El Comercio
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Fecha: julio, 2017
Recuerdos de Oviedo: El Vasco: Modernidad y Posmodernidad
Luis Arias Argüelles-Meres 30-07-2017 | 11:07 | 0

‘‘Hay quien cruza el bosque y sólo ve leña para el fuego’ (Tolstoi).

Cuando se demolió la vieja estación de El Vasco, ya se hablaba, aunque muy poco, de la posmodernidad. Y se hablaba muy poco de semejante cosa sobre todo porque no sabía muy bien qué demonios era aquello. Hay que decir que, a pesar del tiempo transcurrido, no se podría asegurar que el conocimiento sobre el significado de tal palabro, que pretendía, entre otras cosas, dar nombre a una era, haya avanzado mucho. Pero, eso sí, lo pos nos invade: la posverdad, el poscomunismo, y así un largo etcétera.

Por eso, cuando leo en EL COMERCIO que esta vez, en lo que a la vieja parcela de El Vasco se refiere, la cosa va en serio, no puedo menos que celebrarlo, con el ferviente deseo de que, aunque el estropicio que supuso aquella demolición, nunca podrá ser subsanado, ese paraje deje de ser un amasijo de cemento al que tan difícil resulta darle un destino que ponga fin a una parálisis que deja la entrada de Oviedo con un aspecto, cuando menos, desolador.

¿Cómo no recordar el entusiasmo del señor Mortera, cuando Calatrava habló de sus trillizas torres, con las inquietantes particularidades que tendría aquello? ¿Cómo no recordar aquel anuncio de doña Paloma Sainz con la buena nueva de que en la parcela de El Vasco se construiría la Ciudad de la Justicia? Recuerdo haber escrito en su momento que no parecía muy apropiado construir sobre una injusticia poética una Ciudad de la Justicia.

Pero el hecho es que, al mismo tiempo que se iba asomando el óxido en el Calatrava vetustense, veíamos la parálisis en la parcela de El Vasco. Cemento, hierros, posmodernidad.

Ella, la pérfida burbuja inmobiliaria que fue añagaza para la economía del país, habitaba la parcela de El Vasco. Y sólo hablo de lo que estaba a la vista, pues lo que subyacía daba –y sigue dando– pavor.

Pero, a juzgar por lo que EL COMERCIO publica, esa parálisis, peor que la aluminosis más temida, metafóricamente hablando, llega a su fin. Se construirán viviendas y espacios públicos, dando vida y forma a lo que, en efecto, es una de las principales entradas de Oviedo, cercana, además, al cogollo histórico de la ciudad.

Y, a decir verdad, si uno se acerca a lo que fue la parcela de El Vasco, es muy fácil percatarse de que estamos contemplando el paso de la modernidad a la posmodernidad. La modernidad que supuso aquel ferrocarril vasco-asturiano, cuando esta tierra era pujante en bancos propios y en industrias.

Hablamos, por una parte, de algo que fue muy importante en aquella Asturias que se adentraba en la modernidad. Hablamos también de una demolición que supuso una falta de sensibilidad estética que roza lo imperdonable. Pues eso: de la modernidad a la posmodernidad.

Y, leyendo las noticias y reportajes que viene publicando EL COMERCIO sobre el asunto que nos ocupa, a uno le apetece adentrarse en esas galerías, en esos espacios públicos que se van a crear, adentrarse guiado por la imaginación y la memoria.

Y, al recorrer esos espacios, los ayes nostálgicos darán cuenta del recuerdo de aquella cantina con tamaña voluntad de estilo; los ayes nostálgicos también darán cuenta de la estética de los anuncios que había en los andenes.

Y, mientras tal travesía imaginaria tiene lugar, sin perder de vista que se pretende que esa entrada de Oviedo tenga un aspecto que esté estéticamente a la altura deseada, uno se imagina deambulando por las galerías y restaurantes que allí habrá, asomándose al Oviedo de siempre, al tiempo que la memoria dará sus latidos como el corazón en el relato de Poe.

Me acerco a la parcela de El Vasco, y, ante ese paisaje de lo inacabado y demolido, ante esta metáfora visible del pelotazo que quiso ser y no fue, uno lleva la información recién leída como salvoconducto para un futuro que tape las grietas de un desaguisado que nunca se debió haber permitido.

Me acerco a la parcela de El Vasco y me imagino tras los ventanales de una cafetería o restaurante, incluso en una terraza de uno de esos establecimientos, si la hubiere, como espectador de un paisaje dual, el que se recuerda y el que se muestra ante los ojos.

