El Comercio
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Recuerdos de Oviedo: Desde la terraza de la Corte de Pelayo
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Luis Arias Argüelles-Meres | 02-07-2017 | 14:01

“La mayoría de la gente cree que piensa, pero en realidad sólo están reorganizando sus prejuicios”. (William James).

No empiezo hablando de historia, sino de geografía, más concretamente de la terraza de uno de los restaurantes y cafeterías más céntricos de Oviedo que, curiosamente, da la impresión de que estuvieron entre nosotros toda la vida, cuando, en realidad, se trata de un negocio que no hace muchos años que se abrió.
Desde la terraza de uno de los establecimientos hoteleros más céntricos de Oviedo,digo, frente al Parlamento autonómico, en plena calle Fruela, que, además, hace esquina con la calle san Francisco y que está a un paso de la Plaza de la Escandalera. Puro cogollo de Oviedo, por historia y por geografía.
Se trata de una de las terrazas vetustenses donde más y mejor se puede disfrutar el transcurrir de la vida ciudadana, donde más divertido puede resultar intercambiar algunas palabras fugaces con algunos de nuestros políticos llariegos, que van y vienen entre sesión y sesión, donde mejor se puede emplazar uno para ver en primera línea muchas de las manifestaciones que se convocan frente al edificio de la Junta.
Es, sin duda, uno de los enclaves más privilegiados para ver de cerca nuestra vida pública, o, si se prefiere, para observar idas y venidas de quienes suben y bajan las escaleras de la Junta, para conocer muy de cerca la distintas reivindicaciones de diversos colectivos que alzan allí su voz esperando encontrar eco en los medios de comunicación.
En ocasiones, abstrayéndome de cuanto sucedía en aquel allí y en aquel ahora, hice mis recorridos por la historia de los lugares más cercanos a esta terraza hostelera: desde el edificio de la Junta, antigua diputación, hasta la muy cercana calle San Francisco, pasando por la propia calle Fruela, por la Escandalera y por el Paseo de los Álamos. Todo tan próximo en lo geográfico, casi todo ello tan lejano en lo histórico, pero que, sin embargo, resulta susceptible de ser acercado al momento presente.
¡Cuántas paradojas! En el cogollo mismo de la ciudad que sestea, la plaza de la Escandalera. Muy cerca de esa plaza, en el mismo paseo de los Álamos, en un histórico recorrido que dan juntos Azorín, Pérez de Ayala y Melquiades Álvarez, el escritor alicantino le pregunta al tribuno asturiano qué pasa en la ciudad, a lo que el líder reformista contesta que lo que sucede es nada, o que nada sucede. Y, sin embargo, a poco que se levante la vista desde el Paseo de los Álamos, se verá la estación de la Renfe, pura modernidad cuando se construyó. Y, sin embargo, muy cerca de este cogollo de la ciudad que literariamente siguió sesteando después de Clarín, está el llamado Edificio Histórico de nuestra Universidad, que, en su edad dorada, fue vanguardia en la Universidad española.
Y, paradojas aparte, cuando desde un rincón tan céntrico están al alcance de la mano calles y edificios que tanto atesoran, acaso sea un error fijar la atención sólo en ese presente continuo que, sin duda, sirve de entretenimiento y diversión, siempre que se tome la distancia necesaria para no incurrir en cabreos importantes.
De todos modos, la parada en la terraza de la Corte ha de combinar ambas cosas. Y la perfección se alcanza cuando se producen encuentros con personas que, o bien son una bendición como contertulios, o bien forman parte de esta valleinclanesca corte de los milagros que nos toca vivir y padecer tanto en Asturias como en el resto del país. Y la visión de estos últimos, si no se alarga en el tiempo y si además se asume como un espectáculo con su no sé qué de sainetesco, también tiene su miga.
Y, si uno toma asiento mirando a la calle Uría, y recuerda el emplazamiento de El Carbayón, no es difícil percatarse de las talas y la demoliciones que vinieron teniendo lugar en esta ciudad, muchas veces sin tino, casi siempre sin criterio, casi nunca con sensibilidad.
Pero volvamos al tiempo presente. Pongamos que se trata de un viernes y que hay Pleno en la Junta. Pongamos también que no tenemos prisa para irnos y que esperamos hasta el momento en el que sus señorías abandonan el Parlamentín. No hace falta verlos a todos abandonar el Parlamentín, es suficiente con presenciar la salida de algunas celebridades, que salen comentando las jugadas con los más próximos. Y, más allá de la discusión política de turno, uno se pregunta qué idea de Asturias tienen, qué proyecto atesoran para nuestra tierra, qué futuro más o menos imperfecto imaginan, qué batalla dialéctica acaban de librar, qué pensaron y sintieron horas antes cuando les llegaron las voces y los ecos de los manifestantes de turno.
A veces, abandonan el edificio hablando desde el móvil, a veces, salen de allí sin demasiada prisa, a veces, uno se pregunta si son conscientes de la cercanía de lo que bulle en ese asfalto que se encuentra a muy pocos metros, a veces, uno se pregunta si se plantean a quiénes representan y qué papel piensan que están desempeñando.
Termino el café y me pregunto si en el edificio de la Junta algún día se instalará una placa en la que figuren los nombres de las personas que en ese mismo lugar fueron sometidos a Consejos de Guerra donde se decidió su muerte. Entre esas personas, está el rector Alas.
Ya ven, hay tragedia, hay drama y hay comedia bufa.
¿Pero lo saben sus señorías? ¿Pero lo quieren saber?