desde entonces Oviedo tiene un alcalde que cuenta con la honestidad como hilo conductor.

Llegó el susurro y mandó parar. Y a casi todos los pilló con el paso cambiado.

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Recuerdos de Oviedo: El Teatro Campoamor
Luis Arias Argüelles-Meres 27-12-2015 | 7:26 | 0

La aguda sensibilidad de Clarín respira deseos contenidos, casos de conciencia, sutilidades de confesionario” (Fernando Vela).

Séneca, en esa suerte de aviso a caminantes que constituye su libro acerca de la brevedad de la vida, advirtió, entre otras cosas, que gracias a la lectura, nuestros recuerdos ampliaban asombrosamente los horizontes, pues, los buenos libros nos proporcionaban también noticia de otras muchas vidas anteriores a la nuestra, sin perder de vista tampoco que, en muchos casos, esas vidas leídas, además de anteriores, son también mucho más interesantes que las propias. El hecho es que, cada vez que me viene a la mente el teatro Campoamor, acuden, entre otros, personajes como Clarín y Ortega.
En cuanto al autor de “La Regenta”, a poco que se conozca su biografía, sabremos lo importante que fue para él que llegase e erigirse el Teatro Campoamor. Amaba mucho a su ciudad y no amaba con menor intensidad al género teatral. Ambos amores tuvieron ciertamente muchos episodios conflictivos. Y, en cuanto al segundo de ellos, el fracaso de Clarín como autor dramático constituye uno de los lances más dolorosos de su vida como literato.
Pero el hecho fue que, siendo Alas concejal del Ayuntamiento de Oviedo, luchó cuanto pudo para que nuestra ciudad contase con un Teatro que no desentonase con respecto a los más lujosos de nuestro país. Y, por fortuna, vio hecho realidad este gran proyecto.
Por eso, cuando me paro a pensar en el Teatro Campoamor, Clarín se me vuelve omnipresente, el Clarín que fracasó en el género como autor y el Clarín de su etapa más existencialista y melancólica, al que tan maravillosamente supo retratar Fernando Vela.
Por otra parte, el Campoamor no sólo guarda relación con la trayectoria de Clarín, sino también con la de otros muchos personajes de relieve, con anterioridad todos ellos a los Premios de la Fundación Princesa de Asturias.
Del mismo modo que es insoslayable Clarín en la historia del Teatro Campoamor, de un Clarín que había entrado ya en la última etapa de su vida, también hay que poner de relieve la presencia de Ortega y Gasset en este mismo escenario.
En efecto, cuando el filósofo pronuncia su conferencia en el Campoamor en 1932, no es existencialmente un hombre decrépito, pero sí es cierto que coincide con un momento muy significativo en su trayectoria pública. Ortega, intelectual de referencia desde 1914, llega a Oviedo decidido a retirarse de la vida política, decidido a iniciar lo que se conoce como su silencio en la política, silencio relativo y discutible, pero ésa es otra historia.
En todo caso, dejará el Parlamento y se concentrará en sus clases y en sus libros. Pero no sólo vino a Oviedo a despedirse de su compromiso con el Estado al que tanto había contribuido a proclamar. También aprovecha para decir cosas sobre nosotros y sobre nuestra tierra. Es el momento en el que habla de nuestra intransitividad más allá de Pajares.
Clarín y Ortega, sin duda, dos figuras que forman parte de la mejor España intelectualmente hablando. El teatro Campoamor es una de las referencias de sus trayectorias públicas.
Por eso, nunca dejo de preguntarme cómo es posible que no se tenga en cuenta la relación de estos dos irrepetibles personajes con nuestro Teatro Campoamor.
Se diría que ese olvido es una de las muchas carencias que hay en nuestra memoria colectiva.
Y, más acá de esos recordatorios que uno lleva dentro de sí con no menor intensidad que las vivencias más personales, quiero y puedo decir que el Teatro Campoamor respresenta muchas y muy variadas cosas en mi memoria.
El Teatro Campoamor es también el enclave de lujo de las representaciones operísticas en Oviedo. Muchos vimos allí, por vez primera, los trajes de noche, que también formaban parte del espectáculo, que hacían de preámbulo, y bien sabida es la importancia de los prolegómenos en todo aquello que contemplamos.
También funcionó como cine. En este sentido, se me permitirá cometer la indiscreción de confesar que, en general, no se nos pedía el carnet para entrar a películas de mayores de 18 años cuando estábamos cerca de cumplirlos. No eran, por fortuna, muy estrictos.
Y, andando el tiempo, como bien sabe todo el mundo, el Campoamor es el escenario en el que Oviedo cobra protagonismo informativo por el ceremonial de los Premios.
Desde luego, no es del caso hacer consideraciones al respecto en el presente artículo. Pero convendrán conmigo que resulta lamentable que no se tenga presente que el Teatro Campoamor atesora una importante historia con anterioridad a los Premios.
Nadie parece tener presente la implicación de Clarín para que el proyecto se convirtiese en realidad. Nadie parece tener presente que en el Campoamor hubo actos políticos muy importantes en plena República.
Teatro Campoamor, muy cerca de lo que fue el cuartel de Santa Clara, hoy Delegación de Hacienda. Teatro Campoamor, que sufrió las consecuencias de los disturbios de la Revolución del 34.
Teatro Campoamor, la lírica, sí, la lírica, si se piensa que se le llamó así porque se le quiso poner el nombre de un poeta de relieve que fuese asturiano. En ello, también intervino decisivamente Clarín, que admiraba al poeta nacido en Navia, o que, al menos, como crítico, nunca le lanzó invectivas.
Un escenario teatral con nombre de poeta. Pues eso: la lírica, lírica también en lo que se refiere a los espectáculos de ópera.
Teatro Campoamor, la épica. ¿Qué épica? La de aquella Asturias que crecía con el impulso de modernidad que aportaban los indianos. La de aquella Asturias que estaba en vanguardia de la cultura española con personajes de la envergadura de Clarín y Pérez de Ayala, entre otros.
Teatro Campoamor, la épica, si por tal entendemos, la batalla que libró Clarín como faro de la mejor España buscaba la modernidad y al progreso.
Teatro Campoamor, la memoria, aquella que viene en los libros, aquella otra de las vivencias personales y de los sueños de infancia y adolescencia.
Teatro Campoamor: la modernidad.

