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Fecha: marzo 5, 2017
Recuerdos de Oviedo: Cines Brooklyn
Luis Arias Argüelles-Meres 05-03-2017 | 2:23 | 0

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“Hay una «situación de cine», y esta situación es pre-hipnótica…La oscuridad de la sala está prefigurada por el «ensueño crepuscular» que precede a esa oscuridad y conduce al individuo, de calle en calle, de cartel en cartel, hasta que se sumerge finalmente en un cubo oscuro, anónimo, indiferente, en el que se producirá ese festival de los afectos que llamamos una película”. (Barthes).

 

No sabría decir cuál fue la primera película a la que acudí en los cines Brooklyn. Sin embargo, recuerdo con toda claridad mi andadura nocturna por las calles de Oviedo después de haber visto en los mencionados cines “El Crimen de Cuenca”. Amargura, indignación, mal cuerpo, necesidad de conjurar aquello, de dejar atrás la ira que nos había apoderado tras aquella historia marcada por la injusticia y las torturas, tras aquella historia de la España más negra, más tremenda y hasta tremendista. Carne horca, que diría Machado.
Parada en el establecimiento de la Avenida de Galicia que más tarde cerraba. No era fácil plantear una conversación ajena a la historia de la película que acabábamos de ver. No había muchas posibilidades de alejar de nuestras mentes aquella truculenta trama que, además, como ya dije, remitía a la España más tenebrosa.
Si la memoria no me falla, aquella película se estrenó en 1981, pero, antes de ser exhibida en las salas de cine, había tenido problemas legales, era ministro de cultura –miren ustedes por dónde- don Ricardo de la Cierva, historiador objetivo y riguroso donde los hubiese. ¡Madre mía!
La España más tenebrosa cerrándonos el estómago, rascando nuestras gargantas, escocía nuestro entendimiento. De cualquier modo, a pesar de todo y de casi todos, la película había podido exhibirse, sacando a la luz un episodio más de nuestra historia contemporánea más oscura, de una España en la que la vida tampoco valía mucho. Y, como bálsamo, la buena literatura en nuestra conversación: las novelas que escribieron Baroja y Pérez de Ayala sobre el famoso crimen de don Benito y-cómo no- algunos poemas de Machado con el Dios Ibero temido y temible.
Antes, en su misma ubicación, hubo un enorme garaje, cuyo encargado solía estar a la puerta y formaba parte del entorno. En la esquina entre esa calle y la Avenida de Galicia, un chalet, en cuyo patio había un coche antiguo que llamaba mucho nuestra atención. Y, allí, en General Zuvillaga, la discoteca Faust, donde, por razones de edad, nunca entré, por supuesto, el club de Tenis, el pub Corners y los cines. ¡Cuánto ocio en una calle no demasiado grande! Y, en su momento, que se ubicase allí la oficina del Inem, a lado de tanto ocio y tanta abundancia, no dejaba de ser paradójico.
Pero volvamos a aquellos cines, a aquella sesión de noche donde vi “El Hombre de moda”, con Xabier Elorriaga haciendo de severo profesor de literatura, que no le hacía ascos a cierto ligoteos, pero, claro, aquello rompió. La moralina de aquella película no se puede decir que destacase por lo ingenioso.
Pero, de todas las sesiones de noche a las que acudí en los cines Brooklyn, el acontecimiento más inolvidable fue el de la proyección de la película sobre la vida de Gandhi, sin duda, uno de los grandes personajes del siglo XX. Puedo asegurar y aseguro que el ambiente que se creó a la salida del cine, me hizo recordar lo que se escenificaba en el Paladium, cuando, una vez terminada la película, las interpretaciones más pretendidamente sesudas iban en el guion.
Salir del cine tras ver la película sobre Gandhi, y los comentarios sobre la luz de la película, el rigor histórico, el trabajo del actor que encarnaba al personaje histórico, la paz, el imperialismo, los colonialismos y qué sé yo cuántas cosas eran los ecos que se hacían oír al tiempo que la gente abandonaba la sala de cine. Fue volver a los 70. Fue volver al Paladium.
¿Y cómo olvidar aquella noche de verano en la que se estrenó Dragón Rapide, con Juan Diego en el papel de Franco? Una vez más –en esta ocasión, en el cine- la guerra civil, más concretamente, sus prolegómenos. De aquella película, lo que encontramos más sobresaliente fue el esfuerzo de Juan Diego por meterse en el interior de Franco, de aquel militar severo, prudente, aparentemente pusilánime, que, en un momento dado, con la ayuda de un conocido financiero, abandonó las Canarias para ponerse al frente de los militares que se sublevaron contra la República.
Noche de verano en Oviedo, con poco movimiento, pero con locales abiertos hasta muy tarde para poder hablar de aquel personaje que dirigió los destinos de un país durante 4 décadas como si fuese un cuartel. Algo así, necesitaba catarsis conversacional, y no poca catarsis.
Ya, ya muy avanzados los años 90, esta vez en sesión de tarde, en compañía de mis alumnos de COU, vimos la película “Muerte en Granada” en la que el conocido actor Andy García representaba el papel de Lorca. Era primavera y, a la salida del cine, no podría decir que el entusiasmo fuese grande entre aquel grupo de COU. Desde luego, la vida y la obra del gran poeta granadino daban para mucho más, y la ambientación histórica era manifiestamente mejorable.
El día que los cines Brooklyn se cerraron, sentí una orfandad inevitable, la de saber que, por las calles de Oviedo, no podría dar paseos con esa hipnosis que crea en nosotros el cine. Siempre la echaré de menos.

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