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Fecha: septiembre, 2016
Recuerdos de Oviedo: Noches mateínas
Luis Arias Argüelles-Meres 25-09-2016 | 4:37 | 0

“Don Quijote representa la juventud de una civilización: él se inventaba acontecimientos; nosotros no sabemos cómo escapar a los que nos acosan”. (Cioran).
“¡Qué cerca me siento de aquella vieja loca que corría tras el tiempo, que quería atrapar un trozo de tiempo!”. (Cioran).

Si algún día llega a escribirse la intrahistoria de Oviedo, se consignará que, fuera de toda duda, en las fiestas de San Mateo hay un antes y un después de los llamados chiringuitos. Hasta su irrupción, las fiestas de la ciudad, con la Herradura como referencia, eran una especie de colofón a lo grande de las incontables romerías y verbenas veraniegas que tanto se prodigan en el conjunto de la geografía asturiana. Pero, con la llegada de los chiringuitos, la cosa se transformó radicalmente. Se diría que cada uno de ellos es una fiesta, con su propia música y con una clientela que se convierte en los romeros que lo rodean, bailen o no.
Y, más allá de los tópicos que hablan de lo efímero del paso del tiempo, se diría que la época anterior a los susodichos chiringuitos se nos antoja muy lejana, muy distinta y distante a lo que son nuestras vivencias mateínas. Tanto es así que no se concibe San Mateo sin los chiringuitos.
Cuando empezaron los chiringuitos, aún vivía en la casa de mis padres en la calle Toreno, y recuerdo muy bien que la primera impresión que tuve fue que San Mateo crecía, que todo Oviedo era una fiesta. No olvidaré aquellas oleadas de gente por las calles del centro, de gentes que iban de chiringuito en chiringuito, de gente que, más que la música de las orquestas tradicionales, lo que buscaba y disfrutaba era estar en una especie de pubs improvisados al aire libre.
Por las tardes, se miraba al cielo, con el temor de que la lluvia lo pudiese estropear todo, con la esperanza de que las temperaturas fueran suaves y de que los paraguas se quedasen en casa.
Y, cuando no llovía, cuando las noches regalaban temperaturas aún veraniegas, aunque hubiese que hacer uso de chaquetas o similares, se tenía la grata sensación de que el verano se prolongaba, de que el mal tiempo nos daba una tregua, de que la diversión estaba asegurada.
Vivencias mateínas. (Entre paréntesis, vendría bien recordar que el término “vivencia” fue creado por Ortega y Gasset, traduciendo al castellano la voz alemana “erlebnis”, que tanto utilizaba el filósofo Dilthey. Una excelente aportación, sin duda). Cada chiringuito era una fiesta, era una verbena. Y, en muchos casos, a pesar de que se estaba al aire libre, no era fácil mantener una conversación fluida a resultas de los decibelios de la música que inundaba no poco; eso sí, sin inundar del todo y en principio las calles.
Vivencias mateínas. Aquella noche mágica en la terraza de la Plaza del Paraguas. En muchas mesas, ardían y temblaban velas. Ardían iluminando con discreción. Temblaban también cuando el aire de las conversaciones cogía ímpetu. Aquella madrugada en la Plaza del Paraguas, cuando la década de los ochenta iba más o menos por la mitad. Se asomaba, con la melancolía otoñal, un cierto desencanto que, por fortuna, aún no lo agriaba todo, pues estaban todavía cercanas las apuestas por las libertades, los afanes y desvelos por un mundo que tenía que ser mejor.
Aquella madrugada en la plaza del Paraguas en la que aún quedaba la música de los referidos afanes, en la que estábamos, como la década, a medio camino, todavía bien nutridos de sueños, todavía no derrotados ni definitivamente abaratados.
A medio camino, digo, cuando la ingenuidad colectiva no se había rendido ni retirado, por mucho que notase una desprotección preocupante.

