El Comercio
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Fecha: agosto, 2017
Recuerdos de Oviedo: Noches de “movida” en la calle Altamirano
Luis Arias Argüelles-Meres 27-08-2017 | 5:40 | 0

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«Vale más ser ola pasajera en el Océano que charco muerto en la hondonada» (Unamuno).

La década de los ochenta, en Oviedo, tuvo como ‘valor añadido’ el reencuentro entre la ciudad y ‘La Regenta’, cuando se cumplió el centenario de la publicación de la que es acaso la mejor novela escrita en castellano del siglo XIX. Fue un reencuentro del que habrá que ocuparse en algún momento con el rigor que el caso merece. Pero, en todo caso, se puede asegurar que no se trató de algo baladí, sino que marcó mucho la vida cultural de aquella década en nuestra heroica ciudad.
De un lado, el desenfado y el descaro de ‘la movida’. De otra parte, la búsqueda del significado de una novela que, teniendo a Oviedo como escenario, plasma la geografía moral de la España de la primera Restauración borbónica y que, al decir de Juan Antonio Cabezas, se puede considerar nada menos que «la Biblia del aburrimiento provinciano».
Cajastur hizo una edición conmemorativa de ‘La Regenta’ en la que se reproducía la portada de la primera edición, y que podía verse en los escaparates de las principales librerías de Oviedo. Por otro lado, hubo un número extraordinario de la revista ‘Cuadernos del Norte’ dedicado a ‘La Regenta’.
Y, conviviendo con la novela y los reveladores artículos de la revista mencionada, estaba aquella música ochentera con sus ecos en Oviedo, ecos que se focalizaban y localizaban en los pubs más atractivos del momento.
Y, en lo literario, había una conmemoración más: estábamos en el año en el que Orwell había escenificado la novela en la que se hacía un fidedigno y escalofriante retrato de un totalitarismo feroz. A resultas de ello, hubo una versión cinematográfica de ‘1984’, que en Oviedo se pudo ver en el cine Ayala.
1984, plena Movida madrileña y española. Y aquel Oviedo de la ‘movida’ que se despertaba cada noche en la parte antigua de la ciudad ampliaba su espacio, crecía el número de locales que celebraban y concelebraban centenarios de novela y años de desenfado, descaro y libertad.
En 1984, la Santa Sebe era el establecimiento más acorde con el espíritu de la movida. Daba vida a la calle Altamirano y, por allí, nos asomábamos por las noches. Por lo común, lo hacíamos sin prisa, y era muy grato encontrar allí los ecos musicales de aquellos años.
En la Santa Sebe, podíamos estar hablando en tertulias interminables acerca de lo humano y lo divino, y también era grato disfrutar de la música que allí se dejaba oír.
¿Cómo no recordar la noche en la que entramos allí por vez primera, pocos meses después de haberse inaugurado? ¿Cómo no tener presente aquel ambiente en el que, por encima de todo, se respiraba una libertad profunda que era un gozo percibir?
Libertad de expresión sin presiones de ningún tipo, sin temor alguno a lo políticamente correcto que vendría después. Libertad en los atuendos, libertad a la hora de decidir con quién hablar y de qué. La famosa libertad sin ira de principios de la Transición se convirtió allí en la libertad con música y con letra, con ritmo y con ímpetu.
No deja de ser curioso que en una misma calle hayan convivido bares tan tradicionales como el Lito y el Manolo con un pub como la Santa Sebe. En los primeros, el Oviedo de siempre. En el pub del que venimos hablando, la referencia de la ‘movida’ y, con el paso del tiempo, la adaptación bien llevada a los cambios consabidos. También hay que hacer mención a la cervecería Plaká, que en los años noventa completaría el elenco de la diversión en una calle tan pequeña, pero, a la vez, tan omnipresente en el corazón de Oviedo. Tan próxima a librerías de referencia como La Palma y Ojanguren.
Y es que la ‘movida’, además de la música que entonces pitaba, además del colorido en los atuendos, además de las ‘extravagancias’ más o menos planificadas, además de los memorables e irrepetibles bandos de Tierno Galván, era algo tan abierto que permitía combinar todo aquello con sesudas tertulias que se llevaban a cabo con revistas y libros en la mano.
Y, hablando de libros, los dos tomos de ‘La Regenta’ de la edición facsimilar ya citada, empapados del ambiente de la Santa Sebe, con el humo del tabaco, empapados de aquel ambiente, acariciados de continuo en la conversación.
Aún no se hablaba de posmodernidad. Pero lo cierto es que aquello no desdecía en absoluto. La novela que, además de otras cosas, tanto había innovado y tan rompedora había resultado en su momento, llevada al corazón de la ‘movida’ de Oviedo.
Sonrisas cómplices, sin lágrimas, movimientos al compás de los acordes musicales, temperaturas llevaderas en el exterior, pedazos de luna como gajos de limón cuyo apoyo no veíamos ni vislumbrábamos.
A aquella libertad había que asirla por la cintura, abrazarla, celebrarla. A aquellas noches sin reloj había que ponerles música. A aquellos ritmos había que acompañarlos de movimientos de baile, acaso no muy acompasados, pero desbordantes.
El magistral con su catalejo. Ana Ozores, con quiebros y requiebros en sus movimientos y en su voz. ‘Clarín’ sobre su manuscrito. Sobre tales escenarios y pasajes leídos y releídos, la música de los ochenta, la letra del desenfado. El hielo derretido en las copas, el humo de los cigarrillos bailando por encima de nosotros y a nuestro lado.
A veces, hasta las farolas ardían de entusiasmo. A veces, los libros del momento que se exhibían en los escaparates se sumaban a la fiesta.
Y al baile.

