El Comercio
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Recuerdos de Oviedo: Un domingo en “Salsipuedes”
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Luis Arias Argüelles-Meres | 13-08-2017 | 08:29

“El principio esencial de la mecánica poética —es decir, de las condiciones de producción del estado poético mediante la palabra— es a mis ojos ese intercambio armónico entre la expresión y la impresión”. (Paul Valery).

Fue una de esas tardes de domingo en las que decidimos abismarnos en nosotros mismos en lugar de salir a la calle y quedar con alguien. Fue una de esas tardes de domingo en las que elegimos unas lecturas y una música acordes con la melancolía buscada y la soledad voluntaria. Lecturas de Hermann Hesse, canciones de Brel. Fue una de esas tardes de domingo en las que, a pesar de todo, al final, cuando se acerca la hora de la cena, lo agridulce se va retirando y el ánimo se recupera sin aspavientos, pero con ímpetu. Y, para despedir la jornada, tras la cena, dejamos atrás las horas de ensimismamiento y tomamos la determinación de salir a la calle.
Domingo otoñal, con temperatura benigna, en el que a las diez de la noche, la luz del día llevaba varias horas ausente. Domingo otoñal de aquellos primeros años ochenta en los que los establecimientos del Oviedo antiguo eran un auténtico hervidero de música, conversaciones improvisadas y diversión. Oviedo antiguo que, paradójicamente, poblaba la juventud universitaria. Oviedo antiguo de guitarras, poemas más o menos improvisados, tertulias, noches inacabables, continuos encuentros.
Resultaba imposible recorrer el Oviedo antiguo sin encontrarse con compañeras y compañeros de la Facultad, sin encontrarse con personas conocidas que entonces mostraban una pasión por la política realmente irrepetible. Era frecuente poner sobre las mesas de los pubs, además del tabaco y el mechero, el libro que se estaba leyendo, con afán de compartir aquello, de someterlo a debate. No se leía, salvo excepciones, en los pubs, lo que se hacía era comentar lecturas, frases subrayadas, versos remarcados que daban mucho de sí.
Once de la noche, locales en el Oviedo antiguo, si no de culto, sí de inquietud cultural, al menos aparente. Locales de culto en los que la música de fondo jamás sorprendía y era casi un apéndice de nosotros mismos. Las copas, la pequeña mesa para dos, que no impedía la charla con otros clientes del local. La noche vetustense era también un pañuelo, lleno, en cierta medida, de señuelos.
Tras haber tomado algo en dos pubs, antes de la retirada, dimos un paseo. Recorrimos la calle Salsipuedes. Un trozo de la vieja Muralla, las escaleras con moho, la humedad, la noche cerrada. Un viejo caserón en el que, sin una precisión total, se quiso ubicar la morada de los Ozores, o sea, de “La Regenta”. A decir verdad, aquel escenario era un encuentro con la historia de la ciudad, también con sus leyendas, historia y leyendas que no sincronizaban en el tiempo, pues el testigo de la primera era muy anterior.
Cerca de allí, muy cerca, la vida noctámbula bullía. Sin embargo, en el momento mismo en que nos acercamos al referido caserón, ruinoso, como el viejo hospicio machadiano, nos pareció ver sólo una silueta tremendamente oscura con su no sé qué de inquietante. Allí estaba, inmóvil, como una sombra del entorno y de la noche. Lo cierto es que desconocíamos por completo a santo de qué se encontraba en ese lugar. Lo cierto es que nuestra presencia no pareció perturbarle lo más mínimo.
En un momento dado, parada para fumarnos un pitillo, casi en silencio, como una especie de culto al lugar donde nos encontrábamos, como una forma de embebernos de aquello.
Calle Salsipuedes, cuyo nombre, según nos planteamos, se prestaba a dos interpretaciones muy distintas, pero aceptables ambas. De un lado, como un entorno que se nos hace atopadizo, que atrae tanto que resulta difícil abandonarlo. Por otra parte, como una encrucijada, por su angostura y, en aquellos momentos, por su oscuridad, oscuridad que remitía a un escenario de otro tiempo, incluso a un escenario que, sin llegar a la llamada literatura de terror, sí parecía pintiparado para el miedo, escenario con su extra, con su personaje. No se podía pedir más.
Musgo en el trozo de muralla, humedad en las escaleras, hollín en las viejas piedras. Referencias literarias más o menos creíbles, más o menos hipotéticas. Noche.
Aquella noche en la calle Salsipuedes a la niebla le costaba trabajo entrar, lo que aumentaba las posibilidades interpretativas de su denominación. Desde luego, no era fácil salir, pero costaba lo suyo adentrarse, sin que ni lo uno ni lo otro resultase imposible.
Calle Salsipuedes, metáfora pluscuamperfecta de Oviedo. La Muralla que, además de dar cuenta de la historia, podría expresar también lo que es la ciudad cerrada a la que tanto trabajo le cuesta abrirse al mundo, o sea, “La Regenta”. Calle empinada que también (y tan bien) plasma lo endiablado y dificultoso de la orografía de Oviedo.
Cuando dejamos atrás el Oviedo antiguo, ya en la plaza de la Catedral, la niebla se iba haciendo densa, al tiempo que la temperatura era agradable gracias a que durante horas había soplado el viento de las castañas, el regentiano viento sur que tan adentro llevamos, el aire de las castañas.
De “El Lobo Estepario” como lectura vespertina, a hipotéticos escenarios regentianos.
A decir verdad, aquel personaje que habíamos visto en lo oscuro tenía su no sé qué del protagonista de la novela de Hesse. A decir verdad, aquel itinerario nos confirmó aún más nuestro apego a la ciudad, a una ciudad en la que las calles y sus viandantes son a veces literatura en estado puro.
Calle Salsipuedes, Oviedo, su historia y su leyenda, en estado puro.
Y hasta sólido, líquido y gaseoso.

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