Vivencias mateínas. El casco antiguo de Oviedo era una fiesta. La mayoría de las conversaciones todavía no estaban presididas por eruditos a la violeta en materia gastronómica, ni tampoco por expertos en datos económicos. No, no era así. Quedaba, aún, la música que hablaba de amor y revoluciones, que provocaba al pensamiento más reaccionario, que hacía frente a cualquier conformismo.
Vivencias mateínas. Como, si de repente, muchos de los punteos de guitarra que se habían hecho oír en bares como el Cechini reverberasen en las calles del casco antiguo, sobre aquellas fachadas antiguas que tanto y tanto asesoraban, con su melancolía incrustada en las piedras nobles y legendarias.
Vivencias mateínas. Políticos que se dejaban ver a horas, por lo general, prudenciales. Conversaciones alrededor de mesas improvisadas. Casi todo estaba empezando. Por ejemplo, la izquierda en el país, en Asturias y hasta en Oviedo. Izquierda que, para muchos de nosotros, no era sólo entonces una cuestión de siglas y etiquetas.
Casi todo estaba empezando, digo. Por ejemplo, eran los primeros años en los que ejercíamos la docencia, y, desde el principio, teníamos muy claro que no incurriríamos ni en el autoritarismo ni tampoco en lecciones magistrales monocordes dadas sobre apuntes casi ennegrecidos. No eran vísperas, sino inicios, también en las vidas personales y familiares.
Por la plaza Porlier, por los alrededores de la Catedral, por un casco antiguo de Oviedo que aún no estaba abigarrado de esculturas.
Vivencias mateínas. Esa luz de la noche, todo lo artificial que se quiera, pero nada artificiosa. Esa luz de aquellas noches en cuyos chorros parecía hacerse sitio la música que salía de los chiringuitos. Aquel brillo en las miradas de quienes disfrutábamos de las fiestas, de quienes éramos portadores de relatos que tenían en sus tramas propuestas que eran sueños personales y colectivos.
Lo escribí más de una vez: somos la generación del porro compartido, incluso formamos parte de ella quienes apenas participamos de ese ritual. Pero se trataba de compartir sueños comunes, proyectos colectivos, profesiones que eran mucho más que un horario y una nómina.
Y, en muchas de aquellas noches mateínas, sobre todo a lo largo de la década de los ochenta, la música no tenía menor protagonismo que la letra. La poesía, la mejor poesía que devorábamos, era todo un himno, con tantos y tantos registros cambiantes.
Oviedo era mucho más que la ciudad regentiana. Oviedo era una fiesta que se ponía sus mejores galas en vísperas de la estación más genuinamente asturiana: de nuestra seronda.
Vivencias mateínas. Gajos de limón en el fondo de los vasos, ya vacíos. Miradas cómplices que tanto y tanto compartían. Música que nada tenía que ver con repertorios de pachanga. Punteos de guitarra. Violines y trompetas. Perdedores, sublimes perdedores, al piano. Velas que ardían gloriosamente, como las médulas de Quevedo.
Y, de vez en cuando, algún encuentro, marcado por el encantamiento que escenificaban abrazos y besos memorables.
Vivencias mateínas que nos daban fuerza y energía cuando, ya iniciado el curso, recorríamos parte de aquellos escenarios, camino de la Facultad en la Plaza de Feijoo, e implorábamos, con mayor o menor fuerza, pero sin decaídas en el convencimiento, haber vivido fiestas sin pachanga, solos de trompeta o de flauta, acordes que estremecían, que, en mucho casos, habían sido el acompañamiento musical íntimo de conversaciones y encuentros que alcanzaban lo sublime.
Vivencias mateínas. Luna en menguante o en creciente, que resplandecía o estaba obnubilada. Pero casi siempre, casi siempre, con Pink Floyd.
Vivencias mateínas que buscaban la cara oculta de aquella luna, que, como diría Salinas, nada quería saber de azogues ni de almas cortas.

 

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Viga Azul: Pitos sin flauta (y sin flautista)
Luis Arias Argüelles-Meres 23-09-2016 | 4:13 | 0

Al final, pitos. Durante la práctica totalidad del partido, ni un solo de flauta, ni un solo flautista. Salvo lances muy puntuales en el último tramo de la primera parte, la partitura azul  fue un continuo desconcierto. Y la jugada final, en la que el Reus lanzó una falta cuando ya se había consumido el tiempo de descuento, el mazazo sufrido por el oviedismo fue de antología. Se sabía que, tan pronto terminase el lanzamiento, se pitaría el final del partido. Aun así, permitieron al jugador del Reus rematar a placer y, con ello, derrotar al Oviedo.

