El Comercio
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Fecha: junio, 2017
Recuerdos de Oviedo: De despedidas y tristezas
Luis Arias Argüelles-Meres 25-06-2017 | 12:41 | 0

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“Si se estrechan las manos, si se abraza, / nunca es para apartarse, / es porque el alma ciegamente siente/ que la forma posible de estar juntos/ es una despedida larga, clara/ y que lo más seguro es el adiós”. (Pedro Salinas).

La megafonía anunciando que el tren está a punto de iniciar su salida. Viajeros asomados a las ventanillas y a las puertas de acceso, conversando hasta el último instante con las personas que acudieron a despedirlos y que los acompañan hasta el último momento. En algún caso, se estrechan las manos, en un intento tan inútil como poético de alargar ese adiós, esa despedida. Toda una cita con la melancolía. Todo un ritual de tristeza, toda una escenificación agridulce, que deja poso, que tiene vocación de quedarse.
Aquella tarde de un mes de mayo, en la terraza de la cafetería Santa Cristina, frente a la estación de la RENFE, en Oviedo, me tocó presenciar cómo se fue alargando ese ritual de despedida en una muchacha que tenía los ojos llorosos con la mirada fija en su teléfono móvil, sin teclear, contemplando probablemente una foto o un texto, la imagen y la palabra, la palabra y la imagen. Al lado de la silla, su maleta con ruedas. Sobre la mesa, el recipiente de la infusión, el vaso de agua, la cajetilla de tabaco y el mechero. Y, ante todo y sobre todo, tristeza, infinita tristeza.
¿Aquello era de antes o de después? ¿Acababa de despedirse de alguien? ¿O estaba a punto de producirse un encuentro que también era un ritual de adioses? ¿Iba a de la estación de la RENFE, o venía de allí?
Pelo corto, ojos, a pesar de todo, muy vivos. La piedra de hielo del vaso de agua se había derretido. El cigarrillo se había consumido solo sobre el cenicero. El recipiente de la infusión había dejado también de humear. Pura inacción y, sin embargo, ¡cuánta intensidad en aquella mirada, en aquellos instantes!
¿A qué podía obedecer tan infinita tristeza? ¿A una historia de amor hecha añicos? ¿A la pérdida de un ser querido? ¿A una noticia que podía desbaratar el equilibrio de toda una vida? En todo caso, lo que estaba ocurriendo era una despedida, de algo y de alguien, de alguien y de algo.
Y, de repente, me sobrevino un recuerdo lejano, también de una tarde de mayo, ciertamente lejos de Oviedo, en Sevilla, en un parque de Sevilla, cuando una muchacha, más que sollozar, lloraba sentada en un banco de un conocido parque. También tenía a su lado una maleta, esta vez sin ruedas, más grande y menos manejable. Dos soldados se acercaron a hablar con ella. Y, a pesar de su dolor, pudo agradecerles el interés mostrado con una sonrisa que era todo un regalo a la ternura.
Pasado aquel encuentro, allí se quedó con su tristeza, dejando atrás algo de lo que le costaba desprenderse, dejando atrás algo que las circunstancias le habían arrebatado sin permiso.
Tras el recordatorio de la imagen de Sevilla, volví al instante en que estaba. Y la puesta en escena había cambiado por completo. Aquella mujer ya no tenía su mirada fija en la pantalla del teléfono móvil. De hecho, el aparatejo estaba sobre la mesa como ausente. Y, por otra parte, el cigarrillo no se encontraba abandonado sobre el cenicero, sino que lo fumaba con su no sé qué de intensidad cada vez que daba una calada.
Acaso sería exagerado afirmar que la tristeza había desaparecido del todo, pero era indudable que el dolor, al menos en gran parte, se había quedado atrás, como si un soplo de entereza hubiera transformado su estado de ánimo.
Apagó el cigarrillo, se puso en pie y tomó camino de la estación de la RENFE. Traspasó la puerta decidida y con entereza.
No pude evitar preguntarme si alguien iría a despedirla, si le tocaba irse sin el calor de los últimos instantes de una persona cercana antes de que el tren arrancase.
En todo caso, me asombró que, desde el momento mismo en que mis recuerdos me situaron en un escenario de décadas atrás, hasta el regreso al presente que estaba viviendo, la situación de aquella mujer se hubiese transformado tanto, pasando de la tristeza al aplomo, lo que no necesariamente implicaba que su melancolía hubiese desaparecido, pero sí que se atemperó.
Aquella tarde del mes de mayo en la terraza de la cafetería Santa Cristina, frente a la estación de la Renfe, el cielo estaba nublado, había mucho bochorno, anunciando una tormenta que no llegó a desatarse.
Aquella tarde de mayo, sobre la mesa en la que se encontraba la protagonista de nuestra historia, no había ningún libro, pero, bien mirado, en la escena que me tocó presenciar, se diría que estaban omnipresentes los versos de Salinas que encabezan este texto, más bien, el poema entero, toda una interrogación retórica de principio a fin.
Interrogación retórica, digo, que, a mí, me llenó de preguntas, a las que intenté responder con recuerdos..

