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Fecha: mayo, 2016
Aquel susurro que tanto zarandeó
Luis Arias Argüelles-Meres 29-05-2016 | 4:28 | 0

Puedo decir que estaba allí, en aquel Pleno, en el que se anunciaba un fracaso para todos aquellos que deseábamos un cambio en Oviedo. De hecho, aun en el supuesto de que Wenceslao López, desoyendo las instrucciones de la FSA, le diese su voto a Ana Taboada, se daba por seguro que determinados ediles electos del PSOE  acatarían la disciplina de partido. En el Salón de Plenos, estaba previsto, pues, que se escenificaría una frustración política más.

Confieso que, hasta el momento en que Rivi, anunció su voto a Wenceslao López, daba por hecho que Caunedo sería nombrado Alcalde. Incluso hubo un momento, tras las palabras de Ana Taboada, de confusión. Pero, por una vez, el desenlace nos sorprendió para bien.

Nunca olvidaré los semblantes helados no sólo de los ediles del PP, sino también de algunas de las celebridades invitadas. Nunca olvidaré el entusiasmo que viví al saber que Oviedo tendría un Alcalde honesto, que además era de izquierdas no sólo en lo que a las siglas se refiere. Y, sobre todo, nunca olvidaré que la actitud de Ana Taboada y sus ediles, votando a Wenceslao López, supuso un bofetón en toda regla a una FSA, que prefería que el gabinismo continuase gobernando en Oviedo, a resultas de la falta de acuerdo entre Xixón sí puede” y el PSOE de la villa de Jovellanos.

Y, claro, nadie en la FSA tuvo a bien caer en la cuenta de que, siendo el mismo partido, eran muy distinta cosa Wenceslao López y el candidato socialista de Gijón. Y a nadie en la FSA se le pasó por la mente admitir que no era justo que la ciudadanía progresista de Oviedo tuviese que pagar las consecuencias de la falta de entendimiento en Gijón.

Primer hecho diferencial de Oviedo: al partido hegemónico de Asturias, no parece preocuparle en exceso esta ciudad, a la que la mayoría de sus dirigentes nunca entendieron bien. Segundo hecho diferencial: al frente de la Alcaldía de nuestra heroica ciudad está alguien que no es un profesional de la política y que tiene muy claro que no valen los amiguismos, los clientelismos, las renuncias y los renuncios. Y, desde luego, su prioridad no son las consignas de los mandamases de la FSA, sino Oviedo y su ciudadanía. Y, en lo que toca a izquierdismo, nadie puede darle lecciones.

Por otro lado, al ser tres partidos los que forman y conforman el Equipo de Gobierno Municipal, no siempre es fácil alcanzar acuerdos, no siempre es posible coordinarse, no siempre se logra dar una imagen de sintonía plena. Ello, al margen de algunas ocurrencias en ocasiones no muy afortunadas. Pero, ante todo y sobre todo, en lo fundamental están de acuerdo desde el primer momento.

 

Tras un año de Gobierno en Oviedo, el llamado tripartito tiene muchos y difíciles frentes abiertos, que van desde las distintas hipotecas heredadas, algunas con sentencias desfavorables  como es el caso de Villa Magdalena, pasando por clientelismos también heredados que se daban casi por definitivos, sin perder de vista tampoco el problema que supone hacer frente a las privatizaciones anteriores, hasta una especie de guerra mediática que empezó el primer día, guerra en la que todo parece ser válido, y en la que no se juega limpio, si por tal cosa se entiende buscar la objetividad y reconocer logros que están ahí.

Pero, sea como sea, el cambio en Oviedo no es sólo cosmético. Pero, sea como sea, esta ciudad abandonó el culto a vacas sagradas. Pero, sea como sea, el matonismo político ya es historia.

Un año de Gobierno de izquierdas en Oviedo. Un año en el que un día sí y otro también hay que recordar que la política no es cosa de amiguismos ni de intereses particulares. Un año en el que el gabinismo, a pesar de su continuo desprestigio, a pesar de comportamientos muy poco ejemplares, se resiste a reconocer que ya es historia.