¿Es de recibo que sucedan estas cosas, que se le ponga al equipo contrario en bandeja el triunfo? ¿De qué le sirvió a Fernando Hierro dar instrucciones en los momentos previos al lanzamiento de la susodicha falta? ¿Necesitamos más experiencias de este tipo entregando el partido a balón parado? No se perdió el encuentro a resultas de una jugada genial del adversario, sino que tal cosa sucedió por desconcentración, ello a pesar de que –insisto- estaba claro que iba a ser el último lance del choque. Decepcionante.

Ante lo acontecido, no vale esgrimir que la afición es muy exigente. Los pitos al final del partido fueron consecuencia de lo que acabo de reseñar. Si hay que buscar culpables, desde luego, no están en las gradas.

Esto, esperemos que por muy poco tiempo, va mal. Susaeta no es reconocible, ni siquiera en los saques de esquina, ni siquiera en pases que puedan ser decisivos, ni siquiera en los lanzamientos de faltas. El centro del campo es cualquier cosa menos rocoso. Las “carajas” a la hora de haces frente a jugadas a balón parado del contrario han vuelto a costarnos tres puntos.

Cierto es que de nada sirve lamentarse, que lo que toca es invertir la racha en el próximo encuentro. Aun así, las sensaciones no son buenas. La desmoralización empieza a cundir. Y aquí fallan muchas cosas.

Tampoco sirve escudarse en que van muy pocas jornadas y que, por ello, el equipo necesita tiempo para afianzarse. Llevamos jugados los mismos partidos que el resto, y otros conjuntos están respondiendo incomparablemente mejor.

Cierto es que lo que importa es cómo acaba la liga, no cómo empieza. Bien. Pero la necesidad de un cambio de rumbo en el juego del Oviedo no permite aplazamientos. Ya valió de paños calientes.

No estamos hablando de un equipo que hace un fútbol deslumbrante fuera de casa y que falla en el Tartiere por culpa de la presión. De momento, lo estamos haciendo mal en casa y a domicilio.

Por favor, un flautista. Por favor, que suene una partitura que no desafine. Por favor, ya valió de pifias. Perder el partido con el tiempo de descuento ya agotado, regalando el remate a placer del contrario es inaceptable.

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A VUELTAS CON EL ASTURCÓN
Luis Arias Argüelles-Meres 23-09-2016 | 4:05 | 0

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«He adquirido mis dudas penosamente; mis decepciones, como si me esperasen desde siempre, han llegado solas -iluminaciones primordiales».(Cioran).

Leo en EL COMERCIO la noticia acerca de la reciente visita que hicieron al centro ecuestre conocido como El Asturcón el presidente del Real Oviedo y su actual entrenador. Y, a resultas de ello, mientras el alcalde explica que cualquier proyecto para ese espacio será cuidadosamente examinado por el Ayuntamiento, uno de sus socios de gobierno, IU, a través de la edil Cristina Pontón, se muestra disconforme con el regidor por no haber comunicado debidamente la referida visita.

El caso es que, más allá de que ese complejo llevado a cabo en su día por Gabino de Lorenzo termine o no por convertirse en una especie de ciudad deportiva del club carbayón, resulta inevitable recordar cómo llegó a gestarse ese enclave que, en este momento, supone una de las muchas herencias complicadas y enrevesadas del ‘gabinismo’.

Hubo un tiempo en esta ciudad en el que el alcalde Gabino de Lorenzo comparecía en alguna foto de prensa como el hombre que susurraba a los caballos, eso sí, en versión vetustense. Hubo un tiempo en el que se produjeron muchas polémicas que tuvieron su eco mediático como consecuencia del uso de aquel invento del entonces primer edil. Hubo un tiempo en el que el que parecía ir para regidor perpetuo era también empresario equino.

