El Comercio
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Fecha: diciembre, 2016
Nueva normativa para las terrazas
Luis Arias Argüelles-Meres 30-12-2016 | 3:55 | 0

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“Gobernar es no estorbar. Gobernar es transigir, dijo un político. Luego gobierno es una transacción, pero una transacción o acuerdo tácito entre todas las partes es un ‘contrato social’, según la inspirada nomenclatura de Rousseau”. (Pérez de Ayala).

 

Leo en EL COMERCIO que la nueva normativa sobre las terrazas de los establecimientos de hostelería en Oviedo entrará en vigor el día uno de enero. Espero y deseo que, por un lado, las empresas  afectadas tengan claro a qué atenerse y que, por otra parte, no haya que eliminar algunas de las que hay, pensando no sólo en el divertimento de quienes las frecuentamos, sino también  en la pérdida de puestos de trabajo que ello acarrearía.

Sin ser un experto en la materia, parece razonable que se legisle pensando en no restringir la viabilidad de los peatones por las calles. En eso no hay ninguna duda. Por otra parte, doy por hecho que, antes de elaborar la nueva reglamentación de las terrazas, se haya hablado con asociaciones de vecinos y con hosteleros, buscando siempre lo razonable para satisfacción de todos.

Dicho esto, esperemos que se corrija una normativa que no hizo el actual Equipo de Gobierno, pero que se vio obligado a aplicarla el pasado año. Lo cierto es que dio cierta pena ver cómo tuvieron que desmontarse determinadas terrazas que, entre otras cosas, ofrecían un aspecto agradable y que contribuían también al embellecimiento de la ciudad.

Desde luego, no se debe entorpecer el paso de los peatones ocupando casi toda la acera, pero también es cierto que tiene que haber soluciones que compaginen esta cuestión con la existencia de terrazas que dan vida a la hostelería y, con ello, a la ciudad.

Tienen que existir soluciones intermedias que, respetando la accesibilidad, permitan que las terrazas sigan dando vida a Oviedo, contribuyan a la actividad de la hostelería y faciliten a fumadores y no fumadores emplazamientos cómodos y gratos para las tertulias.

La solución llega un año después, pero si, tal y como esperamos todos, sirve para evitar el cierre de terrazas, sin que ello conlleve molestias por la mencionada accesibilidad, estaremos de enhorabuena y será, sin duda, una buena forma de empezar el año en lo que se refiere al ocio de la ciudad.

Seguro que la normativa que entrará en vigor es mejorable, pero me conformo con que sea razonable y no provoque más cierres. Seguro que quienes elaboraron la anterior normativa mostrarán su disconformidad, olvidando lo que en su momento mantuvieron.

Pero, ante todo y sobre todo, espero y deseo que esto sea una solución.

Veremos.

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Recuerdos de Oviedo: Relato navideño
Luis Arias Argüelles-Meres 24-12-2016 | 3:28 | 0

La imagen puede contener: árbol, cielo, hierba, noche, planta, exterior y naturaleza

“Un hombre es lo que hace con lo que hicieron de él”. (Sartre).

