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Fecha: noviembre, 2016
Recuerdos de Oviedo: Pub Corners: Aquellos sobres de azúcar
Luis Arias Argüelles-Meres 27-11-2016 | 1:06 | 0

“Las cartas de amor se empiezan sin saber lo que se va a decir y se terminan sin saber lo que se ha dicho”. (Rousseau).

 

Pub Corners. Era –y sigue siendo- el pub de la esquina. Era –y sigue siendo- uno de esos locales marcados por la voluntad de estilo no sólo en su aspecto exterior sino también en la disposición del mobiliario, y, por supuesto, en el mobiliario mismo donde la comodidad y la estética en nada desentonan. Era –y sigue siendo- uno de esos locales en los que la liturgia para servir una copa sigue un manual de estilo que no renuncia en ningún detalle a la elegancia. Era –y sigue siendo- un establecimiento donde la buena música constituye todo un grato acompañamiento a conversaciones y a silencios, a soledades y  a acompañamientos. Era y sigue siendo uno de esos locales donde la estridencia no tiene sitio.

Pub Corners, esquina privilegiada, en la que la huella de Chus Quirós se hace notar, y no poco. En algún momento se harán estudios acerca de la obra de este artista autodidacta que, según escribió Juan Cueto Alas en su “Guía secreta de Asturias”, fue “el mejor creador de decorados que existe por estos pagos”. Pues bien, la mayor parte de esos decorados tienen un protagonismo mayúsculo en episodios memorables de varias generaciones de ovetenses. ¡Cuántas veces recordamos conversaciones decisivas alrededor de una copa! ¡Cuántas veces rendimos culto a determinados templos de la noche!

Pues bien, el pub del que vengo hablando es uno de esos templos de la noche vetustense. Era un pub que, al igual que Picos, estaba ubicado lejos del Oviedo antiguo. Y, en ese sentido, su soledad lo hacía más atractivo. No se entraba allí siguiendo una ruta, no era un establecimiento más ubicado en una zona con locales de atmósfera más o menos equivalente. No, se trataba de muy distinta cosa.

Recuerdo la primera vez que entré, justo después de salir del cine Brooklyn, sesión de noche, claro está. Como bien se sabe, si la película no nos disgustó, lleva su tiempo volver a la realidad y almacenar lo visto en la memoria. Por eso, al acomodarnos en la barra, sin necesidad de conversar, éramos conscientes de que tocaba tomarse un tiempo para digerir la película, para procesarla como una vivencia más.

Puedo decir que nos agradó ver la disposición de las botellas, que tenían, como el resto del local, una luz muy apropiada, la misma que hace de compañía a los sueños, la misma que ilumina espacios donde no existe la prisa, donde no tiene cabida estar pendientes del reloj. Botelleros que son una hornacina, a modo de altar de lo que puede dar de sí el cristal moldeado que alcanza la forma de botellas genuinas que consiguen  la mejor tonalidad  con la luz más apropiada.

Así pues, aquellas copas, servidas con elegancia, cuya presentación era toda una puesta en escena de la voluntad de estilo, constituyeron el mejor acompañamiento posible en ese  proceso tan singular que consiste en ir digiriendo una película cuya historia entró en nosotros con su no sé qué de hipnosis.

Bien mirado, si hay algo infinito en el ser humano es la capacidad para engullir historias, pues diría que nunca se agota o que, al menos, malo sería que se llenase sin dejar huecos.

Era una historia de amor la película que habíamos visto. Distaba mucho de ser una obra maestra, pero ni cansaba, ni empalagaba ni indigestaba.  Diríamos que la banda sonora de una película que no nos desagrada sigue con nosotros y que es deseable que ningún acontecimiento real nos arranque de cuajo de ese momento.

Era -fue- una noche de marzo de 1985, una noche de sábado en la que se adelantaba la hora, noche acortada que daba paso a la primavera.

Conversación acerca de música y cine, de poemas y novelas, de pensamiento e historia, todo en dosis tan pequeñas como intensas, todo en busca de esencias varias, diversas y dispersas.

