El Comercio
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Fecha: agosto, 2016
Viga Azul: En Proyecto
Luis Arias Argüelles-Meres 28-08-2016 | 5:12 | 0

La tarde en Oviedo, después de una mañana soleada, se nubló. ¡Ay, esas nubes que cubrían el cielo del Tartiere, horas antes de empezar el partido! ¡Ay, tarde asturiana con el añadido del anticipo de la melancolía septembrina que ya se puede percibir!

Desde luego, no había motivos para la euforia tras el primer encuentro jugado en Valladolid. Tampoco lo había, cierto es, para el catastrofismo que nunca nos abandona.

Desde luego, la primera parte en su conjunto fue soporífera y no se prodigó a la hora de dar alegrías al oviedismo; no se prodigó no sólo porque no marcamos goles, sino también porque el juego distaba mucho de ser brillante.

Por fortuna, tras el descanso, el Oviedo apretó, el Almería se atrincheraba, y las expectativas en las gradas empezaron a mejorar hasta que sobrevino el gol de Nando, que tuvo su estética: se diría que el balón se dejó acariciar por el pie del jugador azul y llegó al destino deseado, sobando el poste contrario desde el que se produjo el lanzamiento.

Acaso fue el gol fue el primer lance del partido con su no sé qué estético, un no sé qué estético que, por cierto, hoy el faltó a Susaeta.

El Oviedo empezó a gustarse, la afición disfrutaba de una victoria que había que confirmar, como sucedió con el gol de Toché, un Toché que hasta entonces había luchado lo indecible, pero no parecía estar en su mejor momento de pegada.

En proyecto, un equipo que está lejos de explotar su potencial, un potencial en el que queremos creer. En este sentido, hay unos cuantos detalles que merecen ser consignados: cumplió Varela en su debut. Por su lado, Fernández, al que la afición no le manifiesta un especial cariño tras el ambiente enrarecido que se formó el año pasado, hizo hoy un buen partido, tanto en sus labores  defensivas como en sus incorporaciones por banda.

Nando tiene velocidad y clase. Erice, que estuvo en su línea, sin desarrollar un juego deslumbrante, al margen de otras consideraciones, tengo para mí que contribuye no sólo con su juego, sino también con sus gestos y palabras, a ordenar al equipo en el campo.

No hay ninguna pega que poner al nuevo guardameta, ni tampoco al defensa Gil que entró en el campo tras la lesión de Verdés. Por su parte, confieso que esperaba más de Torró como director de orquesta. Habrá que darle tiempo. Y tampoco hay que soslayar la velocidad de Alaniz, la lucha de Linares, así como la presencia en el once titular de un Pereira, del que también esperamos más.

En la segunda parte, se vio a un Oviedo que se encontró a sí mismo tras una primera parte en exceso roma. A un Oviedo que, insisto, está –y queremos que esté- en fase de crecimiento.

Nueva temporada en la que hay que dejar atrás el fracaso de la anterior en la última fase de la liga. El proyecto está ahí. Toca encomendarse a las legendarias glorias azules para que cuaje. Tiene que cuajar.

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Recuerdos de Oviedo: El Alkor
Luis Arias Argüelles-Meres 28-08-2016 | 3:00 | 1

“Cuando no hay alegría, el alma se retira a un rincón de nuestro cuerpo y hace de él su cubil. De cuando en cuando da un aullido lastimero o enseña los dientes a las cosas que pasan. Y todas las cosas nos parece que hacen camino rendidas bajo el fardo de su destino y que ninguna tiene vigor bastante para danzar con él sobre los hombros”. (Ortega y Gasset).

