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Fecha: febrero, 2016
Viga azul: Vencer convenciendo
Luis Arias Argüelles-Meres 29-02-2016 | 1:24 | 0

Por fin, llegó una victoria clara. Por fin, el resultado logrado fue contundente, ello a pesar de que en el primer tiempo no se materializaron algunas ocasiones favorables de las que dispusimos; ello a pesar de que el árbitro empezó siendo demasiado riguroso en las tarjetas contra el Oviedo y un tanto laxo a la hora de  tomar decisiones en jugadas dudosas.

Lo cierto es que, si bien en el primer tiempo parecía que el gol se resistía demasiado, la entrada de Koné fue providencial contribuyendo a que el marcador empezase a hacer justicia. Salió, como siempre, con ambición, y esta vez su empeño y esfuerzos obtuvieron la merecida recompensa.

Lo cierto es también que durante gran parte del partido las dudas nos acechaban. Hubo indecisiones e inseguridades que nos acogotaron en más de una ocasión. Y también estaba el temor de que el Elche pudiera darnos un disgusto en algún contrataque bien llevado. Por fortuna, no fue así, porque el Oviedo apenas bajó la guardia y, sobre todo, no renunció en momento alguno al triunfo.

Hacía mucha falta una victoria como ésta, contundente, que diese confianza al equipo, que rompiese con el maleficio de conseguir victorias no sólo por la mínima, sino también agónicas. Hacía falta que Koné tuviese minutos de gloria, tras una larga serie de partidos en los que empezó a ser discutido. Hacía falta que la sociedad entre Diegui y Susaeta funcionase tan bien como el año pasado lo hicieron Nacho López y el propio Néstor. Hacía falta –y mucha- que se viese un jugador con clarividencia y autoridad a la hora de dirigir el juego del equipo. Y, en este sentido, se demostró que Michel tiene condiciones y categoría para ello. Hacía falta, en fin, que en las gradas, más que ayes de angustia, se entonasen cánticos de victoria en determinados compases del juego, tal y como sucedió hoy.

Domingo invernal con el que se despidió febrero. Y, a pesar de ello, el Oviedo vio el cielo abierto en su enfrentamiento contra el Elche a partir del gol de Koné. Podría decirse que se libró una doble batalla, contra los elementos y contra un equipo bien ordenado, y que salimos victoriosos convenciendo.

Así pues, en un domingo frío, lluvioso y con nubarrones, podría decirse que el panorama para el Oviedo empieza a despejarse, pues el equipo se afianza, primero, con una solvencia defensiva que tardó varias jornadas en conseguirse. Segundo, con ambición y entrega. Y, hoy, por fin, con un resultado amplio y cómodo.

Ciertamente, no es poco.

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Recuerdos de Oviedo: Laura Antonelli en el Cine Ayala
Luis Arias Argüelles-Meres 28-02-2016 | 3:32 | 0

Resultado de imagen de Laura Antonelli, malizia

“La memoria no es lo que recordamos, sino lo que nos recuerda. La memoria es un presente que nunca acaba de pasar“. (Octavio Paz).

