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Fecha: enero, 2016
Viga azul: Dentelladas
Luis Arias Argüelles-Meres 31-01-2016 | 10:22 | 0

Vuelvo a insistir en algo que dejé escrito aquí mismo hace pocas semanas: al Oviedo le falta la voracidad necesaria para noquear definitivamente al rival. Y es que, en esta ocasión, el partido no pudo empezar mejor, jugando bien y marcando un gol con autoridad en los primeros minutos del encuentro. Más aún: en el primer tiempo, se vio a un equipo superior, y ese equipo fue, sin duda, el nuestro.

Sin embargo, nada más reanudarse el choque tras el descanso, parecía que saliamos a verlas venir. Entonces llegó Toquero y marcó. A partir de ese momento, se puso empeño, se hilvanaron jugadas ambiciosas casi continuamente, pero faltaron el acierto y la contundencia arriba.

Cierto es que, a riesgo de equivocarme, me pareció que Koné fue objeto de un penalti no señalado por el árbitro. Cierto es que, lamentablemente, Susaeta desperdició una ocasión excelente para marcar. Cierto es que a punto estuvo de producirse la gloria cuando Cervero disparó fuera por poco. De haber marcado, la apoteosis en el Tartiere estaba más que asegurada. Pero habrá que esperar a que llegue ese gol de Cervero para que la grada explote de júbilo. Sería de justicia, vive el cielo que sí.

Por otra parte, no hay que perder de vista que el Oviedo se enfrentó al líder de la categoría y que, aun así, se hizo merecedor del triunfo, lo que pone de manifiesto que el conjunto azul no perdió su buena racha y que es un equipo consolidado con intensidad en todas sus líneas.

La sensación, al abandonar el Estadio, no era ni mucho menos negativa, sino que sigue habiendo motivos muy fundados para la esperanza. Bueno es haber sido superiores en juego al primer clasificado. Bueno es que el empeño en todos los jugadores no cese. Bueno es que la complicidad con la afición se siga afianzando a pesar de no haber lo grado la victoria.

Tarde de llenazo, tarde de enero con una deliciosa temperatura para las fechas en las que estamos, tarde de comunión azul entre el oviedismo y sus jugadores, donde anida la certidumbre de que esta vez los sueños de gloria podrán cumplirse, o que, en todo caso, no están lejos.

En los aspectos puramente técnicos, digamos, a modo de apuntes, que cumplió Edu Bedia y que su presencia seguramente contribuyó a un juego más ofensivo. Digamos también que no defraudó Nacho López que, a pesar de tanto tiempo sin jugar, se sigue entendiendo bien con Susaeta en la banda.

Y, ya que de bandas hablamos, puede que hubiese sido productiva y positiva la presencia en el once de Hervías, pues su velocidad seguramente hubiera aportado lo suyo en el duelo de hoy.

Hay Oviedo, hay intensidad, hay compromiso, hay juego y hay confianza.

No fue un fracaso el empate, sino más bien una compensación negativa en la balanza de un campeonato en el que la suerte también nos acompañará en otros encuentros.

Faltó suerte y faltó esa fiereza de dar las dentelladas que hagan falta cuando el partido se pone favorable. En ello estaremos, creo, quiero creer.

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Cuando Miguel Ríos suspendió su concierto en Oviedo
Luis Arias Argüelles-Meres 31-01-2016 | 3:22 | 0

Un hombre puede también ser un objeto de amor, de temor o de admiración, y aun de asombro, sin ser por esto objeto de respeto”. (Kant).

“Sólo pretendo testificar en la crónica sentimental de una época y un sucedido que tuvo enorme trascendencia en la historia de estos lugares. El mío es un realismo comarcal» (Manuel Vázquez Montalbán).

 “La música, por una tendencia natural, es aquello que de inmediato recibe un adjetivo”. (Barthes).

 

Se vivían vísperas de muchas cosas. Así, en aquel San Mateo del 82 quedaba poco más de un mes para que el PSOE obtuviese un triunfo electoral tan memorable como irrepetible. Así, aquel era el último septiembre de los 80 en el que el Ayuntamiento de Oviedo no tendría un regidor socialista. Pero, en todo caso, cuando Miguel Ríos suspendió su concierto en la Plaza de Toros de nuestra heroica ciudad, los años de la movida habían llegado, a su modo y manera, también a Vetusta.

Septiembre del 82, tras los últimos Mundiales de fútbol que hasta ahora se celebraron en España. Septiembre del 82, la movida tenía más música que letra, más imagen que palabra, más puesta en escena que texto dramático. Y, en esas estábamos cuando Miguel Ríos suspendió su concierto en la Plaza de Toros de Oviedo.