Vuelvo a mis trece años, a aquel momento de la vida en el que empezamos a darnos cuenta de que la protección que siempre nos acompañó en la infancia se desmorona. Toca enfrentarse a una nueva situación en la que, en mayor o menor medida, el mundo nos puede golpear y nos golpea. Toca el turno de ese aprendizaje tan dificultoso que consiste en buscar el modo de defenderse ante inoportunas hostilidades, tan latosas e inoportunas como inevitables.
Trece años, digo. Vivíamos entonces en Santa Susana, 27. El arriba firmante tuvo que hacer frente a un estirón enorme, que simbolizó la crisis de crecimiento en lo que a la edad se refiere. Todo empezaba a ser distinto. Y casi siempre había momentos en los que se buscaba un ensimismamiento agridulce, ensimismamiento como refugio. Y, a su vez, lo prohibido comenzaba a cobrar un importante protagonismo.
Había golpes en la vida, que no eran tan fuertes como los de César Vallejo, pero zaherían –y no poco- el ánimo. Había un cierto vértigo a la hora de concebir imaginariamente realidades que, de antemano, podían parecer sórdidas y punzantes. Había asomos de grandes sueños, pero también de pesadillas que tenían como escenario los bajos fondos, los ámbitos en los que la lírica, concebida al modo de la infancia, no podía tener sitio.
Trece años, digo. Hubo una mañana en el colegio que alguien habló de un bar que cerraba muy tarde. Era el bar Alkor, que estaba en la calle Pérez de la Sala y que cerró sus puertas en 2014, creo que un 21 de junio.
Era el bar Alkor, digo, al que me acerqué aquella misma tarde, sin entrar. No fue necesario para echarle un primer vistazo. Era una tarde de invierno, tristona, con su niebla, molesta, con brisa fría y lloviznas. Era una tarde de invierno en la que se percibía en el ambiente el deseo generalizado de que llegase la noche para ampararse en el calor de casa. Para echar las persianas y disfrutar intramuros, bien fuese escuchando música, bien fuese leyendo, bien fuese atendiendo a la conversación familiar.
Era una tarde de invierno en la que los alicientes estaban puestos en la noche en casa, no en el día siguiente, con frío anunciado, con rutina garantizada. Era una tarde de invierno, en la que me hubiese gustado entrar en el Alkor, tomar algo caliente y desplegar la baraja sobre una de sus mesas para hacer un solitario de los de ocho calles.
Era una tarde de invierno en la que no me costó imaginar que esos calores familiares también podían ser sustituidos por los que puede proporcionar la atmósfera de un bar, con sus juegos, con sus charlas, con sus consumiciones mientras se charla.
Aquello no era –ni podía ser- sustituido por el mundo tan conocido y entrañable de los bares de Cornellana o de los chigres de Lanio que había ido conociendo en compañía de mi padre. A mis trece años, ya no era el niño al que todo el mundo dirigía palabras cariñosas. Todo resultaba, por fuerza, muy distinto.
Llegué a casa, merendé, hice los deberes, leí unas páginas del que entonces era mi libro de cabecera, “Psicología de la adolescencia”. Y, antes de cenar, antes de las diez de la noche, hice aquel solitario que me había imaginado en la puerta misma del bar Alkor. Confieso que, tras dos intentos, tuve que desistir. No me salió, no había opciones de liberar calles, ni de ir acumulando cartas de los distintos palos.
Bar Alkor, que cerraba más tarde, según se decía, de lo habitual. Allí me instalé de forma ficticia en aquellos momentos en los que quería estar solo, en los que buscaba refugio en un agridulce –y necesario- ensimismamiento.
Allí me instalé, digo, con mi baraja para hacer solitarios. Con mi libro de cabecera, ya nombrado, con una libreta en la que había empezado a anotar vivencias, bajo un título en exceso rimbombante, muy propio de la edad. Lo titulé “Diario secreto de un adolescente”. A decir verdad, pocos secretos, por no decir ninguno, había que esconder, pero sí me resultaba necesario desahogarme haciéndome eco de que empezaba una etapa en mi vida en la que, como consigné más arriba, el mundo podía golpearme.
Confieso que lo que más me asustaba era la sospecha misma de ambientes sórdidos y violentos, en los que no había lugar para melancolías adolescentes, en los que no había bálsamos que pudieran neutralizarlos.
Bar Alkor. En alguna ocasión, volví a su puerta, con el libro y la libreta referidos, imaginándome dentro, y poniendo nombres y palabras a aquellas gentes que andaban por allí, tan ajenos a mis tribulaciones adolescentes.
Aún no había leído a Baudelaire. Y, sin embargo, sin formulármelo con esos términos, necesitaba ser sublime sin interrupción,dejar constancia en aquella libreta de temores y esperanzas, de ilusiones y desengaños, contarme a mí mismo, o, más bien, al personaje que quería ver reflejado en aquellas anotaciones que, a la vista de una persona adulta, no dejarían de ser ñoñeces.
Que el solitario saliese bien, que la frase anotada fuese de mi gusto, que las conversaciones inventadas me pareciesen interesantes. De todo ello se trataba.
Bar Alkor. Pasó el tiempo. Los clamores y cuitas de la adolescencia se quedaron muy atrás. Y allí seguía el establecimiento que aquí nos trae.
Sí, tenía que haber un loro, insolente y descarado. Sí, los precios eran muy ajustados. Sí, contenido y continente estuvieron marcados siempre por lo informal.
Bar Alkor. Todo un clásico, todo un referente para quienes lo transitaron, que fueron legión.
Allí tocaba reírse, allí tocaba burlarse, como diría un pedante, de lo habitual y lo consueto. Allí tocaba “no” estudiar, sin que la música de Pink Floiyd tuviese que acompañar con sus acordes.
Más que el ocio, el Alkor fue lo lúdico.
Y celebro que se haya reído de mis tribulaciones adolescentes. Ambos, el bar y yo, salimos ganando con esa victoria.

