El Comercio
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Fecha: marzo, 2016
Viga azul: Pitos y flautas
Luis Arias Argüelles-Meres 27-03-2016 | 11:06 | 0

En los prolegómenos del partido, tuvieron un gran protagonismo los sentimientos encontrados. La rumorología está ahí y eso hace que haya cabreo con determinados jugadores, que recibieron pitos no a causa de su mal juego, que no fue el caso, sino como consecuencia del mal ambiente que se creó tras la dimisión de Egea. Hay cosas que llaman la atención: por ejemplo, que no se haya contado con Diegui que tuvo una larga racha como titular y nadie discutió su rendimiento.  Además, ambos es  canterano.

Dicho esto, lo cierto es que, especialmente Fernández, que en los primeros encuentros del  campeonato no tuvo un rendimiento óptimo, hoy cumplió con su tarea, luchó e hizo un buen partido. Lo cierto es también que fue, con diferencia, el jugador más pitado, junto a Erice. Pero, en todo caso, hoy no hubo pájaras, hoy todo el mundo luchó y la victoria lograda fue tan clara como indiscutible. Es de esperar, por tanto, que el encuentro de hoy marque un antes y después tras las tres derrotas consecutivas y la polémica dimisión de Egea y que el Oviedo siga arriba luchando por el ascenso. Mimbres, sin duda, no nos faltan.

En cuanto al choque de hoy, hay que alabar el juego de Koné, la omnipresencia de Susaeta, la eficacia de Toché, así como la irrenunciable apuesta del conjunto azul por dominar el partido y el balón. Acaso cabría esperar que Michel vaya más allá en su papel de director de orquesta. No se trata sólo, en lo que se espera del centrocampista, de no arriesgar en los pases, sino también de repartir juego con mayor vocación ofensiva, regalando a la hinchada esos pases inteligentes que llevan un peligro letal.Sea como fuere, no es cuestión de poner pegas, sino de tomar acta de que los jugadores no tiraron la toalla, sino que, al contrario, hicieron un partido en el que el conjunto azul se reivindicó tras la crisis de las tres últimas derrotas, con todo lo que conllevó.

Tiempo habrá, supongo, de aclarar lo sucedido, pues el oviedismo se merece ser tenido en cuenta y no estar condicionado por rumores que, desde luego, no facilitan ese compromiso que se pide a la afición.

Entre pitos y flautas, el Oviedo ganó con poderío y convencimiento, un Real Oviedo que sigue creyendo –y motivos tiene para ello- en sus posibilidades. Lo que toca es que esta racha ganadora continúe y que David Generelo se consolide como un buen entrenador.

Y, a propósito de Generelo, sería muy hermoso estéticamente que le pueda dar a este equipo como entrenador las satisfacciones y glorias que, a pesar de su calidad, no pudo dar como futbolista a resultas la lesión que le hizo colgar las botas.

¿Por qué no? ¿Nadie recuerda que Luis Aragonés se consolidó como un magnífico entrenador en el equipo en el que había colgado las botas y que se puso al frente del club colchonero sin experiencia como “míster”?

Ojalá que sea también el caso de Generelo.

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Recuerdos de Oviedo: Pasiones poéticas
Luis Arias Argüelles-Meres 27-03-2016 | 4:44 | 0

“Entre la realidad y la prosa se alza el verso… El verso es distinto, ni realidad elegida ni prosa en exceso descalabrada, de un solo verso nacen multitud de paréntesis, soldados y otras cuestiones”. (Blas de Otero).

La poesía como arma cargada de futuro, según Celaya. La literatura que estaba por la labor de tomar partido hasta mancharse. Nada de ñoñeces, nada de cursilerías, nada de aforismos con moralina blandengue. Poesía como epicentro de sueños y revoluciones. Poesía somos todos. Tiempos aquellos en los que pudimos darnos cuenta de que, en efecto, se trataba de un género para ser cultivado y cosechado en la adolescencia y en la juventud. Para ser leído con la pasión que produce ir de descubrimiento en descubrimiento, de trueno en trueno.