No está de más preguntarse qué se hizo de todo aquello, qué consecuencias tuvo para la ciudadanía carbayona y, ante todo y sobre todo, qué toca hacer ahora con la situación que se vino creando.

Recuerdo, por otra parte, que fue ‘Rivi’ el primer edil en plantear que los terrenos donde se ubican las actuales instalaciones de El Asturcón podrían interesar al Oviedo como sede de una ciudad deportiva que pudiese potenciar la cantera azul.

Y, por otra parte, la reciente visita a la que estamos aludiendo parece confirmar que los dueños del club no descartan esa operación, que, dicho de paso, podría ahorrar dinero público a las arcas de nuestro Consistorio en un momento como éste en el que, además de la crisis económica que padecemos, tendrá que hacer frente a desaguisados como el de Villa Magdalena.

Hace mucho tiempo que Gabino dejó de ser el hombre que susurraba a los caballos, hace mucho tiempo que el despilfarro y los sobrecostes en los que no sólo incurrió el actual delegado del Gobierno, pasaron forzosamente a la historia.

Tal vez por eso convenga hacer memoria, balance, recuento, como se quiera decir, de una época en la que la política de esta ciudad estuvo marcada no sólo pos dispendios económicos, sino también por caprichos y arbitrariedades que en su momento no tuvieron la respuesta adecuada.

Y conviene hacer ese balance, entre otras muchas cosas, por la necesidad de dejar muy claro cómo no debe manejarse el sagrado dinero público, sagrado dinero público que determinados discursos reclaman, incomprensible y escandalosamente, como suyo.

Estoy seguro de que, al repasar determinados lances del ‘gabinismo’, no sólo se echan las manos a la cabeza quienes en todo momento tuvieron las ideas claras, sino también gran parte de la ciudadanía que, por múltiples motivos, no llegó a reparar en ello.

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Recuerdos de Oviedo: Aquel concierto de Serrat en la Plaza de Toros
Luis Arias Argüelles-Meres 18-09-2016 | 12:55 | 0

“Los ojos guardan algo/ que palpita en la voz”. (Vicente Huidobro).

“Mi tibio rincón, / mi mejor canción, / mi paisaje”. (Joan Manuel Serrat “Poema de amor”).