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¿Por qué no dimite Caunedo?
Luis Arias Argüelles-Meres 26-08-2016 | 12:07 | 0

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«Habría que añadir dos derechos a la lista de derechos del hombre: El derecho al desorden y el derecho a marcharse». Baudelaire.

Conste que no hago juicios, ni prejuicios, acerca de todo lo relacionado con la imputación del señor Caunedo. Conste que, como suelo repetir con frecuencia, los linchamientos me resultan abominables y no seré yo quien participe en ellos añadiendo más crispación mediática al asunto. Conste –otra insistencia más- que guardo un excelente recuerdo de Caunedo de sus tiempos de estudiante de COU en los que le di clase.

Dicho todo ello, no puedo dejar de preguntarme por qué no dimite, lo que le permitiría poder defenderse desde fuera de la política, lo que, por añadidura, sería beneficioso tanto para su partido en todos los ámbitos, especialmente, en el municipal.

Miren, me cuesta entender que el interesado no se dé cuenta, o, al menos, eso parece, de que sus apariciones en la prensa tienen más que ver con el asunto de Aquagest que con su condición de líder del grupo municipal en el Ayuntamiento de Oviedo. Y que esto que digo, comprobable con un mero vistazo a las hemerotecas desde que el asunto salió a la luz pública, sería razón más que suficiente para dejar el cargo hasta que el asunto, judicialmente hablando, se aclare.

¿De verdad, se puede pensar que su tarea como líder de la oposición en el Ayuntamiento de Oviedo, la puede cumplir satisfactoriamente? Y, por otra parte, si en la mayor parte de las comparecencias de su grupo municipal Caunedo no está presente, ¿no sería mucho mejor que dimitiese?

No sé hasta dónde llegará el pacto de investidura que parecen estar negociando el PP y Ciudadanos. Pero, en todo caso, afecte o no ese pacto al ámbito municipal, su presencia en la vida pública, hasta que el asunto se aclare, resulta claramente un lastre.

¿Cómo no recordar la postura que adoptó Caunedo siendo alcalde, apartando a Reinares, cuando fue imputado, e insinuando, de algún modo, que su deseo era que dimitiese el edil de su grupo?

¿Por qué no dimite? ¿Por qué sigue ahí como una sombra de sí mismo? ¿De verdad, cree el exalcalde que, en las presentes circunstancias, está en condiciones de liderar la oposición? ¿O se conforma con los ataques mediáticos que recibe el actual equipo de gobierno? De ser así, su presencia no aporta, ni puede aportar, gran cosa.

¿Por qué no dimite Caunedo? ¿A qué espera para hacerlo?

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Recuerdos de Oviedo: “Jardín de los Reyes Caudillos”
Luis Arias Argüelles-Meres 21-08-2016 | 3:31 | 0

 

“Las verdades son ilusiones de las cuales se ha olvidado que son metáforas que paulatinamente pierden su utilidad y su fuerza, monedas que pierden el troquelado y que ya no pueden ser consideradas más que como metal, no como tales monedas”. (Nietzsche).