Nunca olvidaré el momento en el que salí de la librería Santa Teresa con el libro “Palabra sobre Palabra”, de Ángel González. Eran los tiempos en los que resultaba muy frecuente que en la contraportada figurase la foto del autor fumando. ¡Anatema!. Pero no fue el caso. Nuestro poeta comparecía de otra guisa, como un personaje sartriano, sin gafas, con la gravedad que el caso demandaba. Ya en casa, leí con voracidad y asombro la mayoría de los poemas. Ternura, amor, descreimiento, acidez, humor corrosivo. Todo un acontecimiento fue aquel libro.
Poco tiempo después, Alianza publicaba “Expresión y reunión”, de Blas de Otero. Del yo al nosotros. La paz y la palabra. El desgarro, todo un existencialismo trascendiendo. Confieso que aquel libro iba conmigo a todas partes, a la playa, a las tertulias, a los paseos, a los viajes. No tardó en sufrir un deterioro importante, se iba descosiendo y había que hacer arreglos casi de continuo.
Poesía, pasión poética. Versos logrados que llegaban y rasgaban por dentro como punteos de guitarra que consiguen estremecernos, como acordes que conmueven y emocionan y que nos transportan a estados y a estadios insobornablemente oníricos. Sonetos de Góngora y Quevedo. La mística del amor en Salinas con sus pronombres, con su feliz enajenación, con “la nieve que nevaba allá en su cielo”. Lorca y su aurora neoyorquina, sus nardos que dibujan angustias varias. El erotismo desbordante de Miguel Hernández. La austera precisión poética de Machado. La angustiosa rudeza de Unamuno que imploraba a Dios en sus poemas.
Poesía, pasión poética. Lecturas compartidas. Enamoramientos a los que acudían muchos de los versos y poemas a los que estoy haciendo referencia. La poesía como principal impedimenta de todos los sentimientos que afloraban. La poesía, la buena poesía, como el artefacto emocional más decisivo.

Frente a todo aquello, prosaísmos que sobraban y, sobre todo, poses que llevaban a la hilaridad. Miren, lo que les cuento a continuación es cierto. Me tocó presenciar rituales tan pasmosos como ridículos. Había quien escribía renglones en forma de poema, que leía en alto con aparente solemnidad. Aquello chirriaba por su pesimismo facilón, por su torpe manejo del idioma, por su grandilocuencia grotesca. Ocasiones hubo en que me tocó presenciar que, tras dar lectura a semejantes chuminadas, los quemaban, puesto que era obligado evitar que algo tan intenso pudiese ser comercializado en el futuro. Y todo aquello se hacía sin que compareciese en el ceremonial el más mínimo atisbo de sentido del humor. No quemaban sus poemas por infames, sino porque tanta sublimidad no podía, al final, contribuir al sistema capitalista.Gentes atormentadas y malditas. Gentes que eran pura pose. Sus poemas y puestas en escena hubieran dado mucho de sí como ingredientes de un modelo para carcajearse.