San Mateo, 1984. Aún no había anochecido cuando Serrat inició su concierto “golpe a golpe”, “verso a verso”, esto es, con Machado, con el camino que se hace al andar. Acaso el mejor comienzo posible para quienes, desde la adolescencia, veníamos siguendo la trayectoria de uno de los grandes cantautores que para mucho de nosotros era una de las principales referencias.
La plaza de toros presentaba ya entonces un estado de conservación manifiestamente mejorable. Pero estábamos allí para escuchar a alguien que admirábamos con todas nuestras fuerzas.
¿Cómo olvidar aquellos conciertos en los que determinadas canciones provocaban, tan pronto se oían sus primeros acordes, que, masivamente, se encendiesen mecheros con los que se escenificaba la liturgia obligada de rendir culto a algo que ponía música y letra a nuestra educación sentimental? Hermosa e inolvidable liturgia la de los mecheros. Las manos ardían, primero por el calor que desprendían los encendedores. Segundo, por los aplausos, fervorosos, que lanzábamos a resultas de un entusiasmo febril y, en ocasiones, delirante.
Y, entre las canciones tradicionales de Serrat que despertaban la liturgia de los mecheros, estaba el poema machadiano “La saeta”. Confieso que siempre me llamó la atención que no solía repararse en que el autor de “Campos de Castilla” lo que hace en el referido poema, convertido por la música de Serrat en canción de culto, no es precisamente halagar esa expresión de religiosidad de la tierra suya. Pero ésa es otra historia.
Serrat, en 1981, había sacado un disco cuyo tema estrella era “Hoy puede ser un gran día”, especie de himno al carpe diem. “En tránsito” era el título de aquel disco, título muy acorde con los tiempos. Recuerdo que interpretó canciones del referido álbum musical en el concierto mateíno que estoy evocando.
Y recuerdo también que, antes de interpretar canciones en catalán, las traducía. Memorable la letra de la canción que dedicaba a su mar Mediterráneo, invitando a que se reflexionase acerca de las consecuencias de la contaminación que lo convertía en una cloaca.
Fiestas mateínas en las que, como bien se sabe, el verano estaba cerca, no sólo por lo que marca la estacionalidad, sino también por los recuerdos más recientes. De hecho, seguía siendo verano, escuchando a Serrat en directo, disfrutando de las fiestas de San Mateo, sin lluvia.
Y frente a aquellas canciones insultantemente horteras y hasta ñoñas, cuando no afrentosamente vulgares, que se convertían en “la canción de verano”, puedo decir que hay una legendaria canción de Serrat, “Poema de amor”, que ponía música al verano, que nos llevaba a la playa en noches de ensueño, que escenificaba vivencias memorables, que era el himno de lo soñado que en algún momento, prodigioso y delirante, se hace realidad. Noche en el mar, niebla que envuelve, versos que encienden, acordes que ponen música a delirios portentosos.
Pero regresemos a aquel concierto de San Mateo en la Plaza de toros de Oviedo. Aute, tras el concierto “Entre amigos”, de 1983, había dejado de ser un cantautor minoritario. Y resultaba inevitable compararlo con Serrat. Más intimista y metafórico el primero, letras más elaboradas, frente a un Serrat que se decantaba más por el costumbrismo, de un costumbrismo al que, por cierto, convertía en canciones que despertaban una ternura memorable, pensemos en “Currito el palmo”, cuya historia está maravillosamente cantada y contada.
Y, siguiendo con Aute, al haber participado Serrat, en el concierto “Entre amigos” cantando el tema que lleva por título “de alguna manera tendré que olvidarte”, era, como digo, insoslayable comparar a ambos. Serrat tenía entonces, cuantitativamente hablando, mayor recorrido en nuestra educación sentimental, mientras que Aute había sido uno de los regalos estéticos más importantes de aquellos primeros años 80. De hecho, había canciones de Aute que hasta entonces eran más conocidas en otras voces como las de Massiel y Rosa León.
Primeros años ochenta en los que los cantautores no sólo llenaban los aforos de los conciertos, sino que además reverdecían antiguos éxitos. Primeros años ochenta en los que éramos conscientes de la deuda impagable que teníamos con los cantautores que tanto nos habían acompañado en nuestros afanes y desvelos en busca de sueños personales y colectivos en aquellos tiempos de grandes esperanzas.
“Esos locos bajitos” ¿Cómo olvidar el preámbulo que Serrat hizo antes de interpretar esa canción en el concierto que estoy relatando? Los niños, condenados inexorablemente, a dejar de serlo, esto es, a ser perdedores. ¿Cómo olvidar los acordes de aquella canción en la que su autor e intérprete le decía a alguien “soy sinceramente tuyo”? ¿Cómo no recordar aquella otra canción en la que la vida, a veces, nos saca a bailar propiciando lo mejor de nosotros mismos, en la que la vida, en cambio, en otras ocasiones, nos deja derrotados y contritos? ¿Cómo no tener presente en determinados momentos era desiderata tan asumible que habla de lo fantástico que sería que heredasen los desheredados y que, además de otras cosas, ese “tú”, que parecía remitirnos a un extraordinario poema de Pedro Salinas, fuese el imaginado y el soñado?
Aquel concierto de Serrat en el que no pudo celebrarse tras su conclusión un encuentro con la prensa, pues salió casi de inmediato para Logroño donde se le esperaba, seguro que no menos avidez que en Oviedo.
Aquel concierto de Serrat. Canciones de amor sin sentimentalismo. La palabra de Machado y de Miguel Hernández con la voz y con música del cantautor que tanto contribuyó a una mayor difusión de poetas tan gigantescos.
Aquel concierto de Serrat. Por la noche, en una terraza del Antiguo, el mechero que había sido instrumento de la liturgia de las canciones memorables, estaba sobre la mesa, encima de la cajetilla. Mechero rojo que había sido utilizado para momentos de culto. Apetecía acariciarlo, apetecía contemplarlo con mimo.
Por la noche, en una terraza del antiguo, quedaba, que diría Aute, la música. Y la música en algún momento nos transportó a una playa, en la que, gracias a la marea baja, unas rocas sirvieron de asiento para escuchar el mar, para que la vista intentase avistar el cielo sorteando la niebla, para que el poema de amor de Serrat se escenificase una vez más, porque, también, la vida se soltaba el pelo y nos sacaba a bailar.
Y, en efecto, no había camino; en este caso, lo abrían nuestros pasos dejando huellas en la arena, oro molido que a veces brillaba.