Al rememorar aquella noche, no puedo dejar de pensar que, en este momento, en el pub del que vengo hablando, se puede disfrutar de conciertos de piano. ¿Cómo no recordar la memorable canción que habla del hombre del piano? ¿Cómo no recordar la magia de sus teclados, la voluntad de estilo que siempre va con ellos?

Aquella noche recordamos la referida canción, aquella noche hicimos nuestro relato y nuestra semblanza del hombre del piano. Aquella noche abandonamos el pub sabiendo que dejábamos atrás una etapa de la vida.

Aquella noche, alguien regresó al pub. Urgía hacerse con sendos sobres de azúcar para endulzar dos tazas de café con las que tocaba empezar el día. Petición atípica que fue satisfecha.

Horas antes, las copas. Horas después, los cafés. Por el medio, la música, la charla, la confidencia.

Pasar de lo aguardentoso de las copas, al café con azúcar. Pasar de la noche a los previos al día, y hacerlo en compañía de café. Un café que contó con azúcar regalado en aquel pub.

Intento recordar cómo eran aquellos sobres de café, si tenían propaganda, si venía algo escrito en ellos. Si su envoltorio suponía algún guiño. Y confieso que lamento no haberme fijado en los mencionados sobres, no haberlos fotografiado en la memoria.

Aquellos sobres de azúcar tenían música. En ellos estaba la película que habíamos visto, las canciones que nos habían acompañado. La elegancia de pub en el que nos despedimos, por dos veces, de aquella noche.

Al salir del pub, con los sobres de azúcar, recordé que, frente a Corners, hubo un discoteca en la que, por razones de edad, nunca entré. Si no me traiciona la memoria, se llamaba “Faust”. No se anunciaba ningún infierno. Dante y Goethe sólo nombres que figuraban en las enciclopedias. Pero aquello atraía.

Aquellos sobres de azúcar. Aquella noche en Corners. Liturgias varias. Liturgias redundantemente solemnes .

¿Dónde estaba y qué hacía el hombre del piano? ¿Dónde estaba aquella carta de amor que escribimos sin teclas ni bolígrafos, mientras escuchábamos a Pink Floyd?

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Por favor, sosiéguense
Luis Arias Argüelles-Meres 25-11-2016 | 8:58 | 0

 

 

 

Agustín Iglesias Caunedo, portavoz popular y exalcalde, se dirige enfadado a al edil de Economía, Rubén Rosón.

«Yo he hecho eso», dice mi memoria. «Yo no puedo haber hecho eso» -, dice mi orgullo y permanece inflexible. Al final, la memoria cede”. (Nietzsche).

 

Resulta muy llamativo ver la indignación del PP de Oviedo no sólo en sus palabras, sino también en su lenguaje gestual, indignación a resultas de los presupuestos municipales para el año próximo. Digo esto porque, con independencia de su indiscutible derecho al desacuerdo, antes de escenificar tanto enfado, hay un paso que debería haber dado el partido conservador de nuestra ciudad, consistente en haber pedido disculpas a la ciudadanía por el lastre que supone para  el asunto de Villa Magdalena. Porque esgrimir excusas inconsistentes no es pedir perdón.

Desde luego, se pueden aducir  argumentos en contra de los recortes presupuestarios del Equipo de Gobierno a la Fundación Princesa de Asturias y a la gala de los premios líricos. Del mismo modo que también hay razones para sostener que existen prioridades más apremiantes. En uno y en otro caso, estaríamos hablando de un debate de ideas.

Sin embargo, dadas las circunstancias, nos falta un primer paso que el PP no dio y que no parece dispuesto a hacer, y ese primer paso es asumir la situación y pronunciarse al respecto.

Puede entenderse la difícil coyuntura que atraviesa el PP de Oviedo, empezando por el escándalo relacionado con el caso Pokemon que implica a su cabeza visible. Siendo cierto que no deben hacerse juicios paralelos hasta que haya una sentencia, el panorama estaría más despejado si Caunedo hubiese dimitido  para defenderse desde afuera, sin dar la impresión de que se agarra a su puesto por encima de todo.