Se pasó en un año del susurro a la búsqueda de una normalidad democrática que muchos se resisten a aceptar. Pero que ocupa el Gobierno muncipal.

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Recuerdos de Oviedo: Parada otoñal
Luis Arias Argüelles-Meres 29-05-2016 | 3:36 | 0

 

“La historia es la ciencia de lo que acontece sólo una vez”. (Charles Seignobos).

¡Qué especiales y, al mismo tiempo, inquietantes se vuelven las cosas que suceden una sola vez! Por un lado, son indelebles. Por otra parte, nunca abandonan su carácter enigmático, es decir, resulta inevitable que nos preguntemos tan pronto las recordamos no sólo por qué aquello no se repitió nunca, sino también qué hubiera pasado, cómo hubiera sido, en el caso de que hubiera vuelto a producirse la situación.
Lo que voy a contarles es algo que aconteció en mi infancia, cuando me faltaban pocos meses para cumplir los once años. Cursábamos primero de bachillerato. Era un lunes por la tarde poco después de la seis, a la salida del colegio. El mes de octubre tocaba a su fin. La temperatura era muy agradable, y el cielo, aunque poblado de nubes, no amenazaba con lluvia.
Pues bien, aquel lunes de octubre de 1967, poco después de las seis de la tarde, tres colegiales se sentaron en las escaleras que se encuentran bajo la enorme escultura que homenajea a don José Tartiere Lenegre. La conversación que mantuvimos nada tuvo que ver ni con el clima, ni tampoco con el personaje a cuyo nombre está erigido el monumento. La conversación fue un desahogo a tres bandas echando pestes contra un profesor colérico y desconsiderado que intentaba explicar su materia a golpe de insultos y enfados. Imposible no estar de acuerdo. Y, al mismo tiempo, todo un alivio comprobar que aquella percepción era compartida.
Lo extraño de aquella tarde no fue solo que aquella parada, al menos para mí, sería irrepetible, sino que además, rompiendo la rutina, ni jugamos al fútbol, ni compramos cromos, ni tampoco golosinas. Fuimos, vaya usted a saber por qué, directamente a aquellas escaleras que estaban bajo los pies de la figura escultórica del personaje al que hemos aludido. El balón permaneció como un objeto más, al lado de nuestros cartapaces. Parada única y, también, monográfico tema de charla.
Estaba muy lejos entonces de preguntarme quién era José Tartiere. Sólo había reparado en que era un señor de su época, de aquéllos que, en la foto de familia, posaban sentados, mientras que el resto de la prole, así como la abnegada esposa, comparecían de pie a su alrededor. O sea, un patriarca de la generación de mis abuelos.
Andando el tiempo, supe que don José Tartiere se había muerto en 1927, el mismo año que da nombre, creo que desafortunadamente, a una generación irrepetible no sólo en el campo de la poesía, el mismo año en el que se publicó un libro clave en la historia de la filosofía del siglo XX, “Ser y Tiempo”, de Heidegger. Libro que, como el autor, es oscuro. Autor que remite a una filosofía desgarradora y a una trayectoria con etapas peor que polémicas, de imposible justificación, por connivencias y convivencias con el horror.
Pero, volviendo al personaje que nos ocupa, mucho tardaría en saber que es la viva representación, entre otras cosas, de una Asturias que se puso en vanguardia en España, en la industria y en el comercio, de una Asturias que fundó la modernidad. Y de un Oviedo que se incorporaba también a los nuevos tiempos. Venía, como el ferrocarril minero, del País Vasco. Fundador y cofundador de empresas, bancos y cabeceras de prensa, padre del fundador del Real Oviedo. O sea, toda una referencia de primer orden en la Asturias contemporánea.
Y es que estamos hablando de alguien que nació cuatro años antes que Clarín, y que pertenece, por tanto, a su misma generación. Hablamos, insisto, de la Asturias que abría paso a la modernidad: mientras se desarrollaba nuestra industria, mientras el comercio iba a más, mientras se creaban bancos, mientras el ferrocarril nos ponía a la altura de los tiempos, Leopoldo Alas era el primer español en leer a Ibsen y era también el primer intelectual de nuestro país con suficiente altura de miras para acercarse al pensamiento de Nietzsche sin escandalizarse demasiado.
Aquella tarde de octubre de 1967, tres colegiales ponían en común su experiencia negativa ante los modos de un profesor, tres estudiantes que ignoraban por completo el significado de aquello que tenían más cerca, desde el personaje del que venimos hablando hasta el entorno más próximo. Tres escolares que eran aún niños de diez años.
Aquella tarde de octubre de 1967, cuarenta años después de la muerte de la persona homenajeada en aquella escultura, al menos uno de los comparecientes, en lo que se refiere a tomar asiento al pie del personaje, vivía una experiencia estadísticamente irrepetible.
Confieso que son muchas las ocasiones en las que, al pasar por delante del monumento escultórico creado por Víctor Hevia, recuerdo la tarde de la que les vengo hablando, y, sin tratarse de un episodio cuya evocación me lleve a grandes emociones o a agridulces nostalgias, lo provechoso de aquella historia, lo que muestra y enseña, que diría Esopo al final de alguna de sus fábulas, es que, sin embargo, hay algo que en la vida se repite tan infinita como inútilmente, y se trata del poder que ejerce sobre nosotros aquello que nos constriñe, que nos limita, que nos cierra y que nos encierra. Esto es, estábamos, como ya consigné, al aire libre, disfrutando de una temperatura agradable, no teníamos prisa, no había muchos deberes para el día siguiente, no nos apoderaba el cansancio y, sin embargo, nos seguía asfixiando el estilo de aquel profesor, su desagradable voz, su histerismo, sus malos modos. Y todo aquello que había sucedido por la mañana, horas después, nos seguía azotando y cercenando. ¡Qué cosas!
Me despedí de mis compañeros de clase tan pronto nos levantamos de allí. Ellos seguían por el Paseo de los Álamos, mientras que yo tomé el camino hacia mi casa en la plaza del Carbayón.
Y hubo una visión que, con el paso del tiempo, me parece tan hermosa como reveladora. Y es que, tan pronto descendimos de aquel monumento, al mirar hacia el Campo San Francisco, un pavo real desplegaba su cola, ajeno a cuanto sucedía.