Foto de Luis Arias Argüelles-Meres.
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Panorama vetustense: Inviernos en Oviedo
Luis Arias Argüelles-Meres 24-12-2015 | 12:12 | 0

Los recuerdos no siempre se alían con los tópicos. Lo digo porque las nevadas, tan típicas y omnipresentes en las escenificaciones navideñas, apenas tienen protagonismo en mis recuerdos invernales de nuestra heroica ciudad.

Eso sí,  a veces, mucho frío; a veces, lluvias inacabables; a veces, rachas de viento desquiciantes. A veces, escenas cuyo recuerdo me sigue conmoviendo. Por ejemplo, la de un hombre que pedía a la puerta de los Carmelitas a la salida de la última misa de la tarde, que besó un billete de cien pesetas con la que le obsequió una señora que apenas lo miró.

Frío que, puertas adentro, se combatía con el brasero bajo la mesa camilla, mientras se departía o se jugaba a las cartas. Frío que, puertas adentro, se combatía con la estufa de butano en la cocina de nuestra casa en la plaza del Carbayón.

Señores con gruesas gabardinas y sombreros. Señoras con abrigos de pieles. Desasosiego en los rostros. Manos ateridas que buscaban calor en los bolsillos.

Esa lluvia que quería castigar empujada por rachas de  viento que cargaba su ira contra los paraguas. Esas heladas que calaban hondo y que se escenificaban en los prados del Naranco.

 

Pero Oviedo no es una ciudad para el invierno. Pero el invierno no encuentra por estos lares su mejor marco. Oviedo es para el otoño, no sólo estacionalmente.

Inviernos en Oviedo a quienes sus habitantes desafían en las fiestas navideñas. Inviernos en Oviedo en los que las nubes paralizan días y días su crueldad. Inviernos en Oviedo, donde sólo la lluvia se encuentra en su propia casa.

Inviernos en Oviedo donde, por lo común, la nieve suele tardar en hacer acto de presencia si es que al final se decide, donde la oscuridad de los días tiene el añadido de las nubes y la niebla, donde el otoño hace a veces tímidas incursiones, donde la primavera suele mostrarse indecisa y tardona.

Inviernos en Oviedo donde todo parece recogerse y reconcentrarse, donde los paraguas apenas tienen descanso, donde la lluvia lo espanta todo, hasta los fríos más intensos.

No echamos de menos en estos meses la sequedad de Castilla, no anhelamos esos paisajes helados donde todo se paraliza. Nos planteamos de continuo que pronto dejará de llover, nos consolamos recordando las delicias otoñales. Y, en todo caso, sabemos que, salvo excepciones, el frío no acostumbra a quedarse mucho tiempo.

