El Comercio
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Primavera en el Campo de San Francisco
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Luis Arias Argüelles-Meres | 10-03-2017 | 08:17

Resultado de imagen de Campo de San Francisco, Monumento a Clarín,

“Te embarcaste, surcaste mares, atracaste: ¡desembarca!” (Marco Aurelio).

 

Tarde luminosa en pleno mes de marzo. Las margaritas comparecen con una explosión de color y anticipos primaverales. Por el Paseo del Bombé,  un paseante perora sin parar a su teléfono móvil, que lleva en la palma de la mano, y, a medida que lo veo más de cerca, se diría que increpa duramente al aparatejo.  Un caniche, tan pequeñín como gracioso y tierno, se planta y no quiere seguir caminando, a pesar de que su dueña, con mucha paciencia, intenta que no se detenga junto a ese terreno vallado en cuyo interior corretean y juegan varios perros que olisquean una especie de zanja en apariencia recién  abierta.  Un avión va dejando su estela por el cielo, al modo de una llama que no encuentra materia combustible.

Se levanta una brisa que, sin ser fría,  parece tener intención de recordarnos que  el invierno todavía  no nos ha abandonado.  De hecho, una señora que camina apoyada en su bastón acelera el paso, barrunto que lo hace para verse pronto en casa resguardada del frío.

Sin embargo, un señor mayor y su nieto, sentados al lado de Mafalda, no parecen tener prisa, imagino que a la espera de que no se atraviese nadie entre el fotógrafo de ocasión y ellos. Se les ve sonrientes seguramente posando para la inmediatez de las redes sociales.

Confieso que hay dos rincones del Campo de San Francisco que no puedo dejar de transitar: uno de ellos es el monumento a Clarín, mientras que el otro  es el árbol torcido al que sustentan unas piedras que tienen la forma de gruesos tomos enciclopédicos. Esos libros que enderezan un destino quebrado. Esos libros que evitan el hundimiento de un árbol. Esos libros, cuyo contenido nos inventamos a poco que fijemos la vista en ellos.

¿Y qué decir del monumento a Clarín? En realidad, me resulta imposible transitar Oviedo sin tenerlo presente, y no sólo por esa novela excepcional a la que Oviedo, según Cueto, se empeñó en imitar, sino también por haber sido el faro de Asturias y de España en sus ensayos y artículos periodísticos. Es un buen sitio para detenerse el tiempo que dura un pitillo, o, si se prefiere, el tiempo que ocupa un alto en el camino.

Comienza el atardecer. Las margaritas se empiezan a perder de vista, y se preparan para lucir su esplendor al día siguiente.

¿Se acercará algún viandante al monumento a Clarín en busca de algún palique?

¿No resulta sugerente que el monumento a Clarín y el árbol sustentado por piedras en forma de libros se encuentren casi frente por frente?