Nos veíamos con los mecheros encendidos mientras sonaba la versión del Himno a la alegría cantada por Miguel Ríos. Nos veíamos motivados por el ritmo enérgico del rock. Nos veíamos en un concierto que sería la antesala de una noche inolvidable que concluiría por los pubs del Oviedo antiguo.

Pero, como se sabe, todas aquellas expectativas se truncaron. El concierto se suspendió y la escandalera que hubo a resultas de aquello no fue ciertamente pequeña.

Las fuerzas del orden ya no vestían de gris. De no ser por aquel pequeño detalle, estoy seguro de que muchas personas recordarían aquella tarde como la última en la que corrieron delante de los grises. Pero ya no era ese el color de su indumentaria. De todos modos, la contundencia con la que se emplearon contra las gentes que salieron a la calle a protestar no fue pequeña, vive el cielo que no.

Aquel verano no pudo ser despedido a ritmo de rock. ¡Qué faena! Pero se le dijo adiós con protestas y conflictos. Se diría que la música que no llegó a sonar en la Plaza de Toros marcó el ritmo de los acontecimientos hasta que todo aquello se quedó en calma.

Pero la resaca se prolongó. De hecho, hubo un titular periodístico al día siguiente que echó más leña al fuego. El titular susodicho se refería al cantante rockero como un chulo que había pasado por Oviedo. Aquello fue, sin duda, antológico.

Se supo, por otra parte, que Miguel Ríos había sido detenido y que pasó la noche en los calabozos de las dependencias policiales de nuestra ciudad.

Y también resultó muy llamativo que el cantante granadino considerase que su detención se debió en gran parte a ”un intento de cargarse el rock y de hacer propaganda política”. Palabras textuales que las hemerotecas atestiguan.

¡Qué cosas! No olvidemos que hablamos de un tiempo en el que se decía y se creía que todo era política. Y, desde luego, el rock, como música contestaría, no podía ser del gusto de las gentes de orden. Y, desde luego, el rockero Miguel Ríos simpatiza entonces con el PSOE.  De hecho, según  declaró el propio interesado, la noche de su detención en Oviedo recibió llamadas, entre otros, de Alfonso Guerra, mucho más rojo en aquellos días que ahora.

Así pues, un concierto de rock que no llegó a celebrarse. Así pues, correrías y protestas por las calles cercanas a la Plaza de Toros. Así pues, la fiesta continuó, eso sí, de manera atípica.

La pregunta que cabe hacerse es contra quién se protestaba. Desde luego, la actuación del chófer del cantante que, según el relato de algunos testigos, se bajó los pantalones desde el escenario, no ayudó a calmar los ánimos del respetable que acababa de saber que el concierto se suspendía, sino que fue el pistoletazo de salida a los desórdenes que se produjeron en las calles.

Con la perspectiva que da el tiempo transcurrido, aquel episodio de la suspensión del concierto de Miguel Ríos es uno de los más socorridos a la hora de contar anécdotas por parte de quienes vivimos todo aquello.

Y es que, con toda probabilidad,  aquello dio más de sí a la hora de contar aventuras pasadas que lo que hubiera supuesto haber acudido al concierto.

De aquella suspensión, no quedaron las baladas, no quedaron los momentos de recogimiento y calma, por otra parte, no necesariamente menos explosivos, sino que lo indeleble estuvo de lado de la protesta, de la algarada, de la indignación. Si bien se mira, fue muy rockero todo aquello.

Los hijos del rock-and- roll en Oviedo nos quedamos sin concierto en el 82, nos quedamos sin himno, sin la música trepidante de nuestro discurso en el que no faltaba la indignación, en el que las ansias por decir alto y claro lo que pensábamos y sentíamos no eran ciertamente escasas ni silentes. Toda una orfandad que sustituimos expresándonos en las calles de un modo que los responsables de las fuerzas del orden no consideraron adecuado.

Llegó la noche y, claro está, no se hablaba de otra cosa. Llegó la noche y la música sí que sonaba en los pubs. Llegó la noche y la certeza de que estábamos en vísperas de muchos cambios era total.

¿Qué explicación podía tener que Miguel Ríos hubiese suspendido concierto caprichosamente? Aquello no podía encajar. Pero tampoco había forma de explicarse por qué no se había avisado con tiempo aquella suspensión, lo que hubiese evitado los incidentes.

