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Fecha: octubre, 2016
Fina Menéndez: una poética de la niebla
Luis Arias Argüelles-Meres 31-10-2016 | 10:35 | 0

Hasta el día dos de noviembre en el espacio artístico “DeCero en Oviedo” puede visitarse la exposición fotográfica “Fin de certidumbres”, de Fina Menéndez. Puedo aseverar que la contemplación del conjunto de fotografías que la autora ha seleccionado proporcionará  no sólo un goce estético importante, sino que además contribuirá a adentrarnos aún más en la magia y en la poética de nuestro paisaje, magia y poética que se nos presentan con un envoltorio muy nuestro, esto es, con la niebla.

“Fin de certidumbres” es, en efecto, un título muy apropiado porque las fotografías expuestas nos adentran en la niebla, nos llevan a acompañar a la artista por ese escenario sobre el que la niebla ha puesto el velo volviéndolo, si no invisible, sí al menos borroso y enigmático.

Poética, digo, la de la niebla, que tiene su no sé qué melancólico, su no sé qué de incertidumbre, su no sé qué de gasa aterciopelada, su tersura. Niebla que a veces combate con el sol, que, a veces, lo apodera todo.

Tal y como están ubicados los cuadros en la sala donde se exponen, nos encontramos, en primer término con una fotografía que muestra un paisaje otoñal con su hojarasca. Una carretera, estrecha y serpenteante, y, al final, esa curva que parece anunciar un abismo, abismo que se suaviza levemente con los árboles y ramas con vocación protectora. Esta primera fotografía retrata un rincón cercano a Banduxo, el pueblo de su madre.

Las restantes tienen como protagonista su pueblo, Villamarín de Salcedo, en el Valle del Cubia, cerca de Grao. Y, en ellas, la arboleda tiene su omnipresencia, especialmente, fresnos y abedules. Las hojas de los primeros, que recuerdan a la ornamentación oriental, frente a ese color blanquecino de los troncos de los abedules con su no sé qué de cadavérico. Todo ello, entre el otoño y el invierno.

Hay dos fotografías de cumbres que están ubicadas fuera de la serie, y que tampoco nos dejan indiferentes.

“Fin de certidumbres”, una poética de la niebla y del paisaje de nuestros valles. Una exposición que debe ser visitada, a poco que nos interese nuestro paisaje, porque capta envidiablemente misterios, matices, melancolías y ayes.

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Recuerdos de Oviedo: Calle Santa Susana: Instituto y Colegio
Luis Arias Argüelles-Meres 30-10-2016 | 12:22 | 0

“La felicidad es un cómo, no un qué; un talento, no un objeto.” (Hermann Hesse).
“Ser diferente no es ni bueno ni malo, simplemente significa que tienes el suficiente coraje para ser tú mismo”. (Camus).

