El Comercio
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Fecha: abril, 2016
¿Se volvió loca la modelo?
Luis Arias Argüelles-Meres 29-04-2016 | 7:30 | 0

Los hombres son tan simples y unidos a la necesidad que siempre el que quiera engañar encontrará a quien le permita ser engañado”. (Maquiavelo).

 

Aquella ciudad, tan limpia y pulcra, plagada de farolas isabelinas y magnolias, concebida para disfrute del peatón en la mayor parte del centro urbano, abigarrada de estatuas de encargo, uniformada por los mismos adoquines y aceras, que, además sirvió de modelo a muchas localidades asturianas que siguieron los mismos cánones estéticos, está a día de hoy hipotecada hasta las cejas  y se pone de manifiesto que sus proyectos más megalómanos se encuentran paralizados. No sería exacto afirmar que se volvió loca la modelo patrocinada por el gabinismo, sino que más bien el paso del tiempo la puso en su sitio: había poco más que fachada y derroche, había poco más que una estética que buscaba el deslumbramiento fácil. Había poco más que esnobismo.

Y, a día de hoy, a este Gobierno municipal tan maltratado desde determinados ámbitos mediáticos que en su momento apoyaron con entusiasmo el susodicho modelo de ciudad, no sólo le toca lidiar con una situación económica precaria, sino que además tiene que dar respuesta a muchas de las secuelas de esa herencia, que van desde algunos servicios públicos esenciales que están privatizados hasta el ultimátum que el Alcalde acaba de lanzar a los dueños de los caballos que se encuentran en aquella instalación que el ex regidor y también ex ganadero equino habilitó en su momento.

Y, a día de hoy, a este Gobierno municipal le toca nada más y menos que plantear un proyecto para que la zona de El Cristo recupere un mínimo de vitalidad. Le toca también redefinir espacios de la importancia de la antigua fábrica de gas, por no hablar también de que toca afrontar el futuro más inmediato de los terrenos  e inmuebles de la Fábrica de armas.

Y a día de hoy, a este Gobierno municipal le toca no sólo conseguir el apoyo económico de otras Administraciones para todo ello, sino también dar soluciones viables y con una mínima proyección de futuro. Lo que no se puede decir es que lo tiene fácil.

Y, a día de hoy, hay algo que se obvia inexplicablemente cuando se analiza el día a día de la situación política de Oviedo. Y es que existe un innegable descabezamiento en el principal partido de la oposición. Podría decirse que, en primer término, Caunedo es un político amortizado, al margen de lo que acabe sucediendo judicialmente con su supuesta implicación en el caso Pokemon.

Y, en segundo lugar, es difícil no percatarse de que hay guerras internas en la agrupación ovetense del partido conservador. Así las cosas, la oposición pepera no sólo está a la defensiva ante la herencia que dejó, sino que, dada su situación interna, no se encuentra en las mejores condiciones para plantear proyectos que den respuesta a las urgencias que en este momento tiene la ciudad.

No sería exacto decir, parafraseando la célebre maldad que Madariaga le espetó en su momento a Ortega acerca de Europa  que la modelo se volvió loca, sino que, en este caso, como poco,  la herencia del gabinismo es inservible e inoperante.

A partir de ahí, toca hacer política, también al grupo mayoritario de la oposición.

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VIGA AZUL: ¿GENERELO TIENE ALGÚN PLAN?
Luis Arias Argüelles-Meres 24-04-2016 | 4:29 | 3

Ya no hay tregua que valga para justificar lo que le viene pasando al club azul desde la salida Egea, salida marcada por una opacidad que el oviedismo no se merece. Se argumentó desde el principio que tocaba mirar hacia adelante. Muy bien. Pero a estas alturas habrá que reconocer que se tomaron decisiones equivocadas porque la realidad así lo demuestra. ¿O alguien tiene dudas de que Generelo está fracasando como entrenador, por mucho que dé lecciones magistrales en sus ruedas de prensa, hablando del estudio a fondo del juego del rival de turno? ¿O es que las ausencias continuadas de Diegui y Cristian Rivera hicieron que el equipo mejorase en su juego? ¿Qué se hizo de aquella pegada tan eficaz que tuvo el equipo durante la mayor parte de la temporada? ¿Qué se hizo de la vocación ofensiva demostrada en tantos partidos?