«El punto de vista crea el panorama», escribió certeramente el joven Ortega que daba sus primeros balbuceos de un perspectivismo filosófico aún incipiente.

En este caso, hablaríamos de un punto de vista que otea lo que tenemos ante nosotros sin que ello suponga amnesia de lo vivido, visto y contemplado.

Pues bien, no sólo imágenes, también sonidos. No quisiera oír los rugidos del tráfico circulando por delante; preferiría rescatar el chachachá de los trenes, sus silbidos de entrada y salida, así como el runrún de aquella cantina que tanto podría contar de la intrahistoria de Oviedo, del Oviedo donde en su día la modernidad se abrió paso.

Entrada, puerta de entrada a Oviedo, sin ningún salsipuedes de especulaciones posmodernas, sin burbujas tramposas, sin estropicios estéticos.

Entrada, puerta del Oviedo moderno, sin laberintos posmodernos.

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El Pregón de Montecerrao: el marco y el cuadro
Luis Arias Argüelles-Meres 28-07-2017 | 5:57 | 0

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Antes el aburrimiento que un placer mediocre.” (Edmond Goncourt).

Las imágenes del polémico pregón de Montecerrao, sin necesidad de escuchar lo que se decía o cantaba en aquel escenario, dejan muy claro que aquello era una puesta en escena marcada por la vulgaridad y la chabacanería. Se trata justamente de la importancia del marco en el cuadro, que, a decir verdad, encajaban al cien por cien, y no precisamente por su buen gusto.

Tras la polémica, se suscitaron cascadas de comentarios y desmentidos que, en primera instancia, desembocaron en una especie de Pleno improvisado en el Ayuntamiento de Oviedo en el que compareció el autor del pregón, declarándose víctima de no se sabe bien cuántas maniobras torticeras que se hicieron sin contar con él.

Lo que me sorprende es que el foco de la mayor parte de las declaraciones estuviese en las gogós. Y, por favor, entiéndase bien esto que digo. Desde luego, no es que su presencia fuese de un nivel artístico abismal, sino que, con ellas y sin ellas, aquello parecía una horterada superlativa.

No sé si el pregonero cantaba, recitaba o peroraba, pero, como digo, la puesta en escena era, en el mejor de los casos, tal y como declaró el edil de Ciudadanos, de “muy dudoso gusto”.

O sea, al espectáculo del pregón de marras, hay que sumar el que vino después con declaraciones, acusaciones  y desmentidos. Todo un record de vulgaridad.

Ciertamente, volviendo a las gogós, no comparecieron de un modo muy diferente al que se puede ver en orquestas que actúan por las verbenas y romerías, lo cual no justifica que ello signifique elegancia, que, en todo este asunto, escaseó, por no decir que fue inexistente.

Acaso había que preguntarse qué es lo se entiende por un pregón, o, en todo caso, no parece que fuese necesaria esa puesta en escena, en la que las gogós de marras fueron la guinda del asunto, ramplón a más no poder.

Y, como colofón de unas fiestas que parecen haber sido perseguidas por un gafe, resulta que la traca final de fuegos artificiales acabó en incendio. O sea, que no habría que hablar de aguafiestas, sino de todo lo contrario, pero con idéntico resultado. ¡Madre mía!

Confieso que todo este culebrón tuvo su no sé qué de dadaísta. Y que, ante todo y sobre todo, fue una horterada, con su pachanga, su vulgaridad y su escandalera sainetesca.

Un poco de estética, por favor.

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Recuerdos de Oviedo: Alrededor de la Balesquida
Luis Arias Argüelles-Meres 24-07-2017 | 12:29 | 0

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“La mitad del mundo no puede comprender los placeres de la otra mitad’’. (Jane Austen).