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Gabino de Lorenzo echa balones fuera
Luis Arias Argüelles-Meres 23-06-2017 | 2:18 | 0

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“Cuanto más se aleja una sociedad de la verdad, más odia a quienes hablan de ella”. (Orwell).

Leo en EL COMERCIO que el ex Alcalde vetustense y actual Delegado del Gobierno solicita el archivo definitivo del expediente sobre “Villa Magdalena”, expediente incoado por el Equipo de Gobierno del Ayuntamiento de Oviedo para dirimir su posible responsabilidad patrimonial en el asunto que aquí nos trae.
Lo llamativo del caso no es la petición que hace el que fuera primer edil del Consistorio carbayón durante más de veinte años, sino que, en el momento actual, ya están muy carcomidos los tópicos que tanto lo ensalzaron a lo largo de sus días de vino y rosas como regidor ovetense.
A estas alturas, nadie, ni siquiera el propio interesado, se puede atrever a plantear que la operación de “Villa Magdalena” fue beneficiosa para la ciudad, máxime cuando se conocen las cifras que tendrán que ser costeadas por la ciudadanía vetustense, a no ser que, llegado el caso, en el ámbito judicial, llegue a estipularse que hay una responsabilidad patrimonial del ex Alcalde.
Ahora resulta que nadie puede negar que aquel Alcalde tan lisonjeado dejó a la heroica ciudad una hipoteca importante. Y, en lugar de salir a la palestra, reconociendo equivocaciones, o bien insulta al actual regidor, como hizo hace pocos meses, o bien intenta, como acaba de hacer ahora, echar balones fuera.
¿Quién se lo iba a decir? ¿Quién nos lo iba a decir?
Porque lo que está ocurriendo actualmente es que la venda se está cayendo, es que, dejando al margen otras muchas cuestiones, en el largo mandato de Gabino de Lorenzo al frente del Ayuntamiento de Oviedo, hubo decisiones, en el mejor de los casos, arbitrarias y atrabiliarias, que suponen un serio lastre para esta ciudad.
Gabino ya no tiene quien le escriba desde la adulación más o menos estomagante. Gabino no puede encontrar argumentos que justifiquen el coste final que Villa Magdalena supone. Y, claro, como último recurso, le queda echar balones fuera.
No entro en la cuestión legal, desconozco si el Equipo de Gobierno tiene o no capacidad para poner en marcha el expediente que Gabino pide que se archive; pero, en todo caso, resulta difícilmente rechazable que el actual Equipo de Gobierno ponga en marcha medidas legales tendentes a evitar una sangría económica para los dineros públicos del Consistorio carbayón.
Y, por otra parte, parece imposible no percatarse de que, en la vida pública ovetense y asturiana, estamos asistiendo a un espectáculo catártico, que consiste en la caída de ciertos mitos que vinieron siendo objeto de una lisonja tan inmerecida como indigerible.

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Recuerdos de Oviedo: Por Ciudad Naranco
Luis Arias Argüelles-Meres 18-06-2017 | 3:35 | 0

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«Los ojos sólo ven: / el alma mira». (Pedro Salinas).

