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Recuerdos de Oviedo: La fuente de las ranas
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Luis Arias Argüelles-Meres | 26-02-2017 | 15:01

“Hoy son las manos la memoria. / El alma no se acuerda, está dolida/ de tanto recordar. Pero en las manos/ queda el recuerdo de lo que han tenido”. (Pedro Salinas).

Cuatro paseantes que iban y venían desde la fuente de las ranas hasta la fuentona. El que parecía llevar la voz cantante vestía una gabardina que destacaba por su blancura reluciente, se diría que a juego con su cabello canoso y con sus patillas. Gesticulaba lo justo sin aspavientos, sonreía en las pausas entre parrafada y parrafada. Y, en los momentos en que tocaba repetir el recorrido, sus giros eran decididos, tanto que marcaba la pauta a sus compañeros de paseo. Así pues, además de llevar la voz contante, también marcaba el paso. Se trataba, pues, de un personaje con dotes de mando, con madera de líder.
Era un día de septiembre a última hora de la mañana. (En aquellos años, el curso en la Universidad comenzaba tras el doce de octubre, con independencia de que aquello coincidiese o no con el calendario oficial). Y allí estábamos, sentados en el banco que da la espalda a la calle Toreno, frente a la fuente de las ranas.
Cuantas veces me acerco a la fuente de las ranas, o, simplemente, la recuerdo, acude a mi mente la imagen de un regato en Lanio entre la iglesia y el río que estaba lleno de renacuajos y ranas. Por eso, la referida fuente siempre me pareció una especie de recreación artificial de aquel lugar de mi pueblo que era un auténtico criadero de ranas.
Pero vayamos a la historia que nos ocupa: los cuatro tertulianos paseaban y hablaban continuamente y no parecía que el cansancio hiciese mella en ellos a pesar del calor y del ejercicio físico. Mientras tanto, nosotros repartíamos nuestro tiempo en observar, leer y conversar, (esto último sobre lo que estábamos viendo y también sobre un artículo de la revista “Triunfo” en su última época, en 1981).
Y, en un momento dado, cuando los tertulianos peripatéticos caminaban de espaldas a nosotros, acercándose ya a la fuentona, se sentó en un banco próximo al nuestro un ciudadano cuyo aspecto parecía cumplir el guion de un poeta de lo inefable. Gafas oscuras, barba muy poblada, gabardina mucho menos reluciente que la del paseante al que describí en el primer párrafo.
El recién llegado desplegó un blog enorme sobre sus rodillas, y, antes de ponerse a escribir, mordisqueaba el bolígrafo, como paso previo a dejar escritos sobre el papel versos, aforismos, anotaciones, una carta, o vaya usted a saber qué. Hubo un momento en el que el bolígrafo dejó de estar en la boca y se puso sobre el papel, pero, ¡ay!, aún no había llegado el turno de escribir, pues sacó una cajetilla del bolsillo y se llevó un cigarrillo a la boca. Se puso de pie y palpó los bolsos del pantalón en busca del mechero o las cerillas que no encontraba. En vista del éxito, se acercó a nosotros. Nos pidió “lumbre”, que no “fuego”; ante todo, acción poética, léxico con exigencias estéticas.
Le pasamos nuestro “bic” (mechero, que no bolígrafo). Volvió a su banco echando humo. Todo parecía indicar que el poema estaba a punto. En efecto, garabateó o escribió, y nos preguntábamos si los movimientos de aquel bolígrafo escribían o dibujaban, pues lo que parecían hacer era subrayar, y, bien pensado, subrayar el papel en blanco sí que era original y quién sabe si también poético.
Cerramos la revista y nos dispusimos a acompañar al personaje recién llegado en el ritual de fumar. También debo referir que dejamos de prestar atención a los peripatéticos de la mañana.
Y, en un momento dado, antes de que nuestro supuesto poeta de lo inefable terminase su cigarrillo, se fue, dejando allí su blog desplegado. Tras unos segundos de duda y expectación, nos dispusimos a entregarle su blog, dando por hecho (error, craso error) que se le había olvidado. Lo cierto es que ni nos contestó ni tampoco hizo el más mínimo ademán para recuperar su blog. De modo y manera que nos quedamos con cara de imbéciles sin saber qué hacer, conscientes, eso sí, de que estábamos siendo víctimas de una soberana tomadura de pelo.
El caso fue que nos encontramos con aquella especie de regalo inesperado. En el folio, tenía escrito el título que sigue: “Aquella carta de amor”. Pero, bajo ese rótulo, en lugar de la esperada epístola amorosa, lo que había era un poema, un conocido poema de Salinas, el de los pronombres, el que el tú y el yo como protagonistas, sin islas, sin palacios, sin torres, con la altísima alegría de vivir en los pronombres, con el tú y el yo despojados y liberados de toda suerte (o desgracia) de convencionalismos.
Un “yo” sin el “tú” para escenificar el poema. Un “yo” que acaso recordaba al “tú”, que lo tenía en las manos, que lo convocaba, a modo de lamento, de “largo lamento”.
Pasaron los meses y volvimos a ver al personaje sentado en un banco del Paseo de los curas”, en aquella ocasión, sin blog, con un enorme radio-cassette, escuchando música clásica: “Para Elisa”. Nadie podría negarle su buen gusto en materia estética.
Fuente de las ranas, tertulias peripatéticas, poetas de lo inefable.

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