Oviedo, calle Santa Susana, navidades de 1970, última hora de la tarde a la salida de misa de los carmelitas. A la puerta, pidiendo limosna, estaba un hombre que entonces me parecía muy mayor. Mechones de pelo blanco. Cejas muy pobladas, manos callosas. Y, sobre todo, aquella gabardina tan gruesa, de color marrón, tan curtida en Dios sabe cuántas batallas como el personaje que la llevaba.
No olvidaré el momento en el que nuestro hombre besó un billete de cien pesetas con el que un elegante parroquiano le obsequió. Más que la manifestación de cariño hacia el billete, lo que me llamó la atención fue que apenas miró a su benefactor. Recibió la dádiva como algo inesperado, como un golpe de fortuna, y en ello concentró sus sentimientos. Apretó la mano con el billete dentro, como si ambos necesitasen calor, como si lo compartiesen, como si aquello fuese un destino, no por inesperado, menos cierto.
Por su parte, el elegante parroquiano, tan pronto pisó la acera, se puso con parsimonia su sombrero. También llevaba gabardina, mucho más blanca que la de nuestro personaje.
Hacía mucho frío, el cielo estaba encapotado. Se anunciaba lo que llaman una helada negra. Sólo el gentío que salía de misa daba vida al instante, porque apenas transitaban coches por la calle, porque apenas había transeúntes a pie por el llamado “Paseo de los curas”.
Noche como boca de lobo. Noche navideña que el cielo no parecía querer celebrar.
Mi padre y yo fuimos al bar Alameda, que entonces estaba en la calle Santa Susana, muy cerca de la casa sindical.
Cuando ya estábamos sentados sobre las sillas altas de la barra, entró el mendigo, al que el dueño del establecimiento parecía conocer. De hecho, le sirvió un vino tinto sin ni siquiera preguntarle qué iba a tomar.
A mí, me llamó la atención el espesor del vino, muy fuerte, así como el tono tan oscuro que tenía. Se diría que el espesor y la tonalidad del color compaginaban con la gabardina.
Pero me sorprendió más aún que aquel hombre, tan pronto dio su primer trago de vino, manifestó con sus gestos haber apagado la sed. Y, claro, a los trece años se ignora casi todo sobre el vino, pero sí se sabe que no es una bebida refrescante.
Tras aquel primer trago, que tanta satisfacción pareció producirle, hizo seña al señor del bar, y enseguida le sirvieron un bocadillo de tortilla, del que dio muy buena cuenta en muy poco tiempo.
A continuación, se compró una cajetilla de Celtas. Y se fumó el cigarrillo, departiendo con el hostelero y tosiendo con frecuencia.
Probablemente, las cien pesetas que le cayeron como una bendición no le habían llevado al Alameda, pero seguramente, sin ellas, no habría ni tortilla, ni cigarrillos ni pastel, que también devoró.
Por otro lado, no se quitó la gabardina mientras comía y bebía. Lo hacía con prisa, con voracidad.
También se tomó un café.
Confieso que sentí una curiosidad enorme. Me imaginé varias `posibles vidas de aquel hombre, con la peripecia incluida que lo había llevado a la mendicidad.
Vino peleón, tortilla de patata fría y un pastel que no necesariamente estaba recién hecho. Aun así, todo un festín para nuestro hombre, festín que remató con el segundo cigarrillo que fumaba al tiempo que se tomaba el café, sin azúcar.
Mientras tanto, mi padre completó el crucigrama que alguien había dejado sin resolver del todo y le dio un repaso al periódico. Estaba mucho más ajeno que yo a nuestro hombre.
Cuando salimos del Alameda, el frío era aún más intenso. Y en la calle soplaba un aire polar.
En casa, oímos una emisora de radio que emitía el programa “Operación juguete”, se trataba, creo recordar, de una especie de subasta en la que los oyentes participaban, y los beneficios se destinaban a comprar juguetes a los niños que carecían de ellos.
Lo cierto es que aquello, en lugar de enternecerme, me llevó a preguntarme por qué no había iniciativas similares para ayudar a personas mayores que se veían obligadas a mendigar.
Y es que me había impresionado mucho lo que había visto aquella tarde-noche desde el momento mismo en el que nuestro hombre se encontró con aquellas cien pesetas.
Sin duda, aquello había sido un golpe de suerte, sin duda, lo habitual era que le diesen monedas que no le permitirían ni siquiera una cena modesta.
Por la noche, me pregunté dónde estaría aquel hombre, en qué condiciones dormiría, cómo se la podría arreglar para combatir el frío y cómo sería su despertar.
Al día siguiente, a la misma hora paseé por delante de los Carmelitas. Nuestro hombre no estaba. Ni tampoco se encontraba en el Alameda, pues desde afuera e veía la clientela de aquel momento entre la que no se encontraba.
O sea, que todo fue excepcional: el billete de las cien pesetas y también su presencia en aquellas navidades de 1970.
Navidades de 1970. Burgos y las cien pesetas.

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Panorama Vetustense: Atado y bien atado
Luis Arias Argüelles-Meres 23-12-2016 | 5:35 | 0

El camino de la remunicipalización de determinados servicios públicos en el Ayuntamiento de Oviedo no sólo es arduo y sinuoso, sino que además está lleno de obstáculos. Lo que me sorprende no es que esto esté sucediendo, sino que, en general, hubo y hay mucha inconsciencia acerca del significado que tiene privatizar servicios públicos.

Y es que, al lado de la concesión de marras a la empresa privada de turno, se genera mucha letra pequeña concebida, claro está, para blindar los intereses privados.

Por eso, no pongo en duda que las sentencias judiciales que al respecto acabamos de conocer se ajusten a lo legislado. La pregunta es quiénes hicieron esas leyes y con qué miras. La pregunta retórica, se entiende.

