El Comercio
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Recuerdos de Oviedo: Casa Conrado
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Luis Arias Argüelles-Meres | 01-04-2017 | 23:25

La imagen puede contener: una o varias personas, personas sentadas, mesa e interior

“Soy el centro de las cosas y cada una me procura sensaciones y sentimientos magníficos o melancólicos, que disfruto”. (Proust).

“La palabra es el único pájaro/ que puede ser igual a su ausencia”. (Juarroz)

Éramos muy poca cosa académicamente hablando, a qué negarlo. O así nos sentíamos aquel martes de 1980 en el que fuimos a comer, por vez primera, a Casa Conrado. Acabábamos de cobrar nuestros primeros dineros como profesores particulares. Aún no habíamos terminado la carrera. Y decidimos que aquello había que celebrarlo. Por un lado, con mucha humildad. Por otra parte, con su no sé qué de solemne. Y, para ello, nada mejor que disfrutar de mesa y mantel en un establecimiento donde las vacas sagradas de nuestra Facultad tenían, por así decirlo, omnipresencia. Era algo así como su segunda casa. De hecho, en la Carta figuraba algo que había escrito Alarcos acerca de las maravillas culinarias del lugar.
Casa Conrado. Sabíamos que allí era frecuente que almorzasen los miembros de los tribunales de las tesis doctorales. Conocíamos anécdotas muy divertidas de comensales muy habituales que eran o habían sido profesores nuestros.
Es decir, de algún modo, aquello vendría a ser una especie de apéndice de la Facultad, que, se caracterizaba además por el hecho de que allí las estancias eran largas, incluían sobremesas.
Casa Conrado. No tardé en saber la procedencia del dueño de la empresa, un tinetense. Por cierto, en algún momento, debería estudiarse a fondo la enorme cantidad de establecimientos de hostelería en Oviedo que fueron fundados por gente del occidente de Asturias, sobre todo, de Salas y Tineo.
Pero volvamos a la comida de aquel martes de febrero de 1980. Aún no habían llegado los tiempos de la pedantería en materia gastronómica a la que me referí hace poco en esta misma página. Y no falto a la verdad si confieso que no recuerdo lo que elegimos. Lo esencial, para nosotros, no era eso, sino el hecho mismo de poder pagarnos un almuerzo en un restaurante con las primeras pesetas que habíamos ganado en el escalafón más bajo de la docencia, el de profesores particulares. O sea, fue una forma de celebrar nuestra puesta de largo como docentes. ¿Y qué mejor sitio para susodicha celebración que un restaurante en el que eran clientes habituales conocidos profesores de la Facultad?
Nuestro estreno en las clases particulares fueron el latín y la lengua española, de segundo y primero de BUP respectivamente. Mire usted por dónde, explicar las declinaciones y dar claves para traducir frases de la lengua de Virgilio servía para ganarse unas pesetillas con las que poder comer (un día) en casa Conrado. Y con esto no quiere decirse que los precios fuesen muy caros, sino que aquellas clases a domicilio en horas vespertinas se pagaban muy poco.
No se hablaba entonces de la relación calidad- precio con respecto a cuestiones gastronómicas. (Lo de no confundir valor y precio era mucho más sublime, mucho más poético, mucho más machadiano).
Bueno, pasaron los años, y, como es de suponer, nunca me planteé la posibilidad de que Casa Conrado llegase a cerrar, pues no había bajado su prestigio y, desde luego, seguía contando con clientela.
Por eso, cuando noticia de su cierre leyendo EL COMERCIO, confieso que lo lamenté. Pues Oviedo sufre una pérdida nada baladí. En Casa Conrado, tuvo lugar no pequeña parte de la intrahistoria de la Facultad de Filosofía y Letras de nuestra Alma Máter, es decir, de su vida universitaria, aunque, por supuesto, su clientela abarcó mucho más.
Casa Conrado, siempre tan cerca, siempre de camino a la Facultad, siempre tan céntrica, siempre tan llena de anécdotas.
Hablar en este momento de un tiempo en el que no había teléfonos móviles, en el que se fumaba en las sobremesas tras una buena pitanza, en el que no solía haber prisa a la hora de marchar, en el que la mayor parte de la clientela habitual era conocida y reconocida, lleva, indefectiblemente, a la nostalgia, no porque consideremos que el pasado fue mejor, sino porque se terminó una forma de vida que se cobijaba, entre otros lugares, en establecimientos como Casa Conrado.
Y, sin embargo, hasta hace muy pocos días, allí seguía, atestiguando un tiempo pasado y, también, incorporándose a ese presente continuo cada vez más efímero.
Como consigné más arriba, no recuerdo lo que comimos, pero sí tengo la imagen del vino que tomamos, una conocida marca de Rioja, y jamás olvidaré lo grato que nos resultó tener en nuestras manos la Carta, con sus textos y pretextos, además de las informaciones sobre lo que allí podía degustarse y beberse.
La sintaxis latina más elemental y las figuras literarias de lengua española nos habían servido para ganar nuestra primera mensualidad como docentes, primera mensualidad que nos llevó a Casa Conrado.
Llegó la tarde en la que volvimos a nuestras clases, llegó la noche en la Estación de la Renfe donde nos despedimos hasta la mañana siguiente.
Aquel martes de febrero de 1980, mientras comíamos, fantaseamos sobre las comidas que allí se celebrarían tras nuestras respectivas tesis, que versarían sobre la literatura de las primeras décadas del siglo XX y sobre lexicografía respectivamente. Aquello fue muy divertido.
Aquel martes de febrero de 1980 el café nos supo a gloria, y, en este caso, no se trataba de un sabor literal, sino literario.
Aquel martes de febrero de 1980, intenté comprar el libro que me faltaba de todos los títulos de Unamuno publicados en la bendita Colección Austral. Se trataba del volumen “De esto y de aquello”. “Contra esto y aquello” era un clásico de don Miguel que en su momento había adquirido mi padre. Pero el volumen de marras tardé tiempo en conseguirlo.
Casa Conrado. Con su adiós, Oviedo pierde todo un clásico.