El Comercio
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Fecha: junio 11, 2017
Recuerdos de Oviedo: El Milán desde dentro
Luis Arias Argüelles-Meres 11-06-2017 | 1:52 | 0

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“La Filosofía arranca del primer juicio. La Poesía, del primer lamento. No sé cuál fue la palabra primera que dijo el primer filósofo del mundo. La que dijo el primer poeta fue: ¡Ay!” (León Felipe).

Inicié mis cursos de doctorado cuando ya se estaba haciendo la mudanza desde la antigua Facultad en la plaza Feijoo al Milán. Y allí los concluí. De hecho, ya en el Milán, asistí a los cursos que me quedaban, uno de ellos fue con Caso González, al que había tenido de profesor en 4º y 5º de carrera.

Y, cuando me adentré en el Milán por vez primera, recuerdo que me detuve unos minutos al pie de su soberbia escalera, también hice una parada en el primer descanso frente a la escultura que rinde homenaje a Clarín, escultura que fue trasladada desde la plaza Feijoo.

O sea que, de entrada, todo en orden: Clarín volvía a estar omnipresente en nuestros pasos camino de las aulas. A decir verdad, volviendo al recordatorio de la antigua Facultad, no estaba nada mal tener a Feijoo en la plaza y a Clarín intramuros. Seguro que, de haber coincidido en el tiempo, hubieran tenido sus guiños y complicidades.

Y, en lo que se refiere al Milán, una vez más, se repitió la historia, esto es, había sido seminario y cuartel, o sea, hábitos religiosos y uniformes militares, al igual que el antiguo Caserón de Santa Clara, convento y cuartel, creo que en este último caso, de fuerzas del orden, y no del ejército. Bien mirado, las universidades son los nuevos monasterios del saber.

Y, cuando me detuve ante el busto de Clarín, acudió a mi mente una imagen que había visto repetidas veces en el edificio de la plaza Feijoo, la de un cigarrillo apagado en la comisura de aquellos labios escultóricos. Eran tiempos en lo que el tabaco no tenía tan mala prensa, y tengo para mí que aquellas travesuras no hubieran despertado las iras de Leopoldo Alas, que nunca se sintió incómodo ante el estudiantado.

Un lujo, sin duda, la escalera. Y el busto de Clarín, por su lado, garantizaba la continuidad con lo más esencial de la antigua Facultad.

Y, centrándome en aquellos últimos cursos de doctorado, tengo un grato recuerdo de Caso González. Serían las últimas clases que dio. Seguía fumando, aunque menos, y su pasión por la literatura no había descendido lo más mínimo.

Las clases de aquellos cursos se impartieron casi todas ellas en el seminario del Departamento, y, por una parte, volvimos a coincidir antiguos compañeros de carrera, sin dejar de lado que había personas mucho más jóvenes que nosotros que acababan de licenciarse.

Otra novedad importante fueron los nuevos despachos, el que más frecuenté fue el de Antonio Fernández Insuela. En su mesa, siempre había y sigue habiendo una montaña de libros. Nuestras charlas eran interminables, sólo literatura, todo literatura.

En otro orden de cosas, el primer curso en el que comenzaron las clases en el Milán, el Campus estaba aún a medio hacer. Muy cerca del edificio, había todo el sitio del mundo para aparcar, y las cafeterías que se fueron prodigando a su alrededor aún no existían en la mayor parte de los casos. A este propósito, tenía su no sé qué de pintoresco que la cafetería de la Facultad se hubiese ubicado en la vieja cantina de los suboficiales cuando aquello fue cuartel, que lo fue durante largas décadas. Aquello sí que era un cambio llamativo.

Y, desde hace años, cada vez que voy por el Milán, tengo la sensación de que aquello siempre estuvo allí, se diría que todo se asentó en muy poco tiempo, que el espíritu de Feijoo también está presente, que Clarín se sigue divirtiendo con las idas y venidas de cada día, con tanta gente transitando aquello.

Y, volviendo a la entrada principal y a su soberbia escalera, se diría que es la nota estética más llamativa, que es la viva expresión de una solemnidad a la que el rigor universitario y la ambición artística no deben renunciar nunca.

Una escalera que permitiría muchas posibilidades, desde legendarias escenas de películas memorables hasta los guiños de otro tiempo con sus exigencias estéticas.

Y, en otro orden de cosas, se hace obligado constatar que en el Milán, nuestra Facultad y nuestra Universidad representan otra etapa histórica, ciertamente distinta a la anterior.

Fíjense: en la antigua Facultad y alrededores, destacaban como referentes históricos Feijoo y Clarín, la celda del benedictino desde la que el sabio fraile se asomaba al mundo combatiendo supersticiones y, por otro lado, el universo regentiano tan cerca, esto es, la Catedral y alrededores.

Por su lado, en el Milán, ya no tuvo cabida aquel estudiantado que tenía tanta pasión por la política, ya no se conspiraba tanto. Allí, como en el resto del mundo, se asentó la posmodernidad. Allí se recibió al actual siglo, y se abrió en espera de un nuevo milenio. Y, al mismo tiempo, en el Milán volvió a reunificarse todo, o sea, Geografía e Historia, Filosofía y Filología, o sea, Filosofía y Letras, denominación afortunada donde las haya.

Aulas, despachos y pasillos, trajinar de gentes, pensamiento y poesía, ventanas al mundo, recuerdos lejanos y cercanos. Suspiros de Daudet: “Si no hubiera suspiros, el mundo se ahogaría”.

Un día me sentaré al pie del busto clariniano a releer algún texto suyo, mientras el mundo se mueve, mientras la rutina se repite, mientras se goza de eso tan genuino que es lo indeleble.

Clarín, por ejemplo.

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