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Fecha: julio, 2016
Recuerdos de Oviedo: La calle la Rúa
Luis Arias Argüelles-Meres 31-07-2016 | 8:26 | 0

Transcurrieron mucho años ante de que llegase a saber que estamos hablando de la calle en la que Pérez de Ayala da una lección magistral de perspectivismo en su novela “Belarmino y Apolonio”, donde Oviedo es, como en el resto de las novelas ayalinas que tienen como escenario nuestra ciudad, Pilares, y donde este entrañable enclave carbayón recibe el nombre de la calle Rúa Ruera.

Transcurrieron muchos años, digo. Y es que, desde que tengo memoria, se trata de una de las calles de Oviedo que más y mejor recuerdo no sólo por su ubicación en el meollo de nuestra ciudad, sino también porque allí vivía una familia muy cercana a la mía por una amistad ya heredada . Era la familia Canga con la que mi madre mantenía una relación muy estrecha, diría que fraternal y, por tanto, resultaban muy frecuentes las visitas a aquella casa durante mi infancia.

Calle estrecha, con mucho movimiento de gentes. La casa donde vivían los Canga era un edificio noble y notable que se percibía nada más poner los pies en el portal. Como las viviendas antiguas, techos altos y maderas que daban cuenta del paso del tiempo en sus estrías y vetas, lo que no significaba deterioro alguno. La cera y la limpieza las mantenían en perfecto estado.

Por otro lado, tan pronto se llegaba a la plaza de la Catedral, el primer impulso, acaso forjado por la costumbre, era girar a la derecha y adentrarse en la calle la Rúa. Desde el primer momento, se avistaba también el final de la calle Cimadevilla que conducía al Ayuntamiento.

Tiendas, muchas tiendas. La cercanía de la plaza del Fontán. Los continuos saludos de un Oviedo en el que casi todo el mundo se conocía. Mañanas lluviosas en las que los paraguas parecían saludarse entre sí como los señores de antes que lo hacían con aquellos inconfundibles movimientos que daban a sus sombreros.

Cogollo de Oviedo, de un Oviedo muy antiguo y tradicional que, en la infancia, no sabríamos datar más allá del “siempre todavía” machadiano que aún desconocíamos.

Calle la Rúa, como digo, infancia, tanto en las acostumbradas visitas a la familia a la que antes aludí, como también tránsito de camino a la plaza del Fontán, tránsito la mayoría de las veces grato y gozoso porque siempre había golosinas o algún juguete como premio y alegría.

Calle la Rúa. Confieso que, hasta bien entrada la adolescencia, no había reparado nunca en una casa de comidas o restaurante, en el Malani, que se encontraba al principio de esta vía pública. Y, a decir verdad, no es de extrañar que, con ese rótulo, lo que más recuerdo es una abundante y sabrosa ración de macarrones que degusté en compañía de mi padre una de las veces que fuimos allí a almorzar.

Fue una comida inolvidable y no sólo por los macarrones, sino por un personaje que estaba en la mesa de enfrente. Extraña y -debo confesarlo- hilarante la forma de comer la aquel hombre. Lo hacía muy aprisa, devorando los macarrones. Pero lo más llamativo del proceder de aquel ciudadano era que continuamente levantaba la cabeza, como si estuviera muy inquieto, como si se sintiese vigilado, como si temiese que no le iban a dejar terminar.

Su posición a la mesa no guardaba el protocolo de estar erguido y elevar el cubierto antes de deglutir. Antes al contrario, poco le faltaba para meter de lleno la cabeza en el plato, cabeza, como digo, inquieta y en continuo movimiento, como quien está aquejado de manía persecutoria, como quien teme una irrupción inoportuna en cualquier instante.

Aquello, como digo, no sólo fue chocante, sino también divertido y pintoresco. Y, al mismo tiempo, no pude dejar de preguntarme qué podía pasarle al personaje de quien les hablo, por qué tanto nerviosismo, por qué tantas prisas, por qué tanta vigilancia, al menos, en apariencia.

Cuando salimos del Malani, le conté a mi padre la escena que había estado viendo y que él tenía de espaldas. Lo cierto fue que no le concedió la más mínima atención. Los comportamientos extraños no eran para él novedad. Cosas del paso de los años, por supuesto.