No sé si se pudo  haber evitado la marcha de Egea. Lo que sí parece indiscutible es que fue un error poner a Generelo al frente del equipo. En el momento en que escribo estas líneas, la red social de los 140 caracteres acoge montones de comentarios sobre el nuevo entrenador azul. Y me gustaría saber si se está contemplando una salida a esto, o si todo el mundo se quedará a verlas venir. Lo cierto es que sería desolador que se malograse una temporada en la que el ascenso vino estando hasta el momento al alcance de la mano. ¿Tiene algo que decir, o algo que decidir, don Joaquín del Olmo como persona de confianza del grupo Carso en Oviedo? ¿Es de recibo que se tire por la borda una oportunidad tan deseada e ilusionante?

¿Nadie quiere darse cuenta de que, excepción hecha del partido que se jugó contra la Ponferradina, el Oviedo no es un once, sino once jugadores que no siguen esquema alguno y que, o bien se quitan el balón de encima como si quemase, o bien hacen la guerra por su cuenta a ver qué sale? ¿Es de recibo la lentitud de Edu Bedia? ¿Hay manera de entender que Michel, después de haber empezado bien, sólo haga lo fácil, y, en partidos como el de hoy, haya fallado la mayor parte de los pases? ¿Qué le pasa a Borja Valle, cuyo bajón de juego es notorio y preocupante?

Futbolísticamente hablando, en el partido de hoy, sólo salvaría a Josete, que cumplió con su tarea, así como la lucha de Toché frente a la defensa oscense. Todo lo demás, en el mejor de los casos, fue buena voluntad y nada más.

Por favor, enderecen el rumbo. Por favor, decidan.

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RECUERDOS DE OVIEDO: EL TREN EXPRESO COSTA VERDE
Luis Arias Argüelles-Meres 24-04-2016 | 11:34 | 0

