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Tino Casal
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Luis Arias Argüelles-Meres | 07-10-2016 | 07:52

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Al margen de que es de toda justicia el reconocimiento público que Oviedo decidió rendirle a Tino Casal, me llama mucho la atención que, acaso sin ir al fondo del asunto, apenas se haga hincapié en que, si dejamos por un momento de lado sus características personales, así como la originalidad en su trayectoria artística, el cantante que aquí nos trae es probablemente una de las figuras más representativa de lo que podríamos considerar que fue “la movida” en Asturias, por mucho que su éxito y prestigio lo hubiese instalado en un lugar importante a escala nacional.

No es el momento de repetir aquí su trayectoria biográfica, ni tampoco de entrar a fondo en la enorme originalidad estética que supuso Tino Casal. Lo cierto, por encima de otras muchas consideraciones que podrían hacerse, es que él fue “la movida”, que, en su caso, la puesta en escena no resultó menos relevante y genuina que las canciones propiamente dichas.

Lo cierto es también que estamos viviendo un momento que pide no sólo una aproximación,  sino también una zambullida en esa década de los ochenta, tan alejada estética y existencialmente. Ello es así, entre otras muchas cosas, porque en la referida década aún no se había renunciado a tanto, la sociedad no estaba tan narcotizada como en el presente siglo XXI, y no se renunciaba a la provocación en lo que a la estética concernía.

Aquellos años ochenta, digo, en sus inicios tuvieron algo muy peculiar y genuino en Asturias. Por un lado, Tino Casal, en el 81, llegaría a ser el número uno con “Champú de huevo”. “Póker para un perdedor” sería su álbum en el 83 y encabezaría  los hit parades nacionales con “Pánico en el Edén”, ya en 1984.

O sea, mientras en Oviedo se celebraba en centenario de la publicación de “La Regenta”, rindiendo, de esta guisa, culto a la modernidad, a la gran novela decimonónica que se había concebido y escrito en nuestra ciudad, se daba también la circunstancia de que la “movida”, musicalmente hablando, tenía entre nosotros a una de sus principales figuras.

Así pues, de un  lado, el centenario de la principal referencia literaria de la modernidad. Y, por otra parte, uno de los nuestros se convertía en toda una estrella  de unos nuevos tiempos que, estéticamente, suponían todo un desafío.

Con Tino Casal supimos que lo contestatario no tenía por qué ser exclusiva ni obligatoriamente la letra de las canciones, sino que la puesta en escena podía ser por sí misma toda una provocación innovadora.

Un 22 de septiembre de 1991, recién iniciada una década en la que la estética de los ochenta quedaría atrás, por una fatalidad maldita, fallecía Tino Casal, que iba en el asiento del copiloto de un coche. Se diría que la mala suerte se cebaba con alguien que estaba siguiendo una carrera artística meteórica.

El suceso tuvo lugar muy cerca del llamado “Puente de los franceses”, referencia musical del Madrid en guerra, del Madrid republicano más heroico.

El mundo tomaba otros derroteros, y nunca dejaremos de preguntarnos cómo se hubiera acomodado musicalmente a aquellos nuevos tiempos, mucho menos informales y desenfados, que vinieron después.

En todo caso, con Tino Casal, Asturias estuvo omnipresente en aquella década de “la movida”.

Omnipresente y en primera línea.