Pero resulta que no sólo no se produjo esa dimisión, sino que además tampoco se asume el tremendo error que supuso Villa Magdalena. Y, aun así, no les falta ruido y furia para arremeter contra unos recortes que el Equipo de Gobierno piensa aplicar, recortes que, perdón por insistir en la perogrullada, pueden ser discutidos, obviamente.

Por otra parte, a propósito de los recortes a la Fundación Princesa de Asturias, si acudimos a las hemerotecas, puede haber sorpresas, puesto que, siendo Alcalde Gabino de Lorenzo, hubo desencuentros entre el entonces Equipo de Gobierno municipal y la mencionada fundación. Pero, claro, cuando algo no conviene, cuando algo colisiona con el discurso del momento, lo más fácil, que no lo más convincente, es obviarlo.

Demasiado ruido, excesiva furia, abundante amnesia. Por favor, sosiéguense. Y no pierdan de vista que las hemerotecas están ahí.

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Viga Azul: Resbalones
Luis Arias Argüelles-Meres 20-11-2016 | 3:48 | 0

La ventolera se hizo esperar. Tanto fue así que no sólo no se levantó en los previos, sino que ni siquiera tuvo presencia durante el partido. Sin embargo, la lluvia llegó, cumpliéndose los pronósticos, si bien decidió retirarse antes del encuentro. Pero caló lo suficiente para que el césped estuviese resbaladizo.

Y hay que decir que los resbalones del Levante fueron providenciales para el Oviedo, puesto que desbarataron ocasiones de gol al equipo visitante. Mientras que los que tuvo el equipo azul no tuvieron consecuencias dramáticas para nosotros. Esta vez, el estado del campo fue un aliado importante.

Por otro lado, el partido de ayer ante el líder, con el antecedente de la goleada sufrida por el Oviedo en Huesca, tenía un interés supremo. Primero, enfrentándose al conjunto que lidera la categoría con autoridad. Segundo, se necesitaba comprobar con hechos que el once carbayón tiene capacidad de superación tras un revés humillante.

Hay que decir que, ante ambos retos, el Oviedo salió airoso, con orden atrás, pese a algún que otro resbalón que esta vez no nos costó caro. Y, ante todo y sobre todo, no salimos acomplejados ni atemorizados, sino a jugar a fútbol con convicción y empeño, sin fatalismos, sin inseguridad. Da mucha tranquilidad, sin duda, comprobar que tenemos un equipo que es rocoso en lo psicológico.

Dicho todo ello, hubo lances providenciales como el balón que Linares mandó al palo en el primer tiempo, dando un serio aviso al Levante de que la apuesta carbayona por ganar el encuentro iba en serio.

Y, ya en la segunda parte, el equipo azul empujó más, y la fortuna fue nuestra aliada en el sentido de haber sabido aprovechar las ocasiones que se produjeron. Fue una doble inyección de moral que Michu se haya estrenado como goleador. Y digo doble no sólo por la confianza que le tiene que dar al jugador azul, sino también al equipo, que necesita un líder en el campo y el calor de las gradas del Carlos Tartiere apoyando a un ídolo, llevándolo en volandas.

En cuanto al gol de Pereira, bien está que se consolide su aportación cuando juega. Desde luego, tiene velocidad y ganas. También olfato. Seguro que seguirá dándonos alegrías a lo largo del campeonato.

Por lo demás, el Oviedo de Hierro sigue siendo fiel a sí mismo, apostando por el resultadismo, sin ofrecer un juego hilvanado entre el centro del campo y la delantera. Un fútbol práctico que los jugadores también están asumiendo tras unos inicios de temporada que –a qué negarlo– suscitaron reservas y dudas.

El Tartiere fue una fiesta en la que Michu se convirtió en la estrella de la puesta en escena de los Symmachiarii, cuyo entusiasmo oviedista es admirable.

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Recuerdos de Oviedo: Plaza de Riego
Luis Arias Argüelles-Meres 20-11-2016 | 12:36 | 0

“El alma es igual que el aire, / con la luz se hace invisible, / perdiendo su honda negrura. / Sólo en las profundas noches/ son visibles alma y aire. / Sólo en las noches profundas”. Manuel Altolaguirre).

