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Recuerdos de Oviedo: Aquella comida en la Goleta
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Luis Arias Argüelles-Meres | 26-03-2017 | 00:07

La imagen puede contener: personas sentadas, mesa, sala de estar e interior

“Dadme una cinta para atar el tiempo. /Una palabra que no se pierda/entre un olvido y un recuerdo. / Quiero que el aire no se mueva y venga/ un mal viento que arrastre por el suelo/ años de luz, palabras bellas”… (Blas de Otero).

Fue un lunes de marzo de 1996. “El vecino de Eaton Square y otros cuentos”, primer libro de Sarah Álvarez de Miranda, acababa de entrar en la imprenta. De modo y manera que, antes del verano, estaría en la calle. Ediciones Trabe, en la época de Antón García, tuvo el privilegio de publicar el primer libro de la nieta de Melquíades Álvarez, que, andando el tiempo, novelaría la vida de su abuelo, así como su experiencia en la Cuba que vivió las vísperas del castrismo.
Para celebrar aquello, se organizó una comida en la Goleta. Seis personas a la mesa: Sarah y su marido, el diplomático José Antonio Varela da Fonte, Antón García y Consuelo Vega y nosotros.
Y, más allá de la amena conversación de la que disfrutamos de principio a fin, puedo y debo decir que el lugar elegido era pintiparado para tan inolvidable almuerzo. Todo cuanto había alrededor contribuía a ello.
Entre anécdota y anécdota, de vez en cuando, salían a relucir las tramas del conjunto de relatos, la magia de la ropa de nylon, los episodios del cuento que daba título al libro, la ternura que suscitaban la mayoría de los personajes. El cosmopolitismo y la sensibilidad de la autora trazo a trazo, lance a lance; a veces, lo que se suscita al calor de una chimenea; en ocasiones, paisaje y paisanaje vinculados a Doriga. El asombro que, de principio a fin, transmitía la narradora, ante determinados momentos de la trama, no siempre en los finales, pero también.
Pero no sólo se abordaron los cuentos de Sarah. Antón nos mostró algunos poemas suyos. José Antonio Varela rememoró episodios de su larga trayectoria como diplomático. Era un hombre culto y ameno, nada farragoso, con un sentido del humor sutil, constituía toda una delicia escucharle. Y, por cierto, años más tarde, publicaría sus memorias también en la editorial Trabe.
Por otro lado, la actualidad del momento tuvo su hueco. Se había terminado “el trienio del griterío”, esto es, los últimos tres años de Gobierno de Felipe González, que habían estado marcados por continuos escándalos de corrupción. Y, por otro lado, a Aznar le quedaban algunos meses para ser investido Presidente del Gobierno, pues estaba por llegar el acuerdo del PP con el PNV y con CIU para que fuese posible su nombramiento como Jefe del Ejecutivo. Desde luego, lo que acabábamos de dejar atrás era amargo y decepcionante, pero lo venidero no levantaba grandes entusiasmos.
Marzo de 1996, digo. Fue un día nublado, en el que, si mal no recuerdo, no llegó a llover.
Tras la sobremesa, los acompañamos al ALSA. Por el camino, hablamos de Oviedo, de Doriga y de Lanio.
Aquella comida en la Goleta. Aquel encuentro antes del verano propiciado por la inminente publicación del libro de relatos de Sarah. Y es que, si bien nuestro parentesco no es muy cercano, la proximidad entre Lanio y Doriga propició que varias generaciones de nuestra familia se encontrasen en aquellos largos veraneos desde finales del XIX y que se visitasen con frecuencia en sus respectivas casas.A mediados del XIX, Engracia Longoria, que había nacido en nuestra casa de Lanio, se casó en Doriga. Y cada generación mantuvo el vínculo familiar.
Debo confesar que, tras tener noticia del cierre de la Goleta y de Casa Conrado, lo primero que acudió a mi mente fue la comida de la que vengo hablando. Y es que, dejando aparte otras muchas consideraciones que podrían hacerse, cada vez van quedando menos establecimientos con prestancia, solera y personalidad propia. Y es que, al clausurarse un negocio hostelero que sirvió como escenario a vivencias importantes, es inevitable que nos apodere una cierta orfandad.
Y, a todo ello, hay algo muy importante que debe añadirse, sobre todo, en un tiempo como éste donde el esnobismo y la cursilería abundan tanto cuando se habla de gastronomía. Sé que –perdón por la perogrullada- a todos nos gusta comer bien. Es innegable que una buena presentación ayuda. Pero, a mi juicio, hay algo que está muy por encima de los sabores y de las recetas, y ese algo es el ambiente que rodea al hecho mismo de sentarse a la mesa de un restaurante, ambiente no sólo, aunque también, en cuanto a lo visible y tangible, sino además en algo que está por encima de ello, en una especie de envoltorio invisible e inasible, que facilita la fluidez de las palabras, la comunicación de los gestos, la comodidad de los comensales.
Y, de todo esto, había mucho en la Goleta. Y quién sabe si esa elegancia que está en los detalles y que no pretende deslumbrar y esos ambientes que propiciaban largas conversaciones con amenas sobremesas colisionan con la pedantería, a veces insufrible, de quienes ponen por encima de todo lo gastronómico, de quienes se reclaman expertos en sinfonías de sabores y toda una serie de mentecateces que pretenden llenar vacíos que pueden dar vértigo.
En la Goleta, en efecto, se comía muy bien, pero su encanto y atractivo no residían sólo en lo culinario. No perdamos esto de vista, porque estaríamos renunciando a placeres que no sólo son gustativos. El buen gusto no sólo está en los platos.
Y a veces uno piensa que hemos pasado de los eruditos a la violeta de los que hablaba Cadalso a los pedantes a la vinagreta. No sé qué será peor.
En la Goleta –insisto- no sólo se comía bien.

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