Últimos días de septiembre de 1967. En la calle Santa Susana de Oviedo, la autoridad docente nos confirmó a mis padres y a mí que las clases darían comienzo el 3 de octubre. Tocaba empezar aquel bachillerato anterior al BUP que iniciábamos a los diez años. Melancolía septembrina en la luz de aquella jornada, melancolía septembrina en la que ya se añora, incluso siendo niños, ese verano que acaba de irse. Melancolía septembrina que, en mi caso, dejaba una inolvidable etapa atrás.
Calle Santa Susana, digo. Casi frente por frente, un Instituto, el Alfonso II y un colegio, el Auseva, cuya titularidad era de los hermanos maristas. De modo y manera que la enseñanza pública y la privada coincidían en aquella vía pública. El Estado y la Iglesia. La Iglesia y el Estado, y eso en pleno franquismo.
Pero, a los diez años, no era el caso reparar en tales disquisiciones, sino ir almacenando imágenes y vivencias que en su momento tocaría analizar, momento que, claro está, se encontraba lejos.
¿Cómo éramos, Dios mío, cómo éramos? Yo diría que, ante todo y sobre todo, nos apoderaba lo agridulce, acorde con la estación del año en aquel septiembre del 67. Yo diría que, ante todo y sobre todo, aquellos dos centros docentes eran muros, altos, casi inexpugnables, en cuyos interiores tocaban largas horas de estancia en las aulas. Y tocaba estar atentos a cuanto se nos encomendaba, desde el comportamiento que había que observar hasta los trabajos y los días que nos correspondía llevar a cabo, con más o menos ayuda, con mayor o menor interés.
¿Cómo éramos, Dios mío, cómo éramos? Largas, muy largas jornadas docentes, mañana y tarde. Media hora de recreo, y la libertad recuperada cuando regresábamos a casa, bajando por el Campo de San Francisco.
Ocasiones había en las que, desde los ventanales de las aulas, nos observábamos de un centro docente a otro. Rara era la ocasión, sin embargo, en la que se hacían comparaciones.
También es cierto que, a pesar de la cercanía, entre acera y acera, y a pesar también de que los horarios entre ambos centros no eran muy dispares, apenas había comunicación verbal entre ambos alumnados, que vendría pocos cursos después, cuando coincidíamos en la Boalesa y también en una sala de juegos en la calle Rosal que se llamaba Las Mil Millas.
Así pues, nos unían el local en el que comprábamos los primeros cigarrillos sueltos y la sala de juegos en la que poníamos toda la pasión por obtener los puntos que daban derecho a otra partida. Así pues, nos unió lo prohibido, o, en todo caso, lo que no estaba muy bien visto, como fumar y también lo lúdico. Los estudios quedaban para otros momentos y para otros enclaves. Es más: puedo asegurar que apenas recuerdo conversaciones en las que se comparasen exámenes, libros de texto y niveles de exigencia en las materias que estudiábamos.
Cierto es que hubo quienes pasaron por los dos centros, pero, hasta donde sé, no se trataba de algo frecuente.
Calle Santa Susana: Instituto Alfonso II y Colegio Auseva. Dos centros con su prestigio. El primero de ellos contaba con aquellos viejos catedráticos de Instituto que estaban con un pie en la Universidad, que tenían su doctorado y que publicaban e investigaban. En cuanto al colegio Auseva, su impronta en la ciudad no pasó ni mucho menos desapercibida.
Calle Santa Susana: Instituto Alfonso II y Colegio Auseva. Hablamos de los años en los que no había enseñanza mixta. Hablamos de los años en los que la distancia entre docentes y discentes era acaso excesiva, justamente el extremo contrario al actual. Hablamos de los años en los que aquello que se llamaba Formación del Espíritu nacional (que no racional) formaba parte de la moralina que con tanto empeño se pretendía inculcar.
¿Cómo éramos, Dios mío, cómo éramos? Confieso que cuando, pasados los años, supe que en el Instituto Alfonso II daba clases don Pedro Caravia, lamenté mucho que, por razones de edad, no pude ser alumno suyo.
Confieso también que, sin ánimo de incurrir en discursos plañideros, me aflige no poco ser consciente de pertenecer a una generación que, como alumnos, recibimos una enseñanza marcada por lo despótico y el autoritarismo, mientras que, como docentes, se nos degradó y se nos degrada hasta lo insufrible. Pero no toca aquí hablar de esto último.
Calle Santa Susana: Instituto Alfonso II y Colegio Auseva. Los respectivos anecdotarios intramuros darían mucho de sí. Hubo personajes inolvidables no siempre para bien.
Pero, en todo caso, décadas después, ahí sigue el Alfonso II, con su enorme recorrido en el tiempo, con su reloj, con sus inolvidables escaleras que llegan hasta la entrada principal. Ahí sigue, funcionando también en horario nocturno. Ahí sigue aquella puerta lateral que daba a la calle Calvo-Sotelo que daba acceso a la secretaría del centro. Ahí sigue también al otro extremo aquel acceso a las aulas a través de un largo pasillo.
¿Cuántos años habrán trabajado en el Instituto Alfonso II personajes como Teo, al que era frecuente ver por secretaría, o Lázaro, un conserje que contaba su estancia en el centro por décadas?
En su momento, se publicó un libro sobre la historia de este Instituto, que pasó ya por diversas etapas históricas, desde los tiempos en los que existían exámenes libres a los que acudían los alumnos que no residían en Oviedo, en una época en los que apenas había institutos en Asturias, hasta la actualidad.
Calle Santa Susana. Infancias prolongadas, adolescencias que se resistían a llegar. Por el medio, anecdotarios muy repletos y repetitivos. Por el medio, gabardinas, gafas oscuras, largos silencios, toses continuas, miedos, diversiones.
Por el medio, la intrahistoria de una infancia en la que el famoso mayo parisino quedaba para los telediarios. A los once años, en un país cerrado a cal y canto, no tocaba entender el mundo, tocaba oír, ver y callar.
Tocaba, sobre todo, obedecer.