A veces, vale la pena dejarse llevar por el afán del momento. En ocasiones, sin haber trazado propósito alguno, decidimos abrir un paréntesis en medio de la cotidianidad, deteniéndonos a contemplar algo, a pensar acerca de un determinado tema, a rescatar un recuerdo, a imaginar una situación próxima, a trenzar una conversación que nos gustaría haber mantenido, o que desearíamos que tuviese lugar pronto.
A veces, en efecto, hay que detenerse, dejándonos llevar por el ímpetu del momento. Así lo hice recientemente, al pasar por delante del llamado “Jardín de los reyes caudillos”. Hay que ir más allá de la llamativa denominación que procede de 1942, y que es fácilmente explicable atendiendo a la fecha. Allí, justo al lado de la Catedral, se les rinde homenaje, mediante obras escultóricas de mérito incuestionable, a los reyes más conocidos de la monarquía asturiana.
Al lado de la Catedral, digo. No sólo se pone de manifiesto la cercanía de los poderes, la comunión entre el Trono y el Altar, tan omnipresente durante tantos siglos. Es que, más allá de eso, lo genuino, que, según creo, nos define en gran medida, es lo mucho que simboliza la Monarquía Asturiana acerca de lo que fuimos y somos en esta tierra.
Una monarquía que, sin entrar en otras consideraciones históricas que no son del caso aquí y ahora, se desplazó fuera de nuestra tierra, como lo hicieron tantas familias llegado el momento. Una Catedral que quedó inacabada si se piensa en su peculiaridad de contar con una sola torre.
De un lado, estamos ante lo de siempre: ante esplendores y decadencias. Pero, en nuestro caso, habría que añadir un factor más: una suerte de designio que nos lleva abandonar nuestra tierra, que nos impele a dejar inacabado un proyecto que, en el tiempo, es de antes y después de nosotros mismos.
Si aceptamos que aquella Monarquía se trasladó, si dejamos de ser Corte, ello podría llevarnos a pensar en ese designio al que acabo de referirme: históricamente, los esplendores son efímeros y, al final, está el abandono de lo nuestro, la marcha, la emigración. Al final, lo grande no encuentra acomodo en una geografía tan pequeña.
Viene a ser como la contemplación de una casona solariega en la que, tras su época de esplendor, la estirpe se fue de allí en busca de otros horizontes. Nuestra tierra nos cautiva, nos atrapa, la amamos con intensidad, pero, en un momento dado, la tenemos que dejar, se nos queda pequeña. ¿Será éste nuestro sino?
Más allá del significado de la Monarquía Asturiana propiamente dicha, más allá del valor artístico de las esculturas del jardín que nos ocupa, lo que se pone de manifiesto al contemplar el enclave del que vengo hablando es nuestra inveterada tendencia histórica a la discontinuidad y al abandono de nuestra tierra.
No sólo hablamos de un proceso histórico en el que la decadencia está, forzosamente, en el guion; es que, además, nos topamos con el sino de una geografía que, antes de que se produzca el declive, nos lleva a dejar atrás lo nuestro.
“Jardín de los Reyes Caudillos”. Insisto en que la denominación se las trae. Pero, más allá de la nomenclatura propiamente dicha y a la paternidad en tal denominación del que fuera canónigo, don Cesáreo Rodríguez y García-Loredo, lo fascinante son las piedras nobles, las esculturas de los reyes, el entorno catedralicio. Raigambre asturiana que luce con el sol, que se ensimisma con la lluvia y el frío y que manda sus destellos mágicos, propios de la leyenda, por las noches.
“Jardín de los Reyes Caudillos”. Al observarlo, confieso que se tiene la sensación de que esos monarcas asisten, en un lugar de privilegio, a las liturgias más solemnes que tienen lugar en la Catedral. Y asisten desde sus piedras nobles, subidas a los altares de lo artístico, por los escultores que los homenajearon.
Monarcas astures en una rinconada de privilegio, extraños testigos de trasiegos a lo largo de un tiempo que, desde largos siglos, dejo de pertenecerles.
En más de una ocasión, me hubiese gustado sentarme allí. Contemplarlos muy de cerca uno a uno. Prestar atención a sus rasgos, a sus trazos, confrontándolos con los relatos históricos que los libros y las leyendas atestiguan.
“Corte en lejano siglo”, escribió Clarín en los comienzos de su suprema novela. Lejanía histórica, en efecto. Cercanía geográfica, sin embargo.
Pienso en el término asturiano “atopadizo” que, según Ortega, “es el único que traduce exactamente el gemülich alemán y el cosy inglés”. Y, desde luego, esa “rinconada”, como se le llamó antes de los caudillajes y caudillos, se presta totalmente a ser definida con el vocablo asturiano que el autor de “La idea de principio en Leibiniz” decidió incorporar al léxico de la filosofía. (Entre paréntesis: quienes sienten tanto odio al asturiano deberían tomar nota de ello).
“Rinconada”, atopadiza. Conviene detenerse a contemplarla, más allá de los datos históricos, más acá de las petulancias de todo presente. Más acá de nosotros mismos.
No echamos de menos la torre que supuestamente le falta a la Catedral. Al final, esa teórica carencia es pura originalidad. Y, por otro lado, asistimos a esta rinconada como quien presencia una serie de personajes que están en lo legendario y en la leyenda.
Frente a tan singular “rinconada”, somos nosotros quienes contemplamos a la historia, quienes la representan con presencia escultórica no reparan en nosotros, no podemos interesarles.
Antigua Corte. Legendarios monarcas, topados en un enclave que, por definición, es “atopadizo”.
Observo que pasa por delante una señora abanicándose. No mira hacia el rincón, sino hacia sí misma, acaso abatida por el calor. Segundos después, un señor se detiene y despliega una guía turística. Vuelve la cabeza hacia el enclave que nos viene ocupando. En su mirar, más que asombro, se perciben interrogantes, interrogantes que me hacen recordar lecturas y relecturas.
Por un momento, pienso en Pérez de Ayala, rodeado de sus personajes novelescos. La retranca estaría muy bien servida.