Creo recordar que fue a finales de 2007 cuando se anunció que el expreso “Costa Verde” dejaría de circular. Tan pronto tuve noticia de ello, confieso que sentí cierto desgarro ante el adiós de aquel tren en el que tanto había viajado a Madrid, en el que tuve ocasión de encontrarme con personajes muy literarios, en el que presencié episodios que darían mucho de sí a poco que se contase con ambición narrativa.
¿Cómo no recordar aquella escena, cargada de melancolía, protagonizada por un montón de reclutas que arrastraban su macuto camino de campamentos y cuarteles, que esperaban por el tren expreso y que dejaban atrás a los suyos y a lo suyo sin que su voluntad interviniese en ello? ¿Cómo no tener presentes algunas despedidas memorables en las que las personas que estaban en el tren prolongaban sus adioses a sus acompañantes a lo largo de todo el andén? ¿Cómo no haber reparado en aquellos viajeros solitarios, algunos con su maletín, otros con sus maletas, otros con algún libro, solitarios y, por lo común, ensimismados?
A las 23, 30, aquel tren salía de Oviedo. El día había terminado y la noche se volvía viajera. En el expreso se daban cita soldados, viajeros de muy variada condición, estudiantes, gentes que iban y venían con sus gestiones. En aquel tren no había prisa, no podía haberla, cedía el paso en todos los sitios, hasta en los apeaderos.
Camino de Madrid, tras el interminable tránsito por Pajares, en León, la vida se reanudaba. Allí el expreso se detenía en aquella estación un buen rato, y el bullicio, sobre todo en la cantina, era importante. Se decía que la cantina de la RENFE en León no cerraba en toda la noche. Aquello era un rosario de la aurora laico, y el espectáculo, no exento de pintoresquismo, daba de sí.
Tren expreso a Madrid, en el que la oferta era variada, desde el coche-cama, hasta viajar en segunda, pasando por las literas. ¿Cómo no recordar, si de las literas hablamos, episodios protagonizados por los ronquidos desaforados de algunos que suscitaban la desesperación de sus acompañantes? ¿Cómo olvidarse de aquellos pasillos solitarios y lúgubres, camino del baño, o de aquella especie de covachuela en la que se vendían refrescos y cervezas? ¿Cómo no hacer mención a situaciones peculiares cuando algunos viajeros que se incorporaban en medio del trayecto encontraban ocupados sus asientos, a veces, con las piernas que algún ciudadano estiraba pensando sólo en su propia comodidad, hasta que el revisor ponía orden y reconvenía?
¿Qué era aquel tren expreso que iba camino de la capital del reino y en el que viajé tanto a finales de los setenta y a principios de los ochenta? ¿Acaso no podría decirse que se trataba, en sí mismo de un largo túnel que recorría la noche a través de otros túneles, en algún momento con más iluminación?
Resultaba en verdad curioso el tránsito por Valladolid del que sólo se veían calles muy estrechas que parecían representar trozos de arterias que se habían desgajado. Suponía todo un ensanchamiento de horizontes llegar a la estación de Venta de Baños, donde el expreso paraba un largo rato, imagino que a resultas de algún trasvase. Y, en cuanto a la llegada a Madrid, una referencia inequívoca era la enorme explanada llena de coches que se dejaba ver poco antes de entrar en la capital.
Cuando los ronquidos de algún viajero en las literas se hacían insufribles, quedaba el recurso de salir al pasillo a fumar y dejar pasar el tiempo.
Tren expreso, un viaje por el insomnio, un viaje en el que los recuerdos formaban parte del equipaje, un viaje en el que, a veces, las expectativas podían ser alentadoras.
Madrid como meta inmediata. Oviedo como punto de partida. Por el medio, aquel tránsito nocturno, en el que apenas se dormía, en el que los sueños no solían acunarse en brazos de Morfeo, sino que eran vividos desde la vigilia, desde el plan más inmediato, cuya puesta en práctica empezaría en la mañana madrileña.
Oviedo, estación de la RENFE, fin de jornada en nuestra ciudad, que el expreso atravesaba despacio, como languideciendo. Madrid, primera hora de la mañana. Nos incorporábamos a la aurora capitalina y habíamos dado a Oviedo las buenas noches.
A veces, paradas en medio de la nada, en medio de la noche, no se sabía muy bien por qué. A veces, estaciones y apeaderos fantasmagóricos sin apenas actividad. A veces, conversaciones improvisadas en los pasillos y en los compartimentos.
Claro, no eran, no podían ser conversaciones de ascensor. Lo que ocurre es que, por lo general, se trataba de atisbos en espera de una conclusión de la charla. Se trataba de tanteos que intentaban comprobar si el interlocutor de turno podía ser un contertulio interesante.
A veces, confesiones y relatos, más o menos amenos y amenizados. A veces, largos silencios, por lo demás, nada incómodos. A veces, ensimismamientos que el insomnio, los ronquidos, las paradas y demás contingencias permitían.
¿Por qué recordamos mucho más el viaje de ida que el de vuelta en aquel tren expreso? ¿Por qué Oviedo, al regresar de Madrid, nos parecía una ciudad casi de juguete, hecha a la medida de nosotros mismos? ¿Por qué la estación leonesa estaba siempre llena de genta tanto a la ida como a la vuelta? ¿Por qué sentíamos la sensación de que la lentitud al atravesar Pajares plasmaba de algún modo nuestra resistencia a abandonar Asturias?
Aquel tren expreso que iba camino de Madrid con su ritmo parsimonioso, como de otro tiempo. Aquel tren expreso en el que la noche no estaba pensada para descansar, sino para atravesarla con continuas incomodidades. Aquel tren expreso que dejó de hacer su recorrido hace ya casi diez años forma parte de nuestras vidas, de nuestras idas y venidas, de nuestro anecdotario.
Amanecer en Madrid. En las consignas invisibles de nuestros sueños, aparcábamos el cansancio y las peripecias del viaje. Tocaba armarse de energía. Tocaba dejar atrás el largo túnel cuyo recorrido había ocupado toda una noche, cuyo recorrido no dejaba legañas, cuyo recorrido se quedaba atrás como algo irreal a lo que no tardaríamos en regresar.

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Cita en la calle Uría
Luis Arias Argüelles-Meres 22-04-2016 | 7:27 | 0

Tras el incendio que costó la muerte del bombero  Eloy Palacio, la parálisis se apoderó de la calle más comercial de Oviedo. Un escalofrío recorrió la ciudad, un escalofrío que se sigue prolongando, al tiempo que no dejamos de hacernos preguntas.

Más allá de que toca esperar a que concluyan las investigaciones en marcha, más allá del dolor por la muerte de un ciudadano cuyo comportamiento tapa la boca a quienes, siguiendo determinados topicazos, se declaran de continuo enemigos de lo público, creo que toca levantar la vista hacia todo lo que ha venido sucediendo en los últimos años en nuestra vida pública capitalina y replantearse seriamente un montón de cosas.