¡Qué paradójico resulta que en nuestra ciudad estén tan cerca el llamado edificio histórico de la Universidad de Oviedo y la plaza de Riego, es decir, la figura de Valdés-Salas y el general Riego, un inquisidor y un ciudadano cuyo himno, que a veces se escapa por ciertos confines de la tierra, es una música que remite a la lucha por la libertad! Y, bien pensado, ¿acaso no constituye una excepción que el héroe de Tuña tenga presencia en el callejero de Oviedo desde el siglo XIX, cuando representa lo heterodoxo y las libertades? Y es que, entre los personajes más ilustres que merecen que su nombre figure en alguna calle en Oviedo, no hace falta incluir al tinetense que se levantó en Cabezas de San Juan contra el absolutismo fernandino. Bendita excepción, pues.
Tránsitos por la plaza de Riego, camino del Fontán, algunos domingos por la mañana. Recorridos de vuelta a casa, si, al salir de la Facultad, en lugar de tomar el camino más directo, pasábamos por Cimadevilla y, desde allí, a la plaza del Ayuntamiento, desembocando en la plaza de Riego, sin prisa, charlando, saludando a gente que iba y venía, como nosotros, con libros, carpetas y revistas.
Parada en “La Palma” a comprar revistas y prensa. A veces, lo recién adquirido apremiaba, no tenía espera. De modo y manera que había que detenerse en la esquina de la plaza de Riego a tomar un café, mientras leíamos los artículos más interesantes de aquellas revistas. Por ejemplo, “Nuevo Indice”, a principios de los ochenta. Por ejemplo, “Triunfo” en su última y efímera etapa. Por ejemplo, si era miércoles, el artículo de García Márquez en el diario “El País”.
Caminatas nocturnas, regresando del antiguo, o de la calle Altamirano. Noches mateínas, con la cercana música de los chiringuitos, noches de final de curso, que terminaban en la plaza de Riego, a veces, esperando que algún establecimiento abriese sus puertas, noches primaverales, en las que era un lujo no pasar frío y sentarse a veces sobre los viejos muros del edificio de la Universidad.
Plaza de Riego, confluencia en tantos y tantos sentidos. Sin embargo, ¿quién pensaba en el general que plantó cara a la tiranía y que sufrió un “ajusticiamiento” oprobioso?
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Plaza de Riego. En una ocasión, en la que estábamos de tertulia alguien apareció por allí con el “episodio” galdosiano que tiene como título “El Terror de 1824”, donde don Benito cuenta la crueldad de Fernando VII cuando se decidió darle muerte a nuestro personaje. Y todo el mundo se puso de acuerdo en que se daba la paradoja de que la plaza de la que venimos hablando se hubiese llamado en su momento “plaza de la Picota”, denominación que tuvo a resultas de que allí estuvo colocado el instrumento que servía para dar escarnio a los presos. Porque la forma en que se ejecutó a Riego fue un aviso a caminantes, marcado por crueldad y el alma traicionera de Fernando VII, un aviso a caminantes con el mayor escarnio que imaginarse cabe.
Y, en el transcurso de aquella conversación entre estudiantes universitarios, alguien planteó que, de algún modo, Riego vendría a ser, más a bien a representar, a ese “soldado desconocido” que en nuestro país no suele ser homenajeado, a diferencia de otros países que lo recuerdan con monumentos que tienen su solemnidad e incluso omnipresencia.
Por fortuna, Oviedo, a pesar de tantos pesares, le reservó un rincón muy céntrico a Riego. Por fortuna, al margen de que fueran más o menos conscientes de ello las autoridades oficiales a partir del siglo XIX, Oviedo rendía honores a un personaje que era el epítome de la lucha por las libertades, del afán por modernizar España.
Riego tuvo y tiene su plaza en el centro de Oviedo. ¡Menos mal!
Plaza de Riego. Más allá de las citas con la historia, relacionadas en este caso con un general que sobrevivió gracias a que se convirtió en un himno, tal y como supo advertir Unamuno: “Para muchos en España, Riego es el himno de Riego. Un hombre que lo fue de carne y hueso y sangre y alma que se ha convertido en un himno».
Como diría Aute, de Riego, “queda la música”, música que tiene un protagonismo mucho mayor que la letra. Y queda también la plaza en la que tantas vivencias se nos acumulan.
Plaza de Riego. Con libros recién adquiridos en las librerías Ojanguren y Polledo, con sesudas revistas que se compraban en “La Palma”, con la proximidad de la Facultades de Derecho y Filosofía y Letras, acaso estemos hablando de uno de los emplazamientos de Oviedo donde el tránsito de libros y “publicaciones especializadas” fuese más abundante.
En una época en la que estuvieron de moda autores clásicos del pensamiento y determinadas corrientes filosóficas que venían de otros países europeos, la plaza que lleva el nombre del personaje cuyo himno remite a las libertades era uno de los principales puntos de encuentro entre estudiantes que intentábamos estar al día en todo aquel conjunto de cosas.
En más de una ocasión, en pleno auge del estructuralismo lingüístico y literario, conversamos acerca de lo que Riego representaría en nuestra ciudad. No había un Barthes por estos lares para darnos las claves en un texto memorable, pero nos conformábamos con ser conscientes de la enorme carga simbólica del personaje que nos ocupa, así como de la plaza que lleva su nombre.
Plaza de Riego, acaso toda una hermenéutica, acaso la convergencia hecha espacio público.
Y, a veces, sueños y ensueños privados. Y, a veces, la utopía en vena.