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La tienda del oprimido
Luis Arias Argüelles-Meres 19-08-2016 | 4:49 | 0

La tienda está forrada con una tela de flores.

Hay noticias que nos permiten arrinconar la actualidad y que, por tanto, resultan balsámicas. Hay noticias que constituyen un alentador guiño a ese trasfondo travieso (puede que también “avieso”) que aún perdura en los desvanes de nuestra memoria y que nos es muy grato visitar. Hay noticias que nos hacen incurrir en el asombro y, por ello, tienen que ser bienvenidas, deben serlo.

 

Me refiero en este caso  a la noticia publicada en EL COMERCIO cuyo titular es “La tienda del oprimido”. La fotografía nos sitúa en la calle Pelayo, y podemos ver que se trata de catorce trozos de madera que enmarcan una cabina telefónica. En esa singular “tienda”, hay libros, galletas y ropa. Lo que se plantea en tan sorprendente invento es que allí podemos dejar lo que deseemos y que, además, todos los objetos que se encuentran sobre sus baldas  están a nuestra disposición, si nos queremos llevar alguno de ellos. Lo dicho: todo un guiño, marcado por el sentido del humor y la originalidad.

 

En pleno verano, cuando más turistas y visitantes se ven en un Oviedo que descansa más que nunca, alguien acaba de poner en práctica una divertida y admirable ocurrencia. ¡No está mal!

Lo cierto es que, según iba leyendo la noticia, me decía a mí mismo que lo peor de todo era que la actualidad no hay manera de dejarla depositada en alguno de esos estantes. Sin embargo, me di cuenta de que estaba incurriendo en un error de bulto. Y es que el mero hecho de prestar atención a tan feliz ocurrencia nos lleva a aparcar la actualidad, a dejar de lado a los planes de Rajoy, si es que los tiene, a olvidarnos de los más que inquietantes datos económicos relacionados con la deuda de este país, a la situación de declive y decadencia que está viviendo Asturias con la marcha de miles de personas cada año en busca de trabajo, situación de declive y decadencia cuyos datos acaba de ser facilitados por Comisiones Obreras.

“La tienda del oprimido”. Ni se vende ni se compra. Sólo se depositan cosas para quien tenga a bien llevárselas, al tiempo que se nos brinda la oportunidad de dejar lo que deseemos sobre los estantes.

De entrada, ya digo, dejaría a Rajoy con sus balbuceos, con sus idas y venidas. Y es que, por mucho que prometa estar dispuesto a conjugar el verbo concretar, siempre temo que a última hora se haga un lío con los tiempos y los modos, y aquello resulte un episodio digno de Fray Gerundio de Campazas.

“La tienda del oprimido”. Es obligado manifestar gratitud a la persona que puso en práctica una iniciativa tan divertida, tan oportuna y –por qué no decirlo- tan transgresora.

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