El Comercio
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Recuerdos de Oviedo: Aquellas salas recreativas
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Luis Arias Argüelles-Meres | 20-08-2017 | 13:38

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“Los acontecimientos son sólo la superficie de la vida: su verdadera fuente se encuentra por entero en los sentimientos”. (Madame de Staël).
“Nada hay más penoso que el instante que sucede a la emoción: el vacío que deja tras sí nos causa una mayor infelicidad que la privación misma del objeto cuyo deseo nos excitaba. Lo más difícil de soportar para un jugador no es haber perdido, sino dejar de jugar”. (Madame de Staël).

¿Quién no recuerda, en su etapa estudiantil, aquellas clases en las que no se pasaba lista, o que eran muy aburridas y que tanto tentaban a pirar? Y, si hablamos de los estudiantes de bachillerato en los años 70, ¿quién no transitó aquellas salas recreativas de juego, con sus máquinas flipper y sus futbolines, bien a la salida del colegio, bien pirando clases?
¿Cómo no recordar las batallas con aquellas máquinas, cuyo triunfo consistía en lograr un número determinado de puntos que suponía una partida gratis? La bola bajo el cristal, los juegos de luces, los sitios a los que había que mandar la bola para que puntuase más, los comentarios, gestuales o con palabras, de los mirones o acompañantes.
Toda la atención puesta en el juego, en conseguir que la bola no se colase por aquella suerte de desagüe más o menos virtual; toda la atención puesta en la pantalla que informaba sobre los puntos que se llevaban y otras incidencias.
A veces, la pasión impulsaba a dar embestidas a la máquina, embestidas que, si eran muy bruscas, quedaban penalizadas con una falta, y el juego, al menos de la bola en cuestión, se paralizaba.
La máquina y nosotros. Un mundo alternativo a la rutina, una zambullida en un juego en el que la autoestima, por lo común, estaba en la apuesta. Había que ser hábiles, había que demostrar maestría y experiencia, mientras los libros y libretas descansaban como ausentes, y nosotros, al mismo tiempo, dejábamos aquello aparcado.
Oviedo, años 70, mi adolescencia. A las salas recreativas, acudíamos, como señalé más arriba, en aquellas horas de clase que pirábamos, y también al final de la jornada lectiva por las tardes. No hace falta decir que tenía mucho más atractivo lo primero.
Oviedo, años 70. Recuerdo, sobre todo, dos salas recreativas de juego: Las Mil Millas en la calle Rosal y El Trébol en la calle González Besada. Sobre todo la de la calle Rosal, estaba perfectamente situada para atraer al estudiantado adolescente, al del Instituto Alfonso II y también a los alumnos del Colegio Auseva, que entonces estaba en la calle Santa Susana.
Y, aparte de las máquinas a las que hice mención, también había futbolines. La diferencia era muy grande, pues en éstos se jugaba contra seres humanos, sin la magia de la electrónica y la imaginería.
Por otra parte, nunca olvidaré a los encargados de aquellas salas recreativas, que, a pesar de tener que pelear con adolescentes, daban pruebas continuas de paciencia y bondad. Incluso había ocasiones en que nos regalaban partidas. Rara vez se enfadaban, rara vez hacían uso de administrar el derecho de admisión, salvo comportamientos insalvables que no solían producirse.
Una mañana de abril, tras las vacaciones de Semana Santa, en el año 71. Una mañana nublada, pero con temperatura agradable. Sabíamos que el profesor que nos tocaba tras el recreo no había acudido aquella mañana al centro. Y durante las horas anteriores, sin necesidad de hablarlo entre nosotros, pensábamos en una hora de asueto en Las Mil Millas. De entrada, una hora, quién sabe si hasta el final de la jornada lectiva de mañana.
En pleno recreo, la mayoría de las máquinas estaban ocupadas. Tocaba esperar, pero no teníamos prisa porque habíamos decidido por nuestra cuenta alargar aquella media hora.
Recuerdo que me situé muy cerca del mostrador donde estaba el encargado. A su lado, estaba mi máquina preferida, no resultaba difícil conseguir partida, y, por otra parte, tenía monedas suficientes para estar allí un buen rato.
El cigarrillo comprado en la Boalesa. Era el momento de fumarlo antes de ocupar las manos con los mandos de la máquina. Y también era un interesante previo a la transgresión. Primero, fumar. Segundo, pirar la clase.
Lo cierto fue que, más que atender al jugador que me precedía, me concentré en el acto de fumar, pensando en lo que haría el resto de la mañana. Y, así las cosas, la espera no se me hizo larga. La primera partida me salió mal, acaso me faltaba concentración. Pero me desquité en las siguientes.
Mientras tanto, otros compañeros jugaban al futbolín. Me incorporé más tarde a una partida, haciéndome cargo de la portería y de la defensa. Duró mucho aquella primera sesión, las bolas se resistían a entrar en las porterías.
Al salir de las Mil Millas, a la hora del final de la jornada lectiva de la mañana, el cielo estaba despejado. Nos encontramos con otros compañeros que habían acudido a clase. Aquello fue una especie de regreso a la normalidad, a lo consueto.
Aquellas salas recreativas que tenían su magia, que nos transportaban a un mundo totalmente ajeno a la rutina nuestra de cada día. Si en algún momento nos distraíamos, veíamos la máquina de turno, el momento en el que parábamos la bola para lanzarla al agujero donde se conseguían más puntos.
Aquellas máquinas recreativas. Lo lúdico como salvación y desquite. Lo lúdico como válvula de escape.
Jugar, pirar clases y fumar, pasos previos a otras pasiones adolescentes que no tenían que ver con máquinas y sí con enamoramientos secretos, a veces tortuosos; en ocasiones, sobrecogedoramente cursis, siempre que se contemplen con la distancia que proporciona el tiempo transcurrido.
Las máquinas flipper como anticipo de otros juegos y pasiones, con su música ambiental y sus parpadeos.

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