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Tras la crecida luna
Luis Arias Argüelles-Meres 18-11-2016 | 8:07 | 0

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Quien no ha cruzado Roma bajo la luna llena no tiene ni idea de la belleza que se ha perdido”. (Goethe).

Cuando escribo estas líneas, a pesar de que se quedó atrás la enorme luna que fue más allá de un mero acontecimiento meteorológico, la noche sigue siendo un espectáculo en el que la niebla se cobija bajo la luz selenita, buscando acaso un centro de calor en la figura que forma, buscando una magia visual de la que nadie puede desentenderse.

La niebla, a primera vista, esconde lo que envuelve. Sin embargo, se asienta bajo la luz de la luna, reivindicando acaso una puesta de largo genuina y hermosa. La niebla, tela y telar de determinadas noches, radiante, gracias a la luna. Y, en este caso, gracias a esta luna que nos acaba de visitar, aumentada, que no corregida.

Cuando escribo estas líneas, tengo muy reciente la contemplación de dos cielos, el de Lanio, sobre el Narcea, donde la luz de la luna saca del río un brillo plateado. También, el cielo de Oviedo, hermoso, estrellado, limpio en las alturas, con la niebla partida y repartida en trozos de gasa bajo el techo protector de la luz de la luna.

¡Ay, esa niebla! ¡Ay, esa luz intensa en el cielo, pero nublada tejas abajo!

Luna crecida, ajena a todo ruido, a toda furia. Luna crecida, siempre aliada, aunque sin saberlo, de la poesía y el amor. Luna crecida, todo un prodigio cuando se asoma tras las montañas a primera hora de la noche. Luna crecida, que atiende y auxilia a la niebla, que embellece el cielo y el suelo, que diría Fray Luis, el maestro León, que decía Unamuno.

Las piedras, nuestras piedras más nobles, las de la Catedral, las del Alma Máter, las de los palacios del Oviedo más regentiano, cobraron en estas  noches  un realce espectacular, resplandecen de forma especial, sin la luz del día que, a veces, obnubila.

Las noches en Oviedo, con la luna crecida y multiplicada, fueron blancas y fantasmagóricas, sin temor, sin temblor, sin terror. Territorio de fantasmas buenos, de esos que nos llevan al recuerdo, a la leyenda, al mito, a la magia.

Luna crecida y multiplicada, haz de poesía, voluntad de estilo, escenario de belleza.

Todos hemos levantado la vista hacia el cielo, todos nos estremecimos ante nuestras piedras nobles, todos recordamos viejos esplendores, que estas pasadas noches danzaron, con velos, desvelándose y desvelándonos.

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