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Viga Azul: Resultadismo
Luis Arias Argüelles-Meres 24-10-2016 | 4:16 | 0

El Oviedo de Fernando Hierro es un conjunto resultadista que se va consolidando a medida que logra solidez defensiva, que tiene pegada en los últimos metros con dos grandes delanteros, como son Toché y Linares. Y que cuenta con más centrocampistas que nunca, sin que ello se haya traducido hasta el momento en un fútbol que destaque por los pases largos, por los desmarques y por el dominio en la posesión de la pelota. El conjunto azul se atasca en exceso en el centro del campo y se sigue echando en falta ese director de orquesta desde la referida demarcación.

Frente al Tenerife, la victoria fue mucho más clara en el resultado que en el juego. Hay que reconocer que el equipo visitante tuvo sus ocasiones y, cuando en el segundo tiempo dejó atrás el fútbol bronco de finales del primer tiempo, hubo momentos en los que el Oviedo se sacudía, no sin cierto agobio, el empuje de los tinerfeños.

Victoria clara y resultadismo. En cuanto a lo segundo, merece, por el partido que hizo hoy, una mención especial Miguel Linares, porque, además de haber sido el autor de los dos tantos, luchó sin tregua, al igual que Toché. También es de justicia dejar constancia de las grandes intervenciones del portero Juan Carlos.

Resultadismo, digo. La realidad no fue que el Oviedo, tras marcar el primer gol, acometiese con tranquilidad lo que quedaba del choque, estando atento siempre a un contrataque que sentenciase el encuentro, sino que, acaso embarullado por los minutos broncos del Tenerife, se limitó a defenderse como pudo, sin gustarse a sí mismo, sin esa frialdad necesaria de quien se siente seguro y está hambriento de dar la puntilla.

Tal y como está conformada la categoría, si hay algo ya meridianamente claro a pesar de que resta mucho para finalizar el campeonato, es la igualdad entre los conjuntos, de ahí que el resultadismo del que venimos hablando no sólo tenga su lógica, sino que además va a ser la tónica de muchos choques tanto en el Tartiere como a domicilio.

Ante todo y sobre todo, es muy grato constatar que el Oviedo, además de continuar su buena racha en los resultados, está dejando atrás pájaras y despistes garrafales que nos supusieron derrotas.

Tendrá que ir a más la cuenta goleadora, y no hay que abandonar la esperanza de que el centro del campo funcione bien algún día. Es, a mi juicio, la asignatura pendiente del equipo.

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Recuerdos de Oviedo: La noche del 28 de octubre del 82: El cambio
Luis Arias Argüelles-Meres 23-10-2016 | 12:29 | 0

“Felipe González ni siquiera posaba, sino que se dejaba coger con la barba de tres días, la camisa de cuadros arrugada, la melena moderna, pero no desaseada, y cierta pinta de chico que ha encontrado su primer empleo, su primer trabajo en un taller, y estaba aprendiendo el oficio con aprovechamiento. Había millones de Felipes en España. Cómo no le iban a votar. Se votaron a sí mismos.” (Francisco Umbral).