Poesía, pasiones poéticas. Frente a aquellos ceremoniales, estaba la obra bien hecha, estaban las obras referidas que me acompañarán a lo largo de mi vida, que son la letra y la música que explican momentos inolvidables, que dan sentido a todo, incluso a los sinsentidos.
Poesía, pasiones poéticas. Borges y su poema de los dones. Neruda y su canción desesperada, los golpes, los lacerantes golpes, de los que habló César Vallejo. Gil de Biedma desdoblándose y atacándose. Las cucarachas a las que Ángel González pretendía exterminar y que amenazaban con defenderse escribiendo al Presidente de la República.
Nada de “poesía eres tú”. Más bien, lo éramos todos, más bien, nosotros. La búsqueda de una inmensa mayoría a la que algunos grandes poetas pretendían dar voz y redimir, por desgracia, inútilmente.
Poesía, pasiones poéticas. También en lo llariego. No olvidaré nunca “la indecisa pluma” con la que Víctor Botas arrancaba un poema que le daba voz y nombre a un gran poeta. Siempre tendré presente algunos poemas de Camín, poemas fieros y tormentosos, en los que el poeta se definía como una galerna que pasaba a galope por los mares y por la vida. La capital de provincias lluviosa en la que había transcurrido la infancia de Ángel González. Los guiños retóricos de Bousoño al existencialismo, con la angustia como mansión cenagosa desde la que clamó.
Poesía, pasiones poéticas, en la novelada Vetusta. ¿Cómo no recordar aquel recital de Alberti en el que hubo que cambiar de escenario porque le salón de actos de la Caja de Ahorros se quedó pequeño? ¿Cómo no tener en cuenta la omnipresencia de Ángel González en la etapa de la que vengo hablando, desde que me hice con su libro “Palabra sobre Palabra” hasta que, con no pocos inconvenientes, se consiguió que diese clase durante un año en la Universidad de Oviedo? Si la memoria no me falla, recuerdo haber leído en la prensa que en su última clase explicó un poema de Valente, compañero suyo de generación.

Siempre Ángel González. Estoy convencido de que no le importaban demasiado los cantos de sirena y las cursilerías, de tal modo que siempre se dio perfecta cuenta de imposturas y esnobismos en la vieja Vetusta.

Y, miren, tras haberse cumplido recientemente el centenario del nacimiento de Blas de Otero, me vino a la mente la época en la que leí compulsivamente poesía, buena poesía, en la que me tocó conocer la confusión entre poetas malos y poetas malditos, en la que determinados libros de poesía se hicieron compañeros inseparables de mi vida.
Aquel “Diccionario de símbolos”, de Cirlot, autor de poemas memorables. Aquel poema del crítico y poeta, José Luis Cano, que comenzaba de esta guisa: “En el amor el tiempo es como un pájaro/ aleteante, estremecido, trágico”. Aquellos años a los que también dio sentido haber leído a María Zambrano, su “razón poética”.
Poesía, pasiones poéticas. Ángel González en la terraza del Rivoli. Alfonso Camín, nombrado “poeta de Asturias”, que murió en la indigencia. La perfección de imperfección humana, desde Quevedo a Valery con sus nubes que “humanizan el cielo”.
Poesía, pasiones poéticas, artefactos de emoción y de inteligencia que invocaban e invocan al juanramoniano modo que nos den el nombre exacto de las cosas. El “tú” y el “yo” de Salinas. El yo que te quiero, el yo que soy, el yo que somos.Los pronombres, su eterna presencia.

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Sobre la gran Metrópoli astur
Luis Arias Argüelles-Meres 25-03-2016 | 11:42 | 0

“En el norte de España hay una ciudad metropolitana de notables proporciones (unos 800.000 habitantes) que no aparece referenciada como tal en los mapas convencionales, pese a conformar uno de los seis o siete mayores conglomerados urbanos de la península, detrás de Madrid y Barcelona, pero no muy lejos de Valencia, Lisboa, Bilbao y la pujante Zaragoza.” (Enric Juliana).

 

Las palabras de Enric Juliana que acabo de reproducir pertenecen a un artículo suyo publicado en “La Vanguardia” en septiembre de 2008. Llovió –y no poco- en Asturias desde entonces. Pero, a lo que se ve, el Gobierno autonómico retoma el planteamiento de la gran ciudad astur, no sabemos bien si para enredar, o si, por el contrario, la cosa va en serio, aunque es casi imposible evitar el escepticismo. No olvidemos que, en su momento, el PP y el PSOE mantuvieron una serie de reuniones con vistas a la elaboración de un nuevo Estatuto de Autonomía y que aquello se quedó en nada.