En su momento escribí que muchas aldeas asturianas se agarran a las faldas de las montañas del mismo modo que lo hacen las criaturas a las sayas de sus madres o abuelas. Es la búsqueda de protección al llariego modo que, bien mirado, tiene su innegable no sé qué de ternura. Y, en el caso que nos ocupa, se diría que algo de esto ocurrió en Oviedo, que se quiso agarrar al Naranco, con resultados estéticos que se prestarían a múltiples e interesantes interpretaciones.
Pero, en cualquier caso, se puede constatar que, al final, habría que separar lo que es el monte Naranco en sí mismo, como atalaya de Oviedo, y esa pequeña parte de su falda en la que en su momento se asentaron colegios, casas unifamiliares y –cómo no- la antigua cárcel, dedicada hoy a archivo histórico.
Siempre se dijo –y es indiscutible- que Oviedo limita con el campo por todos lados. Sin embargo, tengo para mí que se insistió muy poco en que, según se mire, la falda del Naranco forma parte de la ciudad sin haber perdido nunca del todo su carta de naturaleza no urbana.
Y es que, entre las muchas referencias que nos vamos haciendo con el tiempo en Oviedo, el paso a ciudad Naranco, siempre tan transitado de vehículos, es inolvidable. Un paso pequeño, quizá excesivamente pequeño, que, no obstante, marca muy bien la diferencia entre el entorno más bullicioso, en cuanto a tráfico, de Vetusta, y esa falda, a su peculiar modo y manera, urbanizada, sin haber renunciado nunca a su vocación de aldea, hasta de casería en algunos casos.
Confieso que, cuando entré por vez primera en el actual Archivo histórico, tuve muy presente determinados acontecimientos en los que ese enclave tiene un enorme protagonismo en nuestra historia contemporánea.
Y, en otro orden de cosas, si dejamos que la imaginación se despliegue con entera libertad al margen de los condicionamientos de los datos, se nos plantea de inmediato la hipótesis de que no hace mucho tiempo, en lo que ahora son calzadas y naves industriales, tuvo que haber una aldea con su día a día al margen de la capital, pero que, al mismo tiempo, tenía omnipresente a la ciudad como salida a sus productos, como contraprestación a sus trabajos y sus días.
En ocasiones, nos sentimos atraídos a levantar la vista y mirar hacia arriba, acaso buscando esa protección a la que aludí en párrafos anteriores. Empero, la mayor parte de las veces, lo que sentimos es el disfrute tan propio de Oviedo de sabernos en el campo sin necesidad de abandonar la propia ciudad. Es el disfrute de aquel “fondo rural que perdura en cada asturiano”, del que se hizo eco Ortega en su memorable ensayo sobre nuestra tierra.
Me atrevería a afirmar que, tal vez sin ser conscientes del todo, cada vez que transitamos esta zona de Oviedo, vislumbramos las raíces más genuinas de nuestra ciudad, la referencia que nunca se perdió, el punto de partida del devenir histórico carbayón.
Y lo curioso del caso es que, con el transcurso del tiempo, ciudad Naranco no es fundamentalmente el lugar de paso hacia arriba, sino que tiene personalidad propia, como el recordatorio de la aldea que fuimos y, en gran medida, seguimos siendo.
Cada vez que visitaba a una señora que había trabajado casi toda su vida en la casa de mis tías abuelas y que, en su día, se trasladó a una casa de ciudad Naranco que había heredado de su hermano, un indiano que regresó con algo de dinero y que lo invirtió casi todo en esa propiedad, me sentía, a la vez, muy cerca y muy lejos de Oviedo, cerca en la geografía, lejos en todo lo que aquello me evocaba, desde el paisaje mismo que se podía contemplar desde los ventanales de la cocina, hasta la atmósfera que allí se respiraba, esa atmósfera tan genuina de los recuerdos vividos y vívidos pertenecientes a un pasado que son la llave misma del tiempo presente.
Por ciudad Naranco. Durante mucho tiempo, la escasa atención que se le prestó a esta parte de Oviedo hizo que fuese más clara la diferencia con respecto al meollo mismo de la capital. Pero, más allá de esa circunstancia, de suyo, decisiva, la propia historia intervenía en ello.
Estoy convencido de que si Ortega hubiese estado más tiempo en Oviedo en su estancia asturiana en 1914, hubiera puesto ciudad Naranco como el mejor ejemplo de ese fondo rural con el que tan certaramente nos definió.
Y es que, más allá de operaciones urbanísticas que pudieron violentar lo que ciudad Naranco significa, su protagonismo en la intrahistoria de Oviedo es tan clarificador como innegable.
Y es que, desde cualquier punto de Oviedo, siempre estaremos agarrados a la falda del Naranco.

