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Carnavales en Oviedo
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Luis Arias Argüelles-Meres | 03-03-2017 | 07:55

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Menos mal que no fue ‘el tripartito’ quien decidió que en Oviedo la fiesta de la carne se retrasase casi una semana, incurriendo con ello en la irreverencia de celebrar las mascaradas en plena Cuaresma. Porque, de haber sido así, lloverían las críticas hacia unos mandatarios municipales tan poco temerosos de Dios y tan paganotes ellos. Lo dicho: arreciarían los reproches. Pero, miren ustedes por dónde, fue el católico Gabino de Lorenzo quien tomó tal ‘determín’, o, al menos, esto se puso en práctica siendo alcalde el actual delegado del Gobierno. En cualquier caso, para las conciencias más ortodoxas, a alguien tan campechano y dicharachero como don Gabino hay que perdonárselo todo. Catolicismo y casticismo en buena y perfecta armonía. Como Dios manda.

Dicho todo ello, dejando de lado los reparos que se puedan poner ante la mencionada irreverencia, tiene sus ventajas el hecho de que los carnavales se estiren una semana más, viene a ser el día después de la fiesta, la despedida por todo lo alto, el homenaje a lo recién celebrado.

Tampoco hay que perder de vista que, con esta prolongación, no se hace sombra a lo mucho que se celebra la fiesta de la carne en Avilés y Gijón, y que se evitan potenciales polémicas localistas, por lo común, inoportunas y aburridas.

Muchos años antes de que se pospusiesen estas fiestas con respecto a las fechas oficiales, recuerdo un martes de Carnaval, ya de noche, cuando la calle Rosal se inundó de viandantes disfrazados, en una auténtica e inacabable procesión de gentes que llevaban todo tipo de embozos y máscaras.

Confieso que aquello me emocionó, porque no pude dejar de pensar en el enorme lapso de tiempo en el que estas fiestas estuvieron mal vistas cuando no prohibidas.

Me gustan los carnavales en la medida en que sus mascaradas, sus ritos y puestas en escena son, en muchas ocasiones, desafíos transgresores en los que, por una vez, cada cual decide quién quiere ser, o, más exactamente, determina cómo comparecer ante los demás.

«Llega a ser el que eres», escribió el poeta lírico griego Píndaro, planteamiento que llegarían a desarrollar Nietzsche y Ortega, entre otros. Digo esto, porque el Carnaval permite esas libertades, esas ilusiones, porque nos facilita elegir un papel que, en muchos casos, poco o nada tiene que ver con nuestra realidad.

El Carnaval como teatro, como disfraz, como excitante baile de máscaras.

Pues bien, es un lujo del que se puede disfrutar en Oviedo, incluso en plena Cuaresma.

Estoy por asegurar que esto último le hubiera encantado a nuestro Pérez de Ayala, novelista genial, ingenioso y muy irreverente.

¿Alguien recuerda el episodio inicial de la novela ‘Belarmino y Apolonio’?