Foto de Luis Arias Argüelles-Meres.

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El “error Generelo”
Luis Arias Argüelles-Meres 28-05-2016 | 11:37 | 1

Vale poco la pena hablar de los errores de Generelo, que en los partidos que lleva al frente del Real Oviedo son de bulto. Lo que toca es certificar no solo que su nombramiento fue una decisión desafortunada, sino que además se cerró en falso el problema que surgió cuando se produjo el enfrentamiento entre Sergio Egea y una serie de jugadores.

El ‘error Generelo’ viene precedido de una opacidad desilusionante y errónea, con la que se cerró en falso un problema entre el vestuario y el anterior míster del club. ‘El error Generelo’ trajo como consecuencia que, de algún modo, fueran premiados futbolistas que apenas habían participado como titulares, al tiempo que condujo al ostracismo a otros jugadores que hasta entonces habían sido decisivos en el logro de una clasificación tan ilusionante como meritoria.

Pongamos un ejemplo de cada caso. El lateral Fernández fue titular indiscutible desde el segundo partido en el que Generelo ocupó el banquillo azul. Por su parte, dejando de lado que la lesión de Diegui podría ser susceptible de hacer cábalas, Cristian Rivera, joven promesa e internacional en su categoría no solo no jugó como titular, sino que apenas entró en las convocatorias.