Oviedo, sus rincones. Vetusta, sus referencias. Todo se concentra a veces en espacios muy pequeños, en este caso, entre la Plaza de la Catedral, la capilla de Balesquida y la calle la Rúa. No sólo Clarín, también Pérez de Ayala. No sólo ‘La Regenta’, también ‘Belarmino y Apolonio’. No sólo la historia, también la literatura, fundidas y hasta confundidas.
Oviedo, sus rincones. Transité desde muy pequeño la calle la Rúa, pues mi madre nos llevaba de visita a la casa de unas amistades tan estrechas como heredadas de otras generaciones. Por eso, al llegar a la plaza de la Catedral, soy consciente de que algo me lleva a dirigir mis pasos camino de esa calle tan transitada en la infancia, camino de ese domicilio, cuyo número de teléfono sigo recordando y nunca voy a olvidarlo.
Alrededor de La Balesquida. ¿Cómo no recordar aquel martes a última hora de la mañana, cuando regresaba de la Facultad, cuando me pregunté si alguna vez había visitado la capilla de la Balesquida? Acaso lo hubiese hecho de niño en compañía de mi madre, pero lo cierto es que no conseguía rescatar imagen alguna de esa capilla tan omnipresente en la historia de Oviedo.
El hecho fue que me adentré en el pórtico de la Balesquida. Y me llamó mucho la atención no sólo la paz que allí se respiraba, sino también la separación con el templo, como si, al visitar aquello, uno se adentrase en una estética de confesionario.
Alguien estaba allí rezando, o eso parecía, era una señora mayor que estaba muy concentrada en sus oraciones. Y, a decir verdad, me sentí un intruso, alguien que podía incordiar, que, sin que mi voluntad intermediase en aquello, podía distraer a aquella persona de sus propósitos.
Así pues, decidí irme, y me perdí la contemplación de aquello, que postergaba para otro momento en el que no hubiese posibilidad alguna de que llegase a ser un incordio.
Lo cierto es que no tardé mucho en adentrarme en el pórtico, estando aquello sin gente. Y las sensaciones fueron las esperadas: paz y, como dije antes, una suerte de estética de confesionario. Y me quedé convencido de la importante función de aquel pórtico, al menos, estéticamente.
Por otro lado, pensé que no sólo San Tirso hace de contrapunto a la Catedral en cuanto a la dimensiones, sino que, de algún modo, la capilla de la Balesquida también desempeña esa función.
¡Cuántas cercanías, históricas, artísticas y literarias! Muy cerca, volviendo a los escenarios de ‘La Regenta’ están el Casino de Vetusta y el Palacio de los Vegallana. Y, al fondo, claro está, la Catedral.
Cogollo de Oviedo, cogollo de Vetusta, cogollo de Pilares, cogollo también cercano el de de Lancia: ‘Clarín’, Pérez de Ayala y Palacio Valdés. La muy novelada, la muy pía, la muy bien tratada artísticamente.
Piedras y maderas nobles, culto literario, culto religioso, culto artístico.
Cuando bien entrada la adolescencia, leí la novela ayalina que tiene como protagonistas a Belarmino y Apolonio, la calle la Rúa tuvo para mí otra referencia importante, a una edad distinta, en la que la literatura rescataba uno de los itinerarios de la infancia más recorridos.
Alrededor de La Balesquida. Sin entrar en el importante significado histórico que tiene en Oviedo, tengo para mí que, a tenor de su importancia, no se repara en esta capilla todo lo que realmente atesora.
Cogollo de Oviedo y remanso de paz. En más de una ocasión me pregunté acerca de las personas que frecuentaban mucho la capilla de la Balesquida, por qué la elegían en lugar de decantarse por San Tirso a la Catedral, qué encontraban de especial sobre todo en el pórtico.
Desde luego, no resultaría muy difícil inventar personajes que la frecuentaran, contando su día a día, y un buen poema o un relato interesante haría justicia poética.
La Catedral no sólo cuenta con la prosa soberbia y poderosa de Clarín, sino que también tiene presencia en magníficos poemas. Por ejemplo, de Unamuno; por ejemplo, de José Vela. Nos falta quizás ese relato y ese poema sobre La Balesquida.
Porque, a decir verdad, al adentrase en el pórtico, literariamente hablando, uno se siente en un escenario pintiparado para un diario íntimo, para un relato de misterio o para un poema borgiano sobre los dones, en este caso, de Oviedo.
Alrededor de la Balesquida. Historia e intrahistoria de Oviedo que merece un tratamiento literario especial.
En ocasiones, me pregunto si Unamuno, aunque no haya escrito al respecto, reparó en La Balesquida. En ocasiones, me pregunto por las idas y venidas de clérigos y estudiantes universitarios en el Oviedo más decimonónico. En ocasiones, me pregunto por el tránsito de turistas en este lugar, no de ésos que van a hacerse la foto, sino aquellos otros que recorren nuestra ciudad con afán viajero, movidos y mordidos por la curiosidad.
Mañanas y tardes de lluvia en Vetusta. Mañanas y tardes de grandes flujos de personas.
La Balesquida sigue estando ahí, siempre estuvo ahí, lo seguirá estando.