La última cerveza de la aquella noche mateína en un pub. Sonaban los Rollings. Ya nos quedaban pocas palabras que decir tras las vivencias compartidas. Ya no tocaba dar más vueltas a lo sucedido. Tocaba esperar por octubre, inicio del curso académico y político. Tocaba preguntarse cuántas cosas pasarían en la vida pública a lo largo de los próximos meses.

Al llegar a casa, en la calle Toreno, el periódico me esperaba sobre felpudo. Como antes dije, la portada era antológica. Antes de dormirme, recordé a Jagger con su manguera empezando un concierto.

Alguien, muy especial entonces, me sonreía. Nos sonreíamos, eso sí, sin ñoñeces.

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Panorama vetustense: Desde el Teatro Campoamor
Luis Arias Argüelles-Meres 29-01-2016 | 9:59 | 0

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«Lo único que puede acercar una generación a otra por encima de tanto tiempo, lo único que puede acercarlas es –sería si se lograse- una comprensión de sus vivencias de sus elementos intactos. A eso llamo inocencia, a un tiempo anterior”. (Rosa Chacel).

 

En efecto, inocencia de un tiempo anterior, cuando transitamos escenarios que evocan la infancia y, ante ello, invocamos esa etapa de la vida en la que el mundo era cordial y favorable. En efecto, una tarde de éstas, tras recorrer el Campo de San Francisco con Carmela (una cachorra de mastín tan vivaz como adorable), camino de casa, me senté en un banco situado en una de las fachadas del Teatro Campoamor, que mira a la Plaza del Carbayón.

Llegó un momento en que dejé de ver lo que tenía ante mí y, con ello, di paso a evocaciones e invocaciones. Llegó un momento en el que, además de recordar juegos y andanzas por los mismos escenarios, no puede pasar por alto la evolución de esta ciudad en los últimos años, evolución que se plasma también en el rincón donde me detuve.

En esa hora en la que la luz del día se va retirando, empujada no sólo por el atardecer sino también por las luces de la ciudad, tanto las estáticas de las farolas como aquellas otras que se mueven sin cesar de los vehículos que por allí transitan, cuando además la buena temperatura contribuye a que esa parada sea cómoda, en esa hora, digo, crepuscular y melancólica, no podemos no pensar, más allá de las consideraciones personales, en tantas oportunidades perdidas, en tantas equivocaciones cometidas, en tantos atropellos a la razón.

¿Cómo es posible que en toda la ciudad no haya salas de cine comerciales? ¿Cómo es posible que en una ciudad en la que se ensancharon las aceras en tantas calles no se haya pensado en que algunas vías públicas lo demandaban mucho más que otras? ¿Cómo es posible en que en determinadas calles no se haya respetado, con la escrupulosidad debida, la estética de ciertas fachadas?

¿Cómo es posible que, cerca del Teatro Campoamor, camino de la entrada de la autopista, se haya podido llegar a  la situación actual en el solar donde estaba ubicada la vieja Estación del Vasco? ¿Cómo es posible –y admisible- que se hayamos llegado a esa ruina no sólo económica, sino también estética?

Y es que uno se acerca al mencionado solar y se horroriza no sólo ante la susodicha ruina, sino también ante el mero recordatorio de las famosas trillizas calatraveñas que el famoso arquitecto llegó a proponer en una visita a Oviedo hace unos cuantos años.

Carmela se tumba a mis pies. Pasan muy cerca de nosotros oleadas de coches. Muchos de ellos provienen de la entrada de la autopista. Si dejo de verlos y de oírlos, con las invocaciones y evocaciones antes referidas, me pregunto cómo sería esta ciudad si no se hubiera cometido semejante barbaridad. Me pregunto por qué no se conservó la Estación del Vasco, o se hizo en ella un museo de nuestra pequeña historia, esa misma que, a un tiempo, nos oxigena y nos llena de melancolía.

Carmela se despereza. Vamos camino de casa. Y me pregunto si se consolidará esa ruina, si perdurará esa infamia, infamia no sólo estética.

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Recuerdos de Oviedo: LA PERLA
Luis Arias Argüelles-Meres 24-01-2016 | 3:57 | 0

“Si es o no invención moderna, / vive Dios que no lo sé, / pero delicada fue/ la invención de la taberna./ Porque allí llego sediento,/ pido vino de lo nuevo,/ mídenlo, dánmelo, bebo,/ págolo y voyme contento”.  (Baltasar del Alcázar).

 

Más que un chigre, más que un bar, más que una tasca, más que una taberna, más que todo eso –y también todo eso- fue la Perla. Era un establecimiento que tenía bula para no seguir moda alguna en lo que a remodelaciones se refiere. Era un establecimiento que daba salida en gran medida a una de las carencias de Asturias, esto es,  a nuestra escasa producción de vino, más escasa antes que actualmente.