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El regreso de Rufo
Luis Arias Argüelles-Meres 16-06-2017 | 9:11 | 0

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Seguro que en su momento cundió la alarma, al haber desaparecido la estatua de ‘Rufo’ de la calle doctor Casal. Sin duda, más de una persona preguntó si algún desalmado podría haber tenido mucho que ver con tan inesperada e ingrata sorpresa. Pero, por fortuna, pronto supimos que la ausencia del perro más querido de Oviedo no se debía a la mala acción de algún desaprensivo, sino que se trataba de muy distinta cosa, de una decisión tomada en el ámbito municipal, a resultas de unas fijaciones muy sueltas que, llegado el caso, podrían generar problemas.

Pues eso: regresó ‘Rufo’ a la calle Doctor Casal, y, a propósito de esto, creo que, en realidad, el perro más famoso de Oviedo retornó ya dos veces. Primero, en el San Mateo de 2015, cuando se instaló en la calle Coctor Casal la escultura con la que Vetusta le rinde un más que merecido homenaje. Y, por último, acaba de tener lugar su segundo retorno, precedido de cierta confusión.

En cualquier caso, debo confesar que esta pérdida seguida de inmediato hallazgo, me hizo recordar a ‘Rufo’, y la imagen que más acude a mi memoria es la del entrañable perro caminando por la acera donde estaba el Marchica, y lo hacía, si no con parsimonia, sí, al menos, con la seguridad que da la rutina, esa rutina que, al lado de otras cosas, proporciona serenidad y sosiego. Oviedo era su casa.

Fíjense, en esa misma acera, por la que vi tantas veces a ‘Rufo’ paseando, reparé en no pocas ocasiones en un coche, marca Renault

12, en cuya matrícula, además de la ‘O’ de Oviedo, todo eran ceros, que solía estar aparcado. Mayor originalidad, imposible.

Y, volviendo a ‘Rufo’, lo llamativo del caso es que, en realidad, no era un perro callejero, sino familiar, y eso no sólo lo sabíamos quienes habitábamos en la ciudad, sino que incluso se podían percatar de ello los visitantes ocasionales que desconocían el día a día de Vetusta.

Y es que Rufo recorría Oviedo como su finca particular, y su manada estaba formada por el conjunto de los transeúntes de la heroica ciudad.

Era un perro entrañable que desconocía el miedo, al que nunca vi gruñir ni correr despavorido, al que, parafraseando al machadiano Juan de Mairena, no le alteraban «los eventos consuetudinarios acontecidos en Vetusta».

¿Cómo no recordar a aquel perro, ya entrado en años, que se sentía parte de una enorme manada, la del Oviedo de sus días?

No se sabe bien quién adoptó a quién, si Oviedo a ‘Rufo’, o, más exactamente, ‘Rufo’ al conjunto de vetustenses de su tiempo. Con él, Vetusta dormía la siesta.

Con ‘Rufo’ por la acera del Marchica, Oviedo se despertaba y acostaba cada jornada.

Y sigue estando entre nosotros, con nosotros.

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Recuerdos de Oviedo: El Milán desde dentro
Luis Arias Argüelles-Meres 11-06-2017 | 1:52 | 0

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“La Filosofía arranca del primer juicio. La Poesía, del primer lamento. No sé cuál fue la palabra primera que dijo el primer filósofo del mundo. La que dijo el primer poeta fue: ¡Ay!” (León Felipe).

Inicié mis cursos de doctorado cuando ya se estaba haciendo la mudanza desde la antigua Facultad en la plaza Feijoo al Milán. Y allí los concluí. De hecho, ya en el Milán, asistí a los cursos que me quedaban, uno de ellos fue con Caso González, al que había tenido de profesor en 4º y 5º de carrera.

Y, cuando me adentré en el Milán por vez primera, recuerdo que me detuve unos minutos al pie de su soberbia escalera, también hice una parada en el primer descanso frente a la escultura que rinde homenaje a Clarín, escultura que fue trasladada desde la plaza Feijoo.

O sea que, de entrada, todo en orden: Clarín volvía a estar omnipresente en nuestros pasos camino de las aulas. A decir verdad, volviendo al recordatorio de la antigua Facultad, no estaba nada mal tener a Feijoo en la plaza y a Clarín intramuros. Seguro que, de haber coincidido en el tiempo, hubieran tenido sus guiños y complicidades.