Calle la Rúa. Antes de que se hablase del Oviedo antiguo, antes de que yo llegase a disfrutar de la lectura de “La Regenta” y de las novelas ayalinas, antes de que el Malani se convirtiese en una de mis muchas referencias a la hora de mi anecdotario vetustense, mucho antes de todo eso, fue para nosotros una cita familiar, un escenario continuo de nuestra infancia, un lugar de visitas que no eran de cortesía, sino muy distinta cosa.

Calle la Rúa. No olvidaré nunca, volviendo a la novela ayalina “Belarmino y Apolonio”, la emoción con que mi padre contaba la anécdota que sigue: en una ocasión, en Cornellana, en la casa de un contertulio suyo a la que acudía con frecuencia, el anfitrión leía en el jardín de su casa la novela referida, y, cuando mi padre se incorporó a la tertulia, le dijo con ese asombro propio de un descubrimiento grato, que podía identificar muy fácilmente a los protagonistas de la narración ayalina que nos ocupa, incluso recordaba sus nombres.

La referida anécdota databa de los años cuarenta. Mi padre puso mucho énfasis en ello, pues aquella tertulia era un islote de libertad en años muy duros para las libertades y también para la existencia y la literatura. El protagonista de la anécdota era un liberal de los de antes, republicano, espíritu libre e ilustrado que se evadía, como otros muchos, de aquella sórdida realidad mediante la lectura, unas lecturas que disfrutaba gracias a su extraordinaria formación intelectual.

Calle la Rúa. Realidad y literatura. La infancia. El Oviedo de siempre. La adolescencia.

Calle la Rúa, testigo de la historia carbayona y también de mi intrahistoria, la del niño y adolescente que tanto y tanto la transitó, casi siempre en compañía, de personas o libros.

O de ambas cosas a la vez en determinadas ocasiones.

Foto de Luis Arias Argüelles-Meres.
Foto de Luis Arias Argüelles-Meres.

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Oviedo: El callejero de nunca acabar
Luis Arias Argüelles-Meres 29-07-2016 | 3:36 | 0

Sé que hay quien dice que la modificación del callejero no  figura entre la mayores preocupaciones de la ciudadanía. Sé que, cada que se habla de esto, hay quien arguye resentimientos, venganzas y demás sentimientos ruines. Sé que, en ésta como en otras muchas cuestiones, nunca está de más el tacto y, ante todo y sobre todo, la pedagogía política.

 

Dicho todo lo cual, si vuelvo a escribir sobre este asunto, no es sólo porque la polémica vuelve a estallar de nuevo en nuestra ciudad, sino también y, sobre todo, porque se trata de un asunto que aún no se ha resuelto. Para ello, hubo dos oportunidades. Una de ellas fue cuando se formaron los primeros ayuntamientos democráticos tras la dictadura. La siguiente, mucho más cercana en el tiempo, tuvo lugar en el momento en el que, en aplicación de la Ley de Memoria histórica, se formó una comisión de personas que hicieron sus modificaciones, algunas muy razonadas y razonables. Pero, como fácilmente puede advertirse, la asignatura sigue pendiente.

Me permito volver a recordar dos planteamientos muy obvios: En primer término, el callejero de una ciudad debe rendir homenaje a las personas más ilustres que destacaron entre nosotros a lo largo de la historia, esto es, a lo mejor que hemos tenido. En segundo lugar, una sociedad que se reclama democrática no puede rendir homenaje a personajes que formaron parte activa de una dictadura reprimiendo a personas y luchando contras los derechos y libertades. Y, desde luego, nadie discutirá a estas alturas que en este país hubo una dictadura que duró cuatro décadas.

Hay quien dice –por otro lado– que lo que se pretende es eliminar la presencia en el callejero de personajes de ‘un bando’ y sustituirlos por gentes del ‘otro bando’. Desde luego, no es ese el asunto, sino otro muy distinto.

Miren –perdón por la perogrullada– la notoriedad y la excelencia de las personas no se alcanzan por motivos ideológicos, sino por otro tipo de méritos (muy diversos). Y, desde luego, si un médico, pongamos por caso, desarrolló una labor encomiable como tal, el hecho de rendirle homenaje dándole presencia en el callejero no es ni debe ser por sus ideas políticas.

Distinta cosa es que se rinda homenaje a personajes que destacaron por lealtades inquebrantables a una dictadura que –perdón por una obviedad más– torturaba y reprimía.