Pues bien, suponiendo que no se trate de un enredo más, conviene no perder de vista que hay una serie de cuestiones relacionadas con el asunto que nos ocupa que parecen no formar parte de las inquietudes de nuestros mandamases llariegos.

Miren, esa gran ciudad astur no puede significar en ningún caso que se orillen las alas, que, como se sabe, vienen sufriendo un despoblamiento alarmante en los últimos años y, frente a ello, no se conocen programas de actuación oficiales más allá de las declaraciones retóricas que a nada comprometen. No sería de recibo que se aislasen todavía más las alas. Y habría que planificar con rigor cómo evitarlo en el supuesto de que se pretendiese de veras llevar esto a cabo.

Dicho ello, estamos todos de acuerdo en lo obvio, es decir, en que los localismos suponen un lastre no pequeño para el progreso de esta tierra. Ahora bien, una cosa son los localismos y otra muy distinta es que se idee este proyecto sin contar con los Ayuntamientos, que deben tener un incuestionable protagonismo y no ser meros comparsas de algo que se les da hecho.

Cierto es que sería bueno evitar duplicidades, también de puertas adentro y dejar los localismos en el perchero. ¿Pero podemos considerar viable que un Gobierno autonómico que no cuenta ni siquiera con un tercio de los escaños en el Parlamento acometa un proyecto de tal envergadura sin un acuerdo previo no sólo entre los principales partidos políticos, sino también entre los Consistorios afectados? ¿De verdad resulta creíble que en el mencionado proyecto se contemple también que las alas se puedan beneficiar de ello?

¿Hay algo más que una declaración retórica? ¿No es un mal comienzo darles hecho el proyecto a los Ayuntamientos?

Tengo para mí que estamos ante una escenificación más de un Gobierno que quiere disimular el marasmo en que se encuentra y al que nos somete.

 

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Recuerdos de Oviedo: Toreno, 5
Luis Arias Argüelles-Meres 20-03-2016 | 7:54 | 0

« ¡Belleza, sí, belleza! Pero la belleza no es eso, no es la del arte por el arte, no es la de los esteticistas. Belleza cuya contemplación no nos hace mejores no es tal belleza». (Unamuno). 
«El alma resiste mucho mejor los dolores agudos que la tristeza prolongada». (Rousseau).

Fue en 1973 cuando nos mudamos a la calle Toreno, al número 5, al edificio que, según se decía, era conocido en Oviedo como ‘la casa el coño’, ello no obedecía a connotaciones pornográficas ni a groserías de brocha gorda, sino al hecho de que, cuando se construyó en 1947, destacaba por tener un número de plantas inusual para aquellos tiempos. Semejante denominación sobrevino a resultas de expresiones como las que siguen: «¡Coño, vaya casa!»’ y también: «¡Coño, que casa más alta!».

También era muy curiosa la nomenclatura: las dos primeras plantas recibían la denominación de entresuelo y principal. Y, a partir del cuarto, que, en realidad, era la sexta planta, las denominaciones eran tres áticos y súperático. Recuerdo los ascensores que tenían la opción del reenvío al portal, así como sus puertas de madera. El tributo que se pagaba por su estética era la lentitud. Cuando se cambiaron, se notó mucho tanto la rapidez en el sube y baja como también la pérdida de prestancia.