Si la memoria no me falla, “Malizia”, la película que protagonizó Laura Antonelli en el 73, llegó a Oviedo tres años más tarde, concretamente al cine Ayala en los primeros meses del 76. ¡Ay, el 76! ¡Ay, el cine italiano! Se convenía entonces que, si bien la filosofía más sesuda y sedicente venía de Francia, con Sartre encabezando la comitiva, el gran cine de entonces tenía su cuna en Italia. Pongamos que Visconti, Fellini, Bertolucci y compañía.
Invierno del 76. Por la noche, tocaba ir al cine. Y fuimos a ver la película que tenía como principal reclamo el delirante atractivo de Laura Antonelli. El sexo, sobra decirlo, formaba parte muy importante de las libertades a recuperar y a revindicar. Además, como la película era italiana, no incurríamos en nada ilícito, es decir, en convertirnos en espectadores de españoladas zafias para reprimidos.
No tardamos en darnos cuenta de que el guion podía ser el de una españolada del destape. Sólo cabía una crítica “profunda”: la condición social de la película que retrataba a una familia pequeño burguesa en la que una joven sirvienta despertaba la lujuria tanto en el desconsolado viudo como también en sus hijos adolescentes. Pero era muy poco serio argumentar tal cosa a la hora de justificar el contenido de la película. Allí, no había mensaje transcendente, ni forma de enarbolarlo. Allí, lo que se ofrecía era disfrutar de la voluptuosidad de una actriz que acabaría formando parte de nuestra educación sentimental. Pero ésta sería otra historia.
Invierno del 76. Podía escucharse un disco de Aute que contaba con un fuerte componente erótico: “Espuma”. Por su parte, como escribí en esta misma página, Patki Andión compareció aquel mismo año con un disco memorable, “Tabaco y Oro”. Y, en el cine patrio, se había pasado del destape, permitido si su santidad el guion lo exigía, al desnudo integral.
Invierno del 76. Incertidumbre en una vida pública cargada de rumores y noticias. Conflictividad social y laboral en aumento. Miedo a perder las libertades que, entre balbuceos, parecían ir recuperándose. Miedo a que, una vez más, algunos decidiesen salvar a la patria con métodos muy clásicos en nuestra historia más reciente.
Un día a día con más interrogantes que certidumbres. Un día a día en el que, a pesar de todo, la esperanza de un tiempo nuevo se abría camino machadianamente, eso sí, entre no pocos temores.
¿Y aquella película abría horizontes, mostraba que las libertades estaban llegando para quedarse, o más bien formaba parte de un pan y de un circo que, a decir verdad, no era mucho lo que en rigor garantizaba?
Invierno del 76. Calles de Oviedo. Noche invernal. ¿Y si nos olvidábamos del guion, vulgar y socorrido? ¿Y si nos quedábamos con la voluptuosidad de Laura? ¿Y si nos centrábamos en aquel cuerpo que cumplía, esta vez sí, el guion al que parecía destinado, esto es, una escenificación de un cuerpo de mujer que sabía despertar el deseo con delirio?
¿Acaso el deseo no tenía su componente innegable de transgredir la pacata moral al uso? ¿Acaso el deseo no iba también más allá de las otras moralinas más o menos librescas? ¿No era de suyo lo suficientemente importante para no necesitar de discurso moral alguno que lo justificase? ¿Acaso podía negarse que el cuerpo de Laura Antonelli, al que ella misma sabía sacarle un enorme potencial gustándose a sí misma, contaba con argumento, nudo y desenlace? Argumento para enganchar, nudo para interesarse intensamente por lo que daba de sí y desenlace en espacio y tiempo oníricos, desahogando los delirios acumulados, tan fácilmente rescatables en la memoria.

Invierno del 76. Noche fría y húmeda en Vetusta. Salimos del cine Ayala sin saber aún – insisto- que, para muchos, Laura Antonelli formaría parte de nuestra educación sentimental en aquella adolescencia que vivíamos apresuradamente de sorpresa en sorpresa, de asombro en asombro, de incertidumbre en incertidumbre.
No, no sabíamos que en aquel mismo año, la protagonista de “Malizia” desempeñaba un papel importante en la última película de un gigante como Visconti. Se trataba, nada menos, que de la adaptación cinematográfica de una novela de Gabrielle D’Annunzio, “El Inocente”. En tal película, no había sitio para la frivolidad y, sin embargo, la belleza de la actriz llegaba a estremecer.
Cine Ayala, que dio protagonismo a Laura Antonelli, no sólo por la película de la que venimos hablando, sino también por otros títulos que en esa misma sala pudieron verse , algunos infames, como el que tenía por título “¡Dios mío, como he caído tan bajo!”.
Cine Ayala, que acogió a uno de los grandes mitos eróticos de la última mitad del siglo XX, como fue Laura Antonelli, cuya trayectoria terminaría trágicamente el pasado año.
Sea como sea, aquellos años primeros de la transición no podrán explicarse sin muchos de sus iconos, sin muchos de sus reclamos estéticos, sin un cine europeo que en aquel año 76 ya estaba en decadencia.
Y no podrá explicarse la intrahistoria de varias generaciones de nuestro país sin este mito erótico que, como dije más arriba, al margen de la mayor o menor calidad de las películas que protagonizó, ocupará siempre un lugar relevante en la educación sentimental de una España que salía de una dictadura represiva en todos los órdenes y que se encontró con que el deseo llamaba a la puerta sin que las sotanas, las tocas y la censura pudieran obstruirle el paso.
Un cuerpo de ensueño, un erotismo que, nunca mejor dicho, rompía costuras, unas historias prescindibles que no sustentaban a aquel cuerpo, sino que se caían como la ropa que iba dejando por el suelo al tiempo que sus curvas avanzaban hacia la hornacina del deseo para ser mirada y admirada, para ser contemplada como a una diosa de la lujuria sin que ninguna moralina de pacotilla pudiese privarla de resplandor alguno.
Cine Ayala. Invierno del 76. Laura Antonelli: lo onírico desplegándose por la sábana del séptimo arte. Sábana húmeda y humedecida, con la ropa interior que sabía quitarse y ponerse con una maestría que hechizaba.