A veces, regueros de una lluvia frenética. A veces, treguas deliciosas. A veces, demasiada oscuridad más allá de la estacionalidad.

A veces, la mirada a los soportales, que son un auténtico plus estético, además de una ayuda inestimable a los viandantes.

Inviernos en Oviedo, con todo, soportables.

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Viga azul: San Esteban
Luis Arias Argüelles-Meres 21-12-2015 | 11:35 | 0

Toché celebra el gol que dio la victoria al Oviedo ante el Almería.

Tras el aire cálido de ayer, atípica jornada de reflexión en lo climatológico por estos lares,  el Carlos Tartiere estaba hoy frío y destemplado no sólo por el cambio notable en las temperaturas, sino también por la hora de comienzo del partido, cuyo final coincidió con el momento en el que, más allá de las encuestas, empiezan a conocerse unos resultados electorales que ponen en evidencia a más de un profeta de los que tanto proliferan.

Como contrapartida al ambiente desangelado, cabía esperar que el saque de honor de Generelo, que se despedía como futbolista en nuestro estadio, podía dar calor al último partido oficial de 2015 en el Tartiere.

Fue muy breve forzosamente la ceremonia de los adioses de Generelo, un futbolista que atesoró clase, una clase que entronca con lo que es lo mejor del oviedismo. Un futbolista al que castigaron las lesiones en el tiempo que perteneció al conjunto azul, pero que, no obstante, estuvo muy afortunado en partidos tan decisivos como el que se jugó en el Ramón de Carranza en la promoción de ascenso. Valió la pena verlo jugar  y, sin duda, merece ser recordado como un excelente futbolista. Y, además, como uno de los nuestros.

En cuanto a lo que fue el desarrollo del choque de esta tarde propiamente dicho, del mismo modo que el Oviedo de esta temporada necesitó casi toda la primera vuelta para lograr un mínimo de solvencia defensiva, la realidad se encargó de mostrarnos, partido tras partido, que a este equipo le falta mordiente y contundencia para sentenciar un partido. Y esto último fue lo que sucedió hoy.

Tras el tempranero gol de Toché, que obligaba además al Almería a arriesgar y que, a resultas de ello, dio facilidades, el Oviedo no se aprovechó de la coyuntura para seguir sumando tantos que hubieran provocado toda una fiesta, para la que había ganas, en el Carlos Tartiere.

Por otra parte, en varias intervenciones, tanto en la primera parte como en la segunda, Esteban evitó que el Almería hubiese podido empatar el partido. Seguro y providencial, con la contundencia bajo los palos que no tiene la delantera.

Por eso, podría decirse que el Oviedo termina la primera vuelta con una clasificación envidiable y que hace un año hubiera sido un sueño. Y, en lo que se refiere al partido de hoy que certificó la susodicha clasificación, podría hablarse de Esteban como salvador, de San Esteban.

Todo lo demás, estuvo marcado por lo gélido, salvo el gol de Toché, en el que, por un lado, Susaeta dio muestras una vez más de su precisión, y, por otra parte, el ariete oviedista sigue teniendo una efectividad que es decisiva también en nuestra clasificación.

Lo mejor, aparte de lo dicho acerca de Esteban, fue el triunfo, que no oculta asignaturas pendientes, sin que ello signifique incurrir en derrotismo alguno.

Hay que ir a más, hay que ser crueles cuando toque.

Y hoy tocaba.

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Recuerdos de Oviedo: La fuente del caracol
Luis Arias Argüelles-Meres 21-12-2015 | 5:03 | 0

Vivía habitualmente en esta sombra, a tientas, como un ciego, como un soñador”. (Víctor Hugo).
“La vida es un gerundio y no un participio: un faciendum y no un factum”. (Ortega y Gasset).