Quien esto escribe contaba con 16 años cuando nos mudamos a vivir al ático 3º de Toreno, 5. Plena adolescencia y vísperas de tiempos nuevos, desde una atalaya que contaba con unas vistas privilegiadas que enamoraron a mi madre tan pronto puso allí los pies. En efecto, se podía ver el Naranco, el Aramo y el Campo de San Francisco. También el palacete de Concha Heres, eso sí, durante pocos años.
Vísperas de tiempos nuevos en una vivienda que contaba con un pasillo enorme, con portería de madera y con techos altos. Aunque ya en desuso, había una vieja cocina de leña que, por un lado, atestiguaba tiempos pasados y que, por otro lado, nos hacía recordar lo que era la vida rural de la que nunca nos desvinculamos. Lo mismo podría decirse de una fresquera con sus rejillas bajo el ventanal de la cocina.
Vísperas de nuevos tiempos, digo, pues, por una parte, se puso en pie el edificio de Galerías Preciados, y, de otro lado, se derribó el palacete de Concha Heres. Lo triste fue esto último. Y no deja de ser paradójico, si de lo que se trata es de la historia más reciente de Oviedo, que, años más tarde tocaría el derribo de la antigua Estación del Vasco. Paradójico porque Masip se opuso a la destrucción del palacete de Concha Heres y, años más tarde, ejercía de primer edil cuando se autorizó acabar con la vieja estación ferroviaria.
Años de adolescencia y juventud en Toreno, 5, concretamente desde 1973 hasta 1985, cuando me fui de la casa de mis padres al cambiar de estado civil. Años de grandes cambios en nuestra ciudad, en nuestro país y en el mundo. Doce años que fueron mucho, que no transcurrieron en un abrir y cerrar de ojos. Años en los que las horas, por lo general, eran muchos menos veloces. Años en los que el ‘tempus fugit’ era mucho más literario que vital.
¿Cómo no recordar las primeras manifestaciones en Oviedo tras la muerte de Franco, cuyos ecos se hacían oír en casa cuando aquellos acontecimientos pasaban por la plaza de la Escandalera? ¿Cómo no recordar, asimismo, la campaña electoral del 77, cuando volvieron a oírse himnos y canciones que durante cuarenta años habían sido clandestinos, tan clandestinos como sobrecogedores? ¿Cómo no recordar determinados momentos en los que se entraba en casa con libros que ya tenían sus años pero que no se podían publicar en España hasta aquel momento?

¿Cómo no tener presente siempre, asimismo, la forma en que mi padre vivió los acontecimientos tan importantes y decisivos desde la otra atalaya que eran sus conocimientos y sus recuerdos? Con enorme intensidad rescato aquellos momentos en los que le leía la prensa, en los que le leía también fragmentos de libros que tenía tan profundamente interiorizados. Por ejemplo, las últimas palabras de aquel discurso de Azaña cuando invocaba la paz, la piedad y el perdón. Por ejemplo, determinadas estrofas del poema en que Machado habla del patio de Sevilla y de los tenores huecos que cantan a la luna. Por ejemplo, fragmentos de la correspondencia entre Ganivet y Unamuno. Por ejemplo, los versos que Machado le dedicó a Giner de los Ríos. Por ejemplo, el arranque de ‘La Regenta’, con «aquellas sobras de nada» que iban de esquina en esquina. Por ejemplo, fragmentos de los diarios de Amiel con su melancolía profunda, con su timidez elevada a obra de arte. Por ejemplo, el desgarrador poema que Machado le dedicó al fusilamiento de Lorca. Apenas podía leer aquellas líneas que en su momento había subrayado y anotado, pero las tenía incorporadas en lo más hondo de su sentir y pensar.
Toreno, 5. Atalaya y corazón de un tiempo nuevo, atalaya y corazón de un tiempo en el que la infancia había quedado atrás, en el que la salud de mi padre se resquebrajó gravemente, aunque su memoria permaneció lúcida hasta el final de sus días en mayo de 1986. Allí falleció con sus libros y recuerdos, con su afán por conocer hasta el último instante.
Toreno, 5. El acostumbrado trasiego de un portal en el que eran muchas las gentes que acudían a consultas médicas y a hacerse radiografías. Portal a cuyo cargo estuvo un personaje entrañable que se llamaba Ramón Candás.
Toreno, 5. Cuando llegaba a casa de madrugada, el periódico en el felpudo. La terraza en la que mi madre disfrutaba tanto rodeada de sus plantas. Plantas en cuyas macetas Lanio tenía presencia, pues toda la tierra venía de allí. El Aramo con nieve en invierno. El Naranco que alguna vez vi arder. El abrumador tránsito de la calle Toreno con dos direcciones durante bastantes años.
Toreno, 5. Oviedo ya no era sólo el principio de la vida, sino la vida misma transcurriendo y dando señales de unos tiempos en los que su sino eran los grandes cambios.
Toreno, 5. La última etapa en la que las referencias estaban vivas, en la que aún me encontraba con techo y abrigo, en la que todavía no me tocaba serlo.
Ni ejercerlo.