Ante ello, la prueba del nueve es categórica. Con semejantes cambios, no mejoraron los resultados, ni tampoco se jugó mejor al fútbol. Y acerca de todo esto, todas las divagaciones que podemos hacer nos llevan a hipótesis desoladoras y decepcionantes.

Teniendo en cuenta que el malestar en el oviedismo no se apagó nunca tras la marcha de Egea, desde arriba se decidió la sustitución del señor Del Pozo. Pero siguió en el banquillo alguien que se dedicó a mimar de principio a fin a aquellos jugadores que, según parece, le lloraban al que fuera director deportivo. Conclusión: con Generelo, al menos en lo que respecta a las alineaciones, Del Pozo siguió estando presente, si no en carne mortal, sí al menos de espíritu. Y así nos fue y así nos va.

En cuanto al último partido ante el Leganés, solo cabe suponer la buena voluntad de los jugadores, la seguridad de Josete y el coraje de Viti. Todo lo demás fue un fracaso. Todo lo demás fue un espectáculo transitado de principio a fin por la impotencia. Tras la bochornosa derrota sufrida en Almería, no era fácil esperar que el equipo levantase cabeza. Desde luego, no lo hizo.

El ‘error Generelo’, al final del partido, reconoció lo obvio: que su balance no era para tirar cohetes. Bien es cierto que nadie le destituyó cuando esto se veía venir, y que, por otro lado, tampoco el interesado presentó la dimisión.

‘El error Generelo’. Una frustración más en el oviedismo, que no viene por el hecho de que se esfuman casi por completo las posibilidades de ascenso. Tras haber estado al borde de la desaparición, tras tantos años en el pozo, es para estar contentos el regreso al fútbol profesional, así como la solvencia que da al club el Grupo Carso. Lo que sucede es que no nos puede ser indiferente que se haya tirado por la borda la posibilidad de ascenso por haber administrado mal una crisis, la que supuso la marcha de Egea.

Se administró tan mal que trajo consigo ‘el error Generelo’, del que siempre nos quedará un buen recuerdo como futbolista, pero que fracasó estrepitosamente como entrenador. Fracasó el propio interesado y los que decidieron ponerlo al frente del equipo, acaso para contentar a quienes no se lo merecían.

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Tras el 25 de mayo
Luis Arias Argüelles-Meres 27-05-2016 | 7:31 | 0

Cada 25 de mayo me pregunto si en algún momento se decidirá que esta fecha se convierta en la fiesta cívica de Asturias. Cada 25 de mayo, desde hace ocho años a esta parte, es decir, desde 2008, no dejo de lamentar que en aquel año, en el que se cumplían tantas y tan importantes efemérides, no se hubiesen organizado las cosas de manera que se rescatasen del olvido episodios claves de nuestra historia.

Cierto es que, en la presente ocasión, la fecha en la que Asturias, desde Oviedo, le declaró la guerra a Napoleón tiene un antecedente muy cercano marcado por las jornadas que se acaban de celebrar en Pola de Somiedo en las que fue homenajeada la figura de don Álvaro Flórez Estrada, protagonista principal de nuestro 25 de mayo de 1808.

En aquella España, invadida que asistía a los saqueos y a las miserias de un país tomado por un ejército extranjero, en Oviedo, desde Oviedo, se invocó y se convocó a la ciudadanía para normalizar la situación.

Cierto es que –hay que repetirlo una vez más– no se debe buscar en el 25 de mayo de 1808 un acontecimiento que dé pie a pensar en una exaltación de la soberanía de Asturias frente al resto de España. Nada de eso hubo, pues se pretendía restaurar la Monarquía borbónica (paradójicamente, también de origen francés) y no se concebía estar bajo otro reinado que no fuera el de Fernando VII, acaso el personaje más nefasto que haya tenido la España contemporánea, rey felón, cruel y absolutista, del que Pérez de Ayala escribió que tenía ‘alma de vulpeja’.