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¿Y qué dice Gabino de Lorenzo?
Luis Arias Argüelles-Meres 26-02-2016 | 2:57 | 0

“Es preciso tener en cuenta que mi propósito no es escribir historias, sino vidas”. (Plutarco).

 

El óxido en el Calatrava. La ruina de la plaza de Toros. El abandono de los edificios del antiguo hospital. Las cuentas que no salen. Las goteras incesantes de unas deudas resultantes de despilfarros megalómanos. La resaca de aquellos días en los que muchos quisieron creerse que Oviedo podía ser Camelot. El Real Oviedo, ya redivivo, a pesar del empeño que tuvo el ex Alcalde en hacerlo desparacer.

¿Y qué dice Gabino, atrincherado en su canonjía de la Delegación del Gobierno en funciones? ¿Y qué dice Gabino al conocer las imputaciones que tienen sobre sí antiguos ediles suyos de la mayor confianza? ¿Y qué dice Gabino al ver los bastos que pintan para su partido tanto en el ámbito local como en el resto del Estado?

Atrincherado, digo, en su canonjía. Apenas se le vio cuando los incendios arrasaron tantas hectáreas en Asturias. Sobre los asuntos capitalinos, tiempo hace que anunció su voluntad de no pronunciarse al respecto. Pero se da el caso de que no sólo guarda silencio sobre el presente, sino también sobre las consecuencias que están acarreando muchos proyectos suyos, entre ellos, el del Asturcón.

Ya no es un empresario equino, ya no nos deleita con actuaciones de Zarzuela, haciendo de don Hilarión al llariego modo, ya no desliza frases zafias que pretenden ser campechanas, ya no cuenta con aduladores de pro que lo presenten en actos públicos, ya no hay ilustres que firman manifiestos a su favor, ya no cuenta con un respaldo mediático que corea alabanzas sin cesar, al tiempo que silencia disparates.

¿Y qué dice Gabino? No nos dejó como herencia una ciudad plagada de Palacios, su Camelot. Los artistas de encargo ya no lo ensalzan, una vez que abigarró la ciudad al modo del vestíbulo de la casa de un nuevo rico.

Ahí está el Calatrava. Ahí está lo que puede verse en el antiguo solar de la Estación del Vasco. Ahí está su partido sin una cabeza visible en Oviedo que sea una referencia para este presente convulso y prorrogado que vivimos. Ahí están sus ocurrencias de gracioso de chigre de las que ahora nadie parece querer acordarse, ni siquiera los que tanto lo ensalzaban.

Desde la Delegación del Gobierno, en silencio, casi sin presencia pública, el que iba para Alcalde perpetuo de Vetusta  ve cómo se desmorona un discurso de grandonismos, una estética de advenedizos, unos coros y danzas que actuaban por intereses no muy filantrópicos.

¿Y qué dice Gabino ante tanto óxido?

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Recuerdos de Oviedo: 59 años
Luis Arias Argüelles-Meres 21-02-2016 | 3:02 | 0

“Hay un vacío/ en mi aire metafísico/ que nadie ha de palpar: / el claustro de un silencio/ que habló a flor de fuego”. (César Vallejo).

“O eras tú la cintura de aquella guitarra/ que toqué en las tinieblas y sonó como el mar desmedido. / Te amé sin que yo lo supiera, y busqué tu memoria. / En las casas vacías entré con linterna a robar tu retrato”. (Neruda).

 

Martes, 16 de febrero del presente año, ocho de la tarde. Cuando llego a las proximidades del Campoamor, me da la impresión de que hay luz en el segundo piso de la Plaza del Carbayón, número 3, la que fue nuestra casa familiar. Y se da el caso de que a esa hora cumplo 59 años.

Conforme me acerco a la plaza del Carbayón, me doy cuenta de que no es que hubiese luz dentro, sino que la exterior se reflejaba en los cristales del mirador y del balcón, causando un efecto óptico engañoso. Sin embargo, compruebo minutos más tarde que, en efecto, esas luces se encienden.