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Apuesta por Oviedo
Luis Arias Argüelles-Meres 16-09-2016 | 9:24 | 0

«Avilés, Oviedo y Gijón forman el triángulo central en que se plasma el espíritu de la región: son las tres potencias del alma de Asturias: Avilés, la memoria; Oviedo, el entendimiento, y Gijón, la voluntad». (Valentín Andrés Álvarez).

«Ya no hay pretexto de que Oviedo no tiene quien le escriba con independencia de criterio»

Cuando determinados excesos del ‘gabinismo’ pasan factura, cuando ciertas mudeces, cegueras y sorderas mediáticas ya no tienen viabilidad posible, cuando a Oviedo le toca forjar proyectos para unos espacios que se quedaron sin uso, EL COMERCIO pone en marcha su apuesta carbayona, llevando a los quioscos cada día una edición de y para esta ciudad. Semejante iniciativa es una excelente noticia para la capital asturiana no sólo por la profesionalidad y el prestigio del equipo periodístico que llevará a cabo semejante tarea, sino también porque el público lector tendrá a su disposición informaciones veraces y contrastadas, así como opiniones plurales acerca del acontecer vetustense.

No sólo no habrá maniqueísmo ni en la información ni en la opinión, sino que además no tendrá cabida el pretexto de que Oviedo no tiene quien le escriba con independencia de criterio y con un irrenunciable compromiso de servir al público lector, frente a intereses personales o partidistas.

La edición de Oviedo de EL COMERCIO será, sin duda, una herramienta muy útil para una ciudad que necesita dar soluciones a problemas que exigen respuestas inmediatas. Pensemos en los terrenos y edificios del antiguo Hospital, pensemos en la antigua fábrica de gas, pensemos en los solares de El Vasco, pensemos en la plaza de toros, y así sucesivamente.

A veces, un periódico puede ser el instrumento de debate más útil con que puede contar la ciudadanía democrática. Para ello, sólo hacen falta dos cosas: independencia frente a todo tipo de presiones y dar el protagonismo al público lector para quien está concebido.

Ciertas consignas victimistas que hablaban de cercos a Oviedo ya se quedaron atrás, por falaces y quejumbrosas. Cierto grandonismo que se llevaba a cabo sin pensar en que se estaba hipotecando el futuro de la ciudad está mostrando ahora sus consecuencias. Ciertos apoyos que no separaban bien la información de la propaganda producen, a poco que pensemos en ello, bochorno y frustración.

Hora es de sacudirse rémoras. Hora es de mirar hacia adelante, hora es de asumir los afanes y desvelos que Oviedo concita y que la ciudadanía debe, al mismo tiempo, exigir y exigirse.

Pues bien, todo ello coincide con el arranque de la edición de Oviedo de EL COMERCIO. Y estoy convencido de que este periódico no regateará esfuerzos para desempeñar su papel en el día a día de una ciudad a la que le toca, en gran medida, reinventarse, con lo que ello conlleva de inquietante, pero también de motivación.

Pues bien, estamos hablando de una apuesta periodística que se implicará de lleno en estos nuevos tiempos que vive una ciudad que necesita debates, respuestas y soluciones.

La edición de Oviedo de EL COMERCIO se abre paso en semejante situación y pide el protagonismo que le corresponde a un periódico, esto es, ser la voz y el eco de la sociedad de la que se ocupa, ser la voz y eco de la ciudadanía que, leyendo el diario, se lee a sí misma. Ser las voces y los ecos plurales, diversos y hasta dispersos del conjunto de sus lectores.

Ser, en este caso, la palabra, con su letra y música, de Oviedo.

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