Dicho lo cual, también resulta innegable que, insisto, se invocó a la ciudadanía, se pretendió que fuese protagonista a la hora de hacer frente a la invasión, y se enviaron representantes de Asturias a Inglaterra, buscando acuerdos y alianzas contra Napoleón.

Y es que ese hecho, el de la invocación a la ciudadanía desde las instituciones asturianas, invocación llevada a cabo por los personajes de mayor relieve en la Asturias de entonces, nos sitúa en la historia contemporánea y pone de relieve el inconformismo y la dignidad.

A estas alturas, doy por supuesto que no es necesario decir que plantear que el 25 de mayo se convierta en la fecha de la fiesta cívica de Asturias no supone en modo alguno que no se respeten las tradiciones religiosas y, más concretamente, el culto que se le sigue profesando a la Virgen de Covadonga.

Y es que, en pleno siglo XXI, en un Estado teóricamente aconfesional, no tienen por qué no existir fiestas cívicas, conmemoraciones históricas que, en el caso que nos ocupa, dan cuenta no sólo de lo mejor que hemos tenido, sino también de aquellas glorias comunes que forjan lo mejor de un pueblo, según consignó con acierto Renan.

Y, por último, conviene insistir en que la mejor Asturias de entonces formaba parte también de la mejor España.

No deja de ser inexplicable que, tras décadas de gobiernos autonómicos presididos por un partido socialista, socialista en sus siglas, Asturias no tenga aún una fiesta cívica. Antecedentes históricos los hay, sobre todo el que nos ocupa.

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Recuerdos de Oviedo: Fantasmas en Villa Magdalena
Luis Arias Argüelles-Meres 22-05-2016 | 3:46 | 0

Cada ser humano lleva en torno al núcleo de su existencia efectiva un elenco de otras posibles vidas, suyas y sólo suyas. Y solamente destacándolo sobre el fondo de esas biografías espectrales aparece claro y riguroso el perfil fatal, estricto, de nuestro destino» (Ortega y Gasset).

 