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Panorama vetustense: Pleno sobre “el estado de la ciudad”
Luis Arias Argüelles-Meres 25-08-2017 | 5:01 | 0

Una imagen de una sesión plenaria.

“El pasado es arcilla que el presente labra a su antojo. Interminablemente”. (Borges).

Confieso que no me resulta indiferente la propuesta del edil de Ciudadanos,  Luis Pacho, encaminada a que se celebre un debate sobre “el estado de la ciudad”, siguiendo los que hay sobre el estado de la nación y el estado de la región. Así pues, tres estados distintos y una sola política verdadera.

Pero, hablando en serio, de llevarse a cabo tal cosa, sería, como poco, muy revelador, máxime en un momento como éste en el que hay cinco partidos políticos diferentes en el Consistorio ovetense, lo cual redundaría en 5 visiones distintas acerca del momento que vive la ciudad, cada cual con sus matices.

¿Hay, en consonancia con el número de partidos políticos que tienen representación en el Ayuntamiento de Oviedo, 5 proyectos de ciudad distintos? En teoría sí, y, ante todo y sobre todo, de  llegar a celebrarse el debate propuesto, tendríamos oportunidad de comprobarlo.

Y, pasado el tiempo, el debate que nos ocupa sería de consulta obligada para analizar la situación política de Oviedo tras el gabinismo.

Pero, siguiendo con el supuesto de que llegase a celebrarse el susodicho debate, tendría un enorme interés político el planteamiento que hiciese el actual Alcalde. ¿Saben por qué? Pues muy sencillo: porque Wenceslao López tiene un criterio propio para  la ciudad, frente a una FSA que renunció  hace mucho tiempo a gobernar la capital de Asturias y que, en su momento, puso las cosas muy difíciles a quienes no se resignaban a que Oviedo fuese el cortijo de Gabino de Lorenzo.

Por el contrario, el discurso más previsible sería el del PP, que no reconocería un solo acierto en lo que llevamos de Legislatura al Equipo de Gobierno.

Aun así, cada partido daría su propia visión de la política vetustense. Doy por hecho que los tres partidos que gobiernan no plantearían un discurso unívoco, y eso reflejaría la diversidad realmente existente, también en la izquierda.