Era un establecimiento situado en pleno centro de Oviedo, cuyos reclamos principales eran éstos que siguen. De entrada, allí no cabía entonar en modo alguno el tempus fugit. Allí todo seguía igual. Y, en segundo lugar, el vino que   servían, auxiliado por el ambiente que lo rodeaba, no estaba nada mal.

La Perla no competía con nadie, pues era distinto al resto de la hostelería carbayona. Si me apuran, podría compararse, forzando bastante la cosa, con el Manantial, pero eran tantas las diferencias que la susodicha comparación apenas tendría cabida.

Tenía tal encanto el bar la Perla que, sin ser un establecimiento amplio, allí, hasta donde pude comprobar, no se cernía sobre nadie la sensación de abigarramiento ni de falta de espacio. Era el suficiente, era, por decirlo al modo llariego, “la cuenta”.

Pero su encanto no radicaba sólo en lo atopadizo que resultaba, en lo que pesaba mucho lo antes apuntado en el sentido de que el local no envejecía, no se pasaba de moda, sino también en que, de algún modo, allí todo el mundo se encontraba a gusto con independencia de la franja de edad, de la clase social o de los temas predilectos de tertulia.

El protagonismo lo tenía el local, y no las gentes que lo frecuentaban. El protagonismo lo ganaba su hermosa sobriedad, su desdén hacia el paso del tiempo, su indiferencia ante cualquier tipo de etiqueta. Era el bar la Perla el pedigrí de lo de siempre, la elegancia que desconoce el esnobismo, la certeza de saberse acogedor.

Recuerdo la primera vez que entré en la Perla en compañía de mi padre. Antes habíamos estado en la Librería Santa Teresa y en el  Bar Pelayo. Si la memoria no me falla, la primera imagen que rescato es la de las viejas maderas de las mesas, así como las medias botellas de vino que por allí pululaban. En nada, se parecía al bar Pelayo, tampoco, al Paredes, también muy cercano.

¿Qué era la Perla entonces? Probablemente, un templo del vino, pequeño, como todo lo que es y resulta genuinamente asturiano, pequeño en nuestro grandonismo que va en el guion  y también en el tópico. Templo del vino. Acaso más bien, pequeña ermita.

Unos cuantos años más tarde, recuerdo la mañana en que comenzaron las vacaciones de Navidad, en mis tiempos de estudiante en la Plaza Feijoo. Allí fuimos, de forma imprevista, a la hora del vermú. Y pude darme cuenta entonces de esa pluralidad en el paisanaje de la que hablé un poco más arriba, pluralidad bien llevada. Nadie estaba de más, nadie desentonaba, nadie parecía tener allí más fueros.

Grabada tengo la imagen de aquella mañana neblinosa y fría, en la que fuimos a parar a la Perla, en la que el tema de conversación era un libro de Goytisolo (don Juan) llamado “Makbara”, y, más que el libro, lo que ocupaba nuestras disquisiciones era  tan tremendo el grado de ruptura con las técnicas de narración clásicas por parte de Goytisolo. No se trataba, sin duda, de su mejor libro, lo que no impedía ver la interesante y arriesgada apuesta que llevaba a cabo. En todo caso, allí estábamos aislados del resto y viceversa, ningún ambiente fagocitaba a otro, y aquella puesta en escena atemporal nos resultaba muy reconfortante.

Fíjense: lo pequeño que en el caso de la Perla, en modo alguno estaba reñido con lo plural. Fíjense: allí ninguna moda, ningún atuendo se erigía en reclamo. Todos pasábamos por allí y se nos recibía con elegante indiferencia, con señorial desdén. ¡Casi nada!

Pasó el tiempo, y, ya en el año 2001, me llamó mucho la atención un artículo que José María Gulbenzu escribió en “El País”, artículo que de alguna manera venía a ser una especie de elegía escrita al establecimiento que aquí nos trae. Lo tituló de esta guisa: “El chigre absoluto”.

Para Gulbenzu, el encanto de la Perla radicaba en que venía a ser una especie  de cueva, de vieja bodega. Y no iba nada descaminado en su artículo. El chigre de Oviedo que más se pareció a una bodega, en lo que se refiere a su penumbra, al color arrasado de sus maderas. El chigre que rendía culto al vino. El chigre que no era lagar, sino bodega.

Jamás olvidaré ese artículo que –insisto- es una hermosa elegía dedicada a uno de nuestros establecimientos más esenciales y entrañables (No diré “emblemáticos”, vive el cielo que no).