¿Cómo no detenerse entonces frente a aquella casa en la que se esperaba una nueva vida el 16 de febrero de 1957? ¿Cómo no pensar, más que en el tiempo transcurrido, en el relato de aquella tarde noche  en la que vine al mundo y que tantas veces me contaron? ¿Cómo no rescatar los primeros recuerdos de mi infancia, asociados siempre a esta plaza y a Lanio? ¿Cómo no tener presente, más allá de los tópicos, lo que significa ir cumpliendo años, lo que ello significa con el verbo estar y con el verbo ser?

Pero no nos pongamos metafísicos. Lo que pretendo con estas líneas es contar, relatar, narrar, es evocar recuerdos, tantos y tantos que me llevan al momento de cumplir los 59 años.

Escaleras de madera, de un color exageradamente pálido a fuerza de tanta lejía. El largo pasillo de la casa, donde estaba el teléfono. Había que llamar al 009 para hablar fuera de Oviedo. La cocina que daba a la calle de la Luna. Allí, me encontré con mi primera bicicleta como regalo de los Reyes Magos, bicicleta que estaba deseando llevar a Lanio.  El comedor, los miradores desde donde se veía el transcurrir cotidiano de este rincón de Oviedo, donde todo estaba al alcance de la mano, donde lo desconocido sólo podía ser imaginado, donde todo el entorno humano era, en mayor o menor medida, familiar.

Mi padre, que en las horas que estaba en casa, escribía sus textos escolares en el comedor, acompañado  muy frecuentemente de la radio. Mi madre, que, como ya escribí en alguna ocasión, me enseñó a disfrutar del transcurrir cotidiano, de personas y vehículos desde el mirador de aquella casa.

La parada de taxis bajo nuestra casa. Las obras que convertirían el antiguo Caserón de Santa Clara en la Delegación de Hacienda. La cercanía de los Alsas, que nos llevaban a Lanio, a veces directamente, a veces, previo paso por Cornellana. La proximidad de la Estación del Vasco cuyos trenes nos  conducían a Pravia.

El momento en que vi por vez primera la televisión en el comedor de la casa, a los seis años, momento que coincidió con la presentación de los programas que iban a emitirse a lo largo de la tarde.

Aquel comedor, en el que tantas horas pasábamos, comiendo y cenando, estudiando, jugando a las cartas.

Un mundo donde lo ajeno no haría su aparición en los años de infancia. Un mundo de juego y confianza, un mundo sin más temores que los que podía urdir la imaginación infantil, temores que se desvanecían tan pronto entraban en contacto con la realidad.

Una vida que arrancó hace 59 años en la plaza del Carbayón, en el cogollo de nuestra ciudad, y que lo hizo en un tiempo en el que, aun siendo la segunda mitad del siglo XX, perduraban todavía vestigios del XIX, como los lecheros que usaban el carro y el caballo como transporte, como las carboneras en los bajos del edificio. Un mundo que se transformaba.

59 años, digo, que, en alguna medida, son tres siglos: los vestigios del XIX a los que acabo de referirme, el siglo XX, con su memoria y pesadillas, y el siglo XXI actual. Todo ello, según los tópicos, en un suspiro, pero un suspiro profundo que abarca tanto y tanto.

No creo, con perdón de César Vallejo, que el día que nací Dios estuviese enfermo, más bien, me atrevería a asegurar que el mundo caminaba a pesar de las trabas del momento y de los lastres del pasado. Más bien creo, que la intrahistoria entendida al unamuniano modo seguía nutriéndose de los trabajos y los días de tantos sueños y angustias.

16 de febrero de 2016, hay una luz en aquella casa, que no llega a iluminar los cristales, se diría que es más bien penumbra. Los que quedamos de aquel entonces puede que ya no seamos los mismos, que diría Neruda, pero es mágico percibir internamente que esto que estoy contemplando me habita, lo llevo incorporado, forma parte  del repertorio de vivencias que viaja conmigo en esa mochila invisible externamente de la memoria individual, partícula de una intrahistoria que va mucho más allá.

Saber que estamos, saber que somos, saber que mucho de lo que en cada momento nos abruma y nos cercena no es más que una vestimenta que, en el momento mismo en el que la memoria rebobina, va a parar al perchero hasta nueva orden.

Somos también aquello que descuidamos, aquello que dejamos en una especie de desván, al que necesitamos visitar con cierta asiduidad para recomponer el relato de lo que nos forja y nos sostiene.