Un debate sobre el estado de la ciudad que, previsiblemente, se ocuparía también del papel que debe desempeñar Oviedo en el conjunto de Asturias en tanto que es la capital de la autonomía. A este respecto, cabe preguntarse si alguien recuerda lo que en su momento esgrimió Gabino de Lorenzo acerca de lo que tendría que suponer la capitalidad para Oviedo, en una supuesta reforma del estatuto de autonomía que nunca llegó ni siquiera a esbozarse. Desde luego, lo manifestado por el entonces Alcalde fue una simplicidad mayúscula muy en su línea.

Pues lo dicho: espero y deseo que se apruebe que haya ese debate sobre el estado de la ciudad.

Además de entretenido, sería clarificador, que no clarividente.

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¿Otro Real Oviedo?
Luis Arias Argüelles-Meres 21-08-2017 | 12:24 | 0

En los primeros minutos del encuentro, vimos -hay que reconocerlo- otro Oviedo, un equipo con  mordiente arriba a la hora de poner las cosas difíciles a la defensa del rival, un equipo metido en el choque, un equipo con ambición y entrega. También pudimos ver  a un Saúl Berjón distinto al de la pasada campaña, luchando más y en mejor forma física. Tanto fue así que los dos goles del conjunto carbayón los transformó el jugador canterano.

Pero, ¡ay!, ocurrió lo inesperado. Me refiero al gol del empate del Rayo, una falta que pilló con el pie cambiado y con la mente puesta sabe Dios dónde al guardameta y a la defensa. Y se vio, tras el gol de la igualada, que el equipo se resintió, que perdió el norte, la confianza en sí mismo.

Por otra parte, que el Rayo se adelantase poco antes del descanso minó mucho los ánimos y le dio una seguridad al equipo visitante que se limitaba a controlar el balón.

Llegó lo peor con el tercer gol visitante, pero, aun así, el once azul siguió luchando, fruto de ello fue el segundo tanto marcado por Berjón. Luego, vino lo del penalti que, al final, no llegó a ejecutarse a resultas de que el juez de línea marcó un fuera de juego.

¿Otro Real Oviedo? Lo mejor, sin duda, los primeros minutos del encuentro hasta el gol de Berjón. Lo peor, los despistes defensivos, así como lo poco afortunado que estuvo Juan Carlos en el segundo tanto del Rayo en el que ni siquiera salió a por el balón.

Por otro lado, hay que anotar también que Hidi demostró clase en los minutos que estuvo en el campo. Suyo fue un magistral pase que dio lugar al segundo gol de Berjón. El húngaro está llamado a ser el director de orquesta del equipo.

También hay que decir que la “sociedad” entre Linares y Toché arriba, al menos en el partido de ayer, no funcionó. El primero estuvo negado para el gol, mientras que al segundo le llegaron pocos balones para sentenciar a lo largo del partido.

Un partido de claroscuros, del que se puede decir que el equipo lo intentó, que puso ganas y mordiente, pero que esa seguridad defensiva de la que se habló en la pretemporada fue manifiestamente mejorable.

Se vio algo muy inquietante: que es muy difícil ganar si la defensa tiene pájaras y si los delanteros parecen negados ante el gol.

Con todo, las sensaciones no fueron de hecatombe.

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Recuerdos de Oviedo: Aquellas salas recreativas
Luis Arias Argüelles-Meres 20-08-2017 | 3:38 | 0

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“Los acontecimientos son sólo la superficie de la vida: su verdadera fuente se encuentra por entero en los sentimientos”. (Madame de Staël).
“Nada hay más penoso que el instante que sucede a la emoción: el vacío que deja tras sí nos causa una mayor infelicidad que la privación misma del objeto cuyo deseo nos excitaba. Lo más difícil de soportar para un jugador no es haber perdido, sino dejar de jugar”. (Madame de Staël).

