El Comercio
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Fecha: junio 4, 2017
Recuerdos de Oviedo: La Librería Ojanguren
Luis Arias Argüelles-Meres 04-06-2017 | 4:40 | 0

«Todo lo que vemos o parecemos es solamente un sueño dentro de otro sueño». (Edgard Allan Poe).

:: ALEX PIÑA 

Por motivos familiares, la librería santa Teresa es la que tengo, tuve y tendré como referencia en Oviedo. No obstante, hubo un tiempo en el que la que la librería Ojanguren era, de algún modo, un apéndice o una dependencia más de nuestra Facultad, la de Filología. Cuando algún profesor indicaba, con más o menos pudor, que acababa de publicar un libro cuyo tránsito resultaba imprescindible para digerir y conocer con garantía su materia, solía añadir que la novedad bibliográfica de marras podía adquirirse en Ojanguren. Y a veces esas recomendaciones bibliográficas no las hacían directamente los propios autores, sino docentes de su equipo que mostraban, así, el entusiasmo que les producían las publicaciones de su catedrático o catedrática.

Y lo cierto es que, en efecto, los libros más especializados de las diversas materias filológicas no sólo se podían comprar en Ojanguren, sino que además, tan pronto salían publicados, podían contemplarse en su escaparate.

Y es una pésima noticia que vaya a cerrar esta librería por la historia que atesora y por su eficacia a la hora de atender a la clientela. Y además conviene que se sepa que siempre se trató con mimo al mundo literario asturiano.

En mi época en la Facultad, el local de la librería Ojanguren no estaba, como ahora, tan cerca de la muralla, sino que hacía esquina con la calle Altamirano. Y hubo un tiempo en el que los dos locales estuvieron abiertos, dedicándose el más antiguo de ellos, según se podía percibir a través del escaparate, a las publicaciones asturianas.

Teoría y crítica literaria, lingüística, filosofía del lenguaje, filosofía y lenguaje, los manuales de la colección Gredos, que tenían casi todos ellos muchas de sus páginas cosidas por arriba.

¿Cómo no tener en cuenta mis paradas ante el escaparate de la librería Ojanguren? Nunca olvidaré la tarde en la que entré a comprar los dos tomos de la ‘Crítica de la Razón Pura’, de Kant, publicados por la editorial Losada, después de haberlos visto en el escaparate. Al llegar a casa, se los mostré a mi padre y aquello le recordó las pestes que Baroja escribió contra la redacción farragosa del pensador alemán.

¿Cómo no recordar aquella tarde en la que me hice con manuales que representaban las corrientes más en boga de la crítica literaria de principios de los ochenta, manuales editados todos ellos por la editorial Cátedra?

¿Cómo no recordar una tarde de mayo en la que iba a comprar un libro de Navarro Tomás sobre fonética española y resultó ser que, antes de entrar, me quedé ante el escaparate de Ojanguren saboreando muy lentamente un helado de cucurucho al tiempo que me fijaba, embobado, en la portada de un libro de Marcuse en la que figuraba el rostro de Hegel y que tenía como título ‘Razón y Revolución’? Pues bien, la degustación del helado y las cábalas que hice sobre Hegel y Marcuse se prolongaron tanto que, cuando me fui a dar cuenta, la librería ya estaba cerrando y no me pareció del caso pedir que me abriesen a los empleados que quedaban dentro.

¿Cómo olvidar el entusiasmo que me produjo adquirir ‘El Pensamiento de Cervantes’, de Américo Castro, una de las obras cumbres de una figura irrepetible, que dedicó la práctica totalidad de su obra a la historia de España y que formó parte de lo mejor de un tiempo y un país que en su momento no tenían sitio en aquella dictadura que se prolongó durante cuatro décadas?

Librería Ojanguren, manuales filológicos y filosóficos, apéndice, como dije más arriba, de la Facultad de Filología.

Pero, más allá de los recuerdos personales, estamos hablando de una librería de historia más que centenaria, siempre cercana al meollo de la Universidad de Oviedo, que, como alguien recordó recientemente, salió en películas y en series televisas. Por ejemplo, en ‘Segunda enseñanza’, de la que recuerdo la escena en la que Ana Diosdado, que hacía de profesora, iba a comprar un libro para subsanar una laguna que había tenido en el desarrollo de una clase.

¿Qué nos está pasando? ¿Acaso no resulta alarmante que en el centro de las ciudades cada vez haya menos librerías y salas de cine? Del mismo modo que nunca será lo mismo un vídeo que la pantalla y la sala de cine, perderse el olor a papel de las librerías y no tener un librero de cabecera que conozca lo que se está publicando, así como las inquietudes de sus clientes más habituales, supone una carencia no pequeña.

Para quienes los libros forman parte de nuestra vida con una intensidad no menor a cualquier vivencia inolvidable, el cierre de una librería clásica significa todo un mazazo.

Pongo en marcha mi memoria y rescato, con emoción y melancolía, el momento en que tuve en mis manos libros de Gredos de Dámaso Alonso y Bousoño, su teoría de la expresión poética y sus calas en nuestra mejor literatura, manuales sobre el formalismo ruso, las teorías de Barthes, las obras de Américo Castro, y así un interminable etcétera.

Según publicó EL COMERCIO la Librería Ojanguren cerrará en septiembre. Acudiré a mi cita con la melancolía a cuestas ante su escaparate antes de que figure el cartel de cerrado.

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