¿Qué modelo de ciudad se vino forjando? ¿No hay que ir más allá de la abigarrada y aparente estética gabiniana? Magnolios, farolas isabelinas, ornamentos por doquier. ¿Es eso lo importante? ¿Es eso lo que da prestancia a una ciudad? ¿Es eso lo esencial, criterios estéticos al margen?

La calle Uría es, para todos, la vía pública carbayona de los escaparates. Es la cita para las compras. Es el tránsito de las rebajas. Es la referencia de una ciudad que hizo del comercio una de sus principales actividades. Pero es también una cita obligada con una serie de edificios que, a día de hoy, constituyen uno de los principales reclamos de nuestra ciudad, que dan cuenta de una ambición estética que es motivo de orgullo.

No estaría mal confrontar estéticamente, los “complementos” gabinianos con esos edificios a los que acabo de hacer mención. Y mucho me temo que el resultado de la referida confrontación no sería muy alentador no sólo para el principal artífice de la transformación de Oviedo en los últimos años, sino también para todos aquellos que apoyaron semejante puesta en escena.

Cita en la calle Uría. De repente, la parálisis que aún prosigue. De repente, el recordatorio de una tarde aciaga que terminó en tragedia. De repente, un escalofrío que nos apodera. De repente, una constatación de que, colectivamente hablando, toca cuestionarse muchas cosas. De repente, la certeza de que en una ciudad donde no escasea el agua, el estado y mantenimiento de las bocas de riego no es, sin embargo,  el óptimo.

De repente, la inquietud que despierta que, puertas adentro del Consistorio, haya desparecido documentación. De repente, la alarma que suena y que se dispara, como una especie de sirena que avisa acerca de carencias, abandonos e intrigas.

Cita en la calle Uría, cita con la consciencia y la realidad. Toca salir de una pesadilla que puso ciertas cartas boca arriba.

Y toca ya.

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Recuerdos de Oviedo: Adolescente en los setenta
Luis Arias Argüelles-Meres 17-04-2016 | 11:22 | 0

1970. Mudanza a Santa Susana, 27. El arriba firmante cumplía 13 años. Fue el momento del adiós a la infancia, que coincidió con un enorme estirón. Fue la entrada en esa etapa de la vida conocida como adolescencia. Fue la entrada en una década marcada por tantos y tantos cambios en todos los órdenes.

Como ya dejé escrito aquí, desde el despacho de mi padre, la sala y la terraza teníamos a vista de pájaro el Campo de San Francisco, y todo estaba muy cerca. Recuerdo el bar Alameda, cerca de la Casa Sindical, donde a veces acompañaba a mi padre. Recuerdo un chalet que se encontraba cerca de la esquina con Calvo- Sotelo. Desde la parte posterior de la casa, que daba a la calle Santa Teresa, aún se veía el Campo de Maniobras, donde a veces jugábamos al fútbol.
El mundo había cambiado tanto que la leche ya no venía desde la Manjoya hasta casa, sino que, cada mañana, llegaba con el pan en el montacargas. El mundo había cambiado tanto que el edificio contaba con servicios centrales y no hacían falta ni el calentador de gas, ni la cocina de leña, ni las estufas. El mundo había cambiado tanto que la mayor parte de los coches ya tenían el motor en la parte delantera, lo que, según los expertos, los hacía más seguros.
Pero, en el plano personal, las peguntas que me hacía no eran, por lo común, sociológicas. ¿Por qué a partir de los trece años se hablaba de adolescencia? ¿Por qué, a partir de los trece años, aunque seguíamos contando con todas las personas que habíamos tenido en la infancia, notábamos que algo nos faltaba y que necesitábamos algo más (sobre todo a alguien más) que no fuera el entorno más cercano y familiar? ¿Había que enamorarse? ¿Había que forjarse la compañía mágica de un ser que nos llenase y nos hiciese volar? ¿Había que llegar a vivir esa sensación que llaman, no sin cursilería, sentir mariposas en el estómago? ¿No era inquietante percatarse de que no sólo nos bastábamos a nosotros mismos, que no sólo estábamos plenos y satisfechos con los afectos paternos y maternos? ¿Qué pasaba? ¿Por qué esas carencias? ¿Por qué esas insatisfacciones? ¿Por qué esas zozobras?
Hasta entonces, las melancolías y tristezas habían venido por tener noticia de reveses, enfermedades y fallecimientos de personas conocidas. Pero, a partir de los trece años, podría decir que, a veces, esas tristezas y melancolías venían desde dentro, con desasosiegos. Y, sobre todo, empezaba a atisbar, más que oscuridades, lados ocultos, que, por un lado, me suscitaban una enorme curiosidad, pero, por otra parte, temía encontrarme con profundidades no siempre gratas.
Primera imagen de lo inquietante: la portada de un libro que mi padre tenía en los estantes donde se encontraban los volúmenes de pedagogía; su título era “Psicología de la adolescencia”. Daba por hecho que en sus páginas no iba a encontrarme con aventuras y peripecias divertidas, sino con explicaciones, que no necesariamente iba a entender bien, y que, sobre todo, podrían romper -¿cómo decirlo?- ciertos sortilegios. Y- miren ustedes- la portada de aquel libro era de color negro.
Años setenta. Patillas, pelo largo, pantalones acampanados, zuecos, floripondios en el papel pintado de los interiores de las casas, coches muy ruidosos que salían al mercado. Una estética que, vista con cierta perspectiva, se me antoja insultantemente hortera.

