El Comercio
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Fecha: septiembre 10, 2017
Recuerdos de Oviedo: El Palomar del Campo de San Francisco
Luis Arias Argüelles-Meres 10-09-2017 | 2:43 | 0

Todos llevamos en nosotros mismos un guía mejor de lo que pueda serlo otra persona”. (Jane Austen).

A muy pocos metros del Palomar del Campo de San Francisco y de la fuente de las palomas,  lo vimos, estaba allí de pie con su uniforme montaraz, con su pana. Era un “vallaurón”. Y tal lance coincidió con todo un acontecimiento, pues fue la primera vez que caminé por Oviedo sin ir de la mano de una persona mayor. De modo y manera que el mundo seguía siendo protector para un niño que hasta aquel momento se había conducido con el acompañamiento familiar. No sólo transitaba un lugar conocido, sino que además allí había tutela y seguridad, tutela y seguridad que tenían como cobijo aquel palomar. Hablamos de una etapa de la andadura vital en la que los avances en la edad significaban alegría y reconocimiento.
En efecto, ya no me llevaban de la mano. Y, a decir verdad, la presencia de aquel guardia significaba la garantía de que el mundo seguía siendo seguro, pues estaba allí para que todo transcurriese en orden, ésa era su misión.
Vallaurones, garantes de la seguridad en el Campo de San Francisco. Y, por otra parte, su uniforme montaraz, su pana, simbolizaba una singularidad importante: y es que, a pesar de que ejercían sus funciones en pleno centro de la ciudad, el territorio del Campo de San Francisco tenía sus rasgos distintivos, como una especie de reserva, no sólo por sus jardines y árboles, sino también por los animales que había allí, sobre todo, Petra.
Andando el tiempo, recuerdo haber leído en algún sitio que el uniforme de los llamados vallaurones se basaba en el atuendo de la policía montada del Canadá. Sin embargo, nosotros encontrábamos mucho parecido con la imagen del vigilante de Jellystone, por donde moraba el oso Yogui.. Ya se sabe: el sentimiento lúdico de la vida en la infancia.
La historia que estoy evocando sucedió a primeros de los sesenta. Digo esto porque no sé con exactitud hasta qué año estuvieron los vallaurones al cuidado del orden en el Campo de San Francisco, pero sí recuerdo perfectamente que por allí andaban en los primeros años sesenta.
Y, por otra parte, el hecho de que aquel vallaurón estuviese al pie del palomar también tuvo su importancia, pues solíamos preguntarnos por lo que podía haber en su interior, algo necesariamente misterioso y mágico.
El palomar y el estanque de las palomas. Hablamos de un tiempo en el que las palomas no tenían tan mala prensa como ahora y no estaba mal visto darles algún trozo de barquillo. Aquella era su casa y su piscina, todo un lujo.
Pero, al mismo tiempo, el conjunto formado por el palomar y el estanque eran para muchos de nosotros puntos de encuentro. Años más tarde, intercambiábamos cromos en los bancos que había alrededor, normalmente a la salida del colegio por las tardes.
El Palomar en el Campo de San Francisco, con el estanque de las palomas a sus pies. Desde luego, no pensábamos en que simbolizasen la paz, ni tampoco en su faceta de mensajeras. Aquel era su lugar en el mundo que, además, no les importaba compartir con nosotros.
Y, volviendo al momento que rescato de la memoria para este relato, al revivir aquello, no consigo ponerle rostro a aquel guarda del Campo de San Francisco, lo que recuerdo es su enorme estatura, o así nos pareció, así como la tranquilidad que transmitía aquel hombre, era la imagen viva del sosiego, de la tarde sosegada.
Cierto es que el Campo de San Francisco era un espacio para todos los públicos, también en lo que a la edad se refiere. Sin embargo, podría asegurar que, sin que la presencia de personas mayores en aquellos años de infancia, nos supusiera el más mínimo incomodo, en nuestro sentir estaba muy claro que aquello estaba concebido y pensado para nosotros, para los niños.
Se diría que las personas mayores eran meros transeúntes, mientras que nosotros estábamos allí para jugar, para intercambiar cromos, para disfrutar dándole chucherías a Petra, para contarnos historias y aventuras.
Respetábamos escrupulosamente las zonas verdes, en las que sabíamos que no debíamos adentrarnos. El resto de los espacios eran el decorado de una suerte de parque temático. El conjunto era el lugar de juego y de recreo que nos pertenecían.
Allí, donde a todos nos habían llevado de la mano la primera vez que lo transitamos, nos sentíamos también como si estuviéramos en una prolongación de nuestra casa.
Y, por otra parte, cuando veíamos en la televisión los episodios que protagonizaba el oso Yogui, aquello no dejaba de ser un escenario muy familiar para nosotros, pues parecía estar basado en lo que representaba el Campo de San Francisco, pero, eso sí, transformado por la televisión.
Alguna vez nos imaginamos al Oso Yogui en compañía de Petra, y estábamos seguros de que hubiesen hecho muy buenas migas. Petra era real, no estaba humanizada por la televisión como el oso Yogui, pero nosotros también la humanizábamos a nuestro modo y manera.
¿Quién imitaba a quién? ¿Petra al oso Yogui o el oso Yogui a Petra? ¿Quién imitaba a quién? ¿Los vallaurones al guardabosques de Jellystone, o era éste el que imitaba a nuestros guardias montaraces?
Y el Palomar del Campo de San Francisco era, en los años de infancia, la cabaña del bosque de nuestros juegos.

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