Y no vale aducir como argumento que esas personas están en nuestra historia. Lo están, sí, y su lugar como tales son los libros que se ocupan de nuestro pasado, pero no en un callejero que –insisto– es un homenaje público que una sociedad democrática no debe rendir a quienes formaron parte activa de un régimen político que ahogó y persiguió derechos y libertades.

Dicho todo ello, con el mayor convencimiento y con no menor escepticismo en el sentido de creer que la polémica pueda cerrarse, con cambios o sin ellos, en el callejero de Oviedo hay ausencias que no deben prolongarse más.

En este sentido, reitero que Juan Antonio Cabezas, el primer biógrafo de Clarín, libro que sigue siendo imprescindible, debe figurar en el callejero de Oviedo. No sólo hablamos de esta obra fundamental, sino también de uno de los grandes periodistas del siglo XX, cuya carrera comenzó a forjarse en el diario ‘El Carbayón’.

La necesidad de que la presencia de Cabezas en el callejero de Oviedo se acometa cuanto antes se la expuse personalmente al Alcalde Wenceslao López, también a la vicealcaldesa Ana Taboada. Y las respuestas que recibí fueron de aceptación. Espero que esto se haga pronto realidad.

También merece tener presencia en nuestro callejero Aurora de Albornoz, experta en Juan Ramón Jiménez y Unamuno, asturiana nacida en el concejo de Valdés y autora de un poema memorable dedicado a Ana Ozores.

Y, de otro lado, no estaría de más que, en la calle Uría, donde estuvo la sede del diario ‘El Carbayón’, hubiese una placa dando fe de ello. Y, sin salir de la calle Uría, en el edificio erigido sobre el solar de la casa donde nació Fernando Vela también debería instalarse una placa que diese cuenta de ello.

Por último, sería muy deseable partir de un acuerdo común en este asunto, y ese acuerdo común sería aceptar lo que es y no es de recibo que una sociedad democrática del siglo XXI deba homenajear.

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Recuerdos de Oviedo: Cafetería San Francisco
Luis Arias Argüelles-Meres 25-07-2016 | 1:32 | 0

Se inauguró a principios de los años 60, es decir, cuando la ciudad y el país entero, a pesar del régimen imperante, empezaban a abrirse al mundo, o, acaso sería más preciso decir que en aquella década el mundo se asomaba de nuevo a este país, aunque no se lo pusieran muy fácil. Y, desde el primer momento, la cafetería San Francisco anticipó, en lo que a la estética hostelera se refiere, los nuevos tiempos. Nada que ver con los antiguos cafetones, nada que ver con los establecimientos anteriores. Se diría, por tanto, que marcó el signo de los nuevos tiempos en su zona.

ALEX PIÑA 

Desde su apertura, la cafetería San Francisco se convirtió en un lugar de cita para las gentes más cercanas. A este propósito, me gustaría decir que no pequeña parte del vecindario tuvo y tiene que ver con la profesión docente, y, por tanto, también su clientela. Desde entonces, esa zona de Oviedo vino contando con un establecimiento hostelero que, para muchos, sigue siendo una segunda casa.

En lo personal, puedo decir que frecuenté mucho la cafetería San Francisco a lo largo de los años 90, normalmente, por las noches. Tertulias en la barra de gentes que tienen un trato de vecindad, mientras que, en la mesas, se formaban una suerte de islotes ajenos al resto, como si, de forma invisible, hubiera aislamientos que hacían más cómoda la estancia de quienes se iban ubicando de manera más o menos rutinaria.

Cafetería san Francisco con su no sé qué de pulcritud, con ese bienestar que produce saberse a salvo de irrupciones, por lo común inoportunas, del espontáneo de turno; con esa luz que hace destacar las botellas que hay detrás de la barra, con ese mostrador cómodo para leer la prensa, tomar la consumición, acodarse frente a la pantalla televisiva y charlar de lo que se tercie.

Hubo un tiempo en el que acostumbraba a ir casi cada noche los días de semana; solía tomar el café con amistades que, además, eran colegas de profesión. Eran, como escribí más arriba, los años noventa, era la década en la que el PSOE dejaría de ser, casi a su final, el partido hegemónico de España, era la década que dejaba atrás la guerra fría, con su falsamente anunciado ‘fin de la historia’. Era la década que había dejado atrás la caída de un Muro que marcó un antes y después en la historia. Era la década que quiso empezar siendo feliz y confiada.