Aquella jornada, si la memoria no me traiciona, fue deliciosa en lo climatológico, tan deliciosa como el otoño en Asturias. Estaba cantado que la apuesta por el cambio prometido iba a triunfar clamorosamente. Y, a decir verdad, deseábamos que llegase la noche para que se confirmase lo esperado, para que las expectativas se convirtiesen en realidad. Así fue.
Recuerdo que estuve en casa hasta que la radio y la televisión confirmaron una mayoría absoluta aplastante. En la calle Toreno, al salir de casa, aquella noche de domingo parecía una más, se diría que todo transcurría con normalidad. Pero, tan pronto llegamos a la Avenida de Galicia, y las cafeterías estaban casi a rebosar con sus respectivas televisiones puestas, de las que todo el mundo estaba pendiente.
Convencidos estábamos de que el cambio había llegado, de que, por fin, se llevaría a cabo la ruptura que hasta entonces no se había producido. Conjurada la intentona golpista, a la izquierda, con un triunfo tan aplastante, nada ni nadie podría impedirle que pusiese en marcha su proyecto de transformación del país. Millones de votos avalaban el cambio tan ansiado. Por una vez, pensábamos nosotros, las cosas no se iban a torcer, no habría ruido de sables, no podría haberlo. La calle, con perdón de Fraga, era nuestra.
En una de las cafeterías donde nos detuvimos, la televisíón mostraba a Carrillo, muy contrariado por haber perdido tantos votos que habían ido a parar al PSOE, estuvo hosco con los periodistas y anunció su dimisión. Asturias era uno de los pocos territorios en los que el PCE no había salido malparado. De ahí que se le encomendase a Gerardo Iglesias que se hiciese cargo del partido.
Pero, al margen de eso, nadie nos quitaba el entusiasmo, la alegría, el convencimiento de que, por fin, las cosas iban a cambiar. Todo tenía que ser más democrático. La sociedad sería más justa y más libre. Aquel PSOE de González garantizaba las libertades y los derechos. Aquel PSOE de González, creíamos nosotros, era la izquierda necesaria y del momento, sin totalitarismos, sin extremismos, pero también sin renuncias y sin renuncios.
¡Ay, aquel PSOE del cambio, con personas como Gómez Llorente, como Ciriaco de Vicente, como Raventós, como Pedro de Silva que había encabezado la candidatura al congreso desde Asturias!. Ya no volveríamos a estar en manos de personajes con gafas oscuras y bigote, ya se habían acabado rémoras que tanto habíamos sufrido. La historia de este país daba un vuelvo aquella noche, tenía que darlo.
Deliciosa noche la del 28 de octubre, en vísperas de difuntos, en plena seronda. La Avenida de Galicia prolongaba su movimiento más horas de lo habitual. No había prisa por regresar a casa, no importaba saber que habría que madrugar. La noche, además de joven, era nuestra.
Por las calles, la imagen de Felipe González con su lema del cambio lo presidía casi todo. España, en siete años, había dado un vuelco desde una dictadura que murió matando a una democracia gobernada por un partido socialista que traía bajo el brazo su mensaje de cambio, su apuesta irrenunciable. ¡Ay!.
Noche larga en la televisión. ¿Cómo no recordar una mesa de periodistas en la que estaban, entre otros, José Luis Balbín y Cebrián hablando de los resultados electorales? ¿Cómo no recordar, poco tiempo después, una memorable entrevista que le hizo el loco de la colina a un Felipe González que aún manifestaba su cercanía al mundo obrero?
Ella se ahuecaba el pelo mientras miraba la tele en una cafetería de la Avenida de Galicia. Sus ojos brillaban, su sonrisa era un regalo a la vista, su vitalidad estaba en consonancia con la de un país que se sabía ganador, que suspiraba al saberse que, por fin, la altura de los tiempos estaba a nuestro alcance.
Ella fumaba con la discreción propia de quien huye de todo aspaviento. Expulsaba el humo despacio, saboreando el momento. Estaba, seguramente sin saberlo, poniendo en su rostro huellas de un momento irrepetible, huellas que se manifestarían pasados los años, pero que siempre sabría su punto de partida.
Adiós al autoritarismo, adiós a los encorsetamientos, adiós a todo tipo de represiones. Libertad, puede que sin ira, pero sin cesiones ni concesiones.
Nosotros, que fuimos tan ingenuos, nosotros, que teníamos muy claro que lo deseable era posible e irrenunciable. Nosotros, que no estábamos dispuestos a que las moralinas de púlpito nos llenasen de caspa. Nosotros, que creíamos que las bodas con la historia, que diría Guillén, con la historia de lo mejor que había tenido este país, ya estaban anunciadas.
Nosotros, que fuimos tan cándidos como el personaje volteriano, vivimos la noche del cambio como un acontecimiento que, ni en el más escéptico de los supuestos, podíamos barruntar que sería el anticipo de una decepción, que el cambio no era más que un lema, tal y como escribiría más tarde Subirats: “Como todos los eslóganes políticos, la palabra “cambio” concentró muchas emociones en la misma medida en que sus contenidos sociales y culturales se diluían propagandísticamente en el ruido mediático de todos los días. Pero el deseo de un cambio en la sociedad española se definía, a pesar de eso, con la nitidez apreciable que contrastaba su inmediato pasado y los significados más banales de la permanente confrontación social que encerraba: el autoritarismo político, el carácter primitivo de las relaciones sociales, la mediocridad intelectual y una relativa pobreza económica.”
Ella apagó el pitillo como si deslizase con mimo un pincel sobre el cenicero. A continuación, suspiró.
Suspiramos aliviados.
No tardaríamos mucho en hacerlo de muy distinta guisa, al modo en que escribió Daudet: “Si no hubiera suspiros, el mundo se ahogaría”.
Ella, al salir de la cafetería, le puso fin a la noche de la mejor forma posible: con un abrazo de ésos que sólo son capaces de dar quienes atesoran esa mágica capacidad de quienes saben querer, de quienes quieren soñando, de quienes sueñan queriendo, de quienes saborean lo onírico, de quienes ven venir un acontecimiento y lo atraen hacía sí, de manera tal que hace de esos brazos un destino. Y un delirio. Delirio y destino, que escribió con tersura y maestría María Zambrano.
Ella tuvo palabras y gestos para una bandera. Tricolor.
Ella fue la madrina de aquella noche “del cambio”. De un cambio que, ¡ay!, muy pronto se reveló lampedusiano.
Pero el Acontecimiento con mayúsculas, sentido mayoritaria e intensamente como “cambio” fue a parar a sus brazos y, en pocos segundos, se acomodó a una posición fetal.
Ella, con los brazos ocupados, buscó a alguien que le ahuecase el pelo al final de la noche, de una noche en la que Vetusta no dormía, era, como el resto del país, pura ebullición.