Atado y bien atado. La vuelta atrás, esto es, la apuesta por recuperar que los servicios públicos no sean gestionados por empresas privadas, resulta de lo más dificultosa, y el panorama que esto deja es desolador.

¿Cómo pueden sentirse todas aquellas personas que, teniendo la titulación requerida para el caso, vean que no pueden presentarse a unas oposiciones que les facilitarían un puesto de trabajo al que aspiran en función de los conocimientos que atesoran?

Aquí, no sólo se firmaron privatizaciones. Aquí, se intentó que se blindaran. Y, artificios legales aparte, lo que se hace es poner por delante el drama de las personas que pueden quedarse en paro. Desde luego, no es la empresa a la que pertenecen la que les asegura el trabajo, sino que se pretende que las instituciones públicas, en este caso, el Ayuntamiento de Oviedo, sean las que se hagan cargo del asunto.

Desde luego, como ya escribí en más de una ocasión, es un drama perder el puesto de trabajo; también lo es no tenerlo y no poder acceder al empleo para el que se cuenta con la cualificación exigida. Pero en estas personas nadie piensa.

Atado y bien atado. Las privatizaciones vinieron para quedarse, y el blindaje estaba y continúa estando en la letra pequeña.

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Viga Azul: Rifa navideña
Luis Arias Argüelles-Meres 18-12-2016 | 8:51 | 0

 

:: M. R.Pereira trata de controlar el balón, ante dos contrarios.Más allá de los resbalones, más allá de la falta de precisión en los pases en jugadas de ataque, a ratos, daba la impresión de que se rifaba el balón, sin obtener premio, sin alcanzar un juego que pusiese nervioso al contrario, sin entusiasmar al respetable.

Por otro lado, hay que anotar que el primer gol del Córdoba vino en una jugada en la que la defensa oviedista se quedó dormida. Un gol tonto en la medida en que fue un regalo irrechazable para el delantero visitante. ¿Y qué decir del segundo tanto del conjunto andaluz, consecuencia de un desvío involuntario de un jugador del Oviedo que descolocó por completo a nuestro guardameta?

Cierto es que el estado del campo provocó resbalones continuos, pero no lo es menos que a ello se adaptó mejor el adversario, que no es precisamente un equipo del norte avezado a jugar en barrizales. Cierto es que hubo muy mala fortuna en el balón que lanzó al poste Susaeta, que sigue estando más lento de lo habitual. De cualquier modo, tal cosa no justifica el mal juego que ofreció el Oviedo.

Cuesta entender que no estuviese convocado Jonathan Vila, al tiempo que no puedo dejar de preguntarme por qué salió de titular Oscar Gil, cuando tuvo fallos clamorosos en los últimos partidos que jugó. ¿No se merece el jugador gallego la oportunidad de ser titular, cuando vino demostrando solvencia en el tiempo que lleva en el Oviedo?

Por otro lado, Jonathan Pereira no tuvo su día. Lo mismo podría decirse de Nando. Nos les faltó lucha, pero estuvieron carentes de acierto y eficacia. Lo malo de esto es que, de haber estado más inspirados los jugadores citados, el partido contra el Córdoba hubiera sido ideal para disfrutar de un fútbol en el que las bandas tuvieran protagonismo. De ello, estamos ayunos lo que va de temporada.

Tengo la impresión de que son muchas las cosas las que deben ser corregidas en este equipo, sobre todo, la complicidad a la hora del pase y del desmarque. A ningún jugador se le puede reprochar falta de entrega y compromiso, pero ello, con ser imprescindible e ir en el sueldo, dista mucho de ser suficiente.

Rifa navideña, con continuos balones sin precisión. Al final, en el mejor de los casos, tocó la pedrea con el gol de Linares, una pedrea muy inferior a lo invertido y a lo esperado.

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Recuerdos de Oviedo: Cuando nevaba en la tele
Luis Arias Argüelles-Meres 18-12-2016 | 3:21 | 0

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“Y cuando ella me hable/ de un cielo oscuro, de un paisaje blanco, /recordaré/ estrellas que no vi, que ella miraba, / y nieve que nevaba allá en su cielo”. (Pedro Salinas).