Mientras el mundo se preparaba para un nuevo siglo y un nuevo milenio, mientras internet llegaba para quedarse y transformar tantas y tantas cosas, en Oviedo, durante aquella década, el ‘gabinismo’ se imponía y dejaba su impronta estética.

Pero, mientras todo esto sucedía, lo cierto es que la cafetería San Francisco se mantenía como algo inalterado, no sólo su estética, sino también su ambiente. Y, desde luego, no era un establecimiento que se anquilosase, que se quedase atrás, sino que, por así decirlo, su personalidad propia le resguardaba de bandazos.

Cafetería San Francisco que, en el intervalo que va de la hora del vermú a las primeras horas de la tarde, se convertía en restaurante. Cafetería San Francisco donde las retransmisiones futbolísticas llegaron con su pantalla grande. Y, sin embargo, tengo la impresión de que no sería muy exacto definir a este establecimiento como un local donde prima el ambiente futbolero, o, más exactamente, que el susodicho ambiente lo acapare y ahogue todo.

Se diría, antes bien, que hay algo en la atmósfera de la cafetería San Francisco que, en todo momento, preserva la intimidad y el ámbito propio de quienes están allí al margen de las pantallas, hablando de sus cosas.

Y, a día de hoy, la presencia de personas del mundo docente continúa en la cafetería San Francisco. Durante varios años, acudía el filólogo y catedrático Jesús Neira. Y, a día de hoy, otro profesor universitario, Teófilo Rodríguez Neira, sigue siendo un cliente habitual. Profesorado de antes, profesorado de hoy, que marcaron y siguen marcando la personalidad de la cafetería San Francisco.

Y vuelvo a los años 90, en cuya década estuve varios años trabajando en el Instituto de Tineo, en cuya década acudía casi todas las noches a este establecimiento, en cuya década pasaba por delante de la cafetería por las tardes camino del colegio de mi hijo que terminaba su jornada escolar a la hora taurina.

Y vuelvo a aquella década, recordando por ejemplo, la jornada en la que sucedió uno de los hechos más rocambolescos de nuestra reciente historia, cuando Roldán, en teoría, apareció en Laos y llegó en avión a España. Todo el flujo de noticias se concentraba en aquel hombre que representaba una época que vivimos de bochorno en bochorno. Al tiempo que atendíamos a los comentarios y a las noticias relacionadas con aquel personaje, nuestra incredulidad se incrementaba de forma acompasada a nuestro desencanto e indignación. Aquello parecía un mal sueño, una broma de mal gusto, un episodio grotesco, y, además de todo eso, el personaje era real.

Cafés, vasos de agua con hielo, interrogantes, perplejidad. Cuatro personas sentadas a la mesa, a quienes nos costaba dar crédito a todo aquello. Del desencanto se había pasado ya a la indignación.

¿Cómo olvidar, por otro lado, aquellas primeras noches, cuando en el camino de regreso a casa, nos encontrábamos ya con el Auditorio que se erigió en pleno apogeo del ‘gabinismo’? Siempre tuve la sensación de que aquello, dejando otras cuestiones estéticas aparte, creaba una atmósfera donde lo abigarrado sofocaba y asfixiaba.

Cafetería San Francisco. ¡Cuántos cafés, cuántas tertulias, cuántas caras conocidas, especialmente de la profesión!

Vino en los años sesenta a marcar nuevos tiempos y, a día de hoy, continúa su andadura como un lugar cómodo, confortable, aislado de la brocha gorda, también de las grandes sacudidas.

Tanto y tanto cristal en los ventanales. Tantas botellas en baldas también de cristal que no sólo decoran y dan lustre al establecimiento, sino que demás añaden ese no sé qué de pulcritud al que aludí más arriba.

Pulcritud sin brillos chillones para días y, sobre todo, para noches sosegadas.

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¿El culebrón del verano?
Luis Arias Argüelles-Meres 22-07-2016 | 11:13 | 1

No pretendo, ni de lejos, pontificar acerca de cuestiones jurídicas. A un literato no le corresponde, claro está, pronunciarse al respecto. A lo que voy es muy distinta cosa. Me limito a manifestar mi asombro ante lo que vino aconteciendo con don Agustín de Luis desde que se tuvo noticia de la sentencia que lo obliga a ingresar en prisión.