En todo caso, la adolescencia llegó con aquella estética. En todo caso, aquella adolescencia, existencialmente hablando, no duró mucho, pues, en 1975, aunque la mayoría de edad no se alcanzaba entonces hasta los 21 años, podría considerar que empezó mi juventud.
1970. A los trece años, de algún modo, sentía que me faltaba el niño que había sido. 1970; deseaba que el tiempo transcurriese con premura. Demasiado mayor para seguir ejerciendo de niño. Demasiado imberbe para determinadas diversiones que anhelaba.
Mientras tanto, canciones. Mientras tanto, películas. Mientras tanto, historias imaginadas. Mientras tanto, libros de cabecera que hablaban de la adolescencia. Mientras tanto, los primeros pitillos. Mientras tanto, salas de juego en la calle Rosal y González Besada. Mientras tanto, esperas varias. Mientras tanto, a la expectativa de poder entrar en discotecas y de que me permitieran la entrada en los cines para mayores.
¡Ay!
Si dejar la infancia era una pérdida, alcanzar la edad (y el aspecto) para disfrutar de los privilegios de los mayores se me antojaba muy largo y lejano. O sea, que la adolescencia era sobre todo una etapa de carencias, sin los privilegios de ser niño, sin las libertades de ser mayor. Adolescencia, tierra de nadie. O casi.
Mientras tanto, cada dos semanas, cita en el Carlos Tartiere. ¿Cómo olvidar aquel Real Oviedo de la temporada 71-72, que ascendió a primera división? Y es que desde 1964, el equipo azul había descendido a segunda, y estuvo en ese pozo, lejos de sus glorias hasta el ascenso del que les hablo y que viví con tanta pasión.
Aquel Real Oviedo que contaba con un portero tan entusiasta como Lombardía, que tenía en Carrete la plasmación del coraje y la furia, que también ofrecía elegancia y clase con Javier, eficacia goleadora con Galán, su no sé qué de agonía con Crispi, su seguridad con Iriarte, y así sucesivamente. Aquel Real Oviedo que salía del pozo, al tiempo que se acercaban mis quince años.
La adolescencia era el Real Oviedo. Para ir al Carlos Tartiere no había que tener 18 años. ¡Menos mal!
Además, puedo decir que aquel ascenso del Oviedo a primera división fue una coincidencia muy afortunada. Porque a los quince años ya podía dar el pego para aparentar 18 y colarme en alguna película de mayores. Porque a los 15 años, también conseguía colarme en alguna discoteca por las tardes. Porque a los quince años el adiós a la infancia se había quedado más atrás. Porque en esas edades, dos años son mucho.
Dos años que fueron tanto. Quince años, y el Oviedo en primera. Quince años, y podía entrar al cine de 18. Quince años, y podía bailar, sentir la cercanía de una chica acompañada y acompasada de ritmos almibarados, de penumbras de ensueño, de ansias nuevas y vertiginosas.
Y el Oviedo en primera.

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