Jamás olvidaré, en fin, la naturalidad y agrado con que todo el mundo se sentía allí. Rendir culto al vino sin oropeles. Rendir culto al vino con poca luz. Rendir culto al vino sin connotaciones sociales. Un chigre para el vino en el centro de Oviedo.

No son pocas las anécdotas que se cuentan del dueño de la Perla. Puedo prometer y prometo que jamás vi a ningún ratón por detrás de la barra. Pero, en todo caso, lo singular del caso es que se habilitó una especie de bodega en los bajos de un edificio por puro azar, y es azar llevó a lo genuino.

Sigo viendo aquellas pequeñas botellas de vino tinto. Sigo recordando la capacidad de acogida de la Perla. Sigo lamentando que doña Especulación Inmobiliaria haya perpetrado un crimen así desde su escandalosa y desaprensiva ignorancia.

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Panorama vetustense: Triste Oviedo sin apenas terrazas
Luis Arias Argüelles-Meres 22-01-2016 | 10:09 | 0

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“Una tarde triste. Compro un pastel. La camarera, al servir a un cliente, dice ‘voilà‘. Ésa era la palabra que yo decía cuando le traía algo a mi madre mientras la cuidaba. Es algo que nos hemos dicho ella y yo durante toda la vida. El episodio de la camarera me ha hecho saltar las lágrimas”. (Barthes). 

 

¿Quién nos iba a decir que la ciudad lluviosa por excelencia, en la que sus habitantes se acomodaban casi a ser anfibios según la narración clariniana, se iba a quedar tan triste con las terrazas de sus  bares y cafés casi desaparecidas o, en muchos casos, orilladas junto a los bordillos de las aceras? Sin duda, el paisaje vetustense es, desde principios del presente mes, mucho más triste. Oviedo languideció tras la aplicación de la normativa que aprobó al efecto el anterior Gobierno municipal.

Miren, no seré yo quien se dedique a hacer digresiones leguleyas sobre todas las normativas al propósito en esta era de las prohibiciones que vivimos. Pero lo cierto es que, al pasar por la calle Fruela, por la Avenida de Galicia, por la calle Uría, y por otras muchas vías públicas, es inevitable sentir tristeza.

Y es que, miren ustedes, las terrazas no sólo son el último recurso que nos queda a los que fumamos para no ejercer el vicio de modo onanista, sin tener sobre nosotros techumbre alguna, sino que, además, y por encima de todo, son puro espectáculo, son parte muy importante del  particular paisaje de cada calle y de cada ciudad. Lo curioso y lo paradójico es que no sólo se contempla lo que pasa en la vía pública por parte de las personas que, acomodadas en las terrazas, ven el fluir de las calles, los días y los trabajos de sus viandantes, sino que además los espectadores forman también parte del espectáculo.

Si todos convenimos en que los soportales son un plus de vitalidad que permiten estar al aire libre y a la vez estar a techo, algo muy similar sucede con las terrazas. Desde algunas terrazas de Oviedo, es (era hasta principios de este mes) una delicia conspirar, o ver cómo se conspira. Desde algunas terrazas de Oviedo, los espectadores son también figurantes del fluir cotidiano.

Miren, dejen hasta donde les sea posible las rigidices de normativas reales o inventadas, y hablen, hablen con la gente, con toda la gente, con los hosteleros, con los clientes y con los vecinos, y desplieguen  puentes. Seguro que el acuerdo es posible en muchos casos para que las terrazas no desparezcan, sin que ello implique que la movilidad de los peatones se vea siempre obstaculizada.

De momento, hay más paro en la hostelería. De momento, las calles están más tristes. De momento, hay menos escenarios para conspirar. ¿De verdad no hay forma de reconducir esto? ¿De verdad no hay forma de que se alcancen acuerdos aceptables para todas las partes implicadas? ¿De verdad, hay que resignarse  a que el desolador paisaje después de la puesta en marcha de la normativa vigente se haga definitivo?

Se lo ruego: dialoguen. Dialoguen contra la tristeza, dialoguen por la alegría, dialoguen por hacer más fáciles las conspiraciones. Dialoguen para que el paisaje vetustense sea más espectacular y contemplativo.

Había un hombre sentado a la mesa de una céntrica terraza de Oviedo. Veía las idas y venidas de nuestros políticos llariegos. Sus gestos eran incesantes y clarificadores. Ignoraba, no obstante, que, desde su atalaya, él también era espectacúlo.

Por favor, que esto no decaiga, que siga el espectáculo.

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