No se inquieten, aunque el título del texto pueda inducir a ello, aquí no se va a hablar de política ni tampoco de actualidad. El relato que sigue es mucho más antiguo que todo ello, también mucho más de espectral. De hecho, lo habitan fantasmas, que no fanfarrias, ni fanfarrones. Lo habitan espectros que, por definición, siempre son mucho menos tangibles que los actores políticos de cada día.
Imagine el lector por un momento una vieja historia habitada, insisto, por fantasmas. Fantasmas que venían sufriendo los ruidos, para ellos infernales, de los trenes que, avanzada la noche, circulaban bajo tierra y rompían la paz y el sueño, Imagine el lector por un momento que los susodichos ruidos no dejaban que la casa fuese y estuviese sosegada.
Imagine el lector por un momento una herencia envenenada no sólo por los desquiciantes ruidos, sino también por otras muchas historias. Imagine el lector por un momento que la paz empezó nunca, que nunca empezó. Imagine el lector por un momento que la historia se repite, esto es, que hay un manuscrito que, no se sabe bien por qué conductos misteriosos y enigmáticos, llega a manos de alguien. Y que el susodicho manuscrito cuenta la extraña historia que no habitó aquello pero que pudo haberlo hecho.
Así, en el susodicho manuscrito hay una especie de advertencia preliminar que especifica que la familia de marras nunca llegó a morar allí, pero que pudo haberlo hecho, y que, sobre ese supuesto, tan espectral como ficticio, se construyó la historia que a continuación se relata. Por tanto, hay lugar para lo inquietante. Y la curiosidad nos pierde una vez más. Se trataría, por tanto, de una historia posible, que no real, que nunca llegaría a suceder.
Debo confesar que cuando la vicealcaldesa de Oviedo, tras tenerse noticia de la sentencia del Supremo con respecto a Villa Magdalena, afirmó con razón que acaso estuviésemos ante la biblioteca más cara del mundo, me imaginé, además, que en su interior, donde nunca estuve, seguramente no habría libros apasionantes. Supuse que allí los libros cumplirían, sobre todo, una función más bien decorativa, por no decir de relleno. Y que apenas había sitio para lo legendario, para historias de largo recorrido, sino más bien para la prensa, así como para volúmenes, cuyos lomos hiciesen juego con el conjunto.
Debo confesar, asimismo, que, cuantas veces pasé por delante de Villa Magdalena, nunca me sentí tentado a conocer su interior. Lo que más llamó mi atención siempre fue el cenador que está junto al muro que da a la calle, pero el susodicho interés se desplazaba en el tiempo, cuando apenas había transeúntes por las aceras, cuando la historia no se había acelerado. Viejos, muy viejos tiempos.
Fantasmas en Villa Magdalena. ¿Qué momento histórico elegiríamos para una merienda campestre en el cenador? ¿Con qué trazas y con qué hechuras presentaríamos y revestiríamos a los personajes? ¿Y si nos pusiésemos en plan palacio-valdesano, esto es, si en aquellos personajes hubiera un antes y un después del ferrocarril que rompía la paz y lo hacía crujir todo?
Convendrán conmigo en que es mucho más armónico y hasta aterciopelado oír el frufrú de un vestido decimonónico que tener que soportar los ruidos de las locomotoras por lentas que fuesen en ya lejanos tiempos.
Fantasmas en Villa Magdalena, escenario para un relato que iría hacia atrás en el tiempo Dios sabe cuántas décadas.
Fantasmas en Villa Magdalena. Como contrapunto y como contrapeso a la escandalera mediática, ¿cómo no plantearse un relato en el que el inmueble que nos ocupa no fuese más que un viejo escenario de época en el que determinados personajes, extraídos de la tradición literaria, se convirtiesen en sus moradores, espectrales y fantasmagóricos? ¿Y cómo jugar con esos mimbres de la tradición literaria para darles un mínimo de originalidad, de personalidad propia?
No sería tarea fácil, nunca lo es construir un buen relato, pero habrá que reconocer que, parafraseando a Cortázar, la propuesta de la que vengo hablando no está nada mal como ‘modelo para armar’.
Merienda en el cenador. Todo acorde con una época, desde las viandas que se consumen hasta las vestimentas, desde la puesta en escena de quienes sirven y son servidos, hasta las conversaciones que tienen lugar.
Merienda en el cenador. Niños y niñas que están deseando jugar. Personas mayores respetabilísimas que cuidan mucho todo aquello que se dice delante de las criaturas. Lenguaje gestual, rigurosa y claramente descrito, que da cuenta de mares de fondo, de grandezas y miserias, de sueños y pesadillas.
Y, de repente, un naufragio desgarrador en la trama, de repente, algo muy sísmico. Esos personajes se avistan a sí mismos en un contexto de futuro, en un escenario al que temporalmente jamás llegarán. Es entonces cuando cunde la zozobra, cuando las inseguridades chirrían, cuando lo que castiga los oídos es mucho más fuerte que los cañonazos parisinos que se oían en Casablanca. Se rompe en mil pedazos el sosiego. Todo es un desmán.
¿Y si fuese al revés? Me explico: ¿No cabría también plantear la hipótesis narrativa de que son personajes actuales los que se ven en una época muy lejana? ¿No cabría plantear la trama de manera tal que sean personajes actuales los que ven una especie de espectros en los que hay algo de sí mismos, algo que les antecedió y que identifican como lo posible en otra época, como esa especie de vidas espectrales de las que habló Ortega, cuyas palabras se reproducen al principio de este modelo para armar fantasmas, para desarmar telarañas temporales que cobran ese inconfundible color de lo irreal?
Les aseguro que vale la pena detenerse a observar el cenador y construir una historia espectral al orteguiano modo.
Una historia con sus herencias y sus querencias, bienquerencias y malquerencias.

Foto de Luis Arias Argüelles-Meres.

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