Imaginemos el Campo de San Francisco como un mapa en el que cada rincón tiene que ver, a veces de forma especial, con distintas etapas de nuestra vida. Imaginemos que, en el caso del arriba firmante, se da la circunstancia añadida de que, tras haber vivido la infancia en la Plaza del Carbayón, la adolescencia en la calle Santa Susana y la juventud en la calle Toreno, se trata de un espacio no sólo cercano al domicilio familiar, sino que además era un escenario de tránsito cotidiano.
Así, en los años de mi infancia en los que viví en la plaza del Carbayón lo atravesaba cada tarde al salir del colegio. Y, sobre todo, si habíamos jugado al fútbol tras las clases, la fuente del Caracol era una parada cotidiana en el caño más cercano a la herradura. Con ello, corroboro lo antes señalado acerca de la relación de una etapa de la vida con distintos rincones del Campo de San Francisco, pues la herradura, cuando se vallaba en las fiestas de San Mateo, está vinculada en mis recuerdos a los años en los que vivíamos en la calle Toreno, y la música de las orquestas se oía en casa todas aquellas noches septembrinas.
Pero volvamos a aquellas tardes a la salida del colegio. Se diría que nos reponíamos allí del esfuerzo corriendo detrás de un balón. De algún modo, era –que se diría ahora- un lugar de culto en el sentido de que siempre habíamos oído hablar no sólo de la calidad del agua potable que se consumía en Oviedo, sino también de que la de esa fuente era singularmente buena y saludable. Lo cierto es que, tras el sofoco del partido, sabía a gloria. Pero había algo más: su diseño que recordaba a un escenario de manantial, a una fuente en plena naturaleza, a un enclave muy propio de nuestro paisaje astur. Y encima, coronándola, un caracol, que tanto proliferan no sólo para solazarse, sino también los días de lluvia en nuestra tierra, días de lluvia primaverales, como aquellos cuyo recuerdo estoy rescatando. Se tenía la sensación, pues, de volver al campo, de beber el agua más pura, de darse un baño de naturaleza. De refrescarse también ante lo que la vista nos ofrecía.
Si Oviedo es, además de otras muchas cosas, una ciudad abierta a lo que va más allá del asfalto, esas piedras que hacen de marco a la fuente del caracol facilitan algo muy propio de nuestra capital, no sólo la cercanía de lo que no es urbano, sino también la presencia de lo rural, del paisaje más típicamente asturiano en el cogollo mismo de Oviedo.
Fuente del caracol, cercana al quiosco en el que comprábamos chucherías, a un paso del paseo del Bombé, donde también correteábamos a veces; muy próxima a otras fuentes en las que no se bebe. El Campo de San Francisco es, además de otras muchas cosas, una referencia que plasma la abundancia de agua en nuestra tierra.

Años de infancia en los que la vida era sobre todo un juego, con todo lo que ello implica, también lances y percances donde la tristeza en algún momento se erigía en protagonista. Y digo esto a resultas del recordatorio del que a continuación voy a dar cuenta, en el que la lectura de un excelente relato me llevó a aquellas tardes de parada en la fuente del caracol.
“Ese niño gordo a quien su padres compraron un balón” es un magnífico relato de Manolo Pilares, un auténtico maestro del género. Saco a colación esta historia del gran narrador a resultas de que, cuando la leí por vez primera, me estremecí relacionando su trama con un episodio que me tocó presenciar una de las tardes en las que nos detuvimos en la fuente del Caracol después de haber jugado un partido de fútbol en el colegio. Cuando llegamos, un niño gordo, con el pelo sudado, bebía agua mientras sujetaba el balón. Tenía un jersey rojo, estaba colorado como consecuencia de haber jugado al fútbol y parecía que no terminaba nunca de saciar su sed. Hicimos cola, pues los otros caños estaban también ocupados. Según parece, el niño al que acabo de referirme llevaba un largo rato bebiendo antes de que nosotros llegásemos, pues alguien que esperaba turno lo estaba insultando, al tiempo que otros tres compañeros parecían jalearlo para que continuase con sus insultos, insultos que se convirtieron en agresión, empujando al niño gordo y quitándole el balón a puñetazos. El balón salió rodando. Fue el hecho que el niño agredido pudo desasirse de aquello al haber sido reconvenidos sus atacantes por unos señores que pasaban por allí, y siguió su camino de forma sorprendente, pues no aceleró el paso para recuperar el balón. Se diría que le daba igual perderlo, aunque terminaría cogiéndolo. Nos sabía mal no haber intercedido por él cuando recibió el ataque, algo que estuvimos a punto de hacer, pero, por fortuna, no fue necesario
Era un niño gordo como el del relato de Manolo Pilares. Era un niño al que, seguramente, el balón no le hacía feliz por no sentirse muy hábil jugando con él. Era un niño que protagonizó un episodio triste y tierno de mi infancia, pues nos afligió ver que lo atacaban tan cruelmente. Y nos afligió aún más la apatía con la que caminaba tras el incidente. Era un niño derrotado al que le divertirían mucho más otros juegos. Inolvidable su imagen caminando desganado y deprimido.
Un recuerdo triste en medio de tantas y tantas vivencias gratas, como un borrón que estropea el cuadro, como un rictus que corta en seco la alegría.
No sabría explicar con precisión el cómo y el porqué, pero aquel niño salió del inolvidable relato de Manolo Pilares.

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