Don Agustín de Luis es muy conocido en esta ciudad no sólo por las responsabilidades que tuvo al frente de la Policía Local. Hay quienes le recuerdan de otras épocas. Y, a día de hoy, no es fácil no pensar en el ‘gabinismo’ al tener noticia de los acometimientos que viene protagonizando este ciudadano.

Y, si la memoria no me falla, a propósito de Gabino y del ‘gabinismo’, recuerdo que este hombre fue noticia en los momentos previos a que Álvarez-Cascos, entonces enfrentado al que había su partido en general y a Gabino de Lorenzo en particular, daba sus pasos para su efímero y ruidoso regreso a la política llariega. Digo esto, porque, en una intervención de Cascos en Oviedo, entre el público asistente más destacado estaba don Agustín de Luis, lo que, de entrada, produjo no poca sorpresa. Y es que a veces en esta tierra nuestra, los asombros, no precisamente al modo en que los entendía Platón, son mayúsculos.

Y, centrándonos en el momento presente, el devenir de los acontecimientos parece haberse conjurado para que todo lo relacionado con la referida sentencia que obliga a este ciudadano a ingresar en prisión, tiene su indudable no sé qué de serial por entregas, en este caso no radiofónico, o no sólo radiofónico.

Ya de por sí es noticia (perdón por la obviedad) el hecho de que ingrese en prisión una persona con tan largo recorrido en la vida pública ovetense y asturiana. Si a esto añadimos el asunto propiamente dicho de la condena, el estado de la cuestión cobra mayor notoriedad. Pero lo que convierte todo ello en culebrón es la locuacidad mediática del personaje que nos ocupa.

Lo dicho, como un culebrón estival, que, en el espacio, también se localiza y focaliza en su casa de veraneo en Salinas.

Versiones contrapuestas la de la Audiencia y la de la defensa. A ello se suma el propio interesado con ruido y con furia.

La cuestión está no sólo en que pasen cosas como la que aquí nos traen, sino también en las reacciones y reacciones del protagonista de este culebrón.

¿Y Gabino de Lorenzo qué dirá para sus adentros, qué pensará de todo esto? Haría falta saberlo para darle más bríos corales a tan rocambolesca y estridente historia.

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Recuerdos de Oviedo: El robo en la Cámara Santa
Luis Arias Argüelles-Meres 17-07-2016 | 11:46 | 0

 

:: E. C.José Domínguez Saavedra abandonó en su huída una bolsa con 251 joyas.Nos despertamos, aquel día de agosto de 1977, con una noticia que parecía una pesadilla. La Cámara Santa de la Catedral de Oviedo había sido saqueada. No sólo ocurrió lo inesperado y lo indeseado, sino que además hubo un sentimiento común de que Asturias había sufrido un tremendo despojo con alevosía y nocturnidad. Esta tierra se sumió en la impotencia que supuso sentirse expoliada. Aquel robo nos noqueó.

En casa, nos enteramos durante el desayuno a través de la radio. Y, tras haber escuchado lo que hasta entonces se sabía de lo sucedido, se apoderó de nosotros esa sensación de pesadilla a la que acabo de hacer alusión. Se trataba del robo de nuestros principales tesoros históricos, es decir, de las joyas de la Cámara Santa de la Catedral, la Cruz de la Victoria, la Cruz de los Ángeles y la Caja de las Ágatas. Y –perdón por la obviedad- lo que dolía no era el valor material de todo aquello, sino algo mucho más importante que no tenía precio y que estaba estrechamente vinculado con los sentimientos de todo un pueblo. No, entonces, al menos en lo que toca a aquel acontecimiento, no se confundía valor y precio.

Estábamos, un verano más, en Lanio, que, como cada año, celebraba sus fiestas de San Lorenzo. Recuerdo la consternación generalizada, el mazazo sufrido en toda Asturias. La extrañeza por la ausencia de unas medidas de seguridad que hubiesen podido evitar aquella desgraciada noticia.

Recuerdo también la conversación en la mesa familiar, invitados incluidos por ser las fiestas del pueblo, conversaciones que alternaban el estupor ante lo sucedido y las referencias al pasado cuando la Cámara Santa había sufrido desaprensivas embestidas revolucionarias. Estaba claro que nada tenían que ver ambos episodios. Esta vez se trataba de un hurto que atentaba contra un sentimiento generalizado en Asturias, con independencia de cuestiones políticas. A este propósito, conviene recordar que no se concedió credibilidad alguna al contenido de una llamada que se hizo a un diario nacional donde una supuesta alianza anticomunista reivindicaba la autoría del robo.

