El Comercio
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Recuerdos de Oviedo: Por el Paseo de los Álamos
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Luis Arias Argüelles-Meres | 19-02-2017 | 20:33

«Una oscura prisa, / un contagio de ala/ nos alumbra una ausencia desmedidamente nuestra. / Comprendemos entonces/ que hay sitios sin luz, ni oscuridad, ni meditaciones, / espacios libres/ donde podríamos no estar ausentes». (Roberto Juarroz).

PABLO LORENZANAJ

unio de 1974, vísperas de San Juan, vísperas de trasladarnos a Lanio a pasar el verano. Una mañana de aquellas en las que se saborea la delicia del arranque de las vacaciones. Una mañana sin prisa y, por lo que creo recordar, calurosa. Una mañana que prometía un resto de jornada grato.

Estábamos en el paseo de los Álamos. Nos sentamos en un banco frente a un puesto de helados, que estaba muy cerca del semáforo desde el que se cruza a la calle Toreno.

Sendos helados de corte, de dos sabores, nata y fresa. De repente, el azul del cielo, a resultas del movimiento de unas nubes que decidieron desperezarse, perdió intensidad. De repente, una brisa tibia se puso en movimiento, anunciando lluvia. Aquello hizo que diésemos cuenta de los helados con rapidez. Pero, en aquella ocasión, la amenaza no se cumplió. Se diría que las nubes fueron barridas por la mencionada brisa que empujaba hacia el Este. No, no llovió en el paseo de los Álamos aquella mañana de junio del 74 .

La bendita parsimonia nos puso muy fácil fijarnos en cuanto teníamos alrededor, tanto en las gentes más pintorescas que por allí transitaban como también en el soberbio mosaico de Antonio Suárez, que da prestancia y originalidad al paseo de los Álamos y que es merecedor de un cuidado que en los últimos años no tuvo.

Pero volvamos a aquella mañana de junio de 1974, vísperas de tantas cosas, si bien es cierto que, a los 17 años, no era fácil hacer previsiones más allá de lo inmediato en los ámbitos que teníamos más de cerca. En efecto, nos daba la impresión de que el ritmo que se respiraba aquella mañana en el paseo de los Álamos era parsimonioso, incluso lánguido, como si las nubes que habían pasado minutos antes hubiesen dejado una impronta con su no sé qué de morosidad.

Quedaba –nos quedaba- un margen de tiempo considerable antes de tener que regresar cada cual a su casa a comer. Así pues, una vez consumidos los helados, decidimos sobre la marcha que nos hiciese una fotografía el señor que se dedicaba a tales menesteres en el Campo de San Francisco.

Posamos para la ocasión, aquello nos resultaba divertido. Desde luego, muy lejos estábamos de saber lo que, andando el tiempo, darían de sí las tecnologías tan punteras del momento actual, pero, aun así, aquello se nos antojaba antiguo, como de otro tiempo.

Por extraño que parezca, la puesta en escena para la foto también se demoró entre las indicaciones del fotógrafo y nuestras bromas.

El momento de recogerla fue todo un acontecimiento. Foto en blanco y negro, por supuesto, y de tamaño muy reducido. Confieso que, al recordar este episodio, lamento que se haya extraviado.

Aquella mañana de 1974 fue, inesperadamente, una despedida del curso inolvidable y que, además, marcaría un antes y un después en semejantes adioses.

Adiós a un curso académico, adiós a una edad de la que, años más tarde, conocería su música y letra en la voz de Rosa León.

Tengo para mí que buena parte de las gentes que viven en Oviedo, a la hora de hacer recuento de sus idas y venidas por la ciudad a lo largo del tiempo, se encuentran con el paseo de los Álamos como escenario de alguna anécdota inolvidable, como escenario de algunos recuerdos que sus antepasados les transmitieron en más de una ocasión.

Y, volviendo a aquella mañana de junio del 74, cuando desconocía el recorrido que por allí habían hecho Azorín, Pérez de Ayala y Melquíades Álvarez a principios del siglo XX, cuando ignoraba el origen de ese espacio y su puesta de largo, cuando no me habían contado aún que hubo un momento en el que había sillas por cuyo uso y disfrute había que pagar y que, por eso, llamaban El Evangelio al señor que tenía como misión recaudar su utilización, pues, tan pronto lo veían se ponían en pie para no pagar, siempre tendré presente el recuerdo de aquella foto en blanco y negro sin apenas brillo, en la que comparecíamos sonrientes y contentos, y no era risa para la ocasión del posado, sino alegría y divertimento.

Un curso académico había quedado atrás. Toda una vida teníamos por delante. Y, sin embargo, fue aquel un día, más que de paso, de parada, de alto en el camino, con helados de corte y una foto que nos llevaba a un pasado imperfecto con su no sé qué de entrañable.

Antes de irnos, una amiga nuestra se detuvo a saludarnos, alguien que también despedía el curso académico a la espera de un largo y prometedor verano. Llevaba una carpeta a la que abrazaba, como quien se despide de algo que nos vino acompañando día tras día. La carpeta también tomaría vacaciones, pero no le tocaba veranear.

Por la tarde, llovió en Oviedo y nos pusimos a techo paseando por los andenes de la vieja Estación del Vasco, verso a verso, beso a beso, canción a canción.