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¿Rebelión de las bases en la AMSO?
Luis Arias Argüelles-Meres 21-10-2016 | 9:24 | 0

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El PSOE, en este proceso que tiene como destino dejar que Rajoy gobierne, está viviendo no sólo una grave crisis de enfrentamientos internos, sino algo no menos inquietante como es la desafección y el malestar de una militancia con la que apenas se cuenta. Y hay localidades –Oviedo es una de ellas- donde el desapego entre los dirigentes del partido y sus militantes alcanza casi lo insufrible.

Sí, hablamos de la AMSO, sí, hablamos de la difícil relación del PSOE con nuestra heroica ciudad. Sí, hablamos de la capital de Asturias, que parece importarle muy poco a la FSA, tan poco que, desde las instancias oficiales del partido, se apostó por personajes que están tan lejos de dar la talla como don Alfredo Carreño. Sí, hablamos de Oviedo, de la ciudad a la que la FSA, a resultas de la falta de entendimiento entre Somos de Gijón y el candidato socialista de la misma ciudad, pensaba dejar en manos del gabinismo, aunque se encontró con la respuesta de Ana Taboada haciendo Alcalde a Wenceslao para evitar que el sucesor de Gabino continuase al frente del Gobierno municipal.

A ese desapego, hay que unir, en las presentes circunstancias, todo lo acontecido en el PSOE desde que Sánchez fue defenestrado. Y, como pudo verse días atrás, la militancia de la AMSO se pronunció en contra del discurso oficial, se pronunció mayoritariamente por el “no” a Rajoy.

Es la misma militancia de la AMSO que, desoyendo consignas oficiales, puso a Wenceslao al frente de la candidatura municipal en Oviedo, pues el actual primer edil no sólo venció en las primarias, sino que además contó con el apoyo de los militantes para ponerse en cabeza de la agrupación de Oviedo.

O sea, que, en OVIEDO, cabe claramente hablar de puentes rotos entre la militancia y los dirigentes del partido, puentes rotos en los que a la comunicación se refiere. Es importante tener muy en cuenta que nuestra ciudad tiene un Alcalde socialista a pesar de los cuadros dirigentes de su propio partido. El asunto -¿a qué negarlo?- se las trae.

Por eso, ante el discurso oficialista favorable a la abstención, nada tiene de extraño que las bases de la AMSO hayan manifestado un rechazo inequívoco.

 

La AMSO y la rebelión de las bases, rebelión manifestada a través de un instrumento tan genuinamente democrático como son las urnas.

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