Y, a diferencia de lo que sucede ahora, Asturias entonces existía allende Pajares. El terrible suceso no sólo se difundió en todos los medios nacionales, sino que además el Gobierno de España, que entonces presidía Adolfo Suárez, anunció que el Consejo de Ministros iba a crear una comisión para legislar en pro de la protección y seguridad de nuestro Patrimonio Artístico. El ministro de Cultura era entonces Pio Cabanillas, que no tuvo reparo en reconocer que el expolio del que venimos hablando podría haberse evitado con unas medidas de seguridad que entonces no existían.

Todo estaba en pañales en lo tocante a la reconstrucción (¿más bien deconstrucción?) de los distintos discursos políticos, pero, aun así, la práctica totalidad de la izquierda se sumó al estupor y a la indignación, lo que no evitó, sin embargo, que, desde determinados ámbitos se lanzasen ciertos recordatorios históricos, aun a sabiendas que en el caso que nos ocupaba, no había lugar a comparaciones.

Todo estaba en pañales, digo, especialmente, el asturianismo. No obstante, lo acontecido tenía una carga simbólica tal que golpeó duramente los sentimientos de la totalidad de la población. Hubo manifestaciones que fueron más allá de los ámbitos meramente partidistas.

Y, por decirlo de algún modo, el relato fue discurriendo de la forma que sigue. Por un lado, estaban las noticias de las pesquisas e investigaciones policiales, y, de otra parte, también tuvieron su protagonismo personas y movimientos cívicos que pedían, con todo el derecho democrático, voz y participación en todo aquello.

La primera parte del proceso duró poco más de un mes, pues el 14 de septiembre de aquel mismo año sería detenido el ladrón y se conocería su identidad. Para asombro de casi todo el mundo, el personaje en cuestión sólo contaba con diecinueve años, lo que no impedía que atesorase un currículum delictivo que no estaba nada mal para la edad que tenía.

1977, el año de las primeras elecciones generales, un año marcado además por una enorme conflictividad laboral en nuestra tierra, un año de esperanzas y miedos, un año en el que la política parecía presidirlo poco, un año de incertidumbres, un año de cambios cuyo alcance no era fácil conocer bien.

Más que del flujo de noticias y rumores que no dejaron de proliferar, lo interesante de aquel momento fue la forma en que se vivió el referido acontecimiento. Acaso se podría afirmar que nunca hubo en tiempos recientes un sentimiento tan generalizado y coincidente, una ausencia no sólo de polémica, sino también de matices.

Recuerdo que, al final de una de las movilizaciones que hubo en aquel verano, me detuve muy cerca de la Catedral, pensando en el ‘poema romántico de piedra’ al que alude Clarín, pensando también en la portada de la ya legendaria edición de bolsillo de ‘La Regenta’ que publicó Alianza Editorial en los años sesenta, pensando, en definitiva, que el monumento que nos ocupa, valores artísticos aparte, era, al mismo tiempo, lo que más nos había unido en pro de una identidad común y también lo más universal que tenemos, entre otras cosas, por el protagonismo que acapara en una novela que figura entre las principales obras maestras del género a la misma altura de las grandes novelas de su tiempo. Y, a decir verdad, esto último lo considero de mucho mayor interés que las incógnitas que sigue habiendo del caso propiamente dicho. En todo caso, la madre de todas estas incógnitas sigue siendo hasta qué punto puede resultar verosímil que el hurto que en su momento nos conmovió tanto y tanto pudo haber sido obra de un solo autor, porque más bien parece que, por aludir a un caso muy conocido, muy de sainete carpetovetónico, pudo haber habido la compañía y la colaboración de otras personas, pudo haber secuaces. Si cierro los ojos recordando aquello, veo el plato de arroz con leche en casa, acaramelado y delicioso, mientras alguien salía en la televisión hablando de la complejidad que supondría restaurar el horrendo estropicio de aquel verano del 77. Era verano, era agosto, eran las fiestas de San Lorenzo y Asturias acaba de ser víctima de un expolio brutal. Y Asturias reaccionó con dignidad, sin particularismos.

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