¿Quién no recuerda, en su etapa estudiantil, aquellas clases en las que no se pasaba lista, o que eran muy aburridas y que tanto tentaban a pirar? Y, si hablamos de los estudiantes de bachillerato en los años 70, ¿quién no transitó aquellas salas recreativas de juego, con sus máquinas flipper y sus futbolines, bien a la salida del colegio, bien pirando clases?
¿Cómo no recordar las batallas con aquellas máquinas, cuyo triunfo consistía en lograr un número determinado de puntos que suponía una partida gratis? La bola bajo el cristal, los juegos de luces, los sitios a los que había que mandar la bola para que puntuase más, los comentarios, gestuales o con palabras, de los mirones o acompañantes.
Toda la atención puesta en el juego, en conseguir que la bola no se colase por aquella suerte de desagüe más o menos virtual; toda la atención puesta en la pantalla que informaba sobre los puntos que se llevaban y otras incidencias.
A veces, la pasión impulsaba a dar embestidas a la máquina, embestidas que, si eran muy bruscas, quedaban penalizadas con una falta, y el juego, al menos de la bola en cuestión, se paralizaba.
La máquina y nosotros. Un mundo alternativo a la rutina, una zambullida en un juego en el que la autoestima, por lo común, estaba en la apuesta. Había que ser hábiles, había que demostrar maestría y experiencia, mientras los libros y libretas descansaban como ausentes, y nosotros, al mismo tiempo, dejábamos aquello aparcado.
Oviedo, años 70, mi adolescencia. A las salas recreativas, acudíamos, como señalé más arriba, en aquellas horas de clase que pirábamos, y también al final de la jornada lectiva por las tardes. No hace falta decir que tenía mucho más atractivo lo primero.
Oviedo, años 70. Recuerdo, sobre todo, dos salas recreativas de juego: Las Mil Millas en la calle Rosal y El Trébol en la calle González Besada. Sobre todo la de la calle Rosal, estaba perfectamente situada para atraer al estudiantado adolescente, al del Instituto Alfonso II y también a los alumnos del Colegio Auseva, que entonces estaba en la calle Santa Susana.
Y, aparte de las máquinas a las que hice mención, también había futbolines. La diferencia era muy grande, pues en éstos se jugaba contra seres humanos, sin la magia de la electrónica y la imaginería.
Por otra parte, nunca olvidaré a los encargados de aquellas salas recreativas, que, a pesar de tener que pelear con adolescentes, daban pruebas continuas de paciencia y bondad. Incluso había ocasiones en que nos regalaban partidas. Rara vez se enfadaban, rara vez hacían uso de administrar el derecho de admisión, salvo comportamientos insalvables que no solían producirse.
Una mañana de abril, tras las vacaciones de Semana Santa, en el año 71. Una mañana nublada, pero con temperatura agradable. Sabíamos que el profesor que nos tocaba tras el recreo no había acudido aquella mañana al centro. Y durante las horas anteriores, sin necesidad de hablarlo entre nosotros, pensábamos en una hora de asueto en Las Mil Millas. De entrada, una hora, quién sabe si hasta el final de la jornada lectiva de mañana.
En pleno recreo, la mayoría de las máquinas estaban ocupadas. Tocaba esperar, pero no teníamos prisa porque habíamos decidido por nuestra cuenta alargar aquella media hora.
Recuerdo que me situé muy cerca del mostrador donde estaba el encargado. A su lado, estaba mi máquina preferida, no resultaba difícil conseguir partida, y, por otra parte, tenía monedas suficientes para estar allí un buen rato.
El cigarrillo comprado en la Boalesa. Era el momento de fumarlo antes de ocupar las manos con los mandos de la máquina. Y también era un interesante previo a la transgresión. Primero, fumar. Segundo, pirar la clase.
Lo cierto fue que, más que atender al jugador que me precedía, me concentré en el acto de fumar, pensando en lo que haría el resto de la mañana. Y, así las cosas, la espera no se me hizo larga. La primera partida me salió mal, acaso me faltaba concentración. Pero me desquité en las siguientes.
Mientras tanto, otros compañeros jugaban al futbolín. Me incorporé más tarde a una partida, haciéndome cargo de la portería y de la defensa. Duró mucho aquella primera sesión, las bolas se resistían a entrar en las porterías.
Al salir de las Mil Millas, a la hora del final de la jornada lectiva de la mañana, el cielo estaba despejado. Nos encontramos con otros compañeros que habían acudido a clase. Aquello fue una especie de regreso a la normalidad, a lo consueto.
Aquellas salas recreativas que tenían su magia, que nos transportaban a un mundo totalmente ajeno a la rutina nuestra de cada día. Si en algún momento nos distraíamos, veíamos la máquina de turno, el momento en el que parábamos la bola para lanzarla al agujero donde se conseguían más puntos.
Aquellas máquinas recreativas. Lo lúdico como salvación y desquite. Lo lúdico como válvula de escape.
Jugar, pirar clases y fumar, pasos previos a otras pasiones adolescentes que no tenían que ver con máquinas y sí con enamoramientos secretos, a veces tortuosos; en ocasiones, sobrecogedoramente cursis, siempre que se contemplen con la distancia que proporciona el tiempo transcurrido.
Las máquinas flipper como anticipo de otros juegos y pasiones, con su música ambiental y sus parpadeos.

