El Comercio
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Recuerdos de Oviedo: De despedidas y tristezas
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Luis Arias Argüelles-Meres | 24-06-2017 | 22:41

La imagen puede contener: mesa e interior

“Si se estrechan las manos, si se abraza, / nunca es para apartarse, / es porque el alma ciegamente siente/ que la forma posible de estar juntos/ es una despedida larga, clara/ y que lo más seguro es el adiós”. (Pedro Salinas).

La megafonía anunciando que el tren está a punto de iniciar su salida. Viajeros asomados a las ventanillas y a las puertas de acceso, conversando hasta el último instante con las personas que acudieron a despedirlos y que los acompañan hasta el último momento. En algún caso, se estrechan las manos, en un intento tan inútil como poético de alargar ese adiós, esa despedida. Toda una cita con la melancolía. Todo un ritual de tristeza, toda una escenificación agridulce, que deja poso, que tiene vocación de quedarse.
Aquella tarde de un mes de mayo, en la terraza de la cafetería Santa Cristina, frente a la estación de la RENFE, en Oviedo, me tocó presenciar cómo se fue alargando ese ritual de despedida en una muchacha que tenía los ojos llorosos con la mirada fija en su teléfono móvil, sin teclear, contemplando probablemente una foto o un texto, la imagen y la palabra, la palabra y la imagen. Al lado de la silla, su maleta con ruedas. Sobre la mesa, el recipiente de la infusión, el vaso de agua, la cajetilla de tabaco y el mechero. Y, ante todo y sobre todo, tristeza, infinita tristeza.
¿Aquello era de antes o de después? ¿Acababa de despedirse de alguien? ¿O estaba a punto de producirse un encuentro que también era un ritual de adioses? ¿Iba a de la estación de la RENFE, o venía de allí?
Pelo corto, ojos, a pesar de todo, muy vivos. La piedra de hielo del vaso de agua se había derretido. El cigarrillo se había consumido solo sobre el cenicero. El recipiente de la infusión había dejado también de humear. Pura inacción y, sin embargo, ¡cuánta intensidad en aquella mirada, en aquellos instantes!
¿A qué podía obedecer tan infinita tristeza? ¿A una historia de amor hecha añicos? ¿A la pérdida de un ser querido? ¿A una noticia que podía desbaratar el equilibrio de toda una vida? En todo caso, lo que estaba ocurriendo era una despedida, de algo y de alguien, de alguien y de algo.
Y, de repente, me sobrevino un recuerdo lejano, también de una tarde de mayo, ciertamente lejos de Oviedo, en Sevilla, en un parque de Sevilla, cuando una muchacha, más que sollozar, lloraba sentada en un banco de un conocido parque. También tenía a su lado una maleta, esta vez sin ruedas, más grande y menos manejable. Dos soldados se acercaron a hablar con ella. Y, a pesar de su dolor, pudo agradecerles el interés mostrado con una sonrisa que era todo un regalo a la ternura.
Pasado aquel encuentro, allí se quedó con su tristeza, dejando atrás algo de lo que le costaba desprenderse, dejando atrás algo que las circunstancias le habían arrebatado sin permiso.
Tras el recordatorio de la imagen de Sevilla, volví al instante en que estaba. Y la puesta en escena había cambiado por completo. Aquella mujer ya no tenía su mirada fija en la pantalla del teléfono móvil. De hecho, el aparatejo estaba sobre la mesa como ausente. Y, por otra parte, el cigarrillo no se encontraba abandonado sobre el cenicero, sino que lo fumaba con su no sé qué de intensidad cada vez que daba una calada.
Acaso sería exagerado afirmar que la tristeza había desaparecido del todo, pero era indudable que el dolor, al menos en gran parte, se había quedado atrás, como si un soplo de entereza hubiera transformado su estado de ánimo.
Apagó el cigarrillo, se puso en pie y tomó camino de la estación de la RENFE. Traspasó la puerta decidida y con entereza.
No pude evitar preguntarme si alguien iría a despedirla, si le tocaba irse sin el calor de los últimos instantes de una persona cercana antes de que el tren arrancase.
En todo caso, me asombró que, desde el momento mismo en que mis recuerdos me situaron en un escenario de décadas atrás, hasta el regreso al presente que estaba viviendo, la situación de aquella mujer se hubiese transformado tanto, pasando de la tristeza al aplomo, lo que no necesariamente implicaba que su melancolía hubiese desaparecido, pero sí que se atemperó.
Aquella tarde del mes de mayo en la terraza de la cafetería Santa Cristina, frente a la estación de la Renfe, el cielo estaba nublado, había mucho bochorno, anunciando una tormenta que no llegó a desatarse.
Aquella tarde de mayo, sobre la mesa en la que se encontraba la protagonista de nuestra historia, no había ningún libro, pero, bien mirado, en la escena que me tocó presenciar, se diría que estaban omnipresentes los versos de Salinas que encabezan este texto, más bien, el poema entero, toda una interrogación retórica de principio a fin.
Interrogación retórica, digo, que, a mí, me llenó de preguntas, a las que intenté responder con recuerdos..

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