El Comercio
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Fecha: junio 16, 2017
El regreso de Rufo
Luis Arias Argüelles-Meres 16-06-2017 | 9:11 | 0

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Seguro que en su momento cundió la alarma, al haber desaparecido la estatua de ‘Rufo’ de la calle doctor Casal. Sin duda, más de una persona preguntó si algún desalmado podría haber tenido mucho que ver con tan inesperada e ingrata sorpresa. Pero, por fortuna, pronto supimos que la ausencia del perro más querido de Oviedo no se debía a la mala acción de algún desaprensivo, sino que se trataba de muy distinta cosa, de una decisión tomada en el ámbito municipal, a resultas de unas fijaciones muy sueltas que, llegado el caso, podrían generar problemas.

Pues eso: regresó ‘Rufo’ a la calle Doctor Casal, y, a propósito de esto, creo que, en realidad, el perro más famoso de Oviedo retornó ya dos veces. Primero, en el San Mateo de 2015, cuando se instaló en la calle Coctor Casal la escultura con la que Vetusta le rinde un más que merecido homenaje. Y, por último, acaba de tener lugar su segundo retorno, precedido de cierta confusión.

En cualquier caso, debo confesar que esta pérdida seguida de inmediato hallazgo, me hizo recordar a ‘Rufo’, y la imagen que más acude a mi memoria es la del entrañable perro caminando por la acera donde estaba el Marchica, y lo hacía, si no con parsimonia, sí, al menos, con la seguridad que da la rutina, esa rutina que, al lado de otras cosas, proporciona serenidad y sosiego. Oviedo era su casa.

Fíjense, en esa misma acera, por la que vi tantas veces a ‘Rufo’ paseando, reparé en no pocas ocasiones en un coche, marca Renault

12, en cuya matrícula, además de la ‘O’ de Oviedo, todo eran ceros, que solía estar aparcado. Mayor originalidad, imposible.

Y, volviendo a ‘Rufo’, lo llamativo del caso es que, en realidad, no era un perro callejero, sino familiar, y eso no sólo lo sabíamos quienes habitábamos en la ciudad, sino que incluso se podían percatar de ello los visitantes ocasionales que desconocían el día a día de Vetusta.

Y es que Rufo recorría Oviedo como su finca particular, y su manada estaba formada por el conjunto de los transeúntes de la heroica ciudad.

Era un perro entrañable que desconocía el miedo, al que nunca vi gruñir ni correr despavorido, al que, parafraseando al machadiano Juan de Mairena, no le alteraban «los eventos consuetudinarios acontecidos en Vetusta».

¿Cómo no recordar a aquel perro, ya entrado en años, que se sentía parte de una enorme manada, la del Oviedo de sus días?

No se sabe bien quién adoptó a quién, si Oviedo a ‘Rufo’, o, más exactamente, ‘Rufo’ al conjunto de vetustenses de su tiempo. Con él, Vetusta dormía la siesta.

Con ‘Rufo’ por la acera del Marchica, Oviedo se despertaba y acostaba cada jornada.

Y sigue estando entre nosotros, con nosotros.

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