59 años que celebro en el mismo entorno que me vio nacer. ¿Cómo no sentir un vértigo inevitable, unos ayes llamados a conmover al ver y recrear paredes, balcones, aceras, edificios que dan cuenta del momento en el que llegamos a este mundo, que dan cuenta del momento en el que nuestra vida comenzó su andadura?

Y lo curioso es que no estoy volviendo la vista atrás como el personaje bíblico, sino que siento y percibo que el presente se ensancha con las incorporaciones que la memoria despliega.

Soy el niño que bajaba y subía correteando por las escaleras del edificio que está frente a mí. Soy el niño que hablaba con los taxistas. Soy ese niño que escuchaba a su madre en el mirador. Soy el niño que se acostumbraba al ritmo de las teclas de la máquina de escribir de mi padre. Soy el niño que me preguntaba qué podía haber dentro del televisor. Soy el niño que le habla al adulto. Soy el adulto que mima al niño. Soy un presente continuo al que contemplan 59 años. Soy un presente continuo que contemplo esos 59 años. Soy un presente continuo que sigo recordando  lo rescatado y anticipando lo que va a acontecer.

Soy esa vida que sigue, que tiene que seguir, que quiere seguir, porque, como escribió Lorca, soy amor, soy naturaleza. Porque lo soñado junta pasado, presente y futuro. Y bulle. Y hasta se escabulle de aquello que Quevedo llamó la ley severa.

LUIS ARIAS ARGÜELLES-MERES

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¿La Madreña a juicio?
Luis Arias Argüelles-Meres 19-02-2016 | 1:45 | 0

 “Por lo que a mí respecta, prefiero ser importuno e indiscreto que adulador y fingido”. (Montaigne).

 

Cuando la vieja política consiguió que, por fin, la sociedad dejase de estar adormilada y ausente a pesar de tantos agravios, una serie de movimientos sociales que tenían como hilo conductor su indignación, se hicieron visibles en las calles y en los medios y pusieron de manifiesto otra de las grandes dicotomías orteguianas, la de la España real frente a la España oficial que estaba tan encantada sin tener que soportar presiones y protestas.

Como se sabe, por estos lares, fueron muchos los indignados que ocuparon la antigua Consejería de Sanidad, edificio conocido como “La Madreña”. Fueron unos “okupas” muy singulares, pues se servían de un edificio público no sólo para hacerse oír, sino también para debatir más sobre lo humano que sobre lo divino. Era el germen de “Podemos, no sólo, pero también.

Pero llegó el momento en el que el poder establecido decidió demoler aquello, sin que tal medida supusiera un proyecto de algo nuevo que fuera a sustituirlo. La piqueta desalojó a lo indignados, y aquello también tuvo su parte de exhibicionismo por parte de alguno. Pero, en todo caso, estaba claro que había que pasar a otros escenarios para seguir manifestando la indignación.

No deja de ser curioso que, en su momento, un político tan veterano como Rozada le pidiese a Emilio León que diese el paso a presentarse a unas elecciones y abandonase, digámoslo así, estar a la contra fuera del sistema.

Pues bien, en un momento como éste, en el que la vieja política sigue agonizando, parece ser que se abre un proceso contra personajes destacados de aquel movimiento ciudadano de protesta. Su delito fue ocupar organismos oficiales, invadir un edificio público.

Se juzga, pues, aquello que dio origen a que la nueva política no se quedase en lo marginal y en lo asambleario. Se juzga el punto de partida.

No voy a entrar, desde luego, en disquisiciones leguleyas, en tecnicismos jurídicos. Lo único que pretendo es plantear el significado que, a día de hoy, puede tener este proceso, máxime si se tiene en cuenta que muchos de aquellos “ilegales”, sin siglas, sin presencia en las instituciones, están batallando a día de hoy en la política oficial para disgusto de muchos, para satisfacción de otros tantos.

Pregúntese el lector si aquella “okupación” de “La Madreña” causó daños al erario público. Pregúntese el lector si aquello supuso ataque alguno al bienestar de la ciudadanía. Pregúntese el lector en qué puede dar todo esto más allá de la socorrida inmediatez de lo más actual que tiene su eco en la opinión publicada.

¿Se hubiera demolido aquel edificio en el caso de que allí no se albergara pequeña parte de la indignación?

Por otra parte, al ser un edificio público en desuso, ¿no podía haber sido considerado “casa del pueblo” por esa izquierda de siglas que nada tiene que decir ante la práctica desaparición de la Obra Social de la Caja de Ahorros?

¡Ay!.

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