El Comercio
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Recuerdos de Oviedo: En los Cines Clarín
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Luis Arias Argüelles-Meres | 23-09-2017 | 23:00

La imagen puede contener: una o varias personas, personas de pie y personas bailando

«¡Qué cosa más extraña que la de haber vivido y sentirse tan lejos de un tiempo que aún reputamos como presente!  El tiempo no es sino el espacio entre nuestros recuerdos». (Amiel).

“Uno no alcanza la iluminación fantaseando sobre la luz, sino haciendo consciente la oscuridad”. (Carl Jung).

En aquellos años de la transición en los que primaba mucho más lo irrenunciable que lo posible, en los que pensábamos que era mucho lo que estaba por hacer, no sólo no se cerraban salas de cine en el centro de las ciudades, sino que además se ampliaba el número de locales para disfrutar del séptimo arte. Así sucedió en Oviedo con los cines Clarín en 1978, en el año de la Constitución, en el año del que tanto se habla ahora como punto de partida de un régimen político, el de la 2ª Restauración borbónica.
Pero los Clarín fueron más allá de la apertura de nuevas salas de cine, pues supusieron también innovación: varias salas en un mismo local, varios estrenos a elegir, y, además, podían verse películas subtituladas. Y, por otra parte, su decoración estaba alejada de lo clásico. Toda una apuesta por los nuevos tiempos también en el cine.
Si en su momento el Palladium constituyó todo un acontecimiento para poder disfrutar de películas en las que lo comercial no era lo más importante, con los cines Clarín se dio un paso hacia adelante en lo que se refiere a la innovación no sólo en los títulos, también en otros aspectos, todo lo ornamentales que se quiera, pero que, al fin y al cabo, plasmaban una nueva época.
Y, más allá de los recuerdos de cada cual en lo que se refiere a las películas más memorables que se vieron allí, lo más significativo de estas salas fue su ruptura con lo anterior, su ambición por marcar nuevos tiempos a la hora de asistir al espectáculo del llamado séptimo arte.
Y, además, cuando se produjo la apertura de estas salas, las libertades se abrían paso de manera muy significativa en el cine. Las libertades, todas las libertades, sobre todo las que iban más allá de las exigencias del guion, las que podían verse por vez primera sin corte alguno.
Podría hacerse todo un tratado histórico y sociológico de la importancia del cine en aquellos años. Libertad no era sólo que pudiesen verse aquellas películas que en su momento habían tenido tantos espectadores españoles en Perpiñán, sino también y, sobre todo, aquellas otras que habían estado prohibidas por razones que estaban al margen de cuestiones erótico-festivas.
A aquella euforia de libertades se sumaba la noche como aliada, la noche que nos dispensaba de tener que mirar la hora, la noche que nos libraba de las prisas, la noche que nos servía de marco para interminables charlas.
¡Cuántas noches con su antes y después de la película en los cines Clarín! ¡Cuántas noches en las que ir al cine era el plato principal de un menú que tenía su antes y su después!
Siempre había por el centro de Oviedo algún café o, en su defecto, algún pub, que, incluso los días de semana, cerraba muy tarde. Allí íbamos a parar después de la película, que no necesariamente era el principal tema de conversación, pero que, en todo caso, servía la mayoría de las veces para hablar sobre lo divino y sobre lo humano.
Al salir de los Clarín por las noches no había la referencia horaria del reloj de la Renfe que siempre destacaba cuando salíamos del cine Aramo. Tampoco se habían instalado por las calles las referencias de la hora y la temperatura. Menos referencias externas, muchas menos. Casi todo había que sacarlo de dentro de nosotros mismos.
Y estábamos muy lejos de pensar entonces que las salas de cine llegarían casi a desaparecer de las ciudades. Acaso hayamos sido la última generación que no sólo disfrutó del cine en las alas comerciales, sino que además nos marcó mucho.
¿Cómo no recordar aquellas noches lluviosas a la salida de los Clarín en las que la única prisa era llegar pronto a la cafetería o al pub de costumbre para cumplir con nuestro ritual, al menos una vez por semana?
Y, sobre todo, ¿cómo no recordar la sensación de tristeza que me invadió cuando tuve noticia de que los cines Clarín se cerraban? ¡Qué efímero era todo, incluido lo más vanguardista y lo más innovador!
También llovía en aquella noche en la que fui por última vez a los Clarín. Confieso que la película no me entusiasmó en aquella ocasión. A decir verdad, lo que más ocupó nuestro sentir y nuestro pensar fueron los recuerdos.
Si los datos que tengo no me fallan, los cines Clarín funcionaron desde 1978 hasta 2004. O sea, algo más de 25 años, el periodo de tiempo que en su momento le llevó a Amiel a considerar que el tiempo no es más que el espacio entre nuestros recuerdos. Un periodo de tiempo en el que, en el caso que nos ocupa, se vivieron las esperanzas y los miedos de la transición y, en mayor o menor medida, se padeció el desencanto.
Un periodo de tiempo que marcó el auge de las salas de cine hasta su retirada del centro de las ciudades.
Habría que preguntarse si el mundo y la vida no perdieron mucho sin que apenas se pueda ver cine en el centro de las ciudades. Ver cine y contarlo y compartirlo. Ver cine a 5 minutos de casa.
Somos aquella generación que por el día íbamos y veníamos con libros y carpetas, y que, por las noches, el cine era el aperitivo de inolvidables madrugadas.

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