Foto de Luis Arias Argüelles-Meres.

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En la despedida de Sergio Egea
Luis Arias Argüelles-Meres 18-03-2016 | 4:37 | 0

De entrada, quiero confesar que mi relación con el fútbol es muy atípica, tanto es así que de  no existir el Real Oviedo, el llamado deporte rey me preocuparía y ocuparía más bien poco. Pero, como consignó Rilke, “mi patria es mi infancia”, y, ya desde niño, mi padre me transmitió su pasión por el oviedismo llevándome con él al Tartiere. Por eso, nada de lo que le acontezca al equipo azul me puede resultar ajeno. Y lo cierto es que, tras haber disfrutado de lo que significó la salida del pozo del club de nuestros amores, lo que sucedió con la marcha de Egea no sólo me contraría, sino que además me inquieta.

Miren, no seré yo quien se pronuncie acerca de la calidad técnica del entrenador argentino. Quede tal cosa para los expertos en la materia. Pero sí quiero manifestarme con toda claridad en torno a la categoría humana de este hombre que se marchó del club con elogios para todo el mundo y sin manifestar resentimiento alguno contra quienes no le pusieron las cosas muy fáciles, contra quienes no se caracterizan por su lealtad.

Me sorprendió mucho el rifirrafe que tuvo lugar en el Requexón entre Egea y varios futbolistas, rifirrafe que ofrecieron las cámaras de la televisión autonómica. Aun así, no era de esperar que esa misma tarde el técnico argentino presentara su dimisión. Y, poco más tarde, me resultó un tanto decepcionante el comunicado oficial del club, que tendría que haber ido más allá de una mera declaración formal agradeciendo los servicios prestados. A mi juicio, se tendría que haber dejado muy claro que no había sido un entrenador más, pues está, por méritos propios, en la historia de nuestro Real Oviedo.

Pero mi decepción sería mucho mayor cuando tuve noticia del comunicado de la plantilla azul que leyó Diego Cervero. ¿Acaso no se merecía Sergio Egea la gratitud de la plantilla, no sólo por los resultados cosechados hasta el momento, sino también porque en todo momento salió en defensa de sus jugadores y nunca tuvo una mala palabra para ningún futbolista azul en sus declaraciones públicas? ¿No fue frío e ingrato ese comunicado?

Lo cierto es que, mientras la directiva y la plantilla despacharon el asunto con una frialdad tan protocolaria como injusta, el oviedismo sí que estuvo a la altura de las circunstancias despidiendo a este hombre con el cariño y entusiasmo que verdaderamente se merecía.

Fue el oviedismo quien hizo justicia poética. Fue el oviedismo quien dio muestras de su inveterada elegancia, elegancia que estuvo a la altura del propio Egea.

Desde luego, lo que toca es el presente, y el panorama futbolístico del Oviedo no debe llevarnos a pesimismo alguno. Tanto en el caso de que Generelo sea confirmado en el banquillo, como en el supuesto de que se fiche a otro entrenador, las posibilidades de que el ansiado ascenso se consiga no son pocas. Tras la marcha de Egea, el rendimiento del equipo no tiene por qué ser peor, incluso (ojalá sea así) puede mejorar.

Dicho todo ello, la falta de elegancia que hubo en la  despedida a Egea ya no tiene vuelta atrás, y alguien debería pensar seriamente en ello.

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