Y, en lo que se refiere al Milán, una vez más, se repitió la historia, esto es, había sido seminario y cuartel, o sea, hábitos religiosos y uniformes militares, al igual que el antiguo Caserón de Santa Clara, convento y cuartel, creo que en este último caso, de fuerzas del orden, y no del ejército. Bien mirado, las universidades son los nuevos monasterios del saber.

Y, cuando me detuve ante el busto de Clarín, acudió a mi mente una imagen que había visto repetidas veces en el edificio de la plaza Feijoo, la de un cigarrillo apagado en la comisura de aquellos labios escultóricos. Eran tiempos en lo que el tabaco no tenía tan mala prensa, y tengo para mí que aquellas travesuras no hubieran despertado las iras de Leopoldo Alas, que nunca se sintió incómodo ante el estudiantado.

Un lujo, sin duda, la escalera. Y el busto de Clarín, por su lado, garantizaba la continuidad con lo más esencial de la antigua Facultad.

Y, centrándome en aquellos últimos cursos de doctorado, tengo un grato recuerdo de Caso González. Serían las últimas clases que dio. Seguía fumando, aunque menos, y su pasión por la literatura no había descendido lo más mínimo.

Las clases de aquellos cursos se impartieron casi todas ellas en el seminario del Departamento, y, por una parte, volvimos a coincidir antiguos compañeros de carrera, sin dejar de lado que había personas mucho más jóvenes que nosotros que acababan de licenciarse.

Otra novedad importante fueron los nuevos despachos, el que más frecuenté fue el de Antonio Fernández Insuela. En su mesa, siempre había y sigue habiendo una montaña de libros. Nuestras charlas eran interminables, sólo literatura, todo literatura.

En otro orden de cosas, el primer curso en el que comenzaron las clases en el Milán, el Campus estaba aún a medio hacer. Muy cerca del edificio, había todo el sitio del mundo para aparcar, y las cafeterías que se fueron prodigando a su alrededor aún no existían en la mayor parte de los casos. A este propósito, tenía su no sé qué de pintoresco que la cafetería de la Facultad se hubiese ubicado en la vieja cantina de los suboficiales cuando aquello fue cuartel, que lo fue durante largas décadas. Aquello sí que era un cambio llamativo.

Y, desde hace años, cada vez que voy por el Milán, tengo la sensación de que aquello siempre estuvo allí, se diría que todo se asentó en muy poco tiempo, que el espíritu de Feijoo también está presente, que Clarín se sigue divirtiendo con las idas y venidas de cada día, con tanta gente transitando aquello.

Y, volviendo a la entrada principal y a su soberbia escalera, se diría que es la nota estética más llamativa, que es la viva expresión de una solemnidad a la que el rigor universitario y la ambición artística no deben renunciar nunca.

Una escalera que permitiría muchas posibilidades, desde legendarias escenas de películas memorables hasta los guiños de otro tiempo con sus exigencias estéticas.

Y, en otro orden de cosas, se hace obligado constatar que en el Milán, nuestra Facultad y nuestra Universidad representan otra etapa histórica, ciertamente distinta a la anterior.

Fíjense: en la antigua Facultad y alrededores, destacaban como referentes históricos Feijoo y Clarín, la celda del benedictino desde la que el sabio fraile se asomaba al mundo combatiendo supersticiones y, por otro lado, el universo regentiano tan cerca, esto es, la Catedral y alrededores.

Por su lado, en el Milán, ya no tuvo cabida aquel estudiantado que tenía tanta pasión por la política, ya no se conspiraba tanto. Allí, como en el resto del mundo, se asentó la posmodernidad. Allí se recibió al actual siglo, y se abrió en espera de un nuevo milenio. Y, al mismo tiempo, en el Milán volvió a reunificarse todo, o sea, Geografía e Historia, Filosofía y Filología, o sea, Filosofía y Letras, denominación afortunada donde las haya.

Aulas, despachos y pasillos, trajinar de gentes, pensamiento y poesía, ventanas al mundo, recuerdos lejanos y cercanos. Suspiros de Daudet: “Si no hubiera suspiros, el mundo se ahogaría”.

Un día me sentaré al pie del busto clariniano a releer algún texto suyo, mientras el mundo se mueve, mientras la rutina se repite, mientras se goza de eso tan genuino que es lo indeleble.

Clarín, por ejemplo.

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