Cuando nos despertamos aquella mañana navideña, ella ya estaba allí. Ella era la primera televisión que hubo en casa. ¿Cómo olvidar el instante en el que mi tía lencendió el televisor? Lo cierto es que no consigo rescatar la primera imagen que vimos en el aparato catódico. Recuerdo que lo mágico, lo asombroso, lo inolvidable fue el momento en que aquello empezó a funcionar.
Si la memoria no me traiciona, aquello sucedió en las navidades del 64. En casa, en el segundo piso de la plaza del Carbayón. Un regalo compartido que fue instalado en el salón comedor. Un objeto nuevo que, en este caso, tenía vida propia. Y que llegó allí para quedarse, haciendo compañía al resto del mobiliario. Pero lo cierto es que tenía vida propia.
Desde aquella mañana de últimos de diciembre de 1964, había, por así decirlo, dos mundos exteriores al alcance de nuestra vida y de nuestra mano; a saber: la calle, la propia plaza, con su vida, con su movimiento, con sus rutinas, y, por otro lado, el que nos mostraba aquel televisor, más lejano, más pequeño, más borroso, por lo común, nevado, y no sólo climatológicamente.
Sobre el revistero del comedor, los periódicos. Sobre la mesilla de noche, aquel inolvidable aparato de radio con su rejilla nacarada. Y, desde aquel día, sobre una mesa estándar la tele. Mesa gris, acorde con el blanco y negro, y con patas metálicas. La marca del televisor tenía un nombre con connotaciones mitológicas, Zenith. Bien sabe Dios que no me mueven afanes propagandísticos, pero lo cierto es que el término era pintiparado teniendo en cuenta lo que aquello supuso.
La voz en la radio. La palabra escrita en los periódicos y en los libros. Y, a partir de entonces, la imagen y el sonido juntos en la televisión.
La televisión que, dejando aparte otras muchas cuestiones, daba noticias de sí misma en aquellos breves espacios en los que una locutora desgranaba la programación.
Vida enlatada la de la televisión, vida que nos visitaba, como dije antes, muy cerca del mirador desde el que mi madre me enseñó a contemplar el mundo.
Y –fíjense ustedes- el caso fue que en aquellas Navidades del 64, en lo que me dice mi recuerdo, no nevó en Oviedo. Sin embargo, la nieve era una constante en la tele, tanto en las películas navideñas que se emitían, como también la que acompañaba siempre a aquellas primeras imágenes tan poco nítidas, y, sin embargo, tan entrañables.
Cuando había fallos en las emisiones, el comentario más común era que aquello era consecuencia de alguna avería en el Gamoniteiro. ¡Qué cosas! La alta montaña donde estaba la antena que captaba la señal televisiva enviaba, caprichosamente, la nieve a nuestras casas a través del aparato catódico.
Y, hablando de antenas, fue en aquellos años cuando los tejados cambiaron su fisonomía. Y, en ese sentido, el paisaje televisivo se fue haciendo común, nos fuimos enchufando a él. Las imágenes empezaron a compartirse puertas adentro.

Cuando nevaba en la tele, relato navideño compartido. Me atrevería a asegurar que fue en aquellas navidades cuando vi por vez primera en la tele una película inolvidable, todo un clásico: “¡Qué bello es vivir!”
A decir verdad, no sé con certeza si nevaba en aquella película. Juraría que sí. A decir verdad, nunca olvidaré el desasosiego del protagonista cuando contemplaba el destino de sus seres más queridos si no se hubieran cruzado con él. A decir verdad, se juntaron dos magias, la de la tele que servía cine en casa y la del milagro de existir.
A decir verdad, la nieve que acompañaba a las imágenes televisivas, a fuerza de formar parte continuamente de aquel paisaje, llegábamos a no verla. Sin embargo, la que salía en las películas que se emitían por aquellas fechas constituía la decoración navideña en estado puro.
Sin salir de casa, ver ciudades con ritmos de vida frenéticos, comparados con el Oviedo de entonces. Coches distintos y más grandes. Formas de vestir muchas veces distintas. El mundo seguía siendo ancho, pero más visible, y lo ajeno, sin apropiárnoslo, al menos, estaba al alcance de la vista.
Una tarde de diciembre, después de haber visto no recuerdo bien qué película, al asomarme al mirador de casa en compañía de mi madre, la calle estaba mojada tras un intenso chaparrón, pero no había nieve.
Sin embargo, quise imaginar nevado cuanto divisaba, desde los techos de los coches que circulaban hasta las aceras y los tejados.
Nieve como azúcar glaseada, nieve algodonosa, suave, silente.
Nieve de las cumbres que, de repente, se concentraba en las calles de Oviedo.
Nieve que convertía los tejados de las casas en superficies donde el merengue cobraba protagonismo.
Nieve con sabor delicioso como el turrón de yema.
Nieve que, de repente, se hacía visible y dulce.
Nieve incontaminada para un relato de infancia.

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