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EL MURAL DE CLARÍN
Luis Arias Argüelles-Meres 21-07-2017 | 5:00 | 0

Aspecto actual del mural de 'Clarín' en Santa Clara.

Leo en EL COMERCIO que el mural de Clarín va a ser retirado como consecuencia del deterioro que sufre. Ante ello, resulta inevitable preguntarse si el referido deterioro no pudo ser combatido antes de llegar a la situación actual. Y también resulta inevitable que la nostalgia nos invada por partida doble.

¿Por qué por partida doble? En primer término, por el contexto histórico en el que este mural fue creado, o sea, en los años ochenta. Hay que recordar que en aquella década, por una parte, “La Regenta” cumplió cien años, y, por otro lado, aquellos años ochenta fueron mucho más vitales y febriles que las décadas que vinieron a continuación. Hablamos de una época en la que no se había renunciado a lo irrenunciable, en la que los derechos y libertades se sentían en carne viva, en la que los sueños colectivos no se habían malbaratado ni traicionado.

Pero vayamos al mural y a Clarín. De entrada, no voy a negar que me encanta su ubicación actual, tan  cerca del Oviedo de mi infancia, del Oviedo que más frecuento. Y, en otro orden de cosas, por lo que leo en EL COMERCIO, se convocará un concurso para una obra que se ubicará en el mismo lugar. La obra debe recoger, como el mural anterior, momentos de la vida cotidiana de Clarín.

Clarín, sus trabajos y sus días en Oviedo, en la Vetusta que literariamente eternizó. Me atrevo a sugerir a los artistas que decidan participar en el concurso que convocará la Concejalía de Cultura que se lean un texto memorable de Fernando Vela que tiene como título “Un día en la vida de Clarín”, así como los escritos que, en su día, le dedicó Azorín a Leopoldo Alas en los que también habla de su vida cotidiana.

Un mural que recoja el día a día de un catedrático de Universidad y escritor que – por mucho que se pretenda afirmar lo contrario- no fue tratado en vida como realmente se merecía, y que, pasado el tiempo, los odios de los que fue objeto siguieron ahí y explican en parte trágicos sucesos.

¿Cuántos ovetenses saben dónde se escribió “La Regenta”? ¿Cuántos ovetenses conocen el día a día del profesor universitario y ciudadano a lo largo de su corta y, al mismo tiempo, fecunda vida? ¿Cuántos ovetenses se leyeron el texto que escribió Juan Antonio Cabezas inspirado en el aula donde el maestro dada sus clases? ¿Cuántos ovetenses recorrieron las páginas en las que  Pérez de Ayala cuenta cómo eran sus clases, entre otras anécdotas, citando a Renan?

Pues bien, estoy seguro de que un mural de estas características contribuiría no poco a acercar la vida y la obra de Clarín a la ciudadanía ovetense de este momento.

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RECUERDOS DE OVIEDO: AQUELLA TARDE EN CORREOS
Luis Arias Argüelles-Meres 16-07-2017 | 12:50 | 0

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“Con veinte años todos tienen el rostro que Dios les ha dado; con cuarenta el rostro que les ha dado la vida y con sesenta el que se merecen”. (Albert Schweitzer).

