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Recuerdos de Oviedo: El Alkor
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Luis Arias Argüelles-Meres | 28-08-2016 | 01:00

“Cuando no hay alegría, el alma se retira a un rincón de nuestro cuerpo y hace de él su cubil. De cuando en cuando da un aullido lastimero o enseña los dientes a las cosas que pasan. Y todas las cosas nos parece que hacen camino rendidas bajo el fardo de su destino y que ninguna tiene vigor bastante para danzar con él sobre los hombros”. (Ortega y Gasset).

Vuelvo a mis trece años, a aquel momento de la vida en el que empezamos a darnos cuenta de que la protección que siempre nos acompañó en la infancia se desmorona. Toca enfrentarse a una nueva situación en la que, en mayor o menor medida, el mundo nos puede golpear y nos golpea. Toca el turno de ese aprendizaje tan dificultoso que consiste en buscar el modo de defenderse ante inoportunas hostilidades, tan latosas e inoportunas como inevitables.
Trece años, digo. Vivíamos entonces en Santa Susana, 27. El arriba firmante tuvo que hacer frente a un estirón enorme, que simbolizó la crisis de crecimiento en lo que a la edad se refiere. Todo empezaba a ser distinto. Y casi siempre había momentos en los que se buscaba un ensimismamiento agridulce, ensimismamiento como refugio. Y, a su vez, lo prohibido comenzaba a cobrar un importante protagonismo.
Había golpes en la vida, que no eran tan fuertes como los de César Vallejo, pero zaherían –y no poco- el ánimo. Había un cierto vértigo a la hora de concebir imaginariamente realidades que, de antemano, podían parecer sórdidas y punzantes. Había asomos de grandes sueños, pero también de pesadillas que tenían como escenario los bajos fondos, los ámbitos en los que la lírica, concebida al modo de la infancia, no podía tener sitio.
Trece años, digo. Hubo una mañana en el colegio que alguien habló de un bar que cerraba muy tarde. Era el bar Alkor, que estaba en la calle Pérez de la Sala y que cerró sus puertas en 2014, creo que un 21 de junio.
Era el bar Alkor, digo, al que me acerqué aquella misma tarde, sin entrar. No fue necesario para echarle un primer vistazo. Era una tarde de invierno, tristona, con su niebla, molesta, con brisa fría y lloviznas. Era una tarde de invierno en la que se percibía en el ambiente el deseo generalizado de que llegase la noche para ampararse en el calor de casa. Para echar las persianas y disfrutar intramuros, bien fuese escuchando música, bien fuese leyendo, bien fuese atendiendo a la conversación familiar.
Era una tarde de invierno en la que los alicientes estaban puestos en la noche en casa, no en el día siguiente, con frío anunciado, con rutina garantizada. Era una tarde de invierno, en la que me hubiese gustado entrar en el Alkor, tomar algo caliente y desplegar la baraja sobre una de sus mesas para hacer un solitario de los de ocho calles.
Era una tarde de invierno en la que no me costó imaginar que esos calores familiares también podían ser sustituidos por los que puede proporcionar la atmósfera de un bar, con sus juegos, con sus charlas, con sus consumiciones mientras se charla.
Aquello no era –ni podía ser- sustituido por el mundo tan conocido y entrañable de los bares de Cornellana o de los chigres de Lanio que había ido conociendo en compañía de mi padre. A mis trece años, ya no era el niño al que todo el mundo dirigía palabras cariñosas. Todo resultaba, por fuerza, muy distinto.
Llegué a casa, merendé, hice los deberes, leí unas páginas del que entonces era mi libro de cabecera, “Psicología de la adolescencia”. Y, antes de cenar, antes de las diez de la noche, hice aquel solitario que me había imaginado en la puerta misma del bar Alkor. Confieso que, tras dos intentos, tuve que desistir. No me salió, no había opciones de liberar calles, ni de ir acumulando cartas de los distintos palos.
Bar Alkor, que cerraba más tarde, según se decía, de lo habitual. Allí me instalé de forma ficticia en aquellos momentos en los que quería estar solo, en los que buscaba refugio en un agridulce –y necesario- ensimismamiento.
Allí me instalé, digo, con mi baraja para hacer solitarios. Con mi libro de cabecera, ya nombrado, con una libreta en la que había empezado a anotar vivencias, bajo un título en exceso rimbombante, muy propio de la edad. Lo titulé “Diario secreto de un adolescente”. A decir verdad, pocos secretos, por no decir ninguno, había que esconder, pero sí me resultaba necesario desahogarme haciéndome eco de que empezaba una etapa en mi vida en la que, como consigné más arriba, el mundo podía golpearme.
Confieso que lo que más me asustaba era la sospecha misma de ambientes sórdidos y violentos, en los que no había lugar para melancolías adolescentes, en los que no había bálsamos que pudieran neutralizarlos.
Bar Alkor. En alguna ocasión, volví a su puerta, con el libro y la libreta referidos, imaginándome dentro, y poniendo nombres y palabras a aquellas gentes que andaban por allí, tan ajenos a mis tribulaciones adolescentes.
Aún no había leído a Baudelaire. Y, sin embargo, sin formulármelo con esos términos, necesitaba ser sublime sin interrupción,dejar constancia en aquella libreta de temores y esperanzas, de ilusiones y desengaños, contarme a mí mismo, o, más bien, al personaje que quería ver reflejado en aquellas anotaciones que, a la vista de una persona adulta, no dejarían de ser ñoñeces.
Que el solitario saliese bien, que la frase anotada fuese de mi gusto, que las conversaciones inventadas me pareciesen interesantes. De todo ello se trataba.
Bar Alkor. Pasó el tiempo. Los clamores y cuitas de la adolescencia se quedaron muy atrás. Y allí seguía el establecimiento que aquí nos trae.
Sí, tenía que haber un loro, insolente y descarado. Sí, los precios eran muy ajustados. Sí, contenido y continente estuvieron marcados siempre por lo informal.
Bar Alkor. Todo un clásico, todo un referente para quienes lo transitaron, que fueron legión.
Allí tocaba reírse, allí tocaba burlarse, como diría un pedante, de lo habitual y lo consueto. Allí tocaba “no” estudiar, sin que la música de Pink Floiyd tuviese que acompañar con sus acordes.
Más que el ocio, el Alkor fue lo lúdico.
Y celebro que se haya reído de mis tribulaciones adolescentes. Ambos, el bar y yo, salimos ganando con esa victoria.

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