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Retratos mateínos
Luis Arias Argüelles-Meres 18-08-2017 | 6:25 | 0

«El contagio de los prejuicios hace creer muchas veces en la dificultad de las cosas que no tienen nada de difíciles».  (Pío Baroja).

A nadie le puede resultar extraño que los carteles promocionales de las fiestas de San Mateo estén provocando sesudas discusiones en la sociedad vetustense. De hecho, nada más verlos, se cae en la cuenta de que se trata de una polémica anunciada.

Sin duda, los retratos propiamente dichos son meritorios. Diría más: el más difundido de todos, el de la señora sentada, nos muestra una imagen de una persona que no sólo suscita serenidad, sino que puede verse en ella todo un personaje con una historia digna de ser contada, tanto literal como literariamente.

Pero, polémicas anunciadas aparte, tengo para mí que, una vez más, nos encontramos con el difícil encaje del marco en el cuadro. Dicho de otro modo: siendo buenos los retratos, lo que cabe preguntarse si se adecuan a lo que se pretende, esto es, a la promoción de unas fiestas. Yo diría que no, o, en todo caso, habría otros carteles mucho más propios para anunciar unos días y noches de asueto y regocijo.

Más propios y, al mismo tiempo, muy de Oviedo. Pongamos que figurasen en los carteles imágenes de la zona de los chiringuitos de las noches mateínas con sus riadas de gentes. Pongamos, el escenario de un concierto, bien anunciado, bien que se celebró ya. Pongamos rostros históricos que dicen mucho de Oviedo.

Perdón por la obviedad: una cosa es hacer carteles que plasmen a personas que representen los trabajos y los días del Oviedo más actual y otro asunto muy diferente es anunciar unas fiestas que, durante las últimas décadas, tienen su foco más importante en los chiringuitos.

No se trata, claro está, de anunciar un Oviedo cotidiano, sino un Oviedo en fiestas, con todo lo que ello supone. El protagonismo tiene que estar en lo lúdico, en el ambiente festivo. Y eso es lo que se tendría que haber plasmado en los carteles anunciadores.

Yo apostaría por algo que recogiese lo que son las noches mateínas, la despedida del verano, el anticipo de un otoño que en Oviedo es esencialmente literario.

Y es que son esas noches mateínas las que tienen el mayor protagonismo en nuestras fiestas. Lo lúdico, lo desenfadado, las risas, las juergas, las tertulias, los viandantes sin prisa, la música hasta el alba.

Y es que, si por algo se caracterizan las jornadas festivas, es por ser una tregua en la que no toca ponerse estupendos, en la que la realidad tiene que ser aparcada, en la que las máscaras y el desenfado piden paso y se convierten en el centro de todo.

Hablamos de fiestas, no de retratos sociológicos.

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