¿Cómo no recordar aquellos tres buzones del edificio de correos de Oviedo, que rezaban así: “España, provincia, extranjero”? Confieso que en alguna ocasión, al levantar la parte superior del buzón echaba un vistazo al enorme fondo que se veía, donde, por lo general, se agolpaban montones de sacas a cuyo alrededor estaban muchas gentes deambulando. Pero nunca me había imaginado que llegaría a conocer un lance, dramático de una adolescencia prolongada, que, con el paso del tiempo, me suscita una enorme ternura.
Imagine el lector por un momento que una muchacha se arrepiente de haber enviado una carta a su chico en la que le manifestaba su firme determinación de poner fin a su historia de amor. Que se arrepiente hasta el extremo de llegar a desesperarse y que su propósito es que esa epístola de ruptura no llegue a su destinatario. Y que, llegado el momento, decide personarse en correos para que le devuelvan la misiva de marras. Pero -¡ay!-, le da “mucho corte” presentarse allí sola a formular semejante petición.
Entonces, en un momento dado, decide llamar a un amigo para que la acompañe en semejante empeño. Y, como era de esperar, el amigo en cuestión no se niega a escoltarla.
Aquello sucedió en la tarde de un miércoles de un mes de abril, un día antes de la Semana Santa, en 1979. El destinatario de la carta se había ido a su casa a pasar las vacaciones, en un pueblo de una provincia castellana. Y, justamente el día de la partida, habían tenido una fuerte discusión, que, sin embargo, no recordaba cómo había empezado. Pero aquel desencuentro la llevó a pensar que era mejor que la relación no continuase. Se había pasado dos días escribiendo la carta que aquí nos trae, cartas que, al final, rompía, porque, tras releerlas, siempre encontraba algo que no la convencía, en parte porque no quería ser hiriente, en parte, por no estar del todo persuadida de las razones que esgrimía para la ruptura. Pero, al final, dio con la versión que consideró adecuada, economizando palabras, ocultando reproches, asumiendo el peso de la decisión, con el convencimiento de que era lo mejor para los dos.
La susodicha versión definitiva la redactó nada más comer, hacia las tres de la tarde. Desde su casa en las proximidades del antiguo Carlos Tartiere, bajó andando al edificio de correos donde depositó la carta. Y, en el camino de regreso a su domicilio, no se detuvo ni un instante.
Se encerró en su cuarto a escuchar música y a pensar obsesivamente en lo que había escrito, a imaginar los gestos del destinatario cuando leyese la carta. Por mucho que se repetía a sí misma las razones expuestas en la carta, no pudo evitar sentirse culpable no sólo por el disgusto que se llevaría el que hasta entonces había sido su novio, sino también porque, en el fondo, no estaba del todo segura de haber agotado las posibilidades de que aquella relación pudiese llegar a funcionar debidamente. Al final, fue esto último lo que más pudo.
De modo y manera que llamó a su amigo para que la acompañase a las oficinas de correos a intentar la recuperación de la carta para que no llegase a su destino.
La suerte le sonrió en el sentido de que su amigo estaba en casa y tampoco tenía ninguna obligación ineludible aquella tarde.
Le explicó por teléfono de qué se trataba y quedaron en verse en el bar La Gran Vía, en la Avenida de Galicia. Desde allí se encaminaron a correos.
El inicio de la gestión fue atípico, forzado y un tanto incómodo. Abrieron el buzón y, levantando inevitablemente la voz para ser oídos, un trabajador que deambulaba por allí se acercó a preguntarles qué deseaban. Nuestra protagonista, con la voz entrecortada, sin entrar a fondo en los detalles, explicó que necesitaba recuperar una carta que había depositado horas antes en el buzón, pues contenía una información errónea, según pudo comprobar tiempo después, y aquella información errónea podría acarrear disgustos innecesarios. El trabajador de correos le dijo que sería mucho más sencillo que llamase por teléfono a la persona a la que iba destinada la carta, pues la misiva tardaría en llegarle unos dos días. La respuesta fue la esperada: en la casa del destinatario no tenían teléfono, ni en el pueblo tampoco. El funcionario de correos no pudo no sonreírse, convencido de que aquello era una disculpa fácil.
Les indicó que esperasen un momento, pues tenía que consultar aquello. Tras unos minutos que se les hicieron eternos, volvió y les invitó a pasar por un acceso para ellos desconocido.
Por fortuna, la carta estaba en la saca correspondiente dentro del edificio de correos. La muchacha mostró su carnet de identidad para que pudiesen comprobar que era la remitente, pues su nombre figuraba en el reverso del sobre. No hicieron demasiado caso de aquello, convencidos de que, con tanto dramatismo, no podía estar fingiendo.
¡Por fin recuperó la carta! Pero, para sorpresa de su acompañante, no la rompió, sino que la releyó varias veces camino de casa.
Soplaba el viento desangelado de la cuaresma, que invitaba muy poco a detenerse en la calle. Su amigo la acompañó hasta el portal. Volvió a encerrarse en la habitación y, al mismo tiempo, se sentía agotada y, en cierta medida, aliviada. Digo en cierta medida porque no pudo sacudirse la congoja.
De aquello pasaron más de treinta años. Hoy el edificio de correos no tiene los tres buzones. La protagonista de este lance llegó a casarse con el destinatario de la carta, y lleva más de una década divorciada.
Y su acompañante no deja de preguntarse si hubiera sido mejor para ella que se negase a acompañarla, porque, de haberlo hecho, es probable que la carta hubiese llegado a su destino. No deja de preguntárselo, pero sabe que nada garantiza que, con todo, la ruptura hubiera sido definitiva, ni tampoco que, de circunstancia en circunstancia, su vida hubiera ser mejor, por aquello de que todo es susceptible de empeorar.
Se